Filosofía

Séneca y la educación de los príncipes

Hace ya muchos años, en una clase con el profesor Jorge Ángel Livraga (1930-1991), surgió una cuestión sobre la naturaleza del programa escolástico que seguíamos, que no era sólo intelectual sino también de cultivo de valores morales. Y él respondió, con toda naturalidad, “claro, es que vosotros (…) estáis recibiendo una educación de príncipes”. Esa afirmación, con la espontaneidad y total convicción con que lo dijo me impresionó vivamente…

Muchos años después descubrí que esta enseñanza y aún literatura, tiene nombre propio, se llama “espejo de príncipes”. Evidentemente la clave es el ejemplo y la exigencia moral, y el desarrollo de las nobles cualidades o poderes del alma humana, y esto no es posible sin un Ideal que haga de motor interno de todo este proceso. Pero existe un género que se llama, precisamente “espejo de príncipes” que lo es también, evidentemente, de “damas y caballeros”. Esta literatura tuvo una gran importancia en la Edad Media, con sus enseñanzas históricas, alegorías, todo un manual de instrucciones de lo que era digno imitar (de ahí la palabra “espejo”, de los reyes, héroes, y grandes ejemplos) y de lo que había que evitar, pues no eran propios de un alma noble determinados comportamientos. De ahí la famosa afirmación “nobleza obliga”.

Pero este género literario no es de la Edad Media, simplemente allí hubo una natural continuación, salvando del desastre del oscurantismo, conductas y valores, enseñanzas y un camino de acceso a lo real y despertar del alma (junto con el Trivium y el Quadrivium). Estos libros y tradiciones son de gran importancia en toda la tradición griega, helenística y romana, y ya desde la misma Ilíada y Odisea está firmemente presente. La Ciropedia de Jenofonte ya es un tratado siguiendo este modo de educar, y en el mundo persa, e incluso en la Europa medieval, desde el siglo XII, el espejo de príncipes y caballeros es Alejandro Magno, con sus gestas heroicas, considerado un dechado de todas las virtudes regias, y en grado máximo: Bondad, Generosidad, Fortaleza, Constancia, Audacia, Magnanimidad, Caballerosidad y Cortesía, etc., etc.

En la persa medieval hallamos el “Libro de Alejandro”, el Eskandar-nameh de finales del siglo XII, escrito por Nizami Ganjavi, que es precisamente un “espejo de príncipes”, usando como héroe al discípulo de Aristóteles.

En el siglo XIII también, y posiblemente llegados desde el Oriente aparecen colecciones de enseñanzas, como “El Libro de los Doce Sabios”, por ejemplo, escrito a solicitud del rey Fernando III para educar a su hijo, el futuro rey Alfonso X.

Es evidente que podemos incluir las obras de Confucio y de Platón en este género, y del sabio de la Academia, principalmente La República; el Artha Shastra o tratado de la realeza y el poder hindú; y también de la India, el Panchatantra o colección de fábulas, luego transformado en el Calila Dimna persa, y las mismas fábulas de Esopo guardan esta intención moralizadora y de desarrollo del discernimiento.

Y sin embargo, hoy me quiero centrar en un sabio cordobés, romano, universal, en Séneca como maestro de príncipes. Quizás la ironía, o sarcasmo de la historia de que su pupilo, Nerón, se convirtiese en uno de los tiranos más famosos en ella, da más vigor aun a sus enseñanzas, por las que pagó cortándose las venas. Claro, el éxito no está garantizado de ningún modo, la semilla puede caer entre los espinos o ser quemada en la dureza de la piedra, y el mismo filósofo estoico, según refiere Suetonio, al ser elegido como preceptor de Nerón, soñó que se convertía en maestro de Calígula… Y en una carta que escribe a Juvenal, Séneca, que recién se había instalado en el Palatino, se dio cuenta que “Nerón era de una naturaleza cruel y monstruosa, y que él intentaría dulcificarla; y tenía por costumbre decir, en la intimidad, que sería imposible que este león feroz, una vez gustara la sangre humana, no recuperara en el momento su crueldad natural”[1].

Quizás así el contraste fuese mayor, y al final el ideario de Séneca se convirtió, en la dinastía Antonina en el espejo de príncipes y nobles, con el triunfo de la escuela estoica y su recia filosofía moral.

Pierre Grimal, de un modo lúcido, en su libro Séneca, nos dice: “No tenemos derecho de pensar que la filosofía se aísla en un mundo aparte; al contrario, ella impregna, más que nunca, la vía política; ella da forma a la reflexión sobre el poder que tiende, entonces, a poner en cuestión los fundamentos del Estado. Séneca percibió plenamente la urgencia de estos problemas y su naturaleza espiritual. La filosofía estoica aportaba una solución. Y la intentó aplicar, en la medida que pudo. Sería injusto decir que su “ministerio” terminó con un fracaso. Cuando leemos el “Panegírico” de Plinio, los recuerdos de Séneca nos dan la prueba de que su pensamiento aún se hallaba vivo. Los conceptos, heredados de la Escuela [ Estoica] que él había puesto en circulación, conservaban toda su eficacia, y sería un error ver en ellos una tradición retórica sólo. El principado de Trajano es, en medida notable, heredero del que Séneca había querido instalar bajo Nerón. Séneca ha marcado la historia de las ideas políticas en Roma con una impronta profunda; y esto en primer lugar porque fue estoico, porque fue, como hombre de Estado, fiel a sus convicciones filosóficas, en un tiempo en que sus pares estaban mejor preparados que nosotros para comprender su lenguaje, y para participar de su Ideal”.

