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 LA CORDOBA DE LOS OMEYAS

 

Con la estrella Venus al declinar la tarde y con el nombre de Span identificaron los árabes las benditas tierras de España. En las primeras monedas que emitieron, dos años después de la conquista, aparecen estos dos signos identificativos. En los primeros dinares bilingües, cinco años después, sigue la estrella, y por primera vez el nombre de al-Ándalus para referirse a las tierras que los romanos llamaron Hispania y Hesperia los griegos. Monedas del año 716, cuando se traslada la capitalidad de Sevilla a Córdoba.

Como una novia que se exhibe majestuosamente, enjoyada, generosa en seda, dulce de miel, abundante de aceite, alegre de azafrán la describen sus poetas. También Ibn Said compara a Córdoba con una novia de esplendente belleza, cuyos atributos son: la tribuna, en que se muestra es el lugar y su historia. La corona, los príncipes que la gobernaron, como Abderrahmán III. El collar, sus altos dignatarios, como Ibn Shaprut. El traje, sus sabios, letrados, poetas, que expresaron sus conocimientos en lengua clásica, por ejemplo, Ibn Hazm, Averroes… Los flecos, sus poesías, cantos y refranes, que perpetúan la sabiduría popular.

Córdoba, dice, es la cúpula del Islam. Bordea su río una bella seda de prados con bordados de flores. En ambas orillas desgranan las aves sus suaves cantos, al son de la noria y su melodioso arrullo. Don del cielo, jardín de felicidad, paraíso en la tierra, fueron nombres que dieron los andalusíes a sus tierras, a sus costumbres, a sus leyes y a sus gentes durante el periodo omeya. Tiempos de oro en un mundo, de hierro antes y hierro después.

Ibn Hazm evoca la benéfica influencia del clima y de los astros sobre las virtudes intelectuales de los sabios. Y el poeta Ibn al Hammara compara sus aldeas “en medio de las verduras de los vergeles, como perlas blancas engarzadas en esmeraldas”. Son “los pueblos blancos de Andalucía, tan cuidadas sus casas dentro y fuera, que en su calado tan blanco –dice el poeta– parecen estrellas en un cielo de olivares”. Y este paraíso de los omeyas fue don de la tierra y del cielo, pero también de la proeza de almas grandes y sabias. Retrocedamos en el tiempo hasta los inicios del siglo VIII, y miremos hacia el Sur, en las costas de Gibraltar… Aguardemos el encuentro de religiones y pueblos que harían fértil los cultivos del alma durante más de medio milenio.

En el 711 las tropas árabes, al mando de Tarik, entran en la península, en lo que más que una guerra parece una marcha triunfal. Un siglo, no más, había tardado la onda expansiva del gran reformador y profeta, Mahoma, en llegar a las tierras de Hispania. Y en el año 755 llega a estas tierras Abderrahmán, príncipe omeya huyendo de la conspiración y magnicidio de los abbasides, que asesinaron a toda su familia. Lidera a las tribus yemeníes, derrota al emir reinante, se apodera de Córdoba y Toledo y extiende su dominio hasta Zaragoza. Independiza su política de la de Bagdad, en treinta y dos años de guerras ininterrumpidas para someter a toda la España Musulmana. Embelleció Córdoba, la capital, con notables monumentos y jardines. Comenzó la construcción de la Mezquita con el mismo diseño que la de Damasco. Protegió las letras, las ciencias, y la Historia le recordará con el nombre de “el Justo”.

Le sucedió su hijo Hissám, que gobernó entre el 788 y el 796. Años de paz en al- Ándalus, que rigió con la benevolencia de un santo. Hissám despreció los placeres del mundo y atendía de incógnito a enfermos e indigentes en los arrabales de Córdoba.

Al- Hakam I sofocó con dureza una rebelión de alfaquíes, muladíes y nobles descontentos. Arrasó barrios enteros de Córdoba para sofocar una sublevación, obligando a miles de cordobeses a buscar refugio en Fez, en el Magreb, en el ahora llamado “barrio de los andalusíes”. Este emir escribiría en un poema a su hijo y sucesor: “Como el sastre se sirve de la aguja para juntar retazos así usé yo de mi espada para unir provincias separadas. Pregunta a mis fronteras si queda algún lugar en poder del enemigo y te contestarán que no. Y si dijeran que sí, presto iría allí, con mi espada y mi armadura”.

