Simbolismo

El ritmo y el alma del mundo

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Que la vida es una guerra, un escenario donde hay una lucha perpetua de formas, seres y aún ideas es evidente para todo aquel que lo medite. Que la vida es una danza, de alegría y belleza, que en ella respira el aliento de Dios, o como lo queramos llamar, y que más allá de la supervivencia de unos y otros, todo camina hacia una mayor perfección y luminosidad; a veces nos es más difícil de percibir. Pero es verdad, y la base o matriz matemática de esta música de la naturaleza, y de esta danza que nos abraza y arrastra es el ritmo, el ritmo de la vida y el ritmo de las almas en sus incesantes evoluciones.

En un texto atribuido a Hermes Trismegisto leemos:

Escuchad dentro de vosotros mismos

Y mirad en el infinito

Del Espacio y del Tiempo.

Allí se escucha el canto de los Astros,

La voz de los Números,

La Armonía de las Esferas.

Y es que sin el secreto del ritmo, cómo podemos pensar que todo está en todo y lo infinitamente pequeño reproduce el misterio de lo infinitamente grande, y viceversa.

El ritmo de la vida es la voz de Dios en ella, la presencia del número en el movimiento, una forma de la irradiación del Logos en el océano de materia primordial, el esqueleto formal de todos los seres, cosas y procesos de la naturaleza. Pues sin ritmo no hay vida, es con él como los poderes constructores abren el camino a la misma, conjugando su acción.

El suave murmullo o la voz rugiente de las olas del mar; el ciclo de las estaciones nacidas del vínculo Tierra-Sol; o el de las mareas y las fases de la luna que no sólo afectan a la masa de aguas sino a los fluidos de todos los organismos; el día y la noche; o la danza de los astros y aún de la galaxia en torno a su enigmático Sol Negro; el de las abejas que señalan dónde se hallan las flores que deben polinizar, o el de las semillas que esperan la llamada para convertirse en árboles; el auge y caída de las civilizaciones, que aunque lo sueñen, jamás pueden llamarse Ciudades Eternas en este mundo de materia y olvido; el latido del Sol cada 11 o 22 años regulando e impulsando la sangre (viento solar) que da vida a todo el sistema –y a la Tierra, por tanto- hasta los confines de la llamada Heliopausa; o el pavoroso giro de los pulsars, varias veces por segundo, focos de poderosísimas irradiaciones cósmicas cual flechas lanzadas al infinito; los ciclos de la mujer y de todo lo que es femenino y cáliz de vida; el pentágono estrella de Venus en torno a nuestra madre y morada… Allá donde se dirijan nuestros ojos, oídos o nuestro entendimiento, vibra, imperativo, el ritmo de la vida.

Y quien dice ritmo dice pulsación, dice geometría, dice número, dice relación y conjugación, dice tiempo.

Detengámonos en este último término, “tiempo”. Podemos, decir con Shakespeare –en su magnífica obra de Hamlet, y en boca de Polonio- que “discutir a fondo (…) por qué el día es día, noche la noche y el tiempo tiempo, no sería más que perder la noche, el día y el tiempo”. Newton, en sus estudios sobre el movimiento, lo introdujo como variable, de modo que la velocidad es el espacio recorrido en un intervalo de tiempo dado, pero hay ahora físicos que quieren prescindir de esta variable: y del mismo modo que Édison se afanó hasta la locura en defender la corriente eléctrica continua, pero finalmente triunfó la concepción y uso de corriente eléctrica alterna de Nikolav Tesla; estos Físicos dicen que no existe el tiempo como tal, que es una abstracción mental, como lo es el espacio mismo; que lo que sí existe es el ritmo, es decir, “el número en el movimiento”, definición que sobre el “tiempo” da el Filósofo de la Academia en su inmortal Timeo. Con lo que Platón no identifica el Tiempo como un eje de coordenadas de la existencia, una dimensión cual refiere Einstein, sino que para Platón el Tiempo es el Ritmo de lo que vive.

¿Vive más un ser humano que un mosquito, o una tortuga que éste? ¿Vive más un planeta o un sistema solar, o aún una galaxia que una célula epitelial? En nuestras unidades de medida el mosquito desarrolla su ciclo vital (este es su ritmo) en varios días o aún semanas, pero la velocidad de sus percepciones es diferente de la nuestra. Nosotros mismos, con la adrenalina y otras endorfinas, en un momento crítico sentimos que la vida corre muy despacio, y ahí nuestro tiempo es diferente. El tiempo, la vida, el tiempo de vida, es una curva que se cierra sobre sí misma, o sea, es un ciclo, un anillo, aunque unos anillos están engarzados en los otros desde lo infinitamente pequeño y breve hasta lo infinitamente grande y duradero. Tal y como describen los filósofos hindúes sus yugas, o tal y como vemos la vibración de los átomos en la pulsación de la célula, y la de esta en el ritmo cardíaco, el mismo en el día y la noche, los cuales en el ciclo de la luna y este en el del año, después en el lustro (cinco años) y en ciclos de resonancia mayores como el Año Zodiacal de 26.500 años y éste en el giro de la galaxia sobre sí misma o en su periodo de manifestación (manvantara) e inmanifestación (pralaya), que es como decir su vida y su muerte. Según los filósofos neoplatónicos, y tal y como afirma la Doctrina Secreta, los mismos Arquetipos son como “Árboles Celestes” que crecen, viven y mueren en la Eternidad, siempre, todo, siguiendo la ley del ritmo.

