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EL VIAJE INICIÁTICO DE HIPATIA

 

PRIMER CAPÍTULO

LA LLAMADA DEL DESTINO

 

Oh Egipto, Egipto

Entre tus campos de papiro sopla la voz que en breve dormirá

En tus colinas de oro no serán ya vistos sus pasos y los hombres olvidarán su canción

Cuando los campos se cubran de sangre y de ignorancia, cuando la pobreza cubra

la faz de reyes olvidados, y las gentes no sepan ya pronunciar tu nombre, dirán

que tú, Egipto, fuiste un sueño.

Dirán que hablo de un sueño.

Quiero dormirme en este sueño y no despertar ya más, nunca más.

Hipatia leía atentamente y en voz alta esta vieja profecía. Semi incorporada en un triclinium, sus cabellos de oro de adolescente caían graciosamente sobre sus hombros. Se sumergía en el profundo significado y en la mágica y melancólica evocación de estas palabras, escritas en los muros internos del templo de Hathor en Dendera, más de quinientos años antes. Su padre, el filósofo y matemático Theón, le había proporcionado en un papiro el texto escrito en griego, triste copia de los caracteres jeroglíficos grabados en la piedra, sagrados, por tanto.

Ella no sabía por qué, era uno de los poemas egipcios que más cautivaban su imaginación; le hacía sentirse a la orilla del mar, las Grandes Verdes, el reino de la Diosa Isis, Señora de vida, y las palabras eran como el leve ondular de las aguas, coronadas de blanca espuma: la sumergían en un sueño, en el alma de Egipto, pura, luminosa, eterna, a salvo de las sombras proyectadas por el tiempo, el egoísmo y la ignorancia de los hombres. El poema le hacía recordar la inscripción de la diosa egipcia de la Sabiduría, de Neith, en su templo de Sais: Yo soy aquello que fue, es y será siempre.

De repente, un grito desesperado le arrancó del ensueño: en una de las calles que rodeaban la mansión de sus padres, en pleno corazón de Alejandría, un hombre pedía ayuda, pues sobre él se habían abalanzado otros cinco, armados con palos y piedras, que le golpearon salvajemente hasta dejarle abandonado, como un bulto de sombras y sangre tendido en el empedrado. Varias personas llegaron para  atender al moribundo y los atacantes se dispersaron a la carrera, envueltos en oscuros sayales, sucios y raídos, que les hacían semejantes a parcas tenebrosas; criaturas espectrales emergiendo, contra natura frente a la luz radiante y alegre del día. Hipatia no pudo dejar de pensar, al verlos, ya lejos, en lo que le enseñaron sus maestros egipcios, sacerdotes del Dios Seraphis: que las ratas simbolizaban las fuerzas que destruyen las sociedades decadentes.

Por desgracia, ésta era una de las reyertas y asesinatos frecuentes en días tan conturbados como los que vivía todo el Imperio Romano, aun en las lejanas y antes tranquilas tierras de Alejandría. Reyertas despiadadas entre secuaces fanáticos de una u otra secta de los galileos, que parecían empeñados en pulverizar la estatua de la Concordia que, durante casi cinco siglos, había permitido la libertad de creencias en todo el Mediterráneo. El misterio vivo, el Dios sin nombre, Rey del Universo, debía ahora tener nombre e historia personal; y por los diferentes matices de esta “historia” del “Logos encarnado” las masas humanas, atizadas por sus obispos, estaban dispuestas a derramar su sangre y, lo más normal y antes, la de sus enemigos. Los vientos apestados de la locura atizaban el mundo; y las sombras del fanatismo y la pérdida de los valores eternos amenazaban cerrar sus fauces sobre él. Todas las sectas triunfantes en el Concilio de Nicea, en el 325, y después en el de Constantinopla en el 381 –hacía menos de diez años- se avalanzaron como perros rabiosos sobre los arrianos. El insulto de herejía y la condena oficial de ésta, hacían innecesario cualquier juicio o reflexión antes de cometer el más despiadado de los asesinatos.

