Historia

Al-Mutamid, el rey poeta del Al-Andalus II

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(parte I aqui)

Como buen guerrero, el rey expande el territorio heredado por su padre, hacia el Sur y hacia el Este, entrando triunfal en la ciudad de Córdoba, la antigua capital del extinto califato. Su reino abarca además del Algarbe y el Alentejo en Portugal, ciudades de gran importancia como Huelva, Carmona, Algeciras, Niebla, Jaén, Córdoba y Murcia. Pero el verdadero peligro amenaza en el norte, con los cristianos y en el sur, con los nada permisivos almorávides, era necesario buscar un equilibrio de poderes y a los más débiles, los Taifas, y su reino de Sevilla, le competía hacer de frágil balanza.

Con respecto al reino taifa de Córdoba, al-Mutamid consiguió anexionarlo al reino de Sevilla, ya en el segundo año de su reinado, y puso a cargo del mismo a uno de sus hijos. Al-Mamún, el rey taifa de Toledo, sintiéndose amenazado, pues estos reinos taifas, el de Córdoba y el de Toledo, eran limítrofes, consiguió que un aventurero a su servicio se apoderase de la fortaleza, y asesinase al hijo del rey poeta. Tres años tardó al-Mutamid en recuperar la antigua capital del califato omeya. Uno de sus poemas narra una escena en que sus amadas favoritas deben volver a Sevilla y el las acompaña parte del recorrido toda la noche, para regresar a Córdoba. Quizás pertenezca a este periodo de su vida:

 

Para acallar la pasión hice voto de silencio

Pero la lengua, quejándose se rebelaba.

 

Ellas partieron, disfracé mi amor,

Elixir de tristeza en forma de murmullo.

 

Las acompañé hasta las primeras llamaradas del alba,

Ya la noche había perdido su razón de ser.

 

Y atónito allí mismo me detuve:

La mañana me había robado las estrellas.

 

Como dejaría escrito en los anales de la Historia el califa Abdehrramán III, pocos momentos hay de felicidad en un rey, el que, arrastrado por las corrientes del destino, es obligado a beber hasta el final y gota a gota su cáliz de amargura, obligado por su deber ante la justicia, su tierra y sus súbditos. Así sucede con al-Mu’tamid, quien primero pierde su amigo íntimo que le traiciona, después el reino, con él su libertad, luego su amada, hasta que al final la vida misma le es arrebatada antes de tiempo por sus carceleros.

Las tropas de Alfonso VI, el rey que en el año 1072 se proclamó Rex Spania, y más tarde Imperator Totius Hispaniae (interesante de recordar para los que dicen que España nace con el matrimonio de los Reyes Católicos y la conquista de Granada; quizás políticamente sí, pero no como sueño, como anhelo de conquista y realización, ahí estaba cuatrocientos años antes guiando divinas ambiciones e ideales, pues nunca fue olvidada la Hispania romana), se hallan frente a Sevilla, dispuestos a conquistarla. Ibn ‘Ammar, entregó como regalo un magnífico ajedrez al rey cristiano, y le desafió después a jugar con él, quien venciese sería dueño de la ciudad y no sería necesario el enfrentamiento armado. No sabemos lo pactado pero dicen las crónicas que venció el astuto visir de al ‘Mutamid, aunque el rey leonés y castellano no se retiró sin garantizar la entrega de parias dobles.

