Simbolismo

Afrodisias y la diosa del amor

Platón nos recuerda, en su tratado de las Etimologías, el Cratylo, que el nombre de Afrodita, la Diosa del Amor, proviene de “espuma del mar”. Ésta es una de las imágenes de la naturaleza más sugerentes y evocadoras:

1-Su perfecta blancura como la de la nieve, símbolo de la pureza inmaculada.

2-El agua alzándose hacia el cielo y creando estructuras como de encaje, casi aéreas y en las que según enseñan los magos, nacen, viven y mueren criaturas invisibles de gran poder curativo. Es la vida que abraza el espíritu, se hace luminosa e inmaterial.

3-El avance hacia la orilla, en la que desmaya, para retornar al infinito de donde vino, símbolo así del amor que empuja a encarnar en la tierra a las almas- y a volver después a su misterioso origen-, en una estela de triunfo y blancura[1], de vida y muerte, de sacrificio y resurrección.

4-El fragor de las olas rompiendo, y el canto de la espuma, con “irisaciones” sonoras en infinitas tonalidades, como si llamara a todos los infinitos seres, a cada uno en la frecuencia que vive y responde.

5-La semejanza de la espuma del mar y la blancura de nuestra Vía Láctea, o de las nebulosas, matrices en las que se gestan nuevos soles en un tiempo que es, para nosotros, pura eternidad.

Sí, ciertamente, por este motivo, y muchos otros que el alma del poeta intuye y la del sabio conoce, la espuma del mar es un símbolo perfecto de la gran diosa del Amor. Y de ella nace en su concha-barca para bendecir con su presencia la Tierra entera, como vemos en el famoso cuadro de El Nacimiento de Venus de Botticelli. En Ella vive el poder creador de la Voluntad e Inteligencia pura, de Uranos o el Cielo Estrellado, es así Afrodita Urania. Y también el poder tumultuoso de la vida material, empujada por el deseo, cristalización de una carencia, de una ausencia de ser y plenitud, balanceo incesante de placer y dolor, de anhelo de eternidad y perfección a través de la perpetuación de las formas repetidas: es Afrodita Pandemus. El filósofo Plotino nos dejó muy bellas enseñanzas al respecto de ambas, reinas de la existencia en lo inteligible y en lo material.

El filósofo y mago Cornelio Agripa, quien escribió con 18 años su obra colosal Filosofía Oculta, en el 1502, extrajo de los clásicos muchas de las características o epítetos atribuidos a esta Diosa. Epítetos que son los mismos que los de Lakshmi, la Diosa del amor en la India. Dice:

“Entre los antiguos, Venus es llamada: dama; alma; de bella forma; astral; blanca; bella; tranquila; quien puede mucho; dueña y madre; fecunda del amor y la belleza; hija de los siglos y madre primera de los hombres; quien unió y desposó desde los inicios de las cosas la diversidad de los sexos mediante un doble amor, y que continúa la multiplicación eterna de los hombres y los animales, haciéndolos nacer sin cesar; también se la llama reina de todos los placeres; la dueña de la alegría; la amable guía; amiga; misericordiosa y bondadosa; que hace bien continuamente a los hombres, con ternura maternal hacia sus pesares y aflicciones; la salud del género humano, sin dejar pasar un instante carente de sus bienes, ligando todas las cosas mediante su virtud, haciendo humillar al encumbrado con el mísero, al fuerte con el débil, al noble con el villano, rectificando e igualando todas las cosas. También se la llama Afrodita, porque se halla en todo sexo y en todo espíritu; Lucífera por llevar la luz del sol, o conducirnos a su luz; Héspero cuando sigue al Sol; y Fósforo por servir de guía para guiar a través de todo lo que es arduo.”

Varias ciudades importantes estuvieron consagradas a la Diosa del Amor y la Belleza, una de ellas fue Roma, cuyo nombre secreto era, precisamente “Amor”, palabra en latín muy semejante al “Eros” griego, y que guarda en sí el ímpetu de Marte y la ternura de Venus, ambos dioses regentes de la civilización hija de Rómulo (Ares) y Eneas (Afrodita).

Otra sede de la Diosa del Amor fue Chipre, su isla amada, la primera tierra que le habría acogido. Su santuario, Palea Paphos, era uno de los centros de peregrinaje más importante del mundo antiguo, y aunque oficialmente establecido en el 1.500 a.C., hallamos ídolos a la diosa de la fertilidad, dedicados a La Señora (ANASSA, femenino de ANAX, rey divino) desde el 3.800 a.C.