Hipatia, quien había dejado de sentir terror por un espectáculo ya tan frecuente –y esto era lo más terrible, pensaba- meditaba con suma tristeza en lo fácil que era penetrar en la quintaesencia de las doctrinas cristianas y en sus burdas polémicas con ayuda de la llave de la filosofía y la doctrina del Logos Platónico, y con la enseñanza de las encarnaciones de la Luz Divina –Sofía, la llamaban algunos cristianos cultos y eclécticos- en hombres excelsos, cuando el Plan de Evolución así lo dictaminaba. Qué diferentes la Idea de Cristo en las Cartas de Pablo de Tarso, o la del hombre bueno (Crestos) con una misión divina, de Arrio, con las complejidades laberínticas teológicas que la misma Hipatia, aunque aleccionada por su padre no era capaz de comprender, ¡y ni siquiera de formular!

Aún recordaba la voz de su padre, divertido, el día que quiso “enseñarle” las sutilezas que dividían a las sectas galileas:

-No, Hipatia, no es que no lo comprendas por ser demasiado joven, como dices, sino que tu mente, al ser demasiado pura, es incapaz de aceptar engendros nacidos de mentes tan confusas. La luz no llega nunca a conocer las sombras, por más que el eterno deseo, insaciable, de éstas, sea llegar a ser amadas por la luz. Y cuando por fin son conocidas, sus telarañas de niebla se deshacen, como si nunca hubieran existido. Y es que claro, dichas sombras en verdad no son, no fueron ni nunca serán… más que sombras.

Además, quizás estos mismos galileos no sean capaces de comprender tales absurdos, pero a fuerza de repetirlos se familiarizan con ellos hasta pensar convencidos que nada puede haber más creíble. Ahora podemos decir casi llorando, lo que el gran orador romano, Cicerón, repitió ante el Senado: «O tempora, o mores»: «oh tiempos, oh costumbres».

Hipatia recordaba, también, el día en que su padre y ella leyeron juntos la obra más importante de Arrio, Talía. Su padre la fue comparando, línea a línea, con los conocimientos de filosofía de Platón y las enseñanzas de los sabios egipcios acerca de cómo nace el universo. Qué bellas y profundas eran entonces las imágenes y similitudes utilizadas por Arrio, a la luz de la sabiduría de sus antepasados. Cómo alguien podía interpretar literalmente –¡la letra que mata el espíritu!- sus palabras y oponerlas, brutalmente, a otras lecturas “letra a letra” de textos de sutil belleza y saber, cuando se leían alegórica y poéticamente.

Y qué semejantes –pensaba- algunas de sus afirmaciones, a las de los símbolos egipcios. ¿No dice Arrio que la Sabiduría existe por la voluntad del Dios bueno? ¿Y no es ese “Dios Bueno” para nosotros Ra, el Sol de Ideas y el creador que rige vida y alma? ¿Y no es su hija, Maat, la gran sabiduría que es orden, verdad y justicia de todo cuanto vive?

¡Ah, la ignorancia nos convierte en alimañas del saber antiguo! dijo en voz alta, como queriendo exorcizar las sombras de melancolía que pesaban sobre su joven cabeza.

 

– ¡Hipatia! -su padre Theon entró en sus aposentos, visiblemente preocupado- ¡Qué horror! ¿Estás bien, hija mía? ¡Nadie ni nada está salvo en esta ciudad que parece que las mareas del caos están decididas a anegar!

Hipatia, en pie, hierática como la estatua de un Dios, mirando por una ventana cuidada con celosía de hierro, fue arrastrada al aquí y al ahora desde las profundidades en que la meditación la había sumido. Volviendo a ser una adolescente se arrojó en los brazos protectores de su padre y maestro amado.