En el año 1078 el reino taifa de Sevilla quiere anexionarse el de Murcia. Ibn al-‘Ammar pide ayuda al conde de Barcelona, Ramón Berenguer, estipulando un precio éste de diez mil dinares. Un hijo de al-Mu’tamid quedaría prisionero como garantía del pacto. Pero el visir y amigo del rey poeta nada le dice, y cuando al-Mu’tamid se entera, se enfurece y pide la devolución de su hijo, a lo que el conde catalán accede, pero sólo recibiendo el triple de lo acordado. La estrella de Ibn al-‘Ammar está declinando, desgraciadamente, la del rey poeta también, es el principio del fin. Una vez conquistado el reino de Murcia, Ibn al-‘Ammar es nombrado gobernador del mismo, pero se ve envuelto en una vida escandalosa y además conspira para independizarse de Sevilla. Cuando su rey se entera, y perseguido por su furia vengadora, huye y se refugia en Zaragoza donde promueve una sublevación. Aunque finalmente es hecho prisionero y entregado al rey poeta, quien aunque lo hace llegar de modo oprobioso a Sevilla, montado en un burro sobre un fardo de paja, al final le perdona la vida, pero lo encarcela. Una carta interceptada, no sabemos si una intriga de palacio, una carta insultante para con Itimad, o qué realmente, hace que al-Mu’tamid, generalmente bondadoso y temperado sea incendiado por las erinias vengadoras y con sus propias manos, con un hacha le mata. Dicen las crónicas que esta escena, el poeta y visir traidor ya la había presenciado en una visión muchos años antes, y que en una fiesta había desaparecido y se lo habían encontrado temblando en un escondrijo, asustado de lo que consideró futuro cierto. Al-Mu’tamid rió de un temor tan absurdo, ¡cómo él iba a ejecutar a golpes y con sus propias manos a su amigo íntimo!: Quizás haya acontecimientos escritos en el Libro de la Vida que no puedan ser ya cambiados, y deben suceder necesariamente, tanto en el reino del amor como en el del odio…

En el año 1079 se produce el encuentro entre el Cid Campeador y nuestro rey poeta. Viene, acompañado de sus mesnadas, de parte del rey Alfonso VI a cobrar las parias. Pero resulta que el rey leonés había enviado también con el mismo objeto a Granada al noble García Ordoñez, y el rey zirí de Granada, aprovechando el ejército castellano, pidió ayuda al mismo para resolver unos problemas fronterizos que tenía con Sevilla, entrando en el mismo, e imaginamos que también saqueando y violentando en su incursión. El rey abbadida, le pide al Cid que (¿no era éste el sentido de las parias?) lo proteja y los ejércitos de ambos salen a defenderse del ataque de Abdallah (el rey ziri granadino) y de las tropas de Ordoñez. Paradójica situación en que iban a enfrentarse, contra toda justicia, ejércitos del mismo rey castellano. El rey Abdallah confiado en la gran superioridad numérica no retrocede. El Cid pide a las tropas castellanas de García Ordoñez que se retiren, por respeto al rey de Sevilla a quien el mismo rey cristiano de ambos debe protección. Pero García Ordoñez no entra en razones pues confía ciegamente en la victoria, y ya encontrará como explicar el desaguisado al rey Alfonso VI. Los ejércitos del rey sevillano más la audacia imbatible de las tropas del Cid infligen una derrota total a sus enemigos, y el mismo Cid hace prisioneros a García Ordoñez y los nobles que lo acompañaban, durante tres días, luego los deja partir, pero sin las tiendas de campaña ni la impedimenta. A partir de ese momento sería, junto al rey Alfonso VI, el peor enemigo en la sombra del Cid y es muy posible que este noble ávido de venganza estuviera detrás del primer destierro de su primer caballero, o quizás el primer caballero de toda la cristiandad en aquel tiempo.

