Simbolismo

Los Hititas y el camino que hace que todo desaparezca, convertido en Luz

Esta es una traducción[1] libre de un verso de un texto hitita, que describe el viaje del alma al más allá.

Literalmente, este versículo, el nº 28 dice:

Nu ku-in KASKAL-an har-zi u-ra-an KASKAL-na har-zi mar-nu-wa-la-na KASKAL-na harzi

Cuál es el camino. Es el gran camino. El camino que hace que todo desaparezca.

Este texto ha sido elaborado con las tablillas fragmentadas KBo 22.178 + KUB 48.109 + 43.60 (CTH 457). Están escritas en hitita en la bella caligrafía cuneiforme, y las numeradas, por ejemplo, en KBo se encontraron en la capital del reino, Hattusas. El CTH indica el «Catálogo de Textos Hititas», a los que se puede acceder fácilmente en internet.

La última parte del texto indica, al parecer, un ritual posiblemente funerario y dedicado a una dama. En los rituales funerarios reales, al finalizar el segundo día, a los varones se les entregaba un arco y flechas y a las mujeres una rueca y un huso. El que mencione un huso hace pensar que este ritual está dedicado a una dama de la nobleza hitita.

Aunque no es fácil con las escenas del texto hilar una historia, dice así:

«Todo duerme, el buey, las ovejas, el mismo Cielo y la Tierra, [porque ha llegado el momento de la muerte]. ¿Y dónde está el alma en ese momento? [Pues el alma está «perdida» y debe ser traída al lugar y acto mágico del ceremonial]. Si está en la montaña, en la planicie o en un campo arado, que la abeja haga un viaje de tres o cuatro días y lo traiga a su lugar. Si está en el mar, que lo traiga un ánade [migratorio]. Si está en el río que lo traiga el cisne. Pero aquello que está en el cielo lo traiga el águila. Que la deseada [el alma] sea golpeada con sus garras, que el macho cabrío la golpee con sus cuernos, que la madre oveja la golpee con su morro [Para decirle que este no es su lugar ya, que debe seguir el camino de lo invisible]. La Diosa Madre llora, llora y está dolida. Las cosas buenas se abren sobre las nueve partes del cuerpo, deja que ella [¿la Diosa Madre, la Tierra?] sea golpeada [o sea, que se abran en ella estas puertas de la muerte que permiten la libertad de las diferentes almas]. El alma está abriéndose y avanzando en todas sus partes [como una flor]. ¡Que no se haga ningún oráculo al respecto! [porque ya no se está en la tierra donde los oráculos anuncian felicidades, desgracias, o recomendaciones, el alma viaja hacia la Luz?] ¡El alma es grande!¡El alma es grande! ¿De quién es grande el alma? El alma del mortal [el alma humana] es grande. ¡El alma es grande! Tiene el gran camino, el camino que hace que las cosas desaparezcan. El hombre del camino [¿el equivalente al Anubis egipcio?] lo ha preparado para el camino. Un bien sagrado de la Diosa Sol es el alma. El alma pertenece a los Dioses. Por qué debo ir a la perdición de los mortales. [¿Por qué seguir el camino de la muerte, el que lleva de nuevo junto a los mortales si mi condición es divina?] El alma de los muertos debe comer arcilla y beber lodo también. Por qué debo ir a dasanata [término intraducido]. Si caigo en el río, caigo en el pozo. ¿Debería ir al tenawa [intraducido]? No me dejes ir. El tenawa es el mal. Déjame ir rápido hacia el prado. Que no sea abatido por un Dios.»

Es asombrosa la sucesión de ideas sobre la muerte y que son casi idénticas a las órficas. Si la Teogonía de Hesíodo fue claramente forjada según los conceptos religiosos hititas (especialmente la sucesión de los Dioses que gobiernan los Eones), ¿no habrá un conocimiento que se ha transmitido como un testigo de fuego y que nos resulta tan cercano a nuestra propia formación greco-romana? La abeja es el mensajero que despierta a los Dioses y a las almas humanas que son también divinas. Recordemos, por ejemplo, el mito retorno del Dios Telepinu, que permite que vuelva de nuevo la belleza y la armonía al mundo. Recordemos en el mito de la creación del hombre (por ejemplo, en el sarcófago del Museo Capitolino en Roma) –donde junto a Prometeo, que modela el alma humana– la diosa Atenea, de la Sabiduría, introduce una abeja en su cerebro. Venus es la Estrella Abeja y es quien trae la luz mental a la humanidad, en tantas y tantas tradiciones. Si alguien puede buscar al alma perdida, es la abeja, sin duda, pues es la luz del discernimiento. Aunque también se apela a un ánade migratorio, a un cisne, al águila misma. Qué sugerente también la idea de que el carnero con sus cuernos, el águila con sus garras, la misma oveja con su hocico, golpean al alma para decirle que este ya no es su reino, que no se confunda. Así interpretamos este pasaje, aunque quizás desvele también otras verdades del camino del alma.