– ¡Oh padre, hay una parte de mí que tiembla y teme, sacudida por la violencia de estos crímenes y acontecimientos; otra que no siente compasión y se endurece, egoísta y salvajemente; y otra, con quien tú me has enseñado a identificarme, que permanece serena, que piensa que lo que estamos viviendo es una sucesión imparable de efectos de causas anteriores; una sucesión semejante a las imágenes de un sueño pero en la que podemos ver, como si fuera un espejo, profundas verdades reflejadas… y sin embargo, cada vez que violentan y asesinan estos fanáticos surgidos de la noche y la ignorancia… siento una angustia y un temor difuso al que no consigo dar forma y enfrentar. Un temor que no me paraliza, pero que llena mi alma de una indefinible tristeza, como el que sentimos ante un mal augurio, o ante una lucha en la que sabemos que no vamos a vencer.

– ¡No te inquietes, hija mía! ¡No te inquietes Hipatia! Negros nubarrones avanzan desde el horizonte, pero no ha llegado aún la hora de la tormenta… Y cuando ésta llegue nada temeremos, sino que en la violencia de los acontecimientos trataremos de hacer lo mejor… Y ¿quién sabe? Quizás nuestra alma sonría en medio de un mar de dificultades y angustias, como lo hace el capitán valiente y experimentado desafiando a la tormenta.

Recuerda las enseñanzas de los maestros egipcios en sus Libros de Sabiduría, recuerda a Ani, que tanto has leído: “Si vas por un camino que tus manos han construido día tras día, llegarás al lugar en que debes estar”

La voz y enseñanzas del padre acariciaban y fortalecían el alma de Hipatia, como lo hacían con su cuerpo los rayos del Sol y la brisa marina entrando por su ventana, heraldos de una alegría del presente que desconoce las tragedias del ayer y las angustias del mañana. Y en el interior, en el jardín contiguo a las estancias de Hipatia, el trino de pájaros multicolores parecía ajeno a sombras de futuros o presentes temores. La naturaleza, sabia y eterna madre, parecía sellar con su sí perpetuo la enseñanza egipcia antes mencionada por Theon.

– Es cierto, continuó el sabio, que vivimos tiempos de cambio, de transformación, o quizás de sueño y muerte de una civilización. Tiempos de crisis. Y sin embargo la crisis, para las almas despiertas, es siempre un tiempo fecundo, un tiempo para embanderarse en los más nobles ideales, en los valores eternos. Como decía el filosofo Heraclito, la vida es una incesante batalla, pues todo aquello que vive lo hace en tensa oposición a su circunstancia, que somos también nosotros, claro. Esa lucha se hace más evidente en estos momentos de dificultad; es por tanto un tiempo propicio para afianzarse en los principios de la Recta Razón, del Logos o Deber Ser. Utilizando una imagen tan cara al pensamiento egipcio y platónico, es como si las almas despiertas formásemos entonces una pirámide a la que baten furiosamente las aguas, y la pirámide resiste firmemente en la perfecta geometría de su forma y en la tensión de sus piedras. Esa pirámide, como dice Platón, es el símbolo del quehacer humano, iluminado por la Divinidad y elevándose en triunfo al buscar todo lo justo, lo verdadero, lo bello y el bien que hay en nuestra alma, en la de nuestros semejantes y en la de la naturaleza de la que formamos parte. Repito, es la llamada ancestral hacia lo Justo, lo Bueno, lo Bello y la Verdad quien hace y sostiene la pirámide; y el alma, por tanto, de toda verdadera política, ciencia, arte y religión. Es pues el momento de unirnos fuertemente a lo mejor de nosotros mismos y a todas las almas buscadoras de esa verdad y justicia. Recuerda a Plotino: la Luz del Espíritu o Inteligencia unen, el Fuego espiritual nos convoca y las aguas de la materia, las potencias del caos todo lo disuelven y sus remolinos, se tragan a quienes no se mantienen en esa incesante lucha interior, en esa visión de la unidad más allá de todos los velos y máscaras, que llamamos Filosofía.

