Filosofía

El Camino del Guerrero Pacífico

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“No desprecies nunca tus sueños. Debes hacer un pacto con ellos. Ellos son el manantial y la fuerza inagotable que te llevarán a la victoria. Detrás del obstáculo hallarás una libertad virginal, un horizonte más vasto”

Es casi seguro que todos los lectores de este artículo han visto u oído hablar de la película “El Guerrero Pacífico” (The Peaceful Warrior 2006) dirigida por Victor Salva e inspirada por el libro The Way of the Peaceful Warrior de Dan Millman.

Los romanos decían que “si quieres la paz, prepárate para la guerra” (Vix pacis para bellum), y los filósofos de todas épocas enfatizaron que la condición natural del ser humano es la paz, la cooperación, la ayuda mutua, la búsqueda de comprensión, la paciencia de unos con otros y la concordia. Sin embargo, las escorias de la mente animal imposibilitan esta “recta conducta” de modo que en vez de ser lo natural se convierte en lo ideal y difícilmente realizable. El filósofo Kant, uno de los grandes diseñadores de nuestra modernidad, quizás más en la Filosofía del Derecho[1] que en la moral propiamente dicha, rechazaba de plano la guerra. Y sin embargo, el legislador Hugo Grotius, el “maestro jurídico holandés”, una de las almas más cultivadas y asombrosas de su tiempo; más realista y conocedor de la naturaleza humana, dice que lo santo es la paz y no la guerra, pero que ésta a veces es inevitable; y que la paz que impide la justa y necesaria realización de un derecho, es una paz vergonzosa, falta de valor moral y caldo de descomposición y podredumbre de los valores eternos o virtudes humanas, complicidad con la injusticia. Pero Hugo Grotius, ideólogo y creador, ciertamente, de los fundamentos del Derecho Internacional, dice que la guerra, cuando no pueda ser impedida con justicia, debe no degradar la naturaleza humana, si es que esto es posible[2], no convertir al hombre en un animal sediento de sangre y adrenalina. ¡Ardua tarea! El único modo es entender, como Arjuna en el Bhagavad Gita, que a veces los héroes son simplemente actores de un destino que ya está trazado, ejecutores de una sentencia ya dictada por el Karma, y que hay que ser muy puro para no mancharse con el barro y sangre que agitan los vientos psíquicos desencadenados, auténticas furias vengadoras: erinias sedientas del alma humana que sólo el dominio de las pasiones y el juicio de Atenea pueden convertir en las benefactoras. Como las dakini tibetanas, bebiendo sangre y comiendo vísceras, dakini que el yogui debe consumir con la rueda de fuego de su acción interior, y convertir en el más puro sentimiento de devoción.

O mejor saber aún que toda violencia es el fracaso de nuestra guerra interior, la verdadera guerra santa del primitivo Islam. Pues es la tensión interior del alma la que se convierte en serenidad, y esa tensión no es posible sin librar batalla contra la mediocridad que nos limita, sin extirpar las sombras con la espada de luz de nuestra voluntad y amor. Siguiendo la parábola bíblica, no sabemos qué nos va a exigir el César que paguemos, pero sí que hay que dar a Dios lo que es de Dios, y restituir esa llama divina tras la muerte es no degradar la verdadera naturaleza humana. Además, como decía el vate Fernando Pessoa en su formidable poema Sursum Corda (“Corazones en alto”), todo lo que es real es excesivo, desequilibra de un modo u otro la balanza de la perfecta justicia, ejerce presión sobre nuestra alma, nos llama, nos impreca, nos hiere, nos empuja; y la vida en sí misma es una purificación a través de las dificultades y por medio de la acción desinteresada y sabia. Es decir, el hecho de estar donde estamos, ser como somos, hacer lo que hacemos, aunque sea con nuestra mejor voluntad, bondad, sana disposición, etc… es difícil que no genere “violencia” sobre muchos. Y aun en el caso de que fueramos perfectos santos, “violentaríamos” a los esclavos de sus propias pasiones, cuando fuéramos un estorbo para su satisfacción. El filósofo Heráclito, famoso por las lágrimas de compasión hacia el dolor ajeno, afirmó en su estilo críptico: “La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres”, o sea, en una clave de interpretación, la vida, cuyo juego de contrarios la convierte en una guerra visible o invisible, cruenta o no, a unos los purifica y eleva, a aquellos que se bañan en la sangre de su propio sacrificio; a otros los esclaviza, atándolos con cadenas kármicas por querer subyugar las Leyes de la Naturaleza en su propio beneficio.

