Literatura

Drácula, de Bram Stoker, en su 120 aniversario

Bram Stoker

Cuando el escritor irlandés Bram Stoker  (1847-1912) terminó la última página de su manuscrito de Drácula, es difícil que haya imaginado el impacto que en el mundo dejaría su obra. Celebramos este año el 120 Aniversario de su primera edición, y coincidiendo con las turbulencias propias del inicio de la Era de Acuario, y con la disolución de vínculos sociales de todo tipo y de las mismas conciencias morales que los justifican, hoy vivimos años en que los vampiros  y todo tipo de engendros monstruosos pueblan el imaginario de las gentes del siglo XXI. Aunque más que poblar, aletean en él como bandadas de enfurecidos murciélagos, con sus secuelas de terror, sensualidad y erotismo, ceguera moral  y caos de emociones.

Y sin embargo su libro de Drácula es una verdadera obra de arte. Oscar Wilde, amigo del autor, dijo que era la novela más hermosa jamás escrita, comentario quizás un poco exagerado, pero que revela la belleza poética, filosófica, axiológica de este libro, escrito en 1897. La Universidad de Oxford, reticente al género de terror, sólo en 1983 incluyó este libro en su colección de clásicos de la literatura inglesa. Generalmente las Academias van detrás de los genios, y del sentir de las gentes –vox populi, vox dei-, y no al contrario, o sea, que llegan tarde, y no siempre bien.

William Wynn Westcott, fundador de la Golden Dawn

El interés de Bram Stoker por el Esoterismo le vino de su propio signo astrológico, Escorpio, y de las narraciones de su madre, en su infancia, así como del ambiente victoriano en que se desarrolló tanto el espiritismo, primero y la teosofía después, mucho más seria y filosófica. Varios discípulos de H.P.Blavatsky (1831-1891), a quien el escritor Roso de Luna llamó la Esfinge del siglo XIX, crearon la Golden Dawn, una orden secreta y ceremonialista con vivo interés en la magia y en el simbolismo hebraico y egipcio. Según Pauwels y Bergier en su clásico Retorno de los Brujos dicen que Bram Stoker ingresó en 1887 en esta orden del “Amanecer Dorado”, y esto es muy probable según leemos obras suyas como “La Joya de las Siete Estrellas”, otro escrito de deliciosa lectura, convertido en película en 1971, con el título Blood from the Mommy’s Tomb, o más modernamente, y ya muy cambiado, “La Momia”, ahora en el 2017, o “El Regreso de la Momia” en el 2001.

Respecto a Drácula ninguna de las películas respetó fielmente el texto, comenzando por Nosferatu,  en cine mudo, en 1922, su primera versión cinematográfica que hizo cambios importantes  de contenido para no pagar derechos de autor. Ni siquiera la versión de Francis Ford Copola, con el título “Drácula, de Bram Stoker”. Y eso que nombró la película así para que estuviera claro que iba a remitirse a la novela original. Transformó una historia de la eterna lucha entre el Bien y el Mal –Drácula contra Van Helsing y sus compañeros- en una historia de amor a través de la reencarnación, con su redención final y descanso, alterando así, si no los detalles, sí el esqueleto de la obra. El Drácula de Bram Stoker es el paradigma del egoísta y malvado, un demonio encarnado en forma humana sin un átomo de conciencia moral o de amor por el prójimo. Como los bhutas o espectros, u hombres que se asemejan a ellos que habla el Bhagavad Gita[1], cuando dice, en el capítulo XVI:

Drácula, en la versión cinematográfica de Christopher Lee

“Los seres pueden dividirse en dos categorías: buena y mala, divina y demoníaca (…) Los hombres de naturaleza demoníaca, ¡oh príncipe!, no saben lo que es una buena acción ni lo que es reprimir una mala acción. No hay en ellos ni pureza, ni honradez, ni verdad. No tienen fe, y en su ignorancia, creen que el universo no ha tenido Creador. No creen que el universo esté gobernado por leyes inmutables. Niegan la existencia del Espíritu. Son materialistas y ateos, y afirman que los seres proceden sólo de la unión sexual, sin más causalidad que la lujuria.