– Pero -preguntó Hipatia, con cierta tristeza- ¿todo lo que nace debe morir, aunque nazca en la belleza? ¿Deben morir los versos de Safo o la ternura y delicadeza de los poemas de Ovidio; llegarán a sumergirse en el olvido la divina filosofía de un Platón? ¿Llegarán a morir, como dicen la profecía del templo de Dendera y los textos herméticos, las artes y ciencias de Egipto, sus Escuelas de Misterios, el corazón de su mística inviolada?

– Muere el cuerpo, nunca el alma, que busca nuevas formas en las que continuar su eterno peregrinaje. Recuerda aquel texto en jeroglífico que leímos y comentamos hace algunos días: El Viajero que cruza por millones de años es el nombre de Uno; y las Grandes Verdes (Aguas Primordiales o Caos) es el nombre del otro: uno produciendo millones de años en sucesión, y el otro absorbiéndolos para devolverlos.

Y sí, también morirá Egipto. Ya empezó a hacerlo desde que dejó de ser llamado con su viejo nombre de Kem, Tierra-Fuego, hace más de mil años. Pero su alma peregrinará, reencarnando, con y como aquellos que son sus hijos verdaderos. Y las imágenes que en Egipto han sido forjadas y enraizadas en un perfecto Ideal de Belleza y Bondad, Justicia y Verdad, todas las que se han reflejado en el Espejo de Divina Armonía de la   Diosa Maat, vivirán por siempre, inspirando, de un modo u otro, a los “viajeros a través de los millones de años”: son imágenes talismánicas del pasado cuya fuerza espiritual atraviesa las puertas del presente y se proyecta hacia un futuro casi infinito. Es como una guirnalda de flores de eterna belleza y aroma. Armas mágicas para el Guerrero-Divino-que-vive-en-lo-más-profundo-del-Corazón, más poderosas aún para aquellos que forjaron dichas imágenes de eternidad, pues son, usando terminología aristotélica, consustanciales ya a su alma.

– Entonces -preguntó Hipatia- ¿una civilización es un ser vivo, como tú y yo, como un árbol….?

– Y como una estrella o una flor –agregó Theon-. Nace, crece, debe entrar en la lucha por la supervivencia del más apto y es sometido a las vicisitudes de la Necesidad, Fortuna o Némesis, como quieras llamarle. Si llega a su esplendor, se abre, como un loto al Sol, derramando su mensaje de vida y belleza, y sus semillas para perpetuarse. Esto hace la flor, tú ya lo sabes, y ya aprenderás que también es la vida y destino de las estrellas, el misterio del llamado Fuego Cósmico, del que nada puedo decirte, pues violaría un juramento. Y es que las estrellas son como lotos en el infinito jardín del cielo, flores de eternidad, dada la enorme duración de sus vidas.

Muchos han sido los nombres e imágenes usadas para comprender, por analogía, qué es una civilización: una pirámide, un Templo de Valores imperecederos, un árbol que abriga y protege a todos los que en él se cobijan, una Flor, un Ideal encarnado. Pero yo, entre todas ellas, prefiero la imagen de un Águila solar que desciende a la tierra…

Las palabras de Theon y el esfuerzo para que su mente y su alma se alzasen en vuelo siguiendo su rastro, fueron calmando poco a poco la inquietud de Hipatia, quien desde las altura de los temas tratados y las brisas de eternidad que en estas alturas alientan, veía las preocupaciones de la tierra como imágenes de un sueño fugaz y sin importancia. Hipatia pensaba para sí que la solución de todos los problemas, la verdadera medicina para no quedar desgarrados por los males presentes y evitar los futuros, era liberar el alma de la cárcel en que se halla prisionera. Liberarla de la ignorancia y del error y hacer que recordase su amor por las alturas. El alma humana es, por naturaleza, divina, como decían los filósofos pitagóricos. Somos Dioses Encadenados y no animales dotados con la llama oscura de la astucia. Si hemos ensuciado nuestro fuego divino, el fuego de la razón celeste, el más puro de los elementos, es por esclavizarlo a nuestros intereses mundanos y egoistas. Y con las sombras de esta razón celeste hemos construido un mundo que se ha convertido en una carcel y nos ha esclavizado. Pensemos si no, cuánto tiempo utilizamos la mente para intentar comprender el significado profundo de lo que nos rodea y cuánto para servir a intereses personales y egoístas. Es como si fueran dos mentes o razones, una que mira al cielo y lo refleja, como un espejo; la segunda dirigida a la tierra, deseando proyectar sus fantasías e imperio tiránico sobre ella. Por no hablar de la mente que no sabemos dónde está, vagabunda, soñadora, sin dirigirse ni al cielo ni a la tierra, sino a una nada que le fascina y deshace…