Afrodisias es otra de las ciudades consagradas desde un tiempo inmemorial a la Diosa Madre, a la Diosa del Amor y de la Vida. Según la compilación medieval del siglo X del Suidas, la ciudad habría tenido antes otros nombres: Lelegon Polis (ciudad de Lélegon), Megale Polis (Gran Ciudad) y Ninoe. Después, en la época bizantina, cuando toda alusión a un nombre o genio griego fue considerada diabólica y condenable, recibió el nombre de Estaurópolis, “Ciudad de la Cruz”.

Localizada en la Caria (actual Turquía), fue famosa en todo el periodo clásico por sus mármoles blancos y gris azulados, y por la escuela de escultores cuyas obras eran solicitadas desde todas las partes del Imperio Romano. Aun hoy, y de las copias conservadas en la ciudad, muchas de ellas sin terminar, el museo de Afrodisias es de los más importantes del mundo por sus esculturas en mármol. Hallamos in situ decenas de sarcófagos bellamente decorados con relieves, todos ellos atribuidos a esta escuela de arte.

La ciudad se enorgullece de tener por hijos ilustres a Alejandro, el filósofo peripatético del siglo II, jefe del Liceo en Atenas y gran comentador de las obras de Aristóteles, con gran influencia sobre la filosofía islámica y sobre Maimónides; y a Chariton, del siglo primero, considerado, con su obra Callirhoe, el primer novelista de la historia. Se dice además que esta obra aunque no se desarrolla en Afrodisias, sino en Siracusa, refleja la estructura del poder político en la ciudad consagrada a la Diosa de la Belleza, y no es ajeno a la influencia del “alma mater” en que nació, pues esta novela histórica versa, precisamente, sobre las pruebas y tribulaciones del verdadero amor, que, “por naturaleza, es esperanzado”, según afirma el mismo Chariton en ella.

La entrada al recinto del templo se hacía por una puerta triunfal doble –sostenida cada una de ellas por 8 columnas- al que llaman los estudiosos tetrapylon. Aunque, en mi opinión, esto no es así, pues no está en una encrucijada ni tiene acceso más que por un camino. No es un tetrapylon sino una “doble puerta”. La doble puerta evoca, precisamente uno de los misterios de la Belleza y el Amor, a los que nunca se accede directamente, simplemente atravesando el umbral de su pórtico. Es necesario siempre otra puerta más, y antes la soledad interior y vigilante del que ha salido de los tumultos del mundo, pero aún no se ha adentrado en lo sagrado. Pues así la muerte, tan semejante al amor, no deja al que entra en sus ámbitos que pueda hacerlo sin antes haberse quedado a solas consigo mismo. O del mismo modo que la luz del día no hace su aparición desde la noche sino desde esa “puerta doble” de la aurora, y la noche no sigue al ocaso sino a través de esa doble puerta” del crepúsculo. Además las columnas de cada uno de los lados, en cada una de las puertas, son alternas a las del otro lado, las unas más viriles y simples, de color azulado, y las otras de mármol blanco y diseño espiral, más femeninas: otra vez el imperio de la Diosa del Amor que rige y sostiene el mundo en base al dinamismo y atracción de lo masculino y femenino. Por lo demás volviendo a este pórtico, la forma “cúbica” del tetrapylon, llamada quadrifrons (cuatro frentes) en Roma se abre, precisamente a las cuatro direcciones del espacio, pero no ésta. Esta da al atrio del gran templo a Afrodita, uno de los lugares de peregrinación del mundo clásico, y que, tras la caída del Imperio Romano fue convertida en basílica cristiana. En el santuario del Templo estaba la amada estatua de la Diosa del Amor, de la que se conserva una copia en el museo de Afrodisias. Una mucho más pequeña, fue hallada en la lejana Hispania, más específicamente en Pax Julia, en el Algarbe portugués, lo que indica la devoción que se le tuvo. Y no sólo. Se han hallados imágenes casi idénticas y gemas y monedas con representación de esta misma efigie en Grecia, en los Balcanes y en el norte de África

La imagen de culto tiene el perfil hierático y solemne de las Diosas Madres anatolias, lo que la hace semejante a la Artemisa de Éfeso. No es una Afrodita a la manera griega ni una Venus romana, es una clara representación de la Gran Madre del Mundo. Se hace evidente que hubo una estatua sagrada antigua, anterior a la presencia griega en la ciudad, pero que al ser “sustituida” o renovada, la nueva habría guardado el hieratismo de la primera, pero con motivos iconográficos griegos. Semejante a las xoana griegas, en madera, que inicialmente eran vigas cilíndricas de madera, sagrada por ignoramos qué motivos, a las que luego se les trazaron rasgos humanos. Recordemos la descripción de Pausanias de la Hera de Samos: “al principio un trozo de madera, pero después, cuando Prokles gobernaba, se humanizó su forma”, y la madera, más perecedera, fue sustituida por el mármol.

