Filosofía

FLORA INTESTINAL Y CIENCIA BUDISTA

«Así como el oro se quema, se corta y se pule, examinad apropiadamente mi discurso, luego practicad con convicción. No lo aceptéis porque sea afirmado por eruditos.»

Palabras del Buda, en el Tantra del Gran Poder
(dentro del compendio del Kangyur)[1]

Esta es la enseñanza del Buda con respecto al conocimiento que nos llega desde el pasado, que como doctrina debe ser atendido, considerado, respetado, pero también examinado y no aceptado simplemente sin más. Puede ser falso, o mal interpretado, o mal traducido, o mal transmitido. Todo aquello que carezca de lógica interna, o que el alma rechace instintivamente o después de ser analizado con la razón no tiene por qué ser aceptado, ni tampoco rechazado, simplemente puede quedar entre paréntesis esperando una ulterior constatación o examen con más conocimientos o vivencias. Una doctrina no es una mera colección de hipótesis o de opiniones, ni tampoco debe ser un dogma, pues no se puede obligar a un alma libre a aceptar por la fuerza unos conocimientos u otros, ni persuadir hipnóticamente ni con repetición ad nauseam para que sean aceptados, se quiera o no. No se debe «edificar» sobre aquello que no se conoce ni es firme y vemos cómo todas las supersticiones de la historia surgen de construir sobre aquello que no se conoce realmente, y hallamos finalmente así la mente poblada de todo tipo de fantasmas y sombras. Lo que no se conoce, pero se aprende, puede ser verdad o no, pero no se debe edificar más y más sobre líneas imaginarias sin consistencia. Como en la historia pitagórica en que se rechaza a un aspirante por llamar triángulo a lo que eran sólo tres puntos (en los vértices de un triángulo imaginario pero que era precisamente imaginario, que no estaba ahí, y que por tanto no se le podía conceder la realidad mental, nombre que no tenía). Quien hace eso está ya edificando sobre su fantasía, y si en vez de tres hay miles de puntos pueden surgir todo tipo de monstruos y aún en movimiento. Los hechos expuestos en las tradiciones y Doctrinas Secretas muchas veces son ese tipo de puntos sobre los que hay que ser muy cuidadosos, pues no son puntos que nosotros mismos hayamos constatado, por lo que atención con las líneas que trazamos, y más con los edificios mentales que están, realmente sobre nubes.

Pero así como no se debe hacer Ciencia sobre aquello que no conocemos, tampoco podemos rechazar a priori aquello que puede, naturalmente, merecer nuestra confianza. Los filósofos budistas llaman a esto «el principio de las cuatro confianzas». Por ejemplo[2] en el Sutra de las preguntas del cabeza de familia Ugra, se afirma que:

«Confiad en el significado, no en las palabras.
Confiad en la sabiduría transcendente, no en la conciencia ordinaria.
Confiad en la enseñanza, no en la persona.
Confiad en los sutras de significado definitivo, no en los sutras de significado provisional.»

A propósito del mismo libro ya mencionado, de «El Mundo Físico…», en uno de los apartados del capítulo 33 (que es titulado «La relación entre cuerpo y mente») con el nombre específico de «La relación cuerpo-mente a través de la actividad de los microorganismos dentro del cuerpo», hay revelaciones sorprendentes, que bien merecen ser examinadas.

Se dice que «hay afirmaciones en los Sutras de cómo el cuerpo y la mente efectúan cambios el uno al otro a través de la actividad de los microorganismos que residen dentro del cuerpo». Como ejemplo, se muestra un fragmento del Sutra de la perfección de la sabiduría en veinticinco mil versos, en que está escrito:

«…dentro del cuerpo de aquellos que son humanos hay ochenta mil tipos de microorganismos que se alimentan del cuerpo.»