La Diosa Madre que llora es la diosa misma de la Tierra, que pierde o ve partir a uno de sus hijos. Pero hay otra Diosa Madre que lo recibe, es la Diosa Sol (Dingir UTU) pues el alma humana es de Ella. De nuevo la idea platónica de que el rayo de eternidad viajero en el mundo a la búsqueda de experiencias y que llamamos alma humana viene del Logos solar, aunque la madre Tierra la acoja en su seno como hija. Se repite una y otra vez que el alma es grande, que es divina, que pertenece a los Dioses, que no es del barro del mundo, y que por ello no debe alimentarse de este barro. Es fácil imaginar, siguiendo el texto, que ante el alma desencarnada se abren dos caminos, el errado es querer retornar a la oscuridad, al barro, y vivir entre las almas desencarnadas que en él penan o satisfacen sus ansias, o incluso de las encarnadas prisioneras en la fatalidad de sus vidas terrenas. Ese es el mal, pues no es la naturaleza celeste del alma. El río en el que no se quiere caer parece el río de las almas que las arrastra al deseo y que las precipita como aguas estancadas, con la imagen en el texto del río que muere en los remansos. Es una imagen muy semejante a la de ciertas tradiciones mistéricas según las cuales también el alma, antes de encarnar, y si lo hace, es porque es arrastrada desde el plano mental al río de los deseos (el llamado Cinturón de Venus), y desde ahí, al pozo, a la placenta, a una nueva encarnación. También parece explicar cómo se abren las puertas (golpeando a la Diosa Madre Tierra, que insiste en mantenerlas cerradas) para que el alma, como un loto sagrado, vuelva a abrir todos sus pétalos, recuperar todos sus poderes, atrofiados en contacto con la materia. Ahí es donde se dice que el alma prospera, que se abre su verdadero camino, el que lleva a lo invisible, o el que torna todo invisible, pues las escenas y objetos del mundo se irán poco a poco desdibujando en la nueva Luz según se despiertan los verdaderos sentidos del Alma y se avanza en ese Gran Camino, en el que incluso un psicopompo, una especie de Anubis ha rearmado al alma, le ha ajustado o preparado para dicho camino.

El mal o tenawa que se quiere evitar es la niebla ácida que corroe el alma y la impide reconocerse a sí misma ni a los otros, la encierra ciega en su misma cárcel húmeda. Como dice otro texto hitita, este tenawa (en esta vida misma lo llamaríamos materialismo, identificación con lo que deseamos, sed de placer, odio e ignorancia, el triple veneno de la filosofía budista), es quien hace «que uno no reconozca al otro, las hermanas de la madre no se reconocen una a la otra (las almas hijas de un mismo Ideal o Dios, como describe Platón en el Fedro, donde además menciona cuál es la naturaleza del amor que rompe este encantamiento y cárcel, abriendo las alas del alma), los hermanos del mismo padre no se reconocen el uno al otro (o sea, el alma no ha reconocido aún a sus compañeros de Aventura, de Destino: los compañeros del héroe no se han embarcado juntos en la nave Argos), la madre no reconoce a su mismo hijo, ni el hijo a su madre».

También es llamativa la imagen del prado, como el que menciona Platón en el mito de Er o figura en las láminas de oro y los himnos órficos. El prado en que se unen las almas que van a lo invisible, y donde se recibe a aquellas que van a encarnar, y en el que hay que beber de la fuente de la sabiduría y no del agua lodosa del olvido.

En un ritual funerario descrito en dos tablillas hititas, hay una escena muy bella en que se compara al alma con un ave. No sabemos si es posterior o simplemente diferente de la escena ritual en que frente a la estatua del rey o noble, su propia estatua, el difunto debe beber su propia alma y el alma de los Dioses para así emprender vigorizado el camino de retorno. En esta, un sacerdote sube al tejado y llama desde el mismo al interior de la casa, preguntando a los dioses familiares y a las ropas dónde está el alma del difunto. Y ellos, seis veces hablan hacia arriba y señalando el cielo (o el techo) dicen, «allí se ha ido». Y la séptima que pregunta el sacerdote, las ropas y estos dioses (que acompañaron al ahora difunto en vida) dicen, por fin:

«Para él, ha llegado el Día de su Madre y ella lo ha tomado de la mano y lo ha acompañado».

Ha llegado la Madre de su Alma y le ayuda a volver, como Luz Divina-Camino hacia su propia morada. Qué imagen tan bella y evocadora de la muerte, después de garantizar que nada ha quedado prendido a la tierra y al pasado, pues avanza en el Camino que hace desaparecer todo lo que no es él mismo.

Jose Carlos Fernández
Almada, 22 de agosto del 2022


[1] Toda la información textual de este artículo ha sido extraída del excelente artículo «The Soul has to leave the land of the living» de Alfonso Archi.

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