Volvamos nuestros ojos, de este modo, al dinamismo y oportunidad de transformación de que la vida se muestra siempre generosa. Ahí es preciso actuar como un “guerrero pacífico” o como un “guerrero de luz” si queremos servir a los más nobles propósitos, si queremos un alma libre que sirva a ese Plan de Dios que es la evolución misma.

El camino de la libertad es el camino de la perfección, no puede ser de otro modo, como vemos en Juan Salvador Gaviota; y cuando decimos perfectos no es perfectos como sombras, pues la más perfecta sombra es siempre nada más que una sombra de quien la proyecta, por más imperfecto que este sea. No es necesario el vuelo del alma para conseguir una sombra perfecta, sí para ser libre. La voz y aliento de los Maestros, su ejemplo de vida y la música de sus enseñanzas son la llamada y aún el camino mismo de la verdadera libertad, pero cada uno debe dar sus propios pasos.

Grandes ejemplos tenemos, aún en estos últimas décadas, de llamada a la libertad, y de enseñanzas que nos inciten a la guerra santa de no eludir al otro, no eludir la Vida, con mayúsculas, sin dejar de ser fieles a nuestra propia naturaleza, a nuestra propia libertad: pues la libertad del león es ser león, y su esclavitud aquello que le impide serlo, y la peor esclavitud es la de la ignorancia, como la fábula del águila que creía ser gallina, o el león cordero.

Gran ejemplo y llamada a la libertad, por su vida y enseñanzas, y por el opúsculo que legó al mundo, es el personaje Dugpa Rimpoché (m. en 1989). Es uno de los que acompañó al Dalai Lama en su fuga del Tibet, perseguido por los comunistas chinos. Se estableció en Dharamsala, en la región cedida por el gobierno hindú a los exiliados tibetanos; luego visitó varias de las metrópolis occidentales, como Londres, pero finalmente pasó los últimos años de su vida en una ermita, en Nagarkot, suspendida en la montaña, y en la falda de los Himalayas, con una inscripción en tinta roja diciendo: “Fin del Universo”, y en la puerta un tridente de metal, simbolizando al Dios Shiva. Jean Paul Bourré, discípulo suyo, que tradujo estas máximas y organizó la edición en francés de esta obra, dice que Dugpa Rimpoché escribía estos preceptos en tinta, con esmero de calígrafo, sobre papel, que luego enrollaba, como se hace con las oraciones tradicionales. Maestro del Vajrayana (el Camino del Diamante), propone para el hombre adormecido en sus ilusiones y en sus “certezas”, tantas veces estériles, la senda del guerrero, o sea, la vía del coraje, como hiciera también Chogyam Trungpa en sus enseñanzas de Shamballah, o Helena Roerich, la traductora al ruso de la Doctrina Secreta de H.P.Blavatsky, con su escuela mística Agni Yoga. El valor es esencial para el discípulo pues como dijo uno de los sabios más grandes del siglo XX: “¿Acaso crees que los Maestros confían en los cobardes?”

No podemos dejar de pensar, en relación a la mística de la acción valiente y audaz, en el misterioso personaje que aparece en la obra Bestias, Hombres y Dioses, de Ferdinand Ossendovsky, que portaba, junto a la túnica azafrán de los discípulos del Buda, una espada e incitaba a los mongoles a reconquistar, como hicieron, Urga, hoy Ulambator. Cuando el aventurero polaco le preguntó cómo podía llevar una espada siendo budista, respondió que él era un “lama vengador” y que servía directamente al Rey del Mundo (¡¡¡)

Jean Paul Bourré dice que los refugiados tibetanos de la región consideraban a Dugpa Rimpoché como un hombre milagroso, y él mismo dice que en sus enseñanzas, “respondía con precisión asombrosa a los problemas y angustias de su siglo”, que “a cada pregunta que se le hacía, respondía con una visión rápida, perfectamente ajustada al problema, a la cuestión. Su respuesta revelaba siempre lo esencial, tocaba el corazón, y era como si las murallas de la oscuridad fuesen derribadas. Cada una de sus respuestas engrandecía el espíritu, comunicaba una nueva manera de ver, inmediata”. Respecto al estilo literario empleado, el de máximas, se entronca en la traducción de los sutras morales, aforismos de máxima síntesis que deben ser desarrollados mediante la reflexión serena y la meditación, como sucede con el opúsculo sublime de H.P.Blavatsky, Gems of Orient, un verdadero código ético para el Hombre Nuevo, una obra de obligada lectura y reflexión para los verdaderos discípulos.

