Literatura

El libro de poesías «Movimiento Perpetuo», de Antonio Gedeão

Los Físicos y Químicos nos intentan convencer, desde la certera Ley de Lavoiser (nada se crea ni destruye, sólo se transforma), que es imposible el movimiento perpetuo. Y sin embargo, la vida nos demuestra en cada instante que lo es, precisamente en la continuidad y dinamismo de esta transformación que no se detiene jamás, desde lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño (pues la misma ondulación cuántica es incesante).

H.P. Blavatsky nos recuerda la siguiente enseñanza, en los fragmentos del «Catecismo Oculto», según figura en su obra La Doctrina Secreta:

«¿Qué es aquello que está siempre viniendo y yendo? El Gran Aliento»

Símbolo, precisamente, de ese Movimiento Perpetuo.

Es curioso que el autor del libro mencionado fuera profesor de Física y Química –de los que dejan huella– y encuentre este movimiento perpetuo en la vida, en los versos del poeta, en el incesante saludo de lo que al pasar ante nosotros, centellea y se va: todo, en definitiva.

Cuando Antonio Gedeão[1] (pseudónimo de Rómulo Carvalho que vivió entre el 1906 y el 1997) escribe con cincuenta años esta obra, lo hace de forma secreta y ya, claro, en el otoño de su vida. Y sin embargo, qué revelación la de su genio. Poeta lo fue siempre, en su exquisita sensibilidad, y de niño quiso continuar Os Lusiadas de Camões; pero sus otras grandes pasiones, la Ciencia y la Historia, hizo que los versos –que aéreos llegaban desde fuera de su caverna– en la intimidad quedaran.

Que siempre fue ungido por el don de la poesía, lo dice él mismo en esta obra, en los versos que comienzan:

QUÉ DE MÍ

¿En qué de mí, las diferentes

cosas que veo, me tocan?

¿En qué de lo que soy provocan

excitaciones tan agitadas?

¿Qué cosa de mí se arroba y enlaza,

qué permanencia me afirma,

qué sentido hace que la sienta

en el espacio que me rodea?

¿Qué líneas de fuerza extraña

me prolongan en el paisaje,

y me hacen a su imagen,

mar o cielo, valle o montaña?

¿Qué fluidez disolvente

mis ojos humedece

cuando el Sol desaparece

en las angustias del poniente?

¿Qué de mí también se ahoga

en ese horizonte distante,

Murmullo de agonizante

que en tonos violáceos se interroga?

¿Qué de mí llueve en la lluvia,

y se abre en los tonos de la aurora?

¿Qué de mí en las flores florece

y en las tardes enviuda?

¡Oh estrellas del cielo sin fin!

¡Oh, olas del mar sin fondo!

¿Es todo realmente así?

¿Vosotras y yo, partes del mundo?

¿O, el mundo, parte de mí?

Sí, realmente para el autor, la vida es este «movimiento continuo», sin principio ni fin:

La vida fluye (parece) como un ovillo que se desenrolla,

como un abanico silencioso que se abre,

en cuanto, en el huevo, un rumor crece en espiral,

hacia dentro y hacia fuera,

hasta cuando, de repente,

se dispara, incandescente,

como en la danza del sable.

(Del poema Balão Esvaziado)

Acostumbrado, como enamorado de lo cierto, a trabajar con lentes y a reflexionar sobre todo lo que estas imágenes y rayos de luz evocan, en sus danzas geométricas, escribe el poema «Teatro Óptico». En él percibimos una relación entre la «cámara oscura» que es el ojo mismo y el mito de la caverna. Una enseñanza milenaria: el yo que es despedazado en el espacio y el tiempo –como si estuviera en este «ojo-vida» – es una ilusión de lo que realmente somos, el Yo lejano y verdadero. Como diría el lenguaje teosófico, Kama-Manas, la mente de deseos, es un eco en las ondas de la materia de Manas, la mente pura.

Invoco, en los lejos, mi presencia imposible.