– ¡Theon, Señor, Theon! -un criado de la casa se acercó al umbral de los aposentos de Hipatia, agitado, y dijo al matemático-: -Ha llegado un mensajero del Templo de Seraphis y le espera en la entrada.

Theon se despidió de Hipatia.

– Medita, hija mía en lo que hemos conversado hoy y libera tu mente de inquietudes; la mejor forma para ello es sumergirte en los estudios y en el examen atento de ti misma. Y, claro, en las tareas que minuto a minuto te reclaman. Dos son los grandes purificadores de la mente, y por tanto del alma: la sabiduría y el trabajo. ¿No son estos los atributos de la Diosa Atenea, la que purifica sirviendo a todo lo que es noble y bueno, la Diosa Virgen y Guerrera? Ella, Hipatia, debe ser tu Ideal, pues ella es Sofía misma, la Diosa inspiradora y protectora de filósofos e idealistas, de los enamorados de las causas justas.

El mensajero del templo era un joven de unos catorce años, la misma edad que Hipatia. Negros cabellos, túnica blanca corta, sandalias de cuero, cuerpo nervudo y ojos verdes, fulgurantes, con luz propia. Y en la frente, anudada una cinta del mismo color, sobre la que destacaba el sello del Dios Seraphis.

Entregó un cilindro de cuero endurecido, del que Theon extrajo un papiro que leyó atentamente. Mientras lo leía en su rostro adusto se comenzó a dibujar una sonrisa, casi imperceptible y una lágrima rodó por su mejilla. Era una invitación del Sumo Sacerdote del Templo para que su hija continuase su formación filosófica y discipular en una de las Casas de Vida anexas al Templo de Isis en Phylae: una de las Escuelas Iniciáticas más importantes, por no decir de las últimas, que aún funcionaban en Egipto y en todo el Imperio Romano. Uno de los pocos, muy pocos centros del Mundo Antiguo en que Sacerdotes Iniciados protegían el Fuego de los Misterios, acercando a los candidatos a su Llama transformadora y enseñando a los aspirantes disciplinas y conocimientos legados de maestro a discípulo. ¿Desde cuándo? Sólo en Egipto, desde hacía decenas de miles de años. El Egipto Rojo que mencionan los muros del Templo de Karnac, un ramo de la civilización atlante, cuya caída estos mismos muros narran.

En el mismo Templo de Seraphis sacerdotes Iniciados enseñaban a los jóvenes Aspirantes, e Hipatia había estudiado junto a ellos durante más de siete años. En algunas disciplinas, como la Ciencia y Arte de Curar, era incluso el centro más importante del Mediterráneo. Sí, verdaderamente también en Alexandría, amparados por la sombra luminosa y benévola del Dios Seraphis, se hacía obra alquímica en el alma de los jóvenes. Pero en este Templo no se podían impartir los Grados Superiores del Conocimiento que llevan a la Iniciación; para ello era preciso ir a Santuarios tan viejos como Egipto: tanto que algunos de ellos funcionaban desde antes de la destrucción de Poseidonis, hacía 10.500 años. Santuarios como el de Samotracia, fundado por los misteriosos pelasgos, innúmeras veces reconstruido.