Con tan desatentadas ideas, estos hombres de corto entendimiento se entregan a las malas acciones y esparcen por el mundo las semillas de los malos pensamientos y del error. Viven tan sólo para satisfacer su concupiscencia, que a ellos les parece el sumo bien. Pero no gozan de paz ni satisfacción, porque de un deseo nace otro deseo y de un apetito otro, en sucesión interminable, y la excitación sensual se hace más intensa a medida que se la satisface. Viven y mueren creyendo que el placer y la felicidad se hallan en el halago de la naturaleza sensual. Convencidos de que todo se acaba con la muerte, hacen del deseo su único Dios, y de la satisfacción del deseo, su único culto y adoración. Dicen ellos: Esto gané hoy. Mañana ganaré lo que ambiciono. Ya es mía esta riqueza. También lo será mañana tal otra. Me deshice de este enemigo y de igual modo me desharé de otros. Soy mi propio Dios y no hay otro Dios sino yo. Soy el dueño y gozaré de todo cuanto pueda gozar de este mundo. Soy afortunado, poderoso y feliz (…) Ególatras, obstinados. Orgullosos, embriagados por la codicia de riquezas (…), egoístas, altaneros , insolentes, sensuales e iracundos, estos malvados Me[2] odian en su cuerpo y en los ajenos. A estos impíos, malvados y aborrecedores, que Me odian y odian todo lo bueno, Yo los arrojo en demoníacas matrices para que continuamente renazcan en los planos inferiores.

Nosferatu, en 1922, primer filme de Drácula

Y caídos en profundos abismos, si alucinándose de nacimiento en nacimiento no aprenden las lecciones de la experiencia ni les llega a repugnar el cieno de la sensualidad, y prefieren irse hundiendo en planos cada vez más bajos, al fin serán aniquilados. Así se pierden sus almas y dejan de existir, tal como sus locas filosofías les enseñaron a creer; pero de modo muy diferente a como creían y por causas que tenazmente negaban. Estos hombres no llegan a Mí; se pierden para siempre, pues de la Nada no es posible volver. Tres son las puertas de este infierno: la lujuria, la ira y la avaricia. Así pues, debe el hombre evitar estos vicios como demoníacos caminos del infierno y la destrucción.”

En realidad la destrucción de su cuerpo es lo que a cualquier precio intenta evitar el personaje de Drácula, identificado como el vampiro perfecto, pues la regeneración de la sustancia etérea en que vive su conciencia sólo puede conservarse si el cuerpo no muere totalmente. Sobre la existencia o no del vampiro, y el cómo sobrevive hablaremos más tarde. Pero si el personaje Vlad Tepes (el Empalador), de la estirpe del Dragón (de ahí el nombre de Drácula), o Vlad III (1431-1476) fue realmente un vampiro, en el sentido clásico del término, no lo sabemos. Bram Stoker se inspiró en las narraciones de la vida de éste contadas por un erudito húngaro, un tal Arminius Vámbèry.

 

Vlad III Dracula o Vlad Tepes, el Empalador, príncipe de Valaquia 1456-1465

¿Qué o quiénes son los vampiros? ¿Existen realmente? ¿Existe en la naturaleza el vampirismo? ¿A qué se refiere Bram Stoker cuando los llama no-muertos?

