Literatura

El Ciclo de la Primavera (Phalguni), de Rabindranath Tagore

“La comedia de la Primavera en la Naturaleza es una réplica de la comedia de la Juventud en nuestra Vida. Es el drama lírico del Poeta del Mundo; y de él he sacado yo este trama…”

“No vaciles por la senda, que la senda despierta sola a los alegres pasos de la libertad”

“¡Llegó el momento en que sabrá la Vida que no estás desterrado a tu propia sombra!

¡Tu corazón estallará en torrentes, sin abrazos de yelo!”

Una de las figuras más notables en el nacimiento de la India moderna es Rabindranath Tagore (1861-1941), a quien Gandhi, a quien unía una admiración mutua y a la vez una separación radical, llamó “el Centinela”, del Alma de la moderna Aryavartha.

Fue ensayista, poeta, escritor de novelas y obras teatrales (que también representaba), filósofo, activista político y social, y al final de su vida también pintor, una misteriosa y última faceta suya, que lo emparenta con las nuevas corrientes europeas, y al mismo tiempo completamente independiente de ellas. Desde luego Modigliani, Picasso y Kandinsky sonreirían al ver sus abstractas y al mismo tiempo vivísimas láminas.

Con una obra extensísima, pródiga en número y géneros, trazó una estela de más de 25.000 páginas escritas literarias, editadas en 32 voluminosos tomos en bengalí (cada uno de ellos equivalente a un Señor de los Anillos); una abundantísima correspondencia, reunida en 19 volúmenes; 2.500 pinturas y 2.350 composiciones musicales, la mayor parte canciones, con su letra y música (y entre las que destacan los actuales himnos de la India y de Bangladesh). De este material ingente sólo el 5 % se ha traducido al español, y menos aún al portugués, a pesar del vínculo de este país con la tierra creadora del Mahabharata.

El premio Nobel de Literatura en el año 1913, especialmente por su joya lírica Gitanjali (al que dedicaremos un artículo en la próxima revista) le hizo mundialmente conocido, viajando por todo el mundo. Pero 30 años después, la fama efímera cerró sus alas y su vuelo en otras tierras que no su Madre India. Los esfuerzos de traducción de Zenobia Camprobí, en España y los de divulgación de Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset han hecho que precisamente en este país hermano, aún sea leído y admirado.

Este casi olvido hace, infelizmente que sea difícil encontrar estudios académicos, o incluso artículos divulgativos, por ejemplo, de una obra tan sublime y bella como es el Ciclo de la Primavera o Falguni, en su título original. Las representaciones de la misma, a pesar de ser una de las más importantes traducidas al español, son mínimas y exclusivamente de su tierra natal. Y quienes actúan en ellas, los protagonistas, que debían ser un grupo de niños y niñas, lo es de personas adultas, perdiendo así mucho de su espíritu original. Lanzo un desafío a todos los que lean este artículo y después el libro, especialmente si se mueve en el ámbito teatral, para representar esta drama infantil bellísimo, en el que el autor incluso hizo las músicas de las canciones (en este caso, quizás sería necesario una adaptación y músicas nuevas).

Falguni fue escrita en el año 1916 y representada para recaudar fondos que ayudaran a las víctimas de una hambruna que se declaró en la India. Es una obra bella y ciertamente misteriosa.

Un rey, que ha descubierto sus primeras canas, queda deprimido ante la “tarjeta de invitación de la muerte” y descuida sus deberes. El pueblo se agolpa en las puertas de su palacio desesperado del hambre, el embajador chino espera audiencia, el general quiere informar de novedades del campo de batalla, y el visir le reclama, pero él es víctima del temor al tiempo y llama a su pandita para que le lea textos de Filosofía abstrusa de su libro Océano de Renunciación. Aunque queda claro que el autor de dicha obra, el pandita, no es de ningún modo ejemplo de dicha renunciación. Quiere evitar oír al poeta que le ponga frente a frente con el ímpetu de la vida y su música, pues en el fondo, aun siendo rey, esta atemorizado. Pero el poeta con sus acertijos, con sus versos y su música, va despertando de nuevo el coraje del monarca, que se da cuenta de su error y de la vergüenza de renunciar a sus deberes que deben ser también su pasión y alegría. Para ilustrarle sobre los misterios del espíritu y la relación con el tiempo, y cómo lo vence, el poeta organiza una representación teatral donde se expone el secreto de la eterna juventud, la “Afrodita de Oro” de los presocráticos y que tantas veces explicó el filósofo Jorge Angel Livraga como la más sublime de todas las conquistas, el verdadero florecimiento del Alma.