Los lejos son los permanentes.

Allí, donde la belleza reside, delicuescentes

Azules, soles y claridades lunares, son permanencia intangible.

Y qué enigmático su poema «Estrella de la Mañana», que se refiere, evidentemente a Venus, y simboliza el despertar de la conciencia y del deseo a un tiempo. Aquello que nace en el ser humano y le convierte en peregrino de la existencia, en filósofo, en viajero, porque quiere, y conoce, y experimenta. Es la llama del ser interior que se enciende, y todo, en ese mismo momento, cambió. Es la Estrella que nace en las profundidades del Alma humana, y desde la que vive.

En una mañana cualquiera, en cualquier ser,

viniendo desde un padre cualquier,

despierta y va.

Va,

como si cumpliese un deber.

En sus manos incógnitas transporta nuestros gestos;

en las pupilas inquietas fermenta nuestra mirada.

y en su impersonal deseo palpitan todos los restos

de cuantos deseos quedaron antes por desear.

Abre los ojos y va.

Va a descubrir las velas de los molinos

y las ruedas que los ejes mueven,

el telar que teje los linos,

y la espuma bermeja de los vinos,

incendio en la joven faz.

(…)

Ante tu ciego pasaje,

la convulsión del paisaje

dice a los ecos

«tiene que ser»;

El mar que rueda y se agita,

toda la música infinita,

todo grita

«tiene que ser».

Aprieta los dientes, alma afligida.

Todo grita

«tiene que ser».

Pero él es un filósofo poeta, reniega de los que se amparan en sus certezas cobardes de ver más, de los que no se abren al misterio de la vida, de los que creen que ya saben, de los que dejan de sentir y estar en «movimiento perpetuo».

Tu certeza se eleva y recorta

En el cielo como un guindaste.

Yerta, metálica, astringente y fría,

¿cómo la encontraste?

Si yo debiera guardarte respeto por tener una sonrisa amable,

Por ser marrones tus ojos o por pisar el suelo de un cierto modo,

Respetaría entonces también tu certeza inamovible

Y te pediría de ella un harapo para arbolarla en mi bandera.

Siento pena de tu certeza como si hubieses sufrido un accidente,

Como si te viera tumbado en un lecho, sin poder moverte.

En tu certeza, silla de ruedas, te haces conducir piadosamente,

Y los caminos pasan por ti sin que tú pases por ellos, y sin verlos.

Envuelto en tu certeza, con la cara mirando a la pared,

Te duermes sonriendo mientras la vida, a borbotones, exulta.

Cohete de lágrimas, meandros sin rectas, catapulta,

veta de agua que ahoga y nunca mata la sed.

(Del poema Gigantes y Cabezudos)

Y sin embargo en este primer libro de poemas de Antonio Gedeão, el que mejor expresa este Movimiento Perpetuo que bien podríamos llamar Dios, como pulsación y causa sin causa de cuanto existe y vive, es el que se titula «Latido de la Oscuridad».

Se fundió la rueda del Sol

Entre los cedros afilados.

Se deshizo en azules rosados,

Tinturas de tornasol.

Ahora, solemnemente

Como un cuerpo al que se entierra

Al son de una campana que triste tañe

Desciende la noche sobre la tierra.

Fanal asfixiante.

Circula sin terror en las venas.

Zumban las estrellas en colmenas

En un cielo azul y distante.

En un dormir de sepultura,

Suspensa en leche la Luna,

Toda la vida se renueva

Y la guerra se continúa.

En las mareas del protoplasma

Fluye, refluye, perenne y fuerte.

Acechas las huellas de la muerte,

La persigue como un fantasma.

Ciega y sorda, impenetrable,

Palpita, en la tiniebla urdida,

Esa cosa inevitable

Que es la vida.

Jose Carlos Fernández

Almada, 24 de junio del 2021


[1] Famoso poeta en Portugal por su poema convertido en canción «Piedra Filosofal», un auténtico tratado sobre la Imaginación y todos sus poderes.

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