A juzgar por las distintas copias repartidas, como dijimos, por todo el Mediterráneo, la estatua principal de Afrodita en el templo de esta ciudad se alzaba frontal, con los pies juntos y apenas visibles, con sus antebrazos extendidos en el gesto de dar y recibir, con una corona mural (aquí las formas divergen, semejante a Cibeles o a la Fortuna romana) y una diadema de mirto (no olvidemos que Afrodita es la reina de la estación florida, así como del florecer del alma),  una guirnalda de la flor áurea, el helicriso, y su rostro cubierto por un largo velo, que deja ver su cara, y se extiende hasta el suelo, como el chitón por debajo de su túnica, cubriéndole los pies. La túnica está dividida en cuatro registros. Es asombroso su significado al sumarlos al de una luna en creciente (o menguante, pues está en posición vertical apuntando con sus “cuernos” hacia abajo) que lleva en el plexo solar, y una estrella de seis puntas en una especie de mitra troncocónica. Considerando las cuatro bandas en su túnica como los Cuatro Elementos (Tierra, Agua, Aire y Fuego), que son los cuatro pilares de nuestro Planeta según la Astrología antigua; vemos entonces una línea vertical que une a la Estrella (que debe ser Venus, pues es la estrella de la Diosa del Amor), la Luna, proyectada sobre la Tierra. Así está designando los poderes cósmicos de la Gran Madre o Eterno Femenino: Es “madre de las almas humanas”, como Estrella, Amor o Venus, es “madre de la Tierra” como Luna (tal era la enseñanza de las Fraternidades Iniciáticas), y es “madre de la vida” como Tierra, Señora de los Cuatro Elementos.

En la primera banda, la más alta, aparece Afrodita (el vínculo del Amor) representada como las Tres Gracias que permiten el matrimonio del Cielo (Uranos) y la Tierra (Gea). Afrodita nace, además del poder creador de Uranos (de sus genitales, cortados, por Cronos, el Tiempo) en el Gran Mar de la materia primordial (Gea, en la clave teogónica que menciona el poeta Hesíodo)

En la segunda banda, correspondiente al Aire, la Diosa se convierte en un pilar o columna lotiforme entre el Sol y la Luna, o Helios y Selene. El pilar-loto es en una clave la Tierra misma recibiendo y transformando las influencias de la Luna y el Sol (con todos sus significados, hasta el oriental de Prana Lunar y Prana Solar). También, quizás, el Amor como aurora y crepúsculo uniendo el Día y la Noche, representados por sus astros regentes, el Sol y la Luna. O como eje inmóvil en torno del cual giran los poderes masculinos y femeninos de la vida.

La tercera banda corresponde al elemento Agua, y vemos a una Afrodita marina, cabalgando una especie de tritón o de hipocampo, pero con cabeza de cabra, uno de los animales emblemáticos de la Diosa del Amor, por su capacidad reproductiva. La cabra-Pez es, además el símbolo del signo zodiacal Capricornio, el Makara hindú. La genial H.P.Blavatsky dejó escritas páginas excelsas sobre el significado de esta relación Venus (Estrella de Cinco Puntas, Kumara) y Makara (idem, pero invertida, pues Makara, el signo de Capricornio, significa literalmente “Cinco Lados”) Junto a Afrodita, un delfín entra incansable, en el agua. Un tritón, con alas y piernas terminadas en colas de pez, le saluda triunfal. En los Misterios de Dionisos los delfines simbolizaban las almas que encarnan y desencarnan en las corrientes de vida, Afrodita aparece como guía luminosa de estas almas, el velo que lleva hinchado por el viento indica el éxtasis o rapto divino, la epifanía o manifestación de la Diosa.