Unos muchachos, incitados por su Jefe, van persiguiendo al Viejo, el que hace sentir a todos el frío de la falta de vida, la pérdida de entusiasmo y muerte de los sueños, la derrota víctimas del tiempo. Les guía Chandra y van acompañados por Dada, un pedante que quiere hacer que todo el mundo oiga sus escritos y reflexiones. Llegan junto a un barquero y un vigilante que les señalan donde va el Viejo y un juglar ciego, que les dice dónde se halla su cueva. Chandra se aventura en su busca dentro, y ellos comienzan a sentir el desánimo y la derrota. Cuando él sale, radiante, dice que lo ha encontrado, y ellos recuperan su alegría y optimismo, y su capacidad de amar. Al final el Viejo era el mismo Jefe, su oculto motor, pero visto por detrás, en su sombra. La salida de Chandra de la cueva y la solución del enigma marca el retorno de la Primavera.

Como el mismo Tagore dice en la obra, el Jefe es “el impulso que guía nuestra vida”, Chandra es “el que nos hace la vida grata”, Dada es aquel “para quien la esencia de la vida es el deber, no la alegría”, el juglar ciego es “el que como no ve con sus ojos, lo ve todo con todo su cuerpo y toda su alma”. Es fácil ver la relación del Jefe con el Sol, Chandra con la Luna, Dada con Saturno, el Juglar Ciego con Mercurio; y los muchachos con las estrellas. En otra clave, quizás, el Jefe sea el Logos, el motor de la existencia, o Sol de Voluntad y los muchachos las centellas de su vida y de su amor, peregrinas y creadoras de todo cuanto existe, las mónadas viajeras de la Doctrina Secreta de H.P.Blavatsky, o los rayos mismos de eternidad que el mismo Logos anuda, sujeta y lanza cono el corazón impulsa la sangre que da vida al organismo. En una clave psicológica el Jefe es la voluntad espiritual, y los muchachos sus rayos en el alma, cuya presencia misma es eterna juventud, Dada sería la mente que categoriza, y que al hacerlo aprisiona y mata lo real; y Chandra el gran amor que congrega todas estas centellas y las hace buscar al Jefe, o el espíritu desconocido, venciendo el misterio del tiempo. O el Jefe es Apolo, y los muchachos los hiperbóreos, heraldos de la Primavera, que vencen al invierno y devuelven la esperanza y la necesidad de conquistar, de ir más allá, de vencer todos los obstáculos. El Jefe es “un perfecto veterano de la infancia; tan atolondrado, que va derramando edad por todas partes” y los muchachos son “las mariposas liberadas de la crisálida de la edad.”

Al comenzar la representación, Tagore escribe:

“Los Heraldos de la Primavera corren de un lado a otro. Están cantando las hojas de bambú, los nidos de los pájaros y las ramas de la champaca en flor”

Y en la primera escena unos niños figuran bambú danzando al viento de Abril, otros la flor de la champaca y unas niñas danzan como pájaros en el aire, cantando:

“¡El cielo derrama su luz en nuestros corazones,

Y nosotros llenamos el cielo de respuestas!

¡Cuando el aire nos mueve las alas delirando,

Apedreamos el aire con nuestras melodías!

¡Oh Llama de los Bosques;

Tus antorchas de flores están todas ardiendo

Y, a tu beso, se han puesto granas nuestras canciones

Con tu pasión de juventud!”

Y en su primera aparición los muchachos, con la luz del amanecer, hacen sentir también la Primavera y el Amor:

“¡El fuego de Abril salta por los bosques,

Y destella en flores y en hojas,

Por todos los rincones y escondrijos!

¡Derrocha el cielo sus colores,

Delira el aire en armonías;

Las ramas, sacudidas por el viento

Derraman su inquietud por nuestra sangre;

Y los vientos se ríen vacilando

Y va de flor en flor la brisa, preguntándoles sus nombres!

Misteriosos estos centelleos en el alma de la eterna juventud, que evocan estos muchachos, los rayos de la Primavera misma. Dicen:

“En realidad somos niños, y todo tiene limitación menos el niño.”

“Moriremos viejos, pero nunca tendremos edad”

“¡Para nosotros nunca está vacío el mundo;

Nunca nuestro camino se interrumpe

Puede ser ilusión lo que seguimos,

Pero nunca nos ha de hacer traición,

Nunca!”

“¡No tememos, amigo, el trabajo,

Porque sabemos que el trabajo es juego,

El juego de la vida!

¡Juego es la lucha, el ser vapuleado

de la vida a la muerte;

juegos son los destellos de risa

de luz, del infinito corazón;

jugando ruge el viento

y espumea la mar!”

“¡Jugar pone en flor las flores

Y madura los frutos,

En el sol de la eterna juventud!

¡El jugar estalla hacia arriba, en el incendio rojo como la sangre,

Y lame, haciéndolos cenizas, lo corrompido y lo muerto!”

“Venimos despertando, por todos los rincones,

A nuestros compañeros de alegría, antes de amanecer (…)

Tu corazón, Invierno, será nuestro;

Y brillará en las hojas conmovidas,

Y estallará en las flores (…)

Con cadenas de flores te ataremos,

Las que la Primavera pone a sus cautivos;

Pues sabemos que llevas tu tesoro

de juventud oculto en tus andrajos grises.”