En otro texto, el Sutra del fundamento de la atención se afirma de microorganismos que residen en la cabeza, otros en la garganta, en los canales, en la sangre, en la carne, en la vesícula biliar, en las extremidades (¿huesos?), en las heces…

Nuestra ciencia ha redescubierto la enorme importancia, por ejemplo, de la microbiota o flora intestinal, bacterias que viven en relación de simbiosis con el organismo humano, y sin las cuales no podríamos sobrevivir, y que forman un ecosistema propio que permite, por ejemplo, la absorción de alimentos, la síntesis de algunas vitaminas (la K) y de compuestos moleculares cuya importancia se está investigando ahora. Estos mini acompañantes, con los que estamos en lo que se llama mutualismo, son afectados por factores internos y externos. Entre los últimos, destacar los antibióticos, el estrés, las dietas alimenticias (que los pueden favorecer o poner en peligro), el uso de los probióticos, etc.

Se dice que en la flora intestinal hay unos 2000 organismos diferentes de esta naturaleza. Es evidente que no hemos llegado a conocer los ochenta mil (en general, no sólo en el intestino) que hablan los textos budistas, pero también es evidente que según sigamos investigando irán apareciendo más y más, y no sólo en el intestino.

Es sorprendente que el mismo Sutra antes mencionado diga que:

«Si los microorganismos dentro de mi cuerpo no prosperan debido a los alimentos que consumí, esto me privaría por completo de alegría.»

Y también:

«También observamos que debido a tales carencias, las extremidades del cuerpo enferman, surgen enfermedades del corazón y las ciudades se vacían. La mucosidad se altera, tristeza mental continua es creada y uno no se alegra de los objetos de contacto y forma. ¿Por qué es eso? Porque el hambre de los microrganismos puede causar fuertes sensaciones.»

Y el autor del libro «Mundo Físico…» comenta

«Hacer pasar hambre a los microrganismos hace que las extremidades del cuerpo se contraigan y que la mente experimente un estado vívido y vacío, tristeza y falta de alegría en la forma y demás.»

Y es sorprendente porque tan sólo hace poco mas de tres años se descubrió el efecto de la microbiota en la salud mental de los humanos. Ya se había experimentado con los animales, pero se amplió y constató en el reino humano.

Leemos, por ejemplo, en el Confidencial del 4 de febrero del 2019 la siguiente noticia (voy seleccionando párrafos o líneas de interés para este artículo):

«Científicos de la Universidad belga de Leuven han logrado demostrar por primera vez en humanos cómo la microbiota intestinal está implicada en la salud mental, algo que hasta el momento se sospechaba y que solo se había logrado probar en animales. En un estudio que publican en Nature Microbiology, los investigadores consiguen identificar dos bacterias que son clave en la depresión y, en general, en la calidad de la salud mental.»

(…)

«Asimismo, también han comprobado cómo algunos de los miles de millones de microorganismos que conforman la microbiota intestinal son capaces de producir compuestos neuroactivos.

Desde hace poco más de una década los científicos estudian el complejo intercambio de mensajes, tanto químicos como eléctrico entre el cerebro y el intestino, a través, sobre todo del nervio vago, que se extiende desde la base del cerebro hasta el abdomen.»

(…)

«…han cruzado datos acerca de la composición microbiana intestinal y de diagnósticos médicos de depresión de 1054 individuos de la cohorte del Proyecto flamenco de microbiota intestinal. De esta forma lograron identificar que las bacterias Coprococcus y Dialister están en cantidades ínfimas en la microbiota intestinal de las personas que sufren depresión, independientemente de que tomen tratamiento, en comparación con personas sin la enfermedad.»

(…)

«No solo hemos podido identificar las distintas bacterias que podrían desempeñar un papel clave en las enfermedades mentales sino también los mecanismos involucrados potencialmente en esa interacción con el huésped, señala en un comunicado Mireia Valles-Colomer, coautora del trabajo. Por ejemplo, hemos visto que la capacidad de los microorganismos de producir DOPAC, un tipo de metabolito del neutrotransmisor dopamina, se asociaba con una mejor calidad mental, resalta.»