Después de la oscuridad casi impenetrable de la Alta Edad Media, con el primer despertar de lo que luego será Europa, ya en los siglos XII y XIII[2], aparece de nuevo Séneca como maestro de príncipes. Aunque gran parte nos ha llegado en esta época, a través de citas de autores cristianos, o incluso los textos son de otros autores que aparecen con el suyo, o colecciones de máximas en que es difícil de separar las que le pertenecen o no.

Una excepción es la de Martín de Braga (510-580 d. C), un excelso orador cristiano que consiguió, por ejemplo, con su discurso incendiario, que Portugal cambiase los nombres paganos de los días por una numeración que va desde Segunda (Lunes) hasta Sexta (Viernes) y luego Sábado y Domingo. El obispo de Orense le pidió que escribiera para él un libro, y el bracarense, sin ningún pudor, le reescribió el De ira, de Séneca, con algunas variaciones. Este plagio junto con algunas cartas de Séneca se convirtió en un libro muy famoso en la Edad Media con el nombre De copia verborum. Igualmente sus “Formula vitae honesta”, copiadas también de Séneca, no sé si muy honestamente, al no citar la fuente.

También hallamos citas de libros de Séneca que no han llegado a nosotros, así Lactancio[3], por ejemplo, menciona Exhortaciones, De la muerte inmadura, Libros de Filosofía Moral; San Jerónimo el De matrimonio y San Agustín De superstitione. El filósofo de la Escuela Catequética de Alejandria, San Jerónimo, traductor de la Vulgata, es el gran divulgador durante la Edad Media de este filósofo estoico.

Alfonso X el Sabio lo menciona en Las siete partidas y en la Primera Crónica General de España se muestra, y ya que estamos aún en la Edad Media, una vida mítica del filósofo y su sobrino Lucano. En esta versión, Séneca muere por mantener correspondencia con San Pablo de Tarso, muy difundida durante la Edad Media, y hoy en general, con algunas excepciones bien fundamentadas, considerada apócrifa.

A Séneca fue atribuida la colección de máximas -típica labor medieval- Proverbia Moralia, que al parecer era una serie de sentencias muy agudas de Publilio Syoro que San Jerónimo dice que las aprendió de niño en la escuela; estas fueron mezcladas con máximas de Séneca reescritas por San Martín de Dume (o de Braga, según se diga dónde nació o dónde ejerció).

Otra colección de máximas muy copiada en esta época fue Flores philosophorum (recordemos que la palabra Antología viene precisamente, de “flores”), en que gran parte de ellas son de Séneca.

Aunque, en España, vamos a tener que esperar hasta principios del siglo XV, al humanista Alonso de Cartagena, que traduce gran parte de su obra y que va a ser un auténtico “best seller” durante este siglo y el XVI. Aunque el “Libro de las declamaciones” sea de su padre, Séneca el Viejo, y Dichos de Séneca en el fecho de la caballería sea de Vegecio, la obra Epitome rei militaris, una obra de gran importancia castrense en la doctrina medieval.

También lo va a mencionar el Marqués de Santillana, y Juan de Mena, también cordobés. Y luego, con la imprenta y el humanismo de Erasmo y el neoplatónico ya se extenderá enriqueciendo el panorama mental. El ideal caballeresco que ya ha dado sus frutos, es sustituido paulatinamente por el ideal renacentista, el retorno a las fuentes vivas de los clásicos griegos y romanos. Y aun, Séneca sigue siendo Maestro de Príncipes.

El Infante Don Pedro, hijo del rey Don Juan I, “el de buena memoria” y hermano de Don Duarte -luego el rey filósofo- reescribe, con anotaciones, comentarios, etc., a pedido de este último, el Tratado de los Beneficios de Séneca, como un manual del arte del buen gobierno. Lo hace con su confesor Fray Juan Verba, cristianizándolo y dando a sus contenidos, una estructura de razonamientos a la manera del método escolástico tomista, de tesis, argumentación, hipótesis contrarias rebatidas y conclusiones. Esta obra de Séneca, el Tratado de los Beneficios, extensa, es realmente admirable y da la medida de la verdadera naturaleza de los vínculos en el Imperio Romano, hasta que sucumbió convirtiéndose en una sociedad egoísta y de consumo impía.