En el último acto, el cuarto, la victoria de la Primavera sobre el Invierno es asombrosa, todo un estallido de victoria, de luz, de alegría, de sabiduría y renovación. Como dice Tagore: “el Invierno, se revela como la Primavera y responde a las preguntas de las cosas juveniles”. En la “Canción de los Fardos Descargados” (¡curioso título!) los Heraldos de la Primavera obligan a responder al Invierno:

¿Te declaras vencido por la Juventud? Sí

¿Has encontrado al fin, lo viejo sin Edad, que se renueva siempre? Sí

¿Has salido, por fin, de las murallas que se hunden y entierran a los que protegen? Sí

¿Te declaras vencido por la vida? Sí

¿Has pasado la muerte? ¿Te has puesto cara a cara con lo que no puede morir? Sí

¿Has matado al demonio polvo que se traga tu ciudad inmortal? Sí

Estas páginas son uno de los más bellos cantos de amor nunca escritos, de un amor sin sombra, sin nombre y sin forma, libre y puro, y las afirmaciones se suceden como si el alma fuese un gong que es golpeado, una vez y otra, y otra más.

“Parece como si las estrellas que están sobre nosotros fueran miradas de infinitos ojos que conocimos en tiempos lejanos. Parece que a través de las flores viene el suspiro de los que hemos olvidado, diciéndonos: ¡Recuerda!”

“¿Dejaste atrás tu amor, corazón mío,

Y no consigues tener paz?

¿Tu senda se ha perdido y se ha olvidado,

Sin esperanza de tu vuelta?

Vagando, escucho el canto del arroyo

Y el rumor de las hojas;

Y me parece que hallaré esa senda

Que va a la tierra del amor perdido,

Más allá de la estrella de la tarde.”

Qué bellísimo también cuando dice que la Primavera existe gracias al impulso de todos los idealistas:

JUGLAR: (Chandra) dijo: “Los hombres siempre han luchado por una causa; y ese ímpetu es lo que alborota la brisa de esta Primavera.

MUCHACHOS: ¿El ímpetu?

JUGLAR: Sí, el mensaje que dice que la lucha del hombre no ha terminado todavía.

MUCHACHOS: ¿Es eso lo que dice la Primavera?

JUGLAR: Sí, los que han sido hechos inmortales por la muerte, envían su mensaje en estas hojas nuevas de la Primavera diciéndonos: “Nunca dudamos del camino, nunca dudamos del gasto; ¡salimos corriendo y florecimos” Si nos hubiéramos detenido a pensarlo, ¿dónde se habría ido la Primavera?”

Cuando Chandra entra en lo desconocido, al salir arrastra al Viejo tras de ella, que al final resulta ser el Jefe mismo:

JUGLAR: Ahí. Viene saliendo de la cueva. Sí, alguien viene saliendo de la cueva. ¡Qué maravilloso!

CHANDRA: Pero ¡si eres tú!

MUCHACHOS: ¡Nuestro Jefe! ¡Nuestro Jefe! ¡Nuestro Jefe! Pero, ¿dónde está el Viejo?

JEFE: No existe

MUCHACHOS: ¿No existe?

JEFE: No

MUCHACHOS: ¿Qué es, entonces, el Viejo?

JEFE: Un sueño.

MUCHACHOS: Entonces, ¿lo real eres tú?

JEFE: Sí

MUCHACHOS: ¿Y nosotros somos también realidad?

JEFE: Sí

MUCHACHOS: Los que te vieron por detrás, te imaginaron de mil maneras… No te reconocimos a través del polvo. ¡Qué viejo parecías! ¡Y saliste de la cueva; y ahora pareces un chiquillo! ¡Es como si te viéramos por vez primera!

CHANDRA: ¡Tú eres nuevo cada vez! ¡Tú eres nuevo cada vez!

Cuando el Juglar, que es ciego, siente la Luz de la Primavera, sus brisas de amor, canta:

¡Victoria a ti; victoria para siempre, valiente corazón!

¡Victoria a la vida, al amor, a la alegría, a la luz eterna!

¡La noche se irá acabando, la sombra se borrará; ten fe, corazón valiente!

¡Despiértate de tu sueño, de tu desesperar lánguido;

Recibe la luz del día nuevo con una canción!

¿Se ha representado alguna vez en español o portugués, en francés, alemán o italiano esta joya, olvidada, que es necesario que irradie su luz más y más al mundo? Arranquémosle de la noche de los libros que al no ser leídos, duermen, esperando. Y de las obras de teatro que esperan se descorra el telón para anegarnos con su torrente de emociones y verdades como estrellas.

Jose Carlos Fernández

Córdoba, 22 de diciembre del 2021

1 comentario en “El Ciclo de la Primavera (Phalguni), de Rabindranath Tagore”

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