Es difícil imaginar la admiración mutua que ejercerían el uno sobre el otro, y la amistad que los vincularía, aunque después los caminos de la Vida los llevasen a cada uno en sendas divergentes. El rey poeta, agradecido, le colmó de presentes, tanto a él como a su rey, Alfonso VI. Y sin embargo, un año después, éste envió a cobrar las parias de Sevilla a Ibn Shalib, un judío ávido, codicioso e imprudente, y quizás también acreedor del rey leonés. Instaladas las tiendas de recepción a las afueras de la ciudad, y con todo el ceremonial propio de la ocasión, cuando el emisario de Alfonso VI abrió los cofres, se quejó de que el oro que había no era de la suficiente calidad y amenazó con soberbia que al año siguiente volvería, pero que cobraría las parias en ciudades. Al-Mu’tamid, en general temperado y bondadoso se incendió enfurecido y ordenó crucificar al embajador. Peligrosa ira, la de los reyes, desencadenante de infinitos males. Pues aunque Ibn Shalib, aterrorizado, quiso, perdiendo la arrogancia de horas antes salvarse suplicando al rey sevillano que le daría su peso en oro; el rey poeta no quiso quebrar el vuelo de su orden temeraria. El rey cristiano tuvo además que ceder el castillo de Almodovar para recuperar y salvar al resto de la embajada, hechos prisioneros por Al-Mu’tamid. Juro por la Santísima Trinidad y por todos los Santos que se vengaría de tal ofensa, y organizó una expedición de castigo con dos columnas de ejército. Una atravesaría Coimbra, Beja y llegando a Sevilla acamparía en Triana; la otra, conducida por el rey mismo iría camino de Sevilla devastando todo a su paso. Ambas juntas, a las puertas de los muros de la ciudad, saquearon durante varios días los alrededores, llegaron hasta Medina Sidonia, luego a Tarifa, donde el rey caracoleando su caballo en las ondas del mar afirmó soberbio que había llegado hasta los confines de Al-Ándalus. Bien, una cosa es llegar y otra conquistar, pero en esa hora sonó el principio del fin del poder islámico en Andalucía, y por ende, en España; pues es la moral, y la justicia quienes mantienen la cohesión entre las gentes, y las sucesivas ondas de musulmanes ahora sí fanatizados, primero almorávides y luego almohades, irían deshaciendo casi trescientos años de noble trabajo civilizatorio.

En el año 1085 Alfonso VI conquista Toledo, y sintiéndose fuerte, envía una carta al-Mu’tamid diciéndole que el reino de Sevilla debería ser gobernado por uno de sus condes. Audaz pretensión a la que responde el rey poeta con una carta incluida en las crónicas de Ibn al-Khatîb, un historiador y también poeta granadino del siglo XIV. Dice así:

 

“De parte del soberano victorioso, por la Gracia de Allâh, al-Mu’tamid âla Allâh ibn al-Mu’tatid billah abû Amr ibn ‘Abbâd, para Alfonso, hijo de Sánchez (Fernando) que se titula a sí mismo Rey de las dos Religiones y se hace pasar por soberano (de los fieles) de las dos religiones, que Allâh haga malograr sus pretensiones.

La primera de vuestras pretensiones es la de ser jefe de las dos religiones. Ahora bien, los musulmanes tienen más derecho a ese título, ya que los países que conquistaron, su organización y los impuestos que cobraron jamás fueron asunto vuestro.

Nuestra tranquilidad fue interrumpida por vuestra pretensión pero no encontrasteis el tono adecuado. Nosotros habíamos adoptado una actitud indiferente, que da lugar ahora al ímpetu. Nosotros os hemos dejado en paz, y eso os hizo crecer que nadie os igualaba, dándoos la audacia de exigir que nuestros Estados os fuesen entregados a vuestros hombres.

Esta presteza e ideas sin fundamento nos dejan pasmados. ¡Tal autoconfianza, después de un evento en que las circunstancias os favorecieron, os han llevado a cometer el más burdo de los errores!

Sabed que somos numerosos y sabemos lo que queremos. Tenemos dispuestos, para el día del combate, ejércitos, caballeros con corazas de hierro, estrategia humana y aliados intrépidos; mis hombres están protegidos por la persistencia y desprecian la caída; su sangre está dispuesta a teñir las espadas de roja sangre: es gente habituada a morir en las planicies, capaz de conducir la guerra con ardor, sabiendo escapar a los golpes de los seres maléficos, como por efecto de los anillos del poder sobrenatural. Estos hombres que prepararon, con vuestra intención y la de vuestros súbditos, ocasiones de encuentro bajo el signo de la concordia, tienen ahora prontas y afiladas las hojas de sus espadas.