No sabemos si los investigadores que han realizado este descubrimiento eran o no budistas, si conocían o no estos Sutras que hace cien años (antes del descubrimiento de la flora intestinal y sus relaciones con nuestra salud) nos hubiesen parecido absurdos o galimatías.

Tampoco sabemos cómo los autores de estos Sutras, o los primeros que hicieron estas investigaciones, hace más de mil años, llegaron a estas conclusiones. Quizás, como ellos mismos afirman, por el despertar de poderes latentes en el alma humana, entre ellos el de la visión mental o interior, que permitieron también los asombrosos hallazgos publicados en la obra Química Oculta de Annie Besant y Leadbeater y que dieron herramientas a un Nobel de Química, Francis Aston, para descubrir los isótopos.

La misma elaboración de una DOCTRINA SECRETA que sirvió de base a todas las Escuelas Iniciáticas en el mundo antiguo, se hizo de esta manera, durante miles y miles de años, corroborando así, con este examen del Ojo del Dangma, las enseñanzas que habían recibido de los Padres de la Humanidad (Dioses mentales, sin duda, pues es fácil pensar que de la misma forma que existe un reino mineral, vegetal, animal y humano, la progresión ascendente debe seguir más y más en planos quizás superiores a nuestra experimentación y capacidad de entendimiento). H.P.Blavatsky lo describe de esta manera, en su Resumen al final de su Cosmogénesis:

«La Doctrina Secreta es la Sabiduría acumulada de las Edades y, solamente su cosmogonía, es el más asombroso y acabado de los sistemas, aun velado como se encuentra en el exoterismo de los Puranas. Pero tal es el poder misterioso del simbolismo oculto, que los hechos que han ocupado a generaciones innumerables de videntes y profetas iniciados para ordenarlos, consignarlos y explicarlos al través de las intrincadas series del progreso evolucionario, se hallan todos registrados en unas páginas de signos geométricos y símbolos. La contemplación luminosa de aquellos videntes ha penetrado en el centro mismo de la materia, y ha analizado el alma de las cosas, allí donde un profano ordinario, por sabio que fuese, tan sólo hubiera percibido la actuación externa de la forma. Pero la ciencia actual no cree en el «alma de las cosas», y por lo tanto, desechará todo el sistema de la antigua cosmogonía. Inútil es decir que el sistema en cuestión no es fantasía de uno o de varios individuos aislados; que es el archivo no interrumpido, durante millares de generaciones de videntes, cuyas experiencias respectivas se llevaban a efecto para comprobar y verificar las tradiciones, transmitidas oralmente de una raza antigua a otra, acerca de las enseñanzas de los Seres superiores y más exaltados que velaron sobre la infancia de la humanidad; que durante largas edades, los «Hombres Sabios» de la Quinta Raza [Humanidad] pertenecientes a los restos salvados y librados del último cataclismo y alteraciones de los continentes, pasaron sus vidas aprendiendo, no enseñando.

¿Cómo lo hacían? Se contesta: comprobando, examinando y verificando en cada uno de los departamentos de la Naturaleza las antiguas tradiciones, por medio de las visiones independientes de los grandes Adeptos; esto es, de los hombres que han perfeccionado hasta el mayor grado posible sus organizaciones físicas, mentales, psíquicas y espirituales. No era aceptada la visión de ningún Adepto, hasta ser confrontada y comprobada por las visiones de otros Adeptos, obtenidas de modo que se presentasen como evidencia independiente y por siglos de experiencia.»

En realidad, lo único que nos cabe ante estas ideas, ejemplos, razonamientos y descubrimientos (especialmente los que cruzan ciencia y tradición), es decir lo que Hamlet a su amigo Horacio: «hay más cosas en el Cielo y en la Tierra de las que sueña tu filosofía».

Jose Carlos Fernández
Almada, 13 de agosto del 2022


[1] Citado en la obra “El Mundo físico: ciencia y filosofía en los clásicos budistas indios Vol. I”. Editorial Kailas, nota 36.

[2] Mismo libro, pág. 79 de la edición española.

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