Abderrahmán II se anexionó levante y fundó Murcia. Hizo frente a sublevaciones interiores y guerreó contra los francos, el reino de Asturias y los normandos, que penetrando por el Guadalquivir atacaron por sorpresa. Los mozárabes, exaltados por Eulogio buscaban hacerse mártires  blasfemando en público y en la mezquita contra el Islam y Mahoma. El emir consiguió que un concilio de obispos mozárabes en Toledo condenase estos insultos y su ajusticiamiento como suicidio, y no como martirio. Fomentó artes, ciencias, la industria y la agricultura, atrayendo a Córdoba a los sabios más ilustres de su época. Estableció fértiles relaciones con Bizancio. Abderrahmán II, Muhamed I, al Mandir y Abdallan tuvieron que enfrentar revueltas, sobretodo en las serranías del sur de España, en la sierra de Málaga donde Ben Hafsún al frente de un grupo de sublevados atacaban desde su castillo rupestre de Bobastro hostigando las regiones vecinas.

Abderrahmán III inició su reinado en el 912, con 21 años. Comenzó a reinar con la luna que crece. Y dice el poeta que “castillo tras castillo conquistó, y para todos extendió la paz, un solo estado fueron todos entonces, anudándose compromisos y pactos”. Combate, inexorable, a los seguidores de Beni Hafsún en lo que son hitos de su avance, insaciable como el fuego. Bobastro, Mérida, Badajoz, Jaén, Valencia, Toledo, Zaragoza y tantas otras fortalezas se rinden o caen. El poeta Ahmed lo compara a Salomón por su sabiduría y a Alejandro en su espíritu de conquista. Ibn Hayyan afirma que nunca anteriormente se había oído que ningún rey del mundo hiciera tales conquistas en una sola campaña. Se autoproclama califa, independizándose de todo vínculo con Damasco. Extiende sus conquistas por el norte de África. No le fue difícil convencer a sus bereberes que él era el predestinado por los vaticinios. Pero tuvo que combatir fieramente a  Abu Mohamed, que se había nombrado a sí mismo califa. Hace capitular y saquea Túnez. Combate a Ordoño II y a Sancho de Navarra. Los venció, devastó sus tierras, se apoderó de las plazas fuertes, destruyó sus ciudadelas. También se enfrenta a Ramiro II y al conde Fernán González y a las mieles del éxito siguen las amarguras de la derrota. Sangrientas batallas, como la del Foso de Zamora en que perecen más de 50.000 musulmanes siendo herido él mismo, forjan su voluntad de hierro y su alma de oro.

Sus dotes políticas fueron asombro de sus contemporáneos. Intervino con habilidad en la política interna de los estados cristianos y llegó a apoyar a Sancho I, el Craso, a recuperar el trono navarro en lo que puede llamarse la primera dieta de adelgazamiento de un monarca cristiano. Hasta la batalla de Simancas, en el 939, el mismo acaudilló sus tropas. En esta batalla el resultado fue incierto y él estuvo a punto de perder la vida. Lo entendió como un augurio y se trasladó y asentó en la capital, Córdoba, donde, al decir de Ibn Hayan, su poder se extendió como un sol radiante por todas las tierras de al-Ándalus. Más de 25 expediciones militares acreditaban su valor, y en las últimas había desplegado el estandarte del águila, que ningún sultán antes había enarbolado.

Reformó la administración, haciéndola pura, transparente, impecable. Así, de él cantaría el poeta que “con su luz amaneció el país, la corrupción y desorden acabaron. Tras un tiempo en que la hipocresía dominaba, tras imperar rebeldes y contumaces… La unión del Estado rehizo y de él arrancó los velos de tinieblas”. Jerarquizó la administración, removió con frecuencia las responsabilidades más importantes para evitar el apego al cargo y prevenir la corrupción. Traspasó el modelo de gobierno, tribal, sirio, por uno jerarquizado y de responsabilidades perfectamente definidas, tipo abbasí. Destribalizó y profesionalizó el ejército, y organizó, casi sin interrupción, una campaña militar por año. Orden, claridad, alegría y trabajo, pacífica convivencia de cristianos, judíos y musulmanes se extendieron por todos los confines de al-Ándalus y como dijo el poeta: “Prodigó bondades que olvidadas eran, arregló el mundo, que estaba arruinado”. Atrajo a su corte a poetas como Ibn Abd Rabbihi, que en su extensa obra, “El Collar Único” recoge tradiciones literarias árabes desde los orígenes pre-islámicos; a filósofos de la talla de Abú Alí-al Qalí, que escribió un léxico completo del árabe clásico; a Recemundo, filósofo y astrólogo, obispo de Illíberis, embajador ante la corte de Otón, y que escribiría un calendario agrícola y médico. Hashday Ibn Shaprut, sabio y políglota judío, tesorero, consejero y médico personal del califa, jefe de la comunidad hebrea en Córdoba, que dio auge a los estudios sobre el Talmud, mecenó a sabios y a poetas y tradujo gran número de obras médicas clásicas. La cultura floreció como un jardín encantado de soñada belleza. El estudio de las ciencias y de las letras fueron protegidas de tal modo por Abderrahmán que el imperio arábigo hispano se convirtió en el emporio de la cultura. Prosperaron enormemente la Poesía, la Arquitectura, la Historia, la Geografía, las Ciencias Naturales, la Medicina- creándose en Córdoba la primera Academia que hubo en Europa. Y es que el propio Abderrahmán era hombre de erudición poco común y poeta; y como dice Lafuente, el palacio de Meruán era palacio de príncipe y academia en que se cultivaban todas las ramas del saber por entonces conocidas.