El mal da, a veces, lugar al bien y el arrepentimiento es consecuencia de la avidez. Acabáis de hacernos salir de una placidez que duró demasiado y pusisteis fin a un sueño que fortaleció nuestra fe.

¿Desde cuándo fue evidente en vuestros antepasados el más mínimo respeto con nuestros nobles ascendientes? ¿Cuándo se portaron dignamente con ellos? ¿No intentaron siempre humillarlos, lo que no ignoráis y hecho que aún permanece?

Allâh sea loado porque nos permite dirigiros reprimendas y lecciones en comparación de las cuales, la muerte es nada. A Allâh pedimos que nos asista, pues no tardaremos en marchar contra vosotros. Allâh otorgará la victoria a su mensaje preferido. Sea la salvación otorgada a quien distingue la verdad y la sigue, huyendo del error y de su traición.”

 

Firme, bella y al mismo tiempo filosófica carta. Aunque de poco iba a servirle pues su estrella, o al menos el brillo de la misma en el mundo comenzaba a declinar. Hay otra carta, escrita por el mismo poeta y rey de Sevilla al emir de los almorávides, fechada el 14 de agosto del 1085, pidiéndole ayuda para enfrentar el poder creciente y amenazador de Alfonso VI. Dice así:

 

“Que Allâh fortalezca al Emir de los Creyentes; le conceda la victoria y que, a través de él, sea asegurado el triunfo de la religión. Nosotros, árabes, en este Alándalus vemos a nuestro pueblo en ruinas, nuestras poblaciones desunidas y nuestras genealogías corrompidas por bastardos y por la renuncia a los principios de nuestra santa religión. No pasamos de ser facciones, sin lazos de solidaridad y sin unión. Ya no tenemos partidarios, mas vemos aumentar el número de aquellos que se alegran con el mal que nos alcanza.

Este criminal enemigo, Alfonso, nos amenaza; sus tropas nos asedian de cerca, pisotean nuestro territorio, se apoderan de las tierras, de las fortalezas y de los castillos, y ninguno de nosotros, andalusíes, se decide a ir en socorro de un vecino o de un hermano. El querer aferrarse a los placeres de la vida retiene a cada uno en su casa. La situación se agrava y toda esperanza parece perdida.

Vuelvo mis ojos hacia vos, que Allâh fortalezca en vuestro poder, vos, el señor de los Himyaris, su soberano incuestionable, su jefe y su guía. Es a vos, a quien después de Allâh, pido socorro; es vuestro auxilio el que solicito.

Cruzad el mar para combatir al enemigo impío, haciendo renacer la ley del Islam y defendiendo la religión de Mahoma. Allâh se mostrará grato con ello y os retribuirá generosamente.

¡No hay fuerza y poder sino en Allâh, el Muy alto, el Grande!

Saludo a Vuestra majestad, y en vos apelo a la Misericordia divina y sus bendiciones.”

 

Este soberano de almorávides intenta legitimar su avance sobre Al Ándalus (y su anexión, en la que es evidente que está ya pensando) y pide ayuda a los juristas y a los especialistas en la doctrina religiosa (alfaquíes y ulemas). Estos doctores de la Ley, y entre los consultados se hallaba el gran filósofo e ideólogo del Islam, al-Ghazâlî, le autorizan e incluso el califa abasí de Bagdad le reconoce sus derechos, que es como decir que le da su bendición.