En sentido amplio podemos llamar “vampiros” a quienes se alimentan de la sangre o del fluido vital (prana) de los otros. Vampiro es evidentemente el mamífero alado del mismo nombre que se posa inadvertidamente sobre una vaca arrebatándole día a día su sangre, o un mosquito que nos succiona la sangre para perpetuar su prole, o las garrapatas, las pulgas, los piojos o las sanguijuelas, todos ellos son llamados hematófagos. Pero si nos referimos a absorción de vitalidad, es una cuestión de polaridades y defensas. Quien más necesita, o también por un acto de voluntad, y es más egoísta vampiriza al que más tiene y es más débil. Vampiriza el anciano al joven, inconscientemente la mayor parte de las veces, máxime cuando viven maritalmente, y todos hemos visto casos de matrimonios de esta naturaleza (con una diferencia de más de 30 ó 40 años), en que en un año el joven parece que ha envejecido cinco y el más viejo los ha rejuvenecido. Vampiriza, también inconscientemente, por su propia necesidad, el niño al adulto, que por imperativo de vida se consume generosamente en sacrificio. También puede ser al contrario. De Gandhi, en una de las páginas negras de su vida poco divulgadas, se sabe que vampirizaba a niñas y adolescentes hijas o esposas de sus fieles servidores, acostándose desnudo con ellas también desnudas para así despertarse por la mañana, con sus setenta años, lleno de energía y optimismo. Vampiriza el rico al pobre cuando le explota laboralmente sin escrúpulos ni misericordia, aprovechándose de su fragilidad o de sus miedos. O el pobre o el parásito a la sociedad cuando no hace nada útil por ella, succionando su energía vital, el trabajo de los otros. Vampiriza la industria financiera a la economía, absorbiéndole sus jugos vitales, tornándola frágil, quebradiza, y los grandes bancos a los países, cuando no tienen ningún interés en que les devuelvan la deuda, para así seguir chupándole la sangre vital con los intereses de la misma. La ignorancia vampiriza al hombre porque es como un amnios oscuro que  nos envenena y no nos deja nacer a la luz, seguir nuestro camino real evolutivo, y mientras tanto nos absorbe la sangre de nuestra vida y tiempo, que es también una forma de energía, y con ella nuestras esperanzas y posibilidad de cumplir nuestro destino real, el que Alma nos trazamos antes de encarnar en el mundo.

Pero si hablamos de vampiros en un sentido específico, las tradiciones antiguas decían que los había de varias categorías. El más común y que todos los hemos sufrido y los sufrimos, sin ser muy conscientes de ellos, son las entidades astrales  -muchas veces, pero no sólo, espectros o los que H.P.Blavatsky llamaba “cascarones” o restos astrales de almas que ya partieron- de infinidad de tipos -toda una fauna en los éteres invisibles del espacio que nos rodea- que absorben nuestra vitalidad y nuestro optimismo vital y que huyen de la luz solar que los daña, refugiándose en las sombras.

Pesadilla, de John Henry Fuseli

 

El que corresponde al vampiro tal y como es descrito en el libro de Drácula pertenecería a una categoría “superior” y más peligrosa, los llamados no-muertos, nombre que usa el mismo Bram Stoker para referirse a ellos. H.P.Blavatsky, en su Isis sin Velo  -después de dedicar páginas a demostrar la universalidad de esta creencia y cómo no puede ser una simple superstición pues tantísimas pruebas guardan las crónicas, periódicos locales y testimonios presenciales de probada honestidad- nos dice:

“En último término, la autenticidad de los fenómenos de vampirismo está apoyada en dos proposiciones fundamentales de la Psicología Esotérica, conviene a saber:

1ª-El cuerpo astral es un vehículo o entidad distinta y completamente separable del Ego, de modo que puede moverse a gran distancia del cuerpo físico sin que se rompa el hilo de la vida.

2ª-Mientras el cuerpo físico no muera del todo y pueda volverse a infundirse en él su habitador, le será fácil a éste substraer del aparente cadáver los elementos suficientes para materializar en lo posible su cuerpo astral y manifestarse en forma casi terrena.”