Tal fue al-Ándalus, tal fue la ciudad y la corte del califa Abderrahmán al Nasir, el de ojos azules y roja mirada, el osado, que le llamó Ibn Hazm. El que convirtió a Córdoba durante su reinado en la capital cultural del mundo islámico, y en la ciudad más floreciente del orbe.

Detengámonos a considerar la gran apertura y desarrollo de la civilización en al-Ándalus; justamente aquí, en el esplendor de los omeyas. Contemplemos la luminosidad y eficacia de su mística, política, arte y ciencia. Pensemos, por ejemplo, en el calendario solar de Recemundo, que fija la siembra y la cosecha, los cambios de tiempo ante la presencia de unas constelaciones u otras; la conducta temporal y cíclica de los animales domésticos y salvajes; los momentos para los injertos y para unos tratamientos médicos u otros, según la doctrina de los cuatro elementos.

Pensemos en el desarrollo de la Farmacopea con la traducción del Dioscórides; la perfección de la medicina preventiva con su doctrina de los humores. Recordemos que para los médicos árabes, como para Platón, el equilibrio exacto de los alimentos constituía el fundamento para la salud. También el desarrollo de la Óptica con al-Gaffiqui, o de la cirugía con el desarrollo de todo un arsenal de instrumentos quirúrgicos. Y el esplendor y orientalización de la música y del ceremonial de palacio, con la llegada a Córdoba del genial músico Ziryab en el 822, que enseñaría por ejemplo el uso de unos colores u otros, el modo de adornar una mesa, o la melodía de una canción siguiendo las leyes del cosmos. Y que añadió una quinta cuerda al laúd; cuerda teñida en rojo y que simbolizaba la respiración y la sangre que surgen del corazón.

Destacar, en el ámbito del arte, el auge de la arquitectura, por ejemplo, con  el desarrollo urbanístico de Medina Azahara según cánones clásicos y donde se evocan la grandeza y orden de diseños ya olvidados como el palacio y templo de Cnosos en Creta. Destacar también la perfección de formas musicales y de la métrica de los poemas, la importancia otorgada a la música para la curación de las enfermedades, a través del retorno de la armonía de los humores; o la belleza de las cerámicas verdes y manganeso, con la geometría de sus adornos. La precisión de sus tablas astronómicas, y el uso que de ellas hicieron la navegación y la astrología horaria, etc… Podemos sumergirnos, por ejemplo, en la exquisitez de sus costumbres a través de la lectura de obras como el “Collar de la Paloma” de Ibn Hazm.

¿No es religión todo aquello que acerca al hombre a Dios? ¿Y no está el hombre cerca de Dios cuando respeta la dignidad del prójimo y es capaz de convivir con quien no piensa como uno? Abderrahmán reunió en torno a sí, como soberano, a sabios judíos, musulmanes y cristianos, y en la ciudad convivían en paz las postraciones de la mezquita, con los cantos litúrgicos mozárabes en las iglesias y los comentarios de la Torah en la sinagoga. Las conquistas en la política las  podemos ver en un eficaz y centralizado aparato de administración; en la pureza y sutileza de sus jueces, en las relaciones con los reinos más lejanos, donde los embajadores tenían la dignidad de reyes. En una maquinaria fiscal que no aplastaba ni dejaba descontentos a sus contribuyentes. En hospitales y escuelas para educar a los más humildes. En un siglo en que reyes como Carlomagno no sabían escribir, Córdoba mantenía ejércitos de copistas para hacer llegar cada vez más lejos los conocimientos de sus sabios.