En la cuarta banda, aparecen tres Eros, con sus alas de Águila. Dos de ellos, que me parecen uno de pose y gestos masculinos, y el otro femeninos, unen sus manos –o realizan una ofrenda- ante un altar, en el que arde un fuego, en cuanto que un tercero inclina hacia el suelo (pero sin tocar en él) una antorcha encendida, símbolo de la muerte del alma o de su entrada en la materia. Pues esta banda expresa la más objetiva de las materias, la que aprisiona su libertad. Representa quizás a las Almas que por amor, por necesidad de continuar el viaje a la perfección que interrumpieron temporalmente, descienden, no sin dolor, de nuevo a la materia; como no sin dolor nace el hijo de la madre, y no sin dolor el atleta se forja en el esfuerzo que le hace sobrepasar sus límites.

Un paseo por Afrodisias debe detenerse, sin duda en el Bouleterion (recinto donde se celebraba Consejo, reuniéndose todos los senadores de la ciudad) u Odeón (recinto de canto y música, en general), que después, cuando la ciudad agonizaba ideológica y culturalmente, se convertiría en palestra de lucha. Y es también admirable el estadio, para competiciones deportivas, con un largo de 225 metros y con capacidad para 30.000 espectadores. El teatro, en el blanco mármol de la ciudad, con capacidad para 7.000 personas fue construido por un tal Zoilos, un liberto del emperador Augusto. Son también llamativos los Baños de Adriano y el Agora, una de las mejores conservadas del mundo clásico, y única además por su magnitud y porque gira en torno a una piscina de 170 metros de longitud -¿cómo podía faltar un estanque sagrado en una ciudad consagrada a la Diosa del Amor?- flanqueada por una doble columnata de orden jónico, el estilo que representa a la gracia femenina, como el dórico lo hace al vigor masculino y el corintio al dinamismo e ímpetu de lo juvenil-

Sin embargo, en relación más directa con la Diosa del Amor, hallamos el Sebasteion, un templo grandioso de estructura compleja, dedicada a la diosa Afrodita como antepasada o madre del linaje de Julio Cesar y sus sucesores (la llamada dinastía Julio Claudia). Recordemos que Julio Cesar remontaba su linaje al mismo Eneas, hijo de Anquises y Venus, que huyendo, por designio sagrado, de la ciudad de Troya en llamas habría traído los penates hasta la tierra del Lacio. Es uno de los conjuntos escultóricos monumentales más asombrosos de la antigüedad romana, descubiertos hace relativamente poco tiempo (del año 1979 al 1981), y del cual el museo de Afrodisias ha conservado 70 grandes relieves historiados de mitos griegos, escenas con retratos imperiales y los genios de las provincias romanas del Imperio de Augusto, desde los gallegos de la cornisa hispánica (Callaeci) hasta los etíopes de África, ambos, por cierto, tan vinculados a la diosa Afrodita. Fue construido durante dos generaciones, desde el reinado de Tiberio en torno al 20 d.C. hasta el reinado de Nerón en el 60 d.C. Consta de tres partes, al oeste, una fachada monumental (Propylon) en la que estaba representado Augusto haciendo una ofrenda a Eneas y Afrodita Prometor (Madre Universal). Dos largos edificios paralelos de 90 metros de longitud enmarcando un santuario o paseo procesional, que conducían al templo propiamente dicho a Afrodita, en la parte oriental del complejo. Es curioso el eje de esta construcción que no sigue los ángulos de la cuadrícula de la ciudad. El templo como tal, desapareció posiblemente ya desde la época tardorromana. Los edificios norte y sur que demarcaban el paseo ceremonial, se elevaban con fachadas de mármol trabajado hasta una altura de doce metros en los órdenes dórico, jónico y corintio, con las escenas ya mencionadas en relieve en un total de 190 grandes paneles. El diseño del pórtico, corredor y templo era semejante al del Forum de Cesar en Roma, en que el templo también estaba dedicado a Afrodita como madre y generadora (prometor y genitrix) del linaje de la dinastía Julia.

La estatuaria glorifica a los emperadores como dioses, tal y como consta en las inscripciones. No sabemos, si es que tal existía, cuál era el programa iconográfico o si la secuencia mitológica tenía o no un propósito determinado. Hay grupos enteros de figuras dedicados al ciclo de Hércules y Dionisos, y los investigadores dicen que en la parte inferior, o el inicio, estaba más dedicado a los mitos e historias sagradas griegas, mientras que la parte superior, en dirección al santuario de Venus, estaba más dedicada a los emperadores y a escenas de sacrificio.

