Filosofía

El Kaushitaki Upanishad y el viaje del alma hacia el corazón de lo real

“Doy el giro completo de los Dioses. Doy el giro completo del Sol”

La palabra Upanishad ha sido traducida de muchas maneras, usando sus raíces sánscritas, desde “Correspondencias Ocultas”, así lo hace, por ejemplo, el profesor Juan Arnau, y también como “Cercanía al Todo” o “A los pies del Maestro”.

Los Upanishads aparecen vinculados a esta “Biblia más antigua de la Humanidad que son los Vedas”, y se les puede atribuir una antigüedad muy diferente, aunque los más importantes, como es lógico, pertenecen al periodo Védico.

El Kaushitaki Upanishad pertenece al Rig Veda, y este nombre, Kaushitaki, es el de un Maestro que ve en el Sol y en el aliento vital los símbolos de Brahmán, si no Brahmán mismo.

Consta de cuatro partes y no es muy extenso. En la edición de Atalanta, que sigo, ocupa 30 páginas del libro.

Como en otros Upanishad, son enseñanzas de reyes, y por lo tanto kchatryas, a los mismos brahmanes, sobre los misterios de lo real y de sus mismos rituales y filosofía.

En general la parte más conocida y sobre la que versa este artículo es la primera, en la que se explica de un modo sui generis la reencarnación, aunque más podemos decir que de un modo velado, o sea alegórico se indica el viaje del Alma por los distintos planos de conciencia del Universo, las distintas esferas del Ser; o, por el contrario, su regreso a tierra, víctima del Karma, para seguir arrastrando, como el escarabajo, símbolo del discípulo en Egipto, su esfera de destino y materia, que debe llegar a convertir en una esfera perfecta. Y así se reproduce en la tierra el misterio de los cielos, de la misma manera que dicho escarabajo se orienta por la Vía Láctea en su “camino a Casa”.

Vemos presente desde las primeras palabras -y en un acertijo en que el rey prueba al hijo del brahmán, que se convertirá en su discípulo- el hecho de que el sacrificio es un medio para el viaje del alma a otros mundos, el fuego establece el vínculo, y las formas mentales creadas serán la escala o el vehículo o barco que permita bogar en ese mar sin orillas.

Hijo de Gautama, ¿hay en el mundo al que me has de enviar un refugio seguro o, por el contrario, conduce a otro sitio? Te ruego que no me envíes a un mundo nefasto.

Aunque también en el texto, el viaje del Alma es el que comienza con la muerte. Y toda la filosofía del mundo sublunar que encontramos en Aristóteles y sucesores en la Edad Media, la hallamos antes aquí. Pues, y esto es evidentemente un símbolo:

“Quienes parten de ese mundo no es sino a la Luna a donde viajan (…) La Luna es la puerta al mundo celestial. Ella deja pasar a quien conoce las respuestas, mientras que a quien no las conoce lo convierte en lluvia y lo hace retornar a este mundo, donde renace en diferentes condiciones, según hayan sido sus obras y sus conocimientos”

Y claro, los misterios de la Luna son los de la Psique humana y su mente bañada en su emotividad, y cuyo amnios rodea la Tierra entera. Un laberinto, y como en el Libro de la Oculta Morada egipcio, hay que conocer las respuestas a las preguntas sobre los secretos de la vida. Si no, el alma, como la lluvia, fertiliza de nuevo la materia convirtiéndola en naturaleza viva para seguir su vía de experiencia y perfección. También en los misterios aztecas la lluvia de Tlaloc, vertical y de fuego, representaba, en una clave, la reencarnación. Y su paraíso, aquel luminoso y feliz, en el que viven las almas antes de ser llamadas imperiosamente, nolis volendi, a una nueva oportunidad de acción y redención.

Se dice que de esa “fuente primera”, Luna, es de donde descienden los Ancestros o Pitris, cuyas formas abren el camino a la evolución de la humanidad en esta Tierra, y por eso se los honra. En esta Filosofía Védica, quien nace y entra en la materia es Atman, en la matriz, o sea, hijo y víctima del Tiempo:

“Nací, quedé engendrado, como el mes que hace trece,

Por el padre al que deben su existencia los doce”

La Rueda de los Signos del Zodiaco, y por tanto Él es el Año, el Tiempo, y por eso por ser su hijo, encarnado en la materia, y su padre, antes de serlo, en su eternidad y perfección; Atman dice que él mismo es el tiempo, y le pide a las estaciones, al giro de su rueda, que lo conduzcan de nuevo a lo inmortal. Y que por ser esto, él mismo es la Luna, es hijo de Saturno, como la Luna, y como ella arrastrada por los ciclos y la Tierra:

“¿Quién soy yo sino tú?

Y diciendo esto la Luna lo deja pasar, y tras tomar el sendero que conduce a los dioses, llegar al mundo del Fuego…”

Quizás en otra clave aquí la Luna sea símbolo de budhi, la luz espiritual, el discernimiento, la veste de pureza de Atma mismo. Pero como Atma estaba en los laberintos de la mente, esta pureza y sabiduría va a ser quien le va a permitir salir, como en el mito de Teseo el hilo de Ariadna. Sin identificarse con ella, sin su ayuda no puede ir más allá de este laberinto.