Los almorávides, al mando de su carismático jefe, Yusuf ibn Tâshfîn desembarcan en Algeciras el 30 de julio del 1086 y enfrentan al rey cristiano en Zalaca (o Sagrajas), unidos a los reinos de Sevilla, Granada y Badajoz. Al Mu’tamid comandó la columna principal del ejército, dividida en tres y resistió la más fuerte de las acometidas, impulsada por Alvar Fáñez. Fue herido, pero su ejemplo personal y valor fueron tales que decidieron, según los cronistas, la batalla. La derrota de Alfonso VI fue épica, herido de un lanzazo debe refugiarse en la fortaleza de Coria. Pero Yusuf, debido a la muerte de su propio hijo debe volver a Marruecos y pierde el fruto de su victoria. Una vez más volvería en el 1088, y finalmente en el 1090 con la intención de desplazar a todos los reyes de taifas, conquistando sus fortalezas una a una: les acusa de infringir dos leyes fundamentales de la ley islámica: el cobro de impuestos ilegales y el ser vasallos de los reyes cristianos. En el último momento, al-Mu’tamid intenta pedir, desesperado ayuda al mismo Alfonso VI, y ésta llegó con Alvar Fañez pero no llegó a ser suficiente, pues fue derrotado. El rey poeta combate denodadamente y causa gran mortandad entre los bereberes, no quiere ser hecho prisionero, en vano, pues el destino y Allâh, uno en esencia (como dicen los filósofos hindúes, “Atma es igual a Brahma”, y los sabios transhimaláyicos “Atma es igual a Karma”) habían predeterminado lo contrario. Entre los poemas del rey sevillano hay uno que narra esta última batalla:

 

“Apenas podía contener las lágrimas

Y mi corazón sucumbía destrozado.

Me decían que “¡rendirte es para ti lo mejor, ríndete!”

Mas el peor veneno, mejor sería que la rendición.

 

Los enemigos la patria me robaban

Y el pueblo me hacía gustar del cáliz de la traición.

Y aun así, el corazón aún estaba en mi pecho

Y el cuerpo jamás entrega el corazón.

 

Todo me arrebataron, menos un carácter noble,

¿Puede alguien llevarse la nobleza?

En el día de batalla no quise coraza,

Y salí a luchar sin proteger el pecho.

Mortifiqué el alma juzgando que la perdía.

A raudales corría entonces la sangre.

 

Mas ni aún así la muerte quiso acercarse

Y ahorrarme ignominia y sumisión,

Me lancé a la batalla, y pensé no volver.

Así fueron mis abuelos, así soy yo:

Quien supo cómo es la raíz, la rama conoció.”

 

Para colmo de males, debe ordenar a sus hijos que entreguen sus fortalezas de Ronda y Mértola a los almorávides, para que no asesinen a su familia y allegados. Los hijos obedecen pero son pasados a cuchillo, otro peso funesta sobre la conciencia del rey de tristezas.

Y así, Sevilla fue conquistada en el mes de septiembre del 1091, y el rey al-Mu’tamid exiliado, prisionero en Aghmât, donde hoy un túmulo moderno recuerda su presencia y el martirio de sus últimos años.

Ibn al-Labbâna (“el hijo de la lechera”) su fiel amigo y poeta áulico, que lo acompañó voluntariamente al exilio, permaneciendo junto al rey poeta hasta el fin, describe emotiva y delicadamente la partida del rey de Sevilla. Quizás los traidores que dieron paso franco a los almorávides se estaban ya arrepintiendo de la marcha del rey liberal y justo, valiente como un león en la batalla, sensible como las brisas en la poesía y ante el sufrimiento de los suyos.

 

“Los cielos mismos se derraman, haciendo caer día y noche su agua y lamento

Llorando así la suerte de los príncipes buenos de la casa de ‘Abbad.

Vierten lágrimas por estas montañas con las bases minadas

Y que antiguamente sustentaban el mundo…

Todo lo podré olvidar, salvo aquella mañana junto al río.

Ellos [el rey y los suyos] se amontonaban en los barcos como los cuerpos en sus tumbas.

La multitud se agolpaba en las dos orillas mirando pensativa

A aquellos que eran perlas bogando sobre la espuma de las aguas.

Todos los velos cayeron, incluso los de las vírgenes puras.

Desgarrados los rostros, como las mismas vestes.

¡En la hora del adiós, qué tumulto y qué clamores!

Hombres y mujeres se saludaban por última vez.

Partieron las naves meciéndose y llevadas por los cánticos,

Tal los camellos empujados por la cantinela del que las monta.

¡Ay, cuantas lágrimas iban arrastradas por las aguas!

¡Ay, cuántos corazones iban arrastrados en las galeras!