La sombra rápida de un temor surcó la frente de Theon pensando que su hija debería superar las Pruebas de ingreso al Templo y beber del cáliz de una responsabilidad -tantas veces casi imposible de soportar- por todos los seres humanos y por su propia alma. Y que ya nunca más, aunque quisiera, podría cerrar los ojos al saber, y por tanto al deber. El cáliz que el mago Apolonio de Tiana había llamado “de Tántalo”. Cáliz de felicidad y amargura al mismo tiempo, en el que uno hace suyos el sufrimiento y los errores de todos los seres humanos. Y al beber de él, hallándose frente al Juramento, uno siéntese nacer en el seno de una gran familia, hijos de un Gran Padre: la Voluntad universal que es el Yo interno de cuanto vive.

Cáliz de Tántalo, pensó Theon. Qué significados tan profundos encierra este nombre dado por el sabio de Tiana.

Según refiere Filóstrato, cuando este sabio y mago, que fue capaz de enfrentarse a los tiranos Nerón y Domiciano, se despidió de sus Maestros, los Adeptos de la Fraternidad  Iniciática en las Montañas de ¿la India?, dijo: “Vine a vosotros por caminos de tierra, y me habéis abierto no sólo el camino del mar, sino también por vuestra sabiduría, el de los cielos. Todo lo que me habéis enseñado lo llevaré a los griegos, y, si no he bebido en vano la Copa de Tántalo, permaneceré unido a vosotros como si estuvierais presente”  y también habló de los “Jardines de Tántalo, que tan pronto aparecen como desaparecen”. Y es que Tántalo fue invitado a formar parte de la asamblea de los Dioses, “robó” ambrosía de sus banquetes para dársela a los hombres, fue desposado con una de las Pléyades y finalmente sacrificó a su propio hijo, Pélope, es decir la obra de su vida, la estatua mágica de su doble luminoso, para servir a los Dioses, quienes reconstituyeron mágicamente el cuerpo, sustituyendo el hombro izquierdo, la parte devorada por Deméter (la Madre Naturaleza, o la Tierra, como Diosa) por uno de marfil hecho con hueso de delfín: todos éstos, símbolos de la Iniciación más elevada.

El castigo de Tántalo es tener siempre cerca de los labios las Aguas de Vida que calmarían eternamente una sed insaciable -la epopteia final que hace del hombre para siempre un Dios- y no poder beber de ella precisamente por amor a los hombres, por espíritu de fraternidad; pues bebiendo se alejaría finalmente de todos los males del mundo, pero tampoco podría auxiliar más en ellos. Su castigo es también saber que este mundo es como un espejismo, un sueño y ansiar la muerte que nos puede liberar de tantas ilusiones y dificultades, pero evitarla innecesariamente, pues nadie debe adelantar su muerte ya que si aquí estamos es por expiación, para aprender y para ayudar a los otros, para cumplir un Destino que generalmente desconocemos.

Theon recordó las enseñanzas de un sabio llegado desde la India a Alejandría que explicaba en la Biblioteca cómo según sus doctrinas -él se llamaba a sí mismo budhista- los que llegan al fin del camino, antes de penetrar como un rayo de luz en un océano de luz, como una chispa en la Llama Eterna, deben decidir si se apartan para siempre de los sufrimientos de los hombres o si asumen por una eternidad un dolor que ya no es suyo, por amor a sus hermanos, para ayudarles a llegar hasta esta condición más que divina. Llamó Nirvana a este “lugar” de plenitud incondicionada, imposible de imaginar, y Nirmanakayas a los que rechazan “entrar” en este Nirvana, a los sabios compasivos que se autoinmolan para servir para siempre a su alma mater, la Humanidad, intentando endulzar con su sabiduría, como las aguas puras de un río que se vierten en el mar, el océano de sufrimientos y angustias en que ésta vive; sufrimientos y angustias nacidos de la ignorancia y el error perpetuo de su egoísmo.

Sí, la copa de Tántalo. Él también había bebido de este cáliz de amargura aún sin haber llegado al final de su camino y tembló ante la expectativa de que su hija, en apariencia tan joven y frágil, se hermanase para siempre con el sufrimiento y angustias humanos al intentar aliviarlos en la medida de sus fuerzas y sabiduría.