En las diferentes esferas o cielos que recorre el Alma llega al Océano de Ara, palabra sánscrita que significa el radio de una rueda, y también, con la primera A larga, “Saturno”, “Bronce”, “Distancia”, e incluso “Marte” u “óxido de hierro”, y también “cesación”, “descanso”. Océano que debe atravesar mentalmente y en los que se hunden los que no tienen el necesario conocimiento, dice. Atraviesa el río Vijara, o sea, “sin vejez”, y aquí ha superado al Tiempo y sus exigencias, y por lo tanto al Karma. El Alma alcanza la Eterna Juventud, se libera de la acción de la Rueda de Necesidad, entra en los umbrales de Brahman:

“Y como el auriga mira desde lo alto las dos ruedas de su carro, de un modo parecido contempla desde lo alto el día y la noche, las buenas y las malas acciones [porque ha agotado sus frutos nefastos, se ha redimido, ha equilibrado la balanza] y todos los pares de opuestos. Ese hombre se libera así de sus buenas y malas acciones y, conociendo a Brahmán, a él se dirige.”

Y no termina ahí el vuelo del Alma hacia Brahmán, aunque ya no arrastra nada del barro de la Tierra. Por eso, después de ser acogido por ninfas celestes que lo adornan, perfuman, ungen, visten y otorgan frutos (500, 100 de cada y en relación con cada uno de los sentidos y la Mente, pero ya orientada hacia lo espiritual, por eso la primera que lo acoge es Manasi). El mismo Brahmán les ha dicho: “Corran hacia él. Por mi gloria llegó al río de la Eterna Juventud y jamás envejecerá”. Y así nimbado, y engalanado por todas las gracias de estas ninfas celestes “el conocedor de Brahmán se dirige a Brahmán”

Con estos dones, que parecen las influencias celestes de su propio Yo espiritual (Atman) continúa avanzando en dirección al corazón de lo Real (Brahmán) Y ahora quien lo envuelve no son sus propias irradiaciones sólo sino las del Corazón de la Existencia:

“Llega así al árbol Ilya y la fragancia de Brahmán lo envuelve. Llega al paraje Salajya, y el sabor de Brahmán lo envuelve. Llega a la mansión Aparajita y el presplandor de Brahmán lo envuelve. Llega con los guardianes Indra y Prajapati, y ambos retroceden ante él. Llega a la estancia Vibhu, y la gloria de Brahmán lo envuelve.”

Llega entonces al Trono confeccionado con los cantos de los Vedas, el Trono Vicakshana, “mirada penetrante”, porque:

“Este trono es sabiduría, la sabiduría que otorga una mirada penetrante”

Y de ahí, al lecho en que Brahmán, el Corazón de lo Real, descansa, que es el aliento vital, y cuyas patas delanteras son el pasado y el futuro; sus patas traseras, la abundancia y el alimento, etc.

Y este texto sublime continúa, cuando el alma sube al lecho con su pie derecho (con lo que figura el hierosgamos del Amante y el Amado, del Logos y su irradiación lanzada a la gruta del espacio y del tiempo y que retorna a la Fuente):

“Entonces Brahmán le pregunta: “¿Quién eres?”, a lo que debe responder:

“Soy hijo del tiempo y las estaciones. El espacio es la matriz de donde nací como semen para una mujer, como esplendor del año, como atmán de todas las criaturas. Tú eres el atmán de todas las criaturas, y lo que tú eres, eso soy yo.”

“¿Y quién soy yo? -pregunta entonces Brahmán.

A lo que debe responder:

-Lo Real.

-¿Y qué es lo Real?

-El reverso de los dioses y de las funciones vitales, eso es sat[1]. Por su parte, los dioses y las funciones vitales son tyam. A todo ello se refiere la palabra “real”. Todo ello abarca y todo eso eres tú.”

Y después de preguntarle Brahmán cómo conoce sus diferentes dimensiones y el Alma responderle a la última:

“¿Y cómo conoces mis pensamientos, mis objetos de percepción y mis deseos?

Con la conciencia”

Brahmán finaliza:

“En verdad has alcanzado mi mundo. ¡Es todo tuyo!

“Cualquier conquista, cualquier logro pertenecen a Brahman. Aunque parezca que es uno el que lo logra, el que lo conquista, el que lo conoce, es Brahman quien lo hace”

Bellísima afirmación, semejante, sin duda al “Sólo Dios es vencedor” de los caballeros medievales, o al “Non nobis, non nobis, sed nomine tuo da gloriam” de los místicos y héroes templarios.

La Tierra no verá su faz, pues se ha convertido en el Yo mismo, eterno y universal.

Jose Carlos Fernández

Almada, 5 de noviembre del 2020


[1] Satyam significa “verdad, esencia”, y Sat, el ser.

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