Antes ella misma, había afirmado que “mientras el cuerpo astral no se haya desprendido por completo del físico, hay probabilidad de que vuelvan a unirse en virtud de la atracción magnética entre ambos. Algunas veces estará sólo medio fuera del cuerpo, cuando éste, que presenta la apariencia de la muerte, es enterrado. En tales casos el alma astral aterrada vuelve a entrar violentamente en su ataúd, y entonces, una de dos cosas sucede, o bien la infeliz víctima se retorcerá en la tortura agónica de la asfixia, o si el aparente difunto estuvo en vida muy apegado a la materia, se convertirá en vampiro, que desde entonces vivirá biocorporalmente, alimentándose de la sangre que en cuerpo etéreo absorba de las personas vivientes, pues mientras no se rompa el lazo que lo mantiene unido al cuerpo físico, podrá vagar de un lado a otro en acecho de su presa”.

 

Cuadro de William Blake donde se muestra al alma prisionera del cuerpo

Y aunque sea discusión de eruditos, seguimos esta cita porque es mucho lo que esclarece:

“Añade Pierrart que, según todos los indicios, esta entidad, por un misterioso  e invisible nexo que tal vez se descubra algún día, transmite el producto de la absorción al sepulto cadáver, con lo que perpetúa el estado cataléptico. Brierre de Boismont cita algunos ejemplos, indudablemente auténticos, de vampirismo, aunque los califica, sin fundamento, de alucinaciones. A propósito de este asunto dice un periódico francés:

Según recientes investigaciones, se sabe que, el año 1871, por instigación del clero fueron sometidos dos cadáveres al nefando tratamiento de la superstición popular… ¡oh ciega preocupación!

Pero a esto replica Pierrart con valiente lógica:

“¿Ciega decís? Tanto como queráis. Pero, ¿de dónde derivan estas preocupaciones? ¿Por qué se han perpetuado en tantísimos países a través del tiempo? Después de la infinidad de casos de vampirismo tan a menudo observados, ¿cabe suponer que no tuvieron fundamento? De la nada no sale nada. Las creencias y costumbres dimanan de una causa originaria. Si nunca hubiese ocurrido que los espectros chuparan sangre humana hasta matar a la víctima por extenuación, nadie hubiera desenterrado cadáveres ni fuera posible encontrar, como se encontraron varias veces, cadáveres todavía con carnes blandas, los ojos abiertos, la tez sonrosada, la boca y narices llenas de sangre que también manaba de las heridas que, por asesinato o ajusticiamiento, les produjeron la muerte.”

Resumiendo, el muerto aparente, en un estado cataléptico, era enterrado, y al volver su cuerpo astral al físico, o era asfixiado en la tumba, o si tenía gran poder de voluntad y apego a la materia, quedaba no-muerto. O sea, que no estaba funcionalmente vivo, pero que no había terminado de cortarse el “hilo de la vida” que une el cuerpo astral al físico, sólo en parte, y hasta que éste no se rompe del todo, no se verifica la muerte real. Así, el astral, tan materializado, puede aparecerse y por un proceso osmótico etérico y por tanto invisible, absorber la sangre y vitalidad a las víctimas. Al ser traspasado por una estaca el corazón, o al cortarle la cabeza, y sobre todo, si tampoco funcionaba lo anterior, al quemar el cadáver, dejaban de verificarse las apariciones del vampiro y de morir sus víctimas. Es interesante cómo la tierra que cubría el sepulcro, y éste mismo se hallaban intactos. Claro, el vampiro entraba en cuerpo etéreo-astral, pero este era tan denso, tan corporizado físicamente, que muchas veces se encontraba barro en los zapatos del cadáver, pues éste era arrastrado por el cuerpo astral.