Tántalo era el símbolo del Gran-Sacrificado-en-la-Encrucijada, aquel en cuyo nombre se otorga la Iniciación, y cuya estrella brilla sobre la frente del Iniciado cuando éste hace el Juramento y forma parte de este Árbol Místico, que abriga y alimenta el alma de la Humanidad entera, tanto en los tiempos de bonanza como a través de los desastres. Siempre, mientras el hombre sea tal, se encontrará un vástago de este arbol místico creciendo en la fértil tierra de su alma, abriéndose la semilla divina desde su corazón.

Recordó haber leído en un texto mistérico egipcio, cuyo nombre y origen no podía revelar: «era al principio un Ser Maravilloso, llamado el “Iniciador”, y después de él un grupo de Seres semihumanos, semidivinos. “Elegidos en la génesis arcaica con ciertos propósitos, se dice que en ellos encarnaron los más elevados espíritus que alcanzaron su perfección en ciclos anteriores, para formar el semillero de futuros Adeptos humanos, en esta tierra y durante el ciclo presente. El “Ser” al que se acaba de hacer referencia, y que tiene que permanecer innominado, es el Árbol del cual, en épocas subsiguientes, se han ramificado todos los grandes Sabios e Hierofantes históricamente conocidos. Como hombre objetivo, él es el misterioso (para el que está “fuera del Templo”, el siempre invisible, y sin embargo, siempre presente) Personaje del cuál abundan todo tipo de leyendas, especialmente entre los estudiantes de la “Ciencia Sagrada”. Él es quien cambia de forma, y sin embargo, permanece siempre el mismo. Y él es además, el que posee la autoridad espiritual sobre todos los Adeptos iniciados que en el mundo entero existen. Él es el “Sin Nombre” que tantos nombres posee, y cuyo nombre y naturaleza son, sin embargo, desconocidos. Él es el “Iniciador”, llamado la “Gran Víctima”. Porque, sentado en los umbrales de la LUZ, la contempla desde el Círculo de Tinieblas que no quiere cruzar; ni abandonará su puesto hasta el último Día de este Ciclo de Vida. ¿Por qué permanece el Solitario Vigilante en el puesto por él escogido?¿Por qué permanece sentado junto a la Fuente de la Sabiduría Primordial, en la cuál no bebe ya, puesto que nada tiene que aprender que ya no sepa, ni en esta tierra ni en sus Cielos? Porque los solitarios Peregrinos cuyos pies sangran de vuelta a su Hogar, jamás se hallan seguros, hasta el último momento, de no perder su camino en este desierto sin límites de la ilusión y la materia, llamado la Vida Terrena. Porque quiere gustoso mostrar el camino hacia aquella región de libertad y de luz, de la cuál es desterrado voluntario, a todos los prisioneros que han logrado libertarse de los lazos de la carne y de la ilusión. Porque, en una palabra, él se ha sacrificado por la humanidad, aunque tan sólo unos pocos elegidos podrán aprovecharse del GRAN SACRIFICIO.»

Theon salió de la meditación en que casi sin darse cuenta se había abismado y despidió cortésmente al mensajero; en una semana debía acudir al Templo con su hija para conversar con el Sumo Sacerdote de todos los pormenores del viaje y recibir cartas de presentación e instrucciones para el mismo.

El Destino había sido sellado y Theon sabía, como matemático y filósofo, que no hay mayor divinidad que éste: Hipatia sería la ofrenda, la semilla que en el Altar de Isis, la Sabiduría, moriría como tal para converirse en árbol frondoso. Sí, un árbol magnífico de los que sujetan firmemente la tierra con sus raíces; y con sus ramas, hojas y flores recogen las bendiciones del cielo, esa gracia que otorga al alma humana el verdadero sentido de la vida y sin la cuál ésta se convierte en un desierto estéril y sin caminos. Hipatia había conquistado esta verdad: la Filosofía es el camino hacia la sabiduría y abandonando éste, de áurea luz solar, el mundo y la vida en él se convierten en un laberinto del que sólo la muerte, quizás, permita salir.

 

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