Lo que permite crear una sociedad, dice Séneca en ella, son los vínculos de gratitud y amistad entre los ciudadanos, reinos, urbes, etc., una cadena de buena voluntad en virtud de beneficios otorgados y recibidos libremente sin obedecer a la compulsión ni a la necesidad. No es el sistema germánico de pacto, que obliga al auxilio y aún a la sumisión forzada, y que va a prevalecer durante la Edad Media como feudalismo. Ni siquiera el pacto típico entre naciones, de no agresión y defensa mutua y que llega al “amigo de tus amigos, enemigo de tus enemigos”. Aquí es la gratitud, la nobleza, o sea, la virtud la que obliga, no una deuda de sangre, y ni siquiera de alma. O sea, que el motor es la buena voluntad, y los actos, esencialmente libres. La deuda no es necesidad, sino alegría de alma, y se quiere estar en deuda y al mismo tiempo pagarla pero sólo como beneficio otorgado, no sólo restituido, para que así el vínculo se haga más fuerte, sea doble. Es el vínculo de la amistad, del amor, y el que une por ejemplo, al maestro con el discípulo, un círculo en que no hay traza de egoísmo. La unión aquí, si pura, es inquebrantable, nace de la vivencia de la unidad (este es el milagro del amor), y si la vida arrastra en direcciones opuestas, el vínculo sigue llamando, como un imán esperando el retorno.

No es el interés recíproco que idearon los teóricos del “Contrato Social”, y que como entre los socios comerciales, desaparece el vínculo cuando el interés deja de existir, por ejemplo, cuando la situación es difícil.

El libro entero de Los Beneficios de Séneca es una joya y sirvió de guía de príncipes durante el Imperio Romano y luego desde el humanismo renacentista, y ha sido la base de la cortesía del mundo occidental, una guía de las buenas maneras, convertidas sus máximas en ritual social.

Pero no sólo. Es lógico que la filosofía de Séneca fuera espejo de príncipes, o sea, todos los seres humanos con el alma despierta. Pues el alma es príncipe por naturaleza. Zenon, el fundador de la Escuela Estoica, cuando le preguntaron por la finalidad de sus enseñanzas, dijo que “forjar reyes”. Y al replicarle los escépticos que muy, muy pocos de sus discípulos serían reyes en el sentido tradicional del término, respondió que lo eran, al gobernarse a sí mismos, que el principio de la realeza había despertado en sus almas y que por ello estaban capacitados para ser reyes justos, buenos y sabios, si la oportunidad o la fortuna llamaban a sus puertas.

Muy bien codificó Séneca estas vivencias con sus razonamientos y enseñanzas, tan vivas. Es un verdadero maestro de príncipes. Enseña a dominar la ira (De ira), a hallar la justa medida y el conocimiento de sí, desde todas las perspectivas (las 124 Cartas a Lucilio, De prudentia, y su Filosofía Moral, por desgracia perdida), a no temer la muerte al no ceder a las pasiones (De la Brevedad de la Vida), a ser naturalmente feliz, sin lo cual es imposible ser guía de nadie (De beata vida), a no huir de uno mismo, sino encontrar las fuerzas en la expansión del ánimo, cuando los deberes nos lo permiten (De otio), a ser firme como una espada bien templada (Sobre la firmeza del sabio), constante como una roca en medio de la tempestad (De constantia, y no olvidemos que esta es la virtud regia por excelencia, no ceder ante las dificultades), a no dejar que las corrientes del mundo encenagadas de egoísmo nos arrebaten la paz interior (De la serenidad del alma), a comprender la Naturaleza (Cuestiones Naturales) y sus leyes, a liberarse del dolor lógico de las grandes pérdidas (Consolación a Helvia, a Marcia y a Polibio) y a, si poderoso, ser clemente (De clementia). Además de esto, sus obras de teatro son, más que tales, ejercicios filosóficos para vivir y aprender de los grandes dramas y tragedias humanas (Hércules enfurecido, Fedra, Medea, Edipo, Agamenón, etc.).

Como enseñó el profesor Jorge Ángel Livraga, “sin Ideal no hay Filosofía”, que es “amor a la Sabiduría” y ésta la única que nos autoriza moral y fácticamente para guiar a los otros, y ser juntos una unidad de vida, acción y destino. Y el ejemplo, decía, es siempre la clave. Todo otro mando, basado en la seducción, el miedo, el apelar a las insanas dependencias o a los intereses mezquinos del prójimo, y que no haga crecer el alma, la honra y el sano orgullo de quien sigue al jefe, ya no es principesco, está adulterado, viciado, y siendo espúreo, deforma. Séneca, inmersos ya en el siglo XXI sigue siendo un maestro de príncipes.

Jose Carlos Fernández

Almada, 20 de octubre del 2020

Ver conferencia sobre el tema aquí.


[1] Según cita Pierre Grimal en su biografía de Séneca.

[2] Aunque en el norte de Italia, ya en el siglo IX son copiados el De beneficiis y el De clementia, una excepción de la regla, junto con dos colecciones de las Cartas, de época carolingia.

[3] Sigo aquí, y en los dos párrafos anteriores, el artículo “Séneca en la Edad Media española” de Feliciano Delgado León.

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