 

Escena del Dracula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola

Existiría, además otra categoría de vampiro, que es la que incluye al mismo Drácula, la más peligrosa de todas. Y es la de quien hace este proceso de forma consciente y con todo el poder de una voluntad altamente desarrollada y magnetizada por el deseo de sobrevivir y continuar los placeres sensuales. Es lo que sucede con este personaje literario (pues no sabemos que el rey de Valaquia hubiera realizado esto mismo), que mantiene su vida física y etérica descansando en catalepsia en el ataúd. El que no se refleje en los espejos ni proyecte sombra y le dañe tanto la luz del Sol indican que este personaje no es un cuerpo material. Aunque aquí Bram Stoker se aparta de las tradiciones esotéricas, y lo corporiza, dándole, simplemente, la capacidad de aumentar o disminuir el tamaño y convertirse en niebla o transformar su apariencia en la de ciertos animales. El que domine las fuerzas de la naturaleza, como los vientos, la tempestad y la niebla y que los animales se sometan a su voluntad indica que es de esta categoría superior, un mago negro que quiere mantener la vida física y cataléptica de su cuerpo lo más que pueda, pues hasta que éste no muera totalmente no comienza, también de modo irreversible, el largo proceso de muerte del cuerpo astral, que obtiene del cuerpo físico sus nutrientes sutiles, y que aún puede sobrevivir al cuerpo muchos siglos.

 

Yoshitoshi Reyakuga, cuadro pintado con tal vida que evoca un fantasma, 1882

Bien, se cumplen 120 años de este libro tan formidable. Y más que las decenas de películas y series que parecen hoy la progenie monstruosa de este “mito del vampiro”, prefiero destacar alguna de sus páginas escritas, para que el lector le rinda homenaje con su admiración, por tan excelente literatura[3]:

“Sabía que tenía que localizar al menos tres tumbas…, tumbas habitadas. Busqué y busqué, y encontré una. En ella yacía una de las mujeres durmiendo su sueño de vampira, tan llena de vida y de voluptuosa belleza que me estremecí como si hubiese ido allí a cometer un asesinato. ¡Ah!, estoy seguro de que antaño, cuando tales cosas existían, a más de un hombre dispuesto a acometer una tarea como la mía, acabaría por fallarle el valor, y después los nervios. Sin duda iría retrasándola y retrasándola, hasta que la mera belleza y la fascinación de la sensual no-muerta le hipnotizase; y se quedaría allí obnubilado hasta la llegada del crepúsculo, y la vampira se despertaría. Entonces la hermosa mujer abriría sus preciosos ojos y le miraría amorosamente, ofreciendo su voluptuosa boca para que la besase… Y como el hombre es débil, se convertiría en una nueva víctima para la grey del vampiro; ¡una más para engrosar las filas macabras y espantosas de los no-muertos!…

Sin duda debe existir una cierta fascinación, ya que la sola presencia de semejante ser me conmovió, incluso tendida como estaba en una tumba desgastada por el tiempo y cubierta por el polvo de siglos, y a pesar del terrible hedor que allí reinaba, como el de las otras madrigueras del Conde. Sí, me sentí conmovido –yo, Van Helsing, a pesar de mi firme propósito y de todos mis motivos para odiarla-, tan conmovido que me vino un deseo irresistible de demorar mi plan, que parecía paralizar mis facultades y entorpecer mi alma. Puede que fuera la necesidad natural de dormir, y la extraña opresión de la atmósfera que empezaba a vencerme. Lo cierto es que me estaba invadiendo el sueño, esa especie de duermevela con los ojos abiertos en la que uno se entrega a un delicioso hechizo, cuando oí, a través del aire en calma después de la nevada, un prolongado y débil gemido, tan lleno de aflicción y pena, que me despertó como si fuese un toque de clarín. Era la voz de mi querida Madam Mina.