 

Pasando por Marrakesh, el cortejo del rey caído llegó finalmente al lugar del que ya no saldrían sino con la libertad de sus almas. Bellísimo y triste poema el que escribió entonces al-Mu’tamid, enfrentándose no sólo a su suerte, sino a la de su fiel amada, Itimad:

 

“Ella me dijo:

¿Henos aquí, tan humillados, mi señor,

Nuestra gloria antigua su esplendor perdió?

Y entonces yo le respondí:

¡Fue Allâh mismo quien nos trajo aquí!

 

Como para todo rey verdadero, cuya esencia misma debe ser la generosidad, lo que más le pesó, más aún que la propia penuria y sufrimiento, fue el de no poder ya socorrer a nadie. Hay una escena muy emotiva de su vida en que al llegar prisionero a Marruecos, y habiendo conseguido guardar unas monedas de oro, un poeta ciego, en Tanger le salió al encuentro e hizo su elogio, pidiéndole a cambio un pequeño donativo. El rey poeta, caído en la desgracia fue más sensible a la desgracia de quien poeta, desposeído de cuanto hay de bueno en la tierra, era además ciego: le dio pues todo lo que aún guardaba. En un poema se precia de no pudiendo ya dar amparo con su fortaleza y riquezas, poder aún dar de regalo unos versos a quien se lo pidiese. Alguien se disponía a atravesar el desierto y le pide si le puede hacer un poema que le conforte.

 

“Un viático de oro te daría si pudiese…

Pero el infortunio se despeñó sobre mí.

¿Quieres un poema para la travesía del desierto?

¡Mira bien que la poesía no es alimento que se coma!

Es como el viento, no satisface el hambre ni la sed,

De ella apenas se nutren sabios y poetas.

 

Desperté de manos vacías para agarrar la nada:

¡terrible predestinación la de aquel mes funesto!

Oprobio y miseria prohibieron gloria y fortuna:

Era la desgracia acechando tiempos descuidados.

 

Antes barría la arrogancia de los corazones tiranos

Y devolvía el vigor a los hambrientos que hacia mí tendían sus manos.

Mi reino, bajo el amparo de mi sombra tolerante

Era defendido por huestes de árabes y cristianos.

 

Quiso Allâh, el Dadivoso, privarme de todo.

¿De qué me servían lanzas y espadas en la batalla?

Un verso recuerdo que despierta mis celos:

¡Válgame, más que los libros, mi espada!

 

Prisioneros, aunque no aún cargados de cadenas, deben los suyos hacer los trabajos más humildes y penosos simplemente para sobrevivir: sus hijas mantienen al padre y rey trabajando como hilanderas. Al-Mu’tamid no había bebido aún la última gota del licor de la desgracia. Uno de sus hijos, ‘Abd al-Jabbâr se rebela contra el poder de los almorávides y se hace fuerte, el rey poeta ve aún un atisbo de esperanza. Corre el año 1093, y en breve la esperanza muere como nació, súbitamente: el levantamiento fracasa y es aplastado, tras varios meses de resistencia en Arcos. Yusuf, el gobernador de los almorávides estima, como dice el profesor Adalberto, que “si el leoncito había rugido habría que protegerse del león”, por lo que carga al rey poeta de cadenas hasta la muerte. Desconocemos el detalle, ¿se trata quizás de lo que podemos bien llamar “muerte lenta”, un sistema de tortura muy usado en la antigüedad en que poco a poco, casi imperceptiblemente, los músculos y huesos de la víctima se van deformando con el peso de las cadenas? ¿No fue el reformador quasidivino, el profeta Mani torturado así por los corruptos magos zoroastrianos, celosos de su sabiduría y poder, 900 años antes, y tantos otros?

En medio de tantas desgracias su alma se hace fuerte y diamantina, y examina, sin perder su sensibilidad, la vida con mirada estoica:

 

“Aquel hombre me deseó larga vida…

¿De qué le sirve al prisionero una vida prolongada?

¿No es la muerte mejor para quien padece

Y siente eterna su vida atormentada?