Una flor abierta, en piedra, que exhibe el esplendor que alcanzaron los omeyas, es la ciudad palatina de los califas de Córdoba: MEDINA AZAHARA, la Ciudad Flor.La Ciudad de resplandeciente belleza. En la ladera meridional de la Sierra de Córdoba, al abrigo de los vientos del Norte y bajo el dosel de un cielo límpido, Medina Azahara recuerda hoy su antigua gloria. Para Ibn Jaldún las ciudades surgen del desafío de los hombres, que iluminados por una idea o impulsados por una necesidad, combaten las dificultades, externas e internas, que tratan de romper su unión. Así lo comprendió Abderrahmán, “el victorioso”, cuando hizo de Medina Azahara la flor blanca y pura de su reinado. Quería desafiar al tiempo. Y sólo puede desafiar al tiempo aquello que vive fuera del tiempo. De lo bullicioso y caótico de una ciudad, hija del tiempo, Medina Ajerquía, Córdoba, quiso que surgiese, sujeta por el cordón umbilical que unía a ambos, otra ciudad, ordenada y perfecta, que pareciera señora y no esclava del tiempo, un loto blanco. Trazó sus muros y divisiones con la geometría áurea del doble cuadrado. La ofrendó, según unos a su amada, según otros a Venus, la diosa del Amor, cuya imagen en piedra recibía amable en la puerta principal de la ciudad. De ella el azul celeste y el rosa de sus más de cuatro mil columnas, colores de la diosa de la belleza, nacida de la espuma del mar. Columnas de mármol extraídas de la sierra de Córdoba y de Cabra, arrancadas de sus entrañas. Como una ofrenda de su reino subterráneo.

Y no quiso que la ciudad se asentase en los vaivenes del terreno, imagen de las vicisitudes de la fortuna. Sino que cavó, tarea sin precedentes en al- Andalus, la tierra hasta dejarla llana y sumisa; estable cimiento de la que quería que fuese la más estable ciudad. Quería el Califa que sus obras perdurasen y fuesen el asombro de los siglos. El trabajo comenzó el primer día del primer mes del año islámico del 325. Como antorcha de mística luz la mezquita fue el primer edificio que se levantó en Medina Azahara, a los cuatro años de inaugurados los trabajos. Cuentan los cronistas que tardó en ser construida cuarenta y cinco días. Si el cinco es el número de Venus, este cinco es el patrón que rige la Mezquita y la mayor parte de los edificios de esta ciudad. Cinco naves a las que se accede por una transversal. Cinco naves, como las cinco cuerdas de una vina de piedra donde deben resonar las oraciones de los creyentes. El trazado es áureo y la orientación a la Meca perfecta.

Son de gran complejidad y perfección las redes de abastecimiento de agua y saneamiento, en varios niveles, reutilizándose acueductos y construcciones romanas, como el Aqua Augústea. Es también sin precedentes en al-Ándalus la organización de las calles y la distribución de espacios: la ciudad está rodeada por una doble muralla de cinco metros de espesor cada uno con otros cinco de pasillo central. Dentro, en lo más alto y en el centro, la acrópolis o ciudadela.

En la primera de tres grandes terrazas escalonadas que descienden en la ladera, destacar en ella la residencia y palacio del Califa y el barrio cortesano, donde Abderrahmán III hizo construir cuatrocientas viviendas para sus ministros, visires, generales, altos funcionarios, miembros de la familia real, poetas y sabios. En el escalón medio, hacia el Este, los grandes salones de recepción cortesana, empezando por uno central, el Salón Real, y los restantes, el Oriental, el Occidental y el Central o dorado, que era propiamente el del Trono. Al Este los cuarteles de infantería y al oeste los de caballería, que albergaban a doce mil soldados, el ejército privado del Califa. En el jardín especies jamás vistas en al-Ándalus y que el estudio del polen ha permitido conocer con detalle. Y el zoo, para entretener; y según el pensamiento egipcio, para instruir, porque en los animales se reflejan las potencias estelares, y las multiformes corrientes de la luz astral.

