Filosofía

Evocación histórica de Séneca

Representación dramatizada del Filósofo Séneca con motivo del Día de la Filosofía, representado en la Asociación Nueva Acrópolis de Lisboa, en el año 2008.

«Ahora que este lugar sin tiempo nos congrega y que como en un espejo podemos ver de un modo vago y difuso las imágenes de nuestra vida pasada, recuerdo como un sueño mi infancia en Córdoba, mi juventud en la capital del Imperio, en la Ciudad Eterna, cuyo nombre secreto es AMOR y que vosotros conocéis como ROMA. Recuerdo mi discipulado con el estoico Atalo y el alejandrino Sothion, sabio egipcio cuyas enseñanzas seguí y cuyos ascetismos practiqué.

Recuerdo vagamente mi frágil salud, que dificultó el ingreso y el seguimiento de la carrera de los honores. Cómo mis padres decidieron que fuera a Egipto de quien el marido de mi tía carnal era el gobernador romano. Allí en la ciudad inmortalizada por su Biblioteca y Escuelas de Filosofía; y después en varios de los santuarios del Nilo, en sus Casas de la Vida me inicié en los Abismos de su milenario saber, un saber que hace que el hombre pueda recuperar su condición divina, sentirse hermanado con todas las fuerzas visibles e invisibles de la Naturaleza. Tanto la Naturaleza que llamamos mundo material y tangible, como la Naturaleza en que se asienta la Realidad, lo permanente, lo que no muere y el divino Platón llamó Mundo de los Arquetipos. Recuerdo el regreso a Roma, ya completamente reestablecido de la salud del alma, que necesitaba ese saber que diese sentido a la existencia, y no tan restablecido de la salud del cuerpo. El ejercicio en la vida pública como rétor, con tal fervor y celo moral, tan vigoroso en el ataque contra la maldad y el engaño como en la defensa de la Equidad y el Honor; que despertó la envidia y el miedo de Calígula, un emperador enloquecido. Él me condenó a muerte y mis amigos, con sus influencias, me salvaron aludiendo a que mi mala salud había abierto ya las puertas de mi tumba. Pero fue él quien murió antes, ajusticiado por un valiente legionario.

Recuerdo a aquel emperador, Claudio de nombre y cobarde de naturaleza, gobernado por su círculo de libertos corruptos y mujeres licenciosas, un triste personaje a quien tuve que elogiar en su pira funeraria –en todo hombre se encuentran rasgos valiosos, dádivas divinas que se deben destacar en el discurso de la verdadera despedida del mundo de los vivos. Pero a quien sentí el deber de criticar y rechazar su glorificación como un semidios en la obra Apolocoquintosis. Hay errores de acción y los hay de omisión. Su dejadez en el arte y sacrificio del gobierno, dio la muerte a gran cantidad de romanos valiosos para el Imperio, y a mi me desterró por más de ocho años en la isla de Córcega, apartado del servicio a Roma, la peor de las torturas para quien quiere ser útil a sus semejantes y a la Res Publica, para quien quiere servir a la Historia. Pero los Dioses y el Destino sabían que debía permanecer allí, mantenerme, en tiempos de vileza y corrupción, alejado de la vida pública y eligieron esta isla para que continuara mi viaje filosófico por la vida, para que

tuviera intimidad y trato con los sabios que nunca van a rechazar nuestras preguntas, aquellos que nos susurran al oído en las respuestas de los libros, y que estarán siempre esperándonos, casi como los Dioses, siempre amables, siempre pacientes. Aquellos como Platón, Zenón, el fundador de la Escuela Estoica, Crisipo, Poseidonio o el mismo Epicuro; cuya invisible pero cálida y fortificante presencia es la mejor y más serena de las compañías, el más real y duradero de los tesoros. Varias obras nacieron de esta soledad y destierro, como la Consolación a mi madre Helvia.