El mismo D. Rimpoché, dice cómo utilizar estas Máximas: “Concentra tu atención sobre un precepto, obsérvalo, medita sobre su significado, y él acabará por abrir tu espíritu y darte su luz. La repetición del precepto y su visualización provocan un real cambio de mentalidad”. Es lo mismo que sucede, cuando se leen con la mente abierta, con los slokas del Bhagavad Gita, las máximas del Lun Yun de Confucio, de Voz del Silencio, o el Enquiridión de Epícteto o las máximas de Séneca, etc. Estas enseñanzas son como llaves que abren puertas que permiten transitar senderos en el mundo interior, conocernos a nosotros mismos y reencontrarnos con el Guerrero Interior, el verdadero capitán de nuestra alma. Como dice Luz en el Sendero, quizás la obra más sorprendente, maravillosa y práctica para los discípulos, escrita en los últimos miles de años:

“Busca al guerrero y deja que pelee en ti. Recibe sus órdenes para la batalla, y obedécelas. Obedécele, no como si fuera un general, sino como si fueras tú mismo, y como si sus palabras fuesen la expresión de tus secretos deseos; pues él es tú mismo, aunque infinitamente más sabio y fuerte que tú.”

Sumerjámonos en la sabiduría profunda, viva, luminosa y práctica de estos aforismos, todos ellos apelan a la vía del coraje, de la valentía del alma. Son imperativos categóricos, consejos, verdades u órdenes para la batalla contra el miedo y todas las formas mentales que se sirven del terror para manipular y anular la voluntad del ser humano.