Si otros esperan descubrir el amor

Es mi único anhelo encontrar la muerte…

Deberé vivir para ver a mis hijas

Quebrantadas, hambrientas, en el vaivén de la suerte,

Y siervas de uno, cuya misión más importante,

Hubiera sido, sólo, la de anunciarme,

Alejar la gente que me fuera embarazosa

O cabalgar, alineando para mí las hileras

Cuando el pendón fuera alzado,

Exhausto de correr hacia adelante y hacia atrás,

Si el desorden en la fila, se mostraba?

El voto que alguien sinceramente hace

Es hecho para valer, si es de alma pura:

Pueda aquel hombre ser premiado

Y que la vida le dé su mayor dulzura.

Mi alma se conforta con lo que le es dado

Y con la certeza de que nada dura.

 

El último golpe es la muerte de su amada Itimad, imaginamos que consumida por el triste sino de una vida miserable. No desespera y escribe el epitafio de su propia tumba, que adornan hoy su moderno mausoleo, sobre las ruinas de su exprisión. Poeta y rey, y después santo, pues de todas las partes del mundo van los peregrinos a hacer su ofrenda al túmulo de al-Mu’tamid.

 

“Túmulo de un desterrado:

Ojalá te riegue el rocío vespertino y matinal

Pues conquistaste los restos de Ibn ‘Abbad.

En ti yacen intelecto, saber, generosidad,

Abundancia en la sequía, agua para los sedientos,

Y lanza, espada y flecha en el combate

Fin terrible para el león, si enemigo.

 

Destino en la venganza,

Océano en la generosidad,

Plenilunio en la sombra,

Elocuencia en la multitud.

Llegó el decreto del Altísimo

Y, con él, mi propio fin.

 

Antes de mirar a este esquife

No sabía yo que altas montañas

Sobre tablas reposaban.

 

Que esto te baste, tumba:

Sé amable con la nobleza

Que aquí te fue confiada.

Que a las taciturnas nubes

Te rieguen, entre rayos y tormentas,

Llorando por el hermano,

Que amparas de la lluvia,

Bajo esta laja de piedra tan ancha,

Con lágrimas matinales y vespertinas.

 

Hasta las gotas de rocío lloran

Vertidas desde los astros

Que no me dieron suerte.

 

Para siempre, la bendición de Allâh

Sobre mi sepultura,

Veces sin fin,

…para siempre!”

 

El 14 de octubre de 1095, según la cronología cristiana y actual, un último hálito liberaba un alma gigante de su doble prisión: de las mazmorras de Ahmat, que le impidieron verter, como el rocío, su generosidad sin fin; y la prisión de su propio sepulcro de carne y sangre, impidiéndole la verdadera libertad, tan esperada. Las tinieblas del dogmatismo y el fanatismo sectáreo se extendieron por Al Ándalus, primero de la mano de los almorávides y después de los almohades. La memoria del rey poeta y filósofo nunca se extinguió, como una llama de inmarcesible belleza, iluminó los siglos venideros.

Dos siglos después, el poeta Ibn al-Khatib lloró frente a su túmulo:

 

“Cojo el cayado de peregrino con intención piadosa.

Vengo a Aghmât y reverente contemplo y beso tu tumba.

Rey magnánimo, farol de clara luz para el mundo,

Si vivieras, en tus rayos me bañaría con júbilo,

Y mis mejores poemas cantarían tu alabanza.

Ahora, postrado, de rodillas, elogio sólo tu sepulcro.

Noblemente, destaca él entre las tumbas de alrededor

Como tú, destacándose del vulgo, entre reyes y poetas.

Ya los siglos pasaron desde tu muerte e infortunio,

Y sin embargo, conservas la corona que nadie jamás te robará.

¡Oh rey de vivos y de muertos!

Busco en vano alguien más que compararse pueda a ti:

Nunca nadie como tú nació

Ni nacerá en los tiempos venideros.

 

Jose Carlos Fernández

Córdoba, 15 de septiembre del 2014

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