Agripina, la segunda esposa de Claudio, y quizás –nunca lo sabré- su asesina, decidió salvar Roma y me llamó desde mi destierro para que fuera el maestro de su hijo, Nerón, de nefasta memoria. Congregué en torno al joven emperador a los mejores valores morales de su tiempo y un círculo de jóvenes como él, todos almas nobles, distinguidas y consagradas al Deber, poetas como mi sobrino Lucano –el escritor de Farsalia– y tantos que luego tuvieron que huir de su presencia cuando enloqueció. Burro, el comandante de la guardia pretoriana sería su instructor en lo militar y yo en lo civil. Lo militar y lo civil, ah, el anverso y reverso de la misma vida, pues ya lo dicen nuestras tradiciones, SI VIX PACIS, PARA BELLUM, si quieres la paz, prepárate para la guerra. No hay paz en la ociosidad, enfermedad de las almas, sino en la vigilancia, en el trabajo, en el esfuerzo perseverante. Por eso, como enseñaron los estoicos y yo mismo escribí, la vida es un incesante batallar, la vida es milicia, la fortaleza a conquistar nuestra naturaleza y condición humanamente divina, divinamente humana; y las virtudes, el ejército dispuesto para el combate. Nosotros somos el general que planea la estrategia y da las órdenes, pero también el campo de batalla mismo y aún el enemigo que debe ser vencido, pues aún esas fuerzas del caos que ensombrecen el vigor de nuestra alma, viven en nuestro interior y arrastran parte de nuestra identidad, todo aquello que reconocimos como propio, y no lo era.  Si, la vida es milicia, no os convirtáis en esclavos del mundo ni en una sombra de vosotros mismos, combatir con valor, con inteligencia y voluntad llameante. No os dejéis devorar por nada ni por nadie, y para evitarlo no elijáis el camino que elige la mayoría insensata, caminos cerrados o que conducen a precipicios; o peor, caminos que adormecen, donde crecen flores narcóticas que sumergen en el sueño nuestro verdadero vigor, la virtud que nos hace permanecer firmes y en marcha, íntegros y sin mancha.

Nerón, guiado por mí y por los ejemplos morales que formaban su círculo de amistad, gobernó bien durante cinco años, el quinquenio feliz que elogié en un discurso. Pero su naturaleza rebelde, mimada y pasional pronto cedió a la presión de las tentaciones que rodean siempre al Poder, verdaderas sombras vampíricas de inmoralidad. En su relación íntima con la malvada Popea su naturaleza se derrumbó y asesinó a su legítima esposa y luego a su madre. Por las fisuras de su edificio moral, que anunciaban la ruina de su alma, se infiltraron los gérmenes del terror, que dieron nacimiento a los del odio y después a los de la locura. Nada podía retenerlo ya, quiso hacer de Roma entera el coro de sus manías, considerándose la encarnación del Dios  Apolo. Debía, por tanto, hacer como él, cantar poemas, competir en las carreras de cuadrigas y otras tantas locuras, olvidándose por completo del Deber, y contaminada su alma por los asesinatos cometidos. No queriendo ser cómplice de sus locuras y fechorías, y como mis consejos –yo no sabía nada de sus asesinatos, pero los sospechaba- le quemaban como el fuego a las bestias, me aparté de su presencia. Sabía que mi vida estaba ya condenada y que antes o después sería la próxima víctima del tirano a quien había tratado de educar como gobernante y filósofo. Me entregué, pues, a mis profundas reflexiones y de esta época son mis escritos sobre la Naturaleza, un tratado de Filosofía Moral y Cartas a Lucilio.

Y así fue. Primero asesinó al preceptor militar y jefe de la guardia imperial, Burro, en una de las escenas más emotivas y tristes de la historia: devoró carbones encendidos sin decir una palabra en contra de quien era su emperador, y a quien se había juramentado a obedecer siempre en lo justo y lo honesto. Pero Nerón se había convertido ya en un pérfido tirano, tan odiado como en ruinas su alma.

Llegó luego mi turno y me obligaron a cortarme las venas sin siquiera dejar testamento o cumplir mis últimas disposiciones con mis familiares y amigos. Poco importaba ya, toda mi vida había sido una preparación para la muerte, pues esta es la única forma de vivir con intensidad y sin apegos. Además, no morimos sólo, cuando caminamos hacia el reino de las sombras, penetrando en él, sino también minuto a minuto en el curso implacable de las horas. TEMPUS FUGIT, el tiempo huye, y hay que atrapar su mensaje oculto, la oportunidad que como un tesoro guarda, en la sucesión de los momentos. Todo será, si no, después lágrimas y estéril desesperación. Este es el tan bellísimo concepto de los griegos cuando diferencian un tiempo que separa las cosas, y que es la cosecha tras la muerte, de una hora, de un día o de una vida; un tiempo de Cronos, inexorable, y a quien representaron con una hoz; y un tiempo siempre presente, siempre lleno de oportunidades para el alma, siempre en movimiento pero alegre, un tiempo llamado por los griegos KAIROS y por los romanos OCASION u OPORTUNITAS.

Fácil fue la muerte para quien en vida no había dejado de mirarla, minuto a minuto y acostumbrarse a su severa presencia. Pero lo importante no es permanecer vivo, o morir y vivir así de otra manera. Lo importante es la vida de los Dioses que todo lo traspasa, la importante es la verdadera vida que nunca muere y que permite que desde la memoria, desde la lejanía, o quizás desde un pasado siempre presente, pueda hoy dirigiros este mensaje, estas palabras, que no son sólo recuerdos de mi vida, sino la música de mi alma, pues tal es la verdadera Filosofía.»

José Carlos Fernández

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