MÁXIMAS DE VIDA DE DUGPA RIMPOCHÉ

  • El obstáculo es el espejo de tus mismas dubitaciones, de tus confusiones. Utiliza el obstáculo para esclarecerte a ti mismo. La prueba de cada día es siempre una lámpara del alma.
  • Enfrenta la prueba con el deseo de conocerte, de realizarte. El triunfo es privilegio de aquel que transforma el obstáculo en fuego de alegría, se sirve de él como de un trampolín, para crecer en pasión, en amor, como el guerrero Trungpa que entona su cántico de alegría. Considera el obstáculo como un noble y gran adversario.
  • Estamos unidos al mundo, y a los misterios del universo por lazos sutiles. Tu encuentro con los otros tiene por finalidad que halles tu propia armonía.
  • En la confusión y en el caos del mundo nos sentimos perdidos, dispersos, aislados. Este sentimiento de fragilidad, de soledad es una ilusión. Aprende a considerar a los individuos como chispas de un único fuego.
  • No desvíes nunca la cabeza cuando estás frente al obstáculo. Desármalo por la paciencia y por la alegría.
  • La disciplina no es un yugo rígido, que estrangula el cuerpo. Ella nos permite acordarnos constantemente de nosotros mismos.
  • Da a los otros la posibilidad de amar y existir, pues ellos tienen tanta importancia como tú. Los otros brillan como las estrellas del cielo. Cada uno es un sol único, una luz primordial.
  • Triunfar exige una gran confianza en los otros. Nadie puede triunfar sólo. Los otros son los mil brazos que nos ayudan a construir la vida de cada uno. Así es como el universo funciona, desde la más pequeña célula de vida hasta las galaxias más lejanas. Aprende a considerar el universo como una red de buena voluntades.
  • No desesperes de la felicidad. Ella no te espera en el extremo opuesto de la tierra o en una vida futura. Ella está ahí donde te encuentras. Acecha el momento en que estarás al fin dispuesto a convidarla, a recibirla. Vuelve tus pensamientos hacia ella. Basta simplemente que venzas tu miedo.
  • La felicidad no es un paraíso cerrado, separado del mundo. Es al mismo tiempo manantial y océano.
  • Reencuentra la inocencia del presente, la claridad simple de las cosas. Aprende a vivir la eternidad.
  • El pensamiento confuso, complicado, es la fuente de todos los sufrimientos. Vuelve a encontrar la simplicidad y la transparencia del corazón.
  • La felicidad no es un paraíso quimérico, inaccesible. Ella es la sombra luminosa de ti mismo, el refugio dorado, el jardín tranquilo en que los adversarios son reconciliados.
  • Sé cauteloso con tu memoria. Ella es como un castillo en sombras, lleno de viejos recuerdos que no se quieren ir fuera. Conviértete en cazador de espectros. Haz tu conciencia clara y luminosa, sin sombra, sin imágenes. No dejes que el pasado te llene más de lo que debe, no te preocupes con el futuro, pues es en el instante donde el universo es creado. El resto no existe.
  • La compasión es una de las formas silenciosas de la felicidad. Ella permite que puedas tejer lazos de oro, entre ti y los otros, que des a tu alegría horizontes mayores y ás vastos. La felicidad no aprisiona. Libera.
  • Construye una isla, para ti y para aquellos a quienes amas, un templo, una fortaleza inexpugnable… pero deja tu puerta abierta día y noche.
  • Vuélvete y mira el camino recorrido. No te asustes. Recoge siempre el fruto de la experiencia pasada, y aumenta sí tu tesoro.
  • La felicidad y el amor son inseparables. Una mano no brilla sin el otro. Para ser feliz, aprende primero a amar.
  • Escoge tus amigos por la cualidad de sus almas, incluso aunque ellos no participen tus aspiraciones, tus proyectos. No te quedes solo. Necesitas una familia humana mayor, para abrir tu corazón y liberarte. Considéralos como hermanos y hermanas, con los cuales compartirías un secreto.
  • La amistad es un refugio, una comunidad sagrada, fraterna. Es uno de los “refugios preciosos” de que hablan los diferentes Budas. En el tumulto del hombre moderno, el hombre y la mujer deben encontrar refugio. Cuando se encontró refugio, los problemas desaparecen como una bandada de pájaros perturbados por la piedra de una honda. Pierden su peso, y se ponen a danzar.
  • La amistad hace nacer nuevos soles. Ella celebra la gran bondad del universo, su plenitud y alegría constante.
  • Ante todo lo que sucede compórtate como guerrero lúcido que combate el obstáculo, y como niño maravillado que descubre el mundo.
  • Cuando observes a un niño, experimenta comprender lo que siente, participar de sus sueños y juegos. Despierta en ti el espíritu infantil. Esa experiencia humana genera una gran alegría, un sentimiento muy fuerte de libertad. Reencontrarás la audacia de vivir, el deseo de amar, y de descubrir.
  • El espíritu infantil trae el cielo en medio de tus actos.
  • Vuelve a traer la luz, disipa la oscuridad. Ese poder está en ti.
  • El espíritu infantil no es un periodo de tu vida pasada que ya no volverá, es un estado de ser, una cierta cualidad de corazón, que hace brillar el mundo.
  • No tengas miedo de la soledad cuando ella viene a tu encuentro. Ella es la ocasión de reencontrarte y fortificarte.
  • Conociéndote a ti mismo, evitas perderte un día. Hazte luminoso para los otros.
  • Con los ojos cerrados, visualiza tu propio espíritu en la forma de una caverna llena de oro, y dite a ti mismo que esa riqueza es infinita, inagotable.
  • Después de cada acción, debes entrar en ti, para ahí buscar nuevas fuerzas.
  • El miedo recela la luz. Pon fin al desorden de tu espíritu iluminándote a ti mismo. Vuelve a ser el señor de tu reino.
  • Contempla tus miedos, libremente, sin vergüenza, como extraños animales.
  • No des ánimo a tus flaquezas, sino a tus voluntades. No alimentes tus cobardías, sino a tus audacias. Imponte cada día un obstáculo que vencer, un hábito que mudar, otra manera de ver. Lánzate a los desafíos y ten el coraje de enfrentarlos. Aprende a florecer con la vida.
  • No opongas lo visible y lo invisible, el mundo material y el mundo del espíritu. Sería como afirmar que el hielo no es agua.
  • Lo infinitamente pequeño es tan vasto como lo infinitamente grande. Además, no hay frontera entre ellos. La única frontera somos nosotros, nuestra manera de sentir, de recibir.
  • Vivimos en un océano de vibraciones, de colores, de imágenes. El mundo visible no es sino un aspecto, una imagen, un instante del Movimiento, como una ola en el mar, o un doblez en la trama infinita de un traje. No hay un mundo, sino una multitud de mundos.

 

Jose Carlos Fernández

Madrid, 23 de noviembre de 2014

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[1] En su obra Metafísica de las Costumbres, que no debemos confundir erróneamente con su famosa Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.

[2] Uno de los más famosos guerreros de todos los tiempos, el Barón Rojo, aviador alemán de la I Guerra Mundial, que abatió a 80 aeroplanos enemigos; decía que aunque fuera siguiendo las leyes de la guerra, cada vez que derribaba a uno de sus contrincantes, no dejaba de ser un asesinato. Esta forma de pensar le convirtió en uno de los guerreros más corteses y admirados de su tiempo. Abatido por un soldado de infantería, fueron sus propios enemigos, los británicos, quienes hicieron su funeral, con todas las honras y su admiración.

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