Los mismos órganos y todos los procesos biológicos tienen sus ritmos propios, que “sufren” al ser alterados por las exigencias del día a día (en que es necesario, por ejemplo, trabajar de noche), de nuestra emotividad o simplemente por nuestras preocupaciones, en que no respiramos o descansamos bien. Todos conocemos los ritmos circadianos, que se van ajustando con la luz del sol, y la medicina y farmacéutica actual estudian cuándo es mejor dar tal o cual medicamento, pues su poder o efectos pueden incrementarse o reducirse según qué momento del día sea. Las tradiciones mencionan que el momento fatal acecha al moribundo sobre todo justo antes del amanecer, y los himnos védicos reconocen la importancia de estar despierto y en pie cuando llega la aurora –la Diosa Ushas[1], dadora de felicidad a quien la recibe con los brazos abiertos- pues muchas de las bendiciones del amanecer no se derraman sobre quien se levanta después, y cada día trae –así dice el Héroe-un nuevo Sol de Fortaleza.

Volviendo a los “relojes biológicos” considero necesario revisar atentamente lo que dice el profesor Jorge Ángel Livraga (1930-1991) en su artículo sobre esta temática:

En su eterna búsqueda, volcada ahora hacia la vertiente científica, el Hombre ha redescubierto los llamados relojes biológicos. Se sospechó de su existencia desde hace más de un siglo, cuando la Ontogenia se relacionó con la Filogenia.

Y decimos que se han redescubierto porque en la medicina de los antiguos egipcios ya se sabía que cada parte del cuerpo, de la psiquis y del Alma, estaba regida por un genio diferente o razas de genios diferentes que, como es lógico, actuaban de diferente manera y tenían ritmos vitales disímiles. Esto es fácil constatarlo. En la práctica vemos que una persona que muere por insuficiencia hepática, lo hace con el corazón en excelente estado, o en tantos otros ejemplos que han servido de base para la formación de bancos de órganos aptos para el transplante a otros cuerpos; pues siguen con capacidad de funcionar, aunque sus compañeros hayan provocado la muerte de ese biorrobot que llamamos “cuerpo”. Y no hablamos de los casos de fallecimiento por accidente, sino de los de muerte “natural”.

Pues los ritmos están asociados a genios, a poderes y aún estados de vida (y por lo tanto, también de conciencia), y el conocimiento del ritmo permite vincularse, o atraer dichos poderes, del mismo modo que un poema o una música es capaz de modificar nuestro estado de ánimo. Si el lenguaje de la vida lo es en base a estos ritmos, el de las formas y el de los elementos mismos también lo es, como dice H.P.Blavatsky en su Doctrina Secreta: “Porque las palabras habladas tienen una potencia no sólo desconocida, sino que no se sospecha siquiera, ni se cree naturalmente por los “sabios” modernos. Porque el sonido y el ritmo están estrechamente relacionados a los cuatro Elementos de los antiguos; y porque tal o cual vibración en el aire, es seguro que despierta los Poderes correspondientes, y la unión con los mismos produce resultados buenos o malos, según el caso.”

El ritmo de la vida es el de la Espiral Áurea, la Espiral Logarítmica cuya danza teje con la sustancia primordial de lo que llamamos tiempo y espacio; es la clave armónica de la Música de las Esferas que se reproduce también en las estructuras óseas humanas. ¡De qué forma tan sublime lo describió Platón en el Timeo cuando dice que el Logos, al crear el Mundo, hizo con lo Uno y lo Otro una sustancia intermedia, y con ambas tres elaboró una “corriente de ritmo y vida”, en proporción armónica (a medio camino de la aritmética y geométrica, semejante a la Serie de Fibonacci) que se convirtió en el alma musical de todo cuanto respira y alienta; y si todo se halla en concordancia es porque todo proviene de este mismo alma-ritmo, desde la evolución de las galaxias hasta el de los electrones en sus “orbitas” que la Física Cuántica nos desconcierta tanto al llamarlas ondas de probabilidad.

Pero oigamos la música de los Diálogos de Platón, tan bellamente sintonizados con la música y ritmo del Alma del Mundo:

De la esencia indivisible y siempre la misma, y de la esencia divisible y corporal formó combinándolas una tercera especie de esencia intermedia, que participa a la vez de la naturaleza de lo mismo y la de lo otro, y así se encuentra situada a igual distancia de la esencia indivisible y de la esencia corporal y divisible. Tomando después estos tres principios hizo con ellos una sola especie, uniendo a viva fuerza la naturaleza rebelde de lo otro con la de lo mismo. Mezclando a continuación lo indivisible y lo divisible con la esencia compuso con las tres cosas un solo todo, que dividió finalmente en tantas partes como le convenía, cada una de las cuales contenía a la vez partes de lo mismo, de lo otro y de la esencia.

Describe después la partición en una serie armónica que es la clave de la música, de la vida, que es en definitiva el ritmo del Alma del Mundo y que hermana a todos los seres de la “Creación” en una misma danza.

Sí, verdaderamente, el ritmo es el soporte matemático de la vida, como la verdad es el soporte de toda belleza, pues todo se marchita y pierde su belleza cuando se separa de su verdad íntima, y todo enferma o muere cuando pierde su ritmo vital.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 9 de octubre del 2014

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[1] Ver el excelente trabajo sobre esta Diosa y su simbolismo en Ananda Coomaraswami.

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