Quiero ver en todas estas escenas mitológicas las mil caras de la Diosa del Amor, su triunfo en el mundo. En una de ellas se muestra al héroe Belerofonte, quien es considerado el fundador de esta ciudad, según la versión griega y luego romana. Como decía Platón, todos los héroes, si lo son, es porque son hijos del Amor, Eros, tal como confirma la etimología de ambas palabras. Aquí el héroe, Belerofonte es el Amor que vence a la Quimera, cabalgando el Pegaso alado del entusiasmo que le lleva hasta el mismo Olimpo.

Otra de las escenas más conmovedoras es Hércules liberando a Prometeo. Prometeo es el Amor a la Humanidad, al entregarle el Fuego Sagrado que iluminó su mente y le hizo semejante a un dios. Hércules es el amor como fuerza imbatible, capaz de enfrentar todas las pruebas, soportar todas las purificaciones y destruir todos los engendros del caos. Parafraseando a Shakespeare, en “Trabajos de Amor Perdidos”: “Y en cuanto a su valor, ¿no es Amor un Hércules encaramándose de continuo a los árboles de las Hespérides?”

Otra escena mitológica en relieve, por desgracia fragmentada es la del cíclope Polifemo y la ninfa Galatea. Aquí es el amor que suaviza la salvaje condición del gigante, semejante a la ninfa tan bellamente descrita en el “Sueño de Ravana”, y que lleva su alma de las tinieblas a la luz. Como escribí hace ya años, comentando el Mosaico de Polifemo y Galatea en el libro “Córdoba Eterna”:

“Los amores de Polifemo y Galatea, inspirados en la literatura helenística, exponen veladamente quizás, el drama del encuentro de una primitiva humanidad, ciclópea y ruda, sin alma ni sensibilidad, con las lindezas y armonías de la vida interior; vida que corre límpida aún entre los bosques y peñas del alma más indómita. Esta escena del alma y de la mitología griega, es la que luego dará nacimiento al mito de “La bella y la Bestia”. Tal y como enseñara el neoplatónico Porfirio, las ninfas son representaciones del alma humana, del alma encarnada en la vida; y Galatea es el alma, que aún rechazando al gigante, le dulcifica, y que convirtiéndose en río hace del gigante un pastor, un guía de las corrientes de vida.”

También destaca la escena de los amores de Zeus convertido en cisne con Leda, y que daría nacimiento a los Dioscuros, a Helena de Troya y a Clitemnestra. Aquí el Amor es el Cisne de Vida Eterna, como el Kalahamsa hindú, que separa la leche del agua, lo real de lo efímero e ilusorio.

Y el Amor como la divina embriaguez, Dionisos, como en un panel que es conducido ebrio por una ninfa de los bosques. Es el desbordar del alma que satura los sentidos mismos, o si lo queremos ver en la clave de Venus Pandemus, el amor terrenal, es el éxtasis del deseo satisfecho.

O en una escena de Agon (competición atlética), con dos Eros combatiendo, es el Amor que lleva a la necesidad de vencer, de probar, o mejor aún, liberar las fuerzas dormidas, los poderes del alma. Superando las limitaciones, enfrentando las adversidades, quien está poseído del Amor verdadero se va liberando de la prisión de la materia. Tal y como dijo un héroe-filósofo: “el amor es la destrucción del cuerpo para liberar el alma”. El testimonio de este triunfo es la palmera, que simboliza la victoria, pues sus retoños fecundan como espadas el cielo para después abrirse y caer grácilmente sobre el tronco que los hizo nacer y crecer. En realidad no es un árbol, pues carece de ramas, sus hojas, como la victoria, crecen sólo en lo más alto.

En la escena de Deméter, portando su cetro de poder, como Señora de la Naturaleza, entrega el trigo al héroe Triptolemo, y con él se lo entrega a la Humanidad. Más allá de sus significados esotéricos, en relación con el trigo, “cuyo origen no es de esta Tierra”; aquí el Amor es Concordia, y la fuerza que permite que los hombres se unan en torno a los divinos ideales y construyan civilizaciones que desafían, aunque sea durante varios siglos, si no milenios, las dentelladas del tiempo.

Dos de los paneles más significativos están en relación con Eneas, saliendo de Troya –en ruina y vencida por sus enemigos-, portando en sus hombros a su padre Anquises, con los objetos sagrados que llevarán a la futura Roma, y de la mano a su hijo. La diosa del Amor, detrás de él, le alienta con dulzura. Aquí el Amor es el fundamento de la Pietas romana, de la que Eneas era símbolo. Su hálito divino es el que despierta el sentido del deber con lo alto, con lo sagrado. Pues éste es, según Cicerón, el verdadero significado de Pietas, cumplir los deberes con los Dioses. El que Eneas porte los sacra, a sus mayores, a su hijo y se aventure a lo desconocido, cuando lo más fácil sería morir con lo viejo, es obediencia al Destino y a sus poderes, que llamamos Dioses, y más específicamente obediencia a la Diosa del Amor, Afrodita, madre suya.