Meditemos, como hizo Ibn Arabí hace tantos siglos, ante las ruinas de la Ciudad que durante un siglo fue el corazón de al-Ándalus, y desde luego la ciudad de mejor trazado urbanístico de toda Europa por más de mil años, desde la caída del Imperio Romano, cuyas ruinas tanto fascinaron a los califas omeyas. Meditemos y con el ojo de la imaginación veamos en ellos cuanto narraron los historiadores árabes…

… en sus arcos que saludan como el Sol que en el horizonte se alza, con rayos de roja sangre y blanca y pura luz. Paredes que embellecieron entrelazados geométricos, atauriques, símbolos del orden que expulsa las potencias del caos; y axaracas, figuraciones del Árbol de la Vida. El Salón Occidental o Mayalis que tenía, al fondo de la nave central, un trono vacío al que saludaban ceremoniosamente los visitantes que tenían audiencia con el califa. El Salón del Trono o Salón Dorado, el salón privado del califa de planta octogonal, ocho puertas, arcos de marfil y ébano, incrustados en oro y piedras preciosas; paredes de mármoles variados, jaspes transparentes como el cristal, la cúpula abierta con mosaico de oro y cubierta con tejas de oro y plata; una pila llena de mercurio, usada como espejo que reflejase los rayos del Sol o los mil ojos de la noche. Del centro de la bóveda, a modo de concha, pendía una hermosa perla, del tamaño de un huevo de paloma, símbolo del Huevo de Oro, el universo luminoso que surge de la matriz virgen del espacio. El salón oriental, Almunis, era el preferido de Alhakem II, y donde recibió a innumerables embajadores. Con una pila de mármol verde, traída desde Siria, y que el califa rodeó de doce animales de oro rojo, de profundas evocaciones astrológicas: león, antílope, cocodrilo, águila, dragón, paloma, halcón, pavo real, gallo, gallina, buitre y gavilán…

Sigamos, con nuestra imaginación, los relatos de cronistas que describen las paradas militares en la explanada oriental, junto a la Mezquita, donde más de diez mil soldados de élite ejercitaban su valía y disciplina. El califa, jefe supremo del ejército los revisaba, en pie, prendido en su turbante un enorme rubí, rojo como el ojo vigilante del Dios de la Guerra. Adentrémonos en el Gran Salón Real o Salón de Abderrahmán, donde se realizarían las ceremonias de la corte, recepciones y festejos. Meditemos también en la ironía del destino, por la que sarcófagos romanos en mármol eran usados como pilones de agua en los patios o como bañeras individuales.

Otros califas continuaron la obra de Abderrahmán III:

Alhakem II, que supone el triunfo de la paz y la cultura. Reúne en torno a sí una biblioteca de 400.000 volúmenes. Su fama de erudito y bibliófilo es tal que gran parte de la biblioteca está leída y anotada por él mismo. Con este califa Córdoba se convierte en la capital del saber occidental y la ciudad más culta de Europa. Mantiene buenas relaciones con León, Castilla, Navarra y Barcelona. Sus generales triunfan en África, afianzando el poderío omeya.

Hissén II, sin embargo, no gobernó. Almanzor, es de hecho, quien impera, y tras una carrera meteórica en la administración de palacio, se hace con el poder y combate con tal furia y saña como ningún otro general ni califa lo había hecho antes. Toma Zaragoza, León, Santiago, Pamplona y Barcelona. Reorganizó el ejército, creando uno especial y permanente, compuesto casi todo de extranjeros, bereberes de África y mercenarios cristianos de León, Navarra y Castilla. Hace la última ampliación de la Mezquita. Combate en el exterior y mantiene la paz en el interior. Construye una ciudad que compite con Medina Azahara en grandeza y esplendor y que será devastada hasta los cimientos a los pocos años de su muerte. Un siglo, no más, duró Medina Azahara; menos aún Medina Zahira, la ciudad brillante, sede palatina de Almanzor. A su muerte, en el año 1002 le suceden treinta años de caos y guerra civil. Se resquebrajan las leyes y las instituciones, se pierde la coherente sucesión de califas. Bandas de bereberes violan, asesinan, saquean y arrasan la ciudad de Medina Azahara. Con Hissén II acaba el poder de los omeyas. Como el sol al atardecer, su estandarte cae y se sumerge en las sombras.

Una estrella es la que anunció el esplendor omeya, y como una estrella es la mezquita, que iluminó las noches de Córdoba. La mezquita es la construcción más importante de la arquitectura islámica. Mezquita significa “lugar de prosternación”, donde realizar los gestos ceremoniales de su oración canónica. Allá donde esté el creyente está el templo y allí debe ser realizada la oración. El Mihrab, nicho de oración, “refugio”, o puerta falsa que señala a la Meca, es el Sancta Santorum, sólo en el sentido de que se abre, mira al Centro del Mundo, pero no como habitáculo de Dios. Acoge al Imán que dice las oraciones comunitarias, en pie delante de los fieles, cuyas filas se extienden lateralmente en vez de en profundidad. Quiere esta imagen, este símbolo, evocar la unión de todos los fieles en el servicio a Dios, de todos los seres humanos dispuestos como un ejército de paz al servicio del plan de Dios, que es la evolución.

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