Esto me estimuló a proseguir con mi horrenda tarea y, tras arrancar las tapas de varios sepulcros, encontré a otra de las hermanas, la otra morena. No me atreví a detenerme a mirarla, como hice con su hermana, temiendo ser cautivado una vez más, sino que seguí buscando hasta que al poco rato encontré en un magnífico sepulcro, que parecía hecho para algún ser muy querido, a la hermana rubia, a la que, al igual que Jonathan, había visto materializarse a partir de los átomos de niebla. Era tan rubia, tan radiantemente hermosa, tan exquisitamente voluptuosa, que el mismo instinto masculino que hay en mí, y que reclama a los de mi sexo a amar y a proteger a una de las del suyo, hizo que la cabeza me diera vueltas por una nueva emoción. Pero, gracias a Dios, todavía no se había apagado en mis oídos el hondo gemido de mi querida Madam Mina; y antes de que el hechizo pudiera actuar más sobre mí, me di ánimos para llevar a cabo mi insensata misión. Había examinado todos los sepulcros de la capilla, y como esta noche sólo habíamos visto esos tres fantasmas de no-muertas, supuse que no habrían más no-muertos en activo. Había un sepulcro más grande y señorial que los demás; aunque enorme estaba muy bien proporcionado. En él había una sola palabra:

DRÁCULA

Así que ése era el lugar donde reposaba como no-muerto el rey de los vampiros, responsable de tantos otros. El hecho de estar vacío confirmaba elocuentemente lo que yo ya sabía. Antes de empezar mi espantoso trabajo de devolver a aquellas mujeres su personalidad de muertas, deposité un trozo de hostia en la tumba de Drácula, desterrándolo así de ella para siempre, como no-muerto.

Entonces comencé mi terrible tarea, que tanto temía. De no haber sido más que una, hubiese sido relativamente fácil. ¡Pero tres! Tener que repetir dos veces más aquella acción horrorosa que acababa de realizar. Pues si fue terrible con la encantadora Miss Lucy, que no sería con aquellas desconocidas que han sobrevivido a través de los siglos, y que se han fortalecido con el paso de los años; las cuales lucharían todo lo posible por salvar sus asquerosas vidas…

¡Ay!, amigo John, aquello fue una carnicería. De no haberme animado el pensar en otros muertos, y en los vivos sobre los que pendía semejante espanto, no hubiera podido seguir adelante. Todavía tiemblo; aunque, gracias a Dios, mis nervios se mantuvieron firmes hasta que todo acabó. De no haber visto en el primer rostro el sosiego, y la alegría que fugazmente lo cruzó momentos antes de la disolución final, al comprender que había ganado su alma, no hubiese podido seguir adelante con mi carnicería. No hubiera sido capaz de soportar su horroroso chillido, al atravesarla con la estaca, ni el retorcimiento seguido de inmovilización de todos sus miembros, ni la espuma sanguinolienta de sus labios. Hubiese huido aterrorizado, dejando mi trabajo sin terminar. ¡Pero ya ha acabado todo! Ahora ya puedo compadecerme de estas pobres criaturas y llorar al recordar su placidez en pleno sueño de la muerte, un poco antes de desaparecer. Porque, amigo John, apenas mi cuchillo cortó las cabezas de cada una de ellas, el cuerpo entero comenzó a deshacerse hasta quedar convertido en su polvo original, como si la muerte, aplazada durante siglos, hubiese hecho valer al fin sus derechos, diciendo de una vez por todas y en voz alta: “¡Aquí estoy!”

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 3 de noviembre del 2017


[1] Disculpen la extensión de esta cita, de la traducción del yogui Ramacharaka. Aunque extensa, es muy apropiada, pues todo esto es lo que en esencia representa el Drácula de la obra original de Bram Stoker. Llevado al extremo, y como paradigma. Y combatido por el amor, la fe, la bondad, el sentido de armonía con todo lo que nos rodea, la luz de la verdadera sabiduría, diferente de los juegos de sombras de la astucia.

[2] Le está hablando Krishna a Arjuna. Pero aquí Krishna representa a Vishnu, pues es su avatara. Es, pues la Vida Universal, el Logos, el Alma de la Naturaleza y Esencia de todos los seres vivos. Recordar la maravillosa obra del filósofo Shankaracharya cuando comenta los “Mil Nombres de Vishnu” que se hallan enumerados en el Mahabharata.

[3] En español, en la edición de Planeta 2017 

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