 

Al visitar el museo de esta ciudad, son muchos los tesoros que prenden nuestro ánimo, por ejemplo:

1- La escultura de AION, la Eternidad, o un ciclo de tiempo casi infinito, muy presente en los cultos mitraicos. Es representado por un anciano sentado y llevándose la mano a la cabeza, como intentando que penetremos todo lo que existe en su mente-círculo sagrado y que irá siendo revelado según los tiempos avancen.

2-La representación de Roma como Diosa, semejante a Atenea, con escudo y lanza y una pose soberbia de fuerza, orden e inteligencia.

3- Los escudos retratos de personajes ilustres, entre los cuales Pitágoras y Sócrates. Es curiosa la tradición del escudo-retrato, muy repetida luego en el Renacimiento, o en el estilo Manuelino portugués. El escudo mágico, o clípeo, es el soporte o vehículo en el que el alma, desnuda asciende a su cielo de gloria, así lo vemos en los relieves de las sepulturas romanas y luego medievales. El escudo es símbolo de todo aquello eterno y espiritual que protege nuestra conciencia de los “vientos que cortan como cuchillos de obsidiana” y de los golpes del mundo. Representados en el arte como porta-retrato es una forma de querer atraer lo divino e imperecedero de estos personajes o poderes, además de honrarlos en la memoria.

4-L la escultura de Polimnia, la Musa de la Oratoria y de los Cánticos Sagrados, también de la Geometría, con una gravedad que estremece el alma.

Quiero, sin embargo, terminar este artículo de homenaje a la Diosa del Amor en su ciudad de Afrodisias, con una de las escenas en relieve que el museo guarda, perteneciente, imagino a un friso arquitectónico. Muestra el nacimiento de Venus de la espuma del mar, sentada en una concha barca sostenida por dos tritones poderosos, semejantes a Hércules. La Diosa, desnuda, está con las piernas cruzadas, formando así su jeroglífico insignia, que es como se representa al planeta Venus astronómicamente. O sea, bella y perfecta por encima de la cruz de generación, por debajo de la cual se halla el mar de materia primordial en que los cuerpos y todas las formas manifestadas se gestan. Sujeta con ambas manos sus largas cabelleras en un gesto lleno de gracia y dulzura. Los dos tritones portan dos de los símbolos de Afrodita, el timón y el ancla. Con el Timón es la que guía la barca-vida en las corrientes del tiempo, la conciencia, y también Señora de la Fortuna, pues es el Amor quien mueve al mundo y a todos los seres que son arrastrados por su fuerza inexorable, a la búsqueda de experiencia (el dolor amargo que, destilado, se convierte en conocimiento) o de sabiduría (la luz que da belleza y alimenta las almas). El Ancla, asociada a la Esperanza y a la Salvación es Afrodita, el Amor, como lugar seguro, como Gran Amparo. El Amor no es sólo quien empuja al movimiento que busca siempre el Ideal, sino que también es lo que nos detiene y salva cuando nos precipitamos a los escollos que como dientes trituran o hacen encallar la nave en que viaja el alma. Pues el Amor no sólo despierta las almas para que estas busquen su propia luz y belleza, también las salva de perderse en los abismos de la negación, la muerte y el olvido, esta inmovilidad e inercia estéril que los filósofos hindúes llamaron TAMAS.

Y esto es una pincelada, no más, de todo lo que podemos hallar, como el susurro de un recuerdo, convertido en piedra, en esta ciudad de Afrodisias: los mil nombres de la Diosa del Amor.

Jose Carlos Fernández

Almada, 29 de diciembre del 2016

 

Bibliografía:

“The Iconography and Cult of the Aphrodite of Aphrodisias” de Lisa R. Brody

Paneles informativos en la misma ciudad de Afrodisias

https://en.wikipedia.org/wiki/Aphrodisias


[1] En una clave de interpretación, considerando al Mar como el Gran Amor. Si lo consideramos como “materia”, el avance de las olas hacia la playa -olas coronadas de blanca espuma- representa la sed de vida, una sed que nada calma, pues, como el agua de mar, al ser bebida no mata la sed, sino que la aumenta más y más.

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