Filosofía

Todos contra el miedo

¿Quién nunca sintió temor? ¿Quién nunca se sintió paralizado ante alguna situación? ¿Quién nunca experimentó la rigidez psicológica en el ámbito de las relaciones humanas y supo que estaba perdiendo su carácter natural, su espontaneidad franca y libre?

¿Quién nunca sintió los fríos dedos del miedo, como una niebla húmeda y venenosa amenazando la luz y el fuego del corazón, su natural alegría? El “Juan sin Miedo” no existe, y, como decía Confucio, aquellos que en situaciones críticas desafían el peligro una y otra vez, desafiándolo y burlándolo, bebiendo adrenalina como una droga necesaria, cuando no manifiestan las otras virtudes que son la armonía del alma, tienen una naturaleza más demoníaca que humana. Vlad Dracul o Rasputín fueron tan valientes como salvajemente crueles.

Y sin embargo, si sentimos las tinieblas del miedo, también vive en nosotros la Fuerza Interior, una llamada sagrada que es un grito de victoria en medio de la oscuridad. En el seno de las dudas surgen las certezas, abriéndose paso con la luz que les es propia; y el valor surge, como la Espada de un Dios, entre las pruebas a las que nos vemos sometidos por la vida.

El drama es que si el miedo es natural, muchas veces es una advertencia en el camino, pero otras un enemigo que debe ser derrotado; el exceso de miedo, o el hecho de someternos o depender del miedo nos hace perder todas las oportunidades. Oportunidades que nos quieren dar su bendición… y que rechazamos por miedo, alejando las corrientes de la vida de nuestro corazón temeroso.

Del mismo modo que existe el camino para ser recorrido hasta que tengamos alas para volar, el miedo existe para ser trabajado y vencido, conquistando todos los tesoros que encierra. Recordemos el dragón que vigila el Árbol de las Hespérides y protege sus frutos de eterna juventud, o el gigante también convertido en dragón, Fafner, a quien el héroe Sigfrido desafía, despierta y vence, bebiendo su sangre, que le abre a la comprensión del “lenguaje de los pájaros”.

Los romanos decían que dentro de cada hombre vive un Hércules que quiere probar que es Hijo de un Dios, realizando trabajos, conquistando metas, recuperando su origen celeste. Aquello divino que vive en lo más íntimo, ese “Rayo del Espíritu Universal” que descendió al corazón humano sacrificando su naturaleza divina. Ese, sí, no tiene miedo de nadie ni de nada. Vive en su prisión que es el renio de las paradojas, el lugar en que los opuestos se buscan e intentan armonizarse, muchas veces de manera violenta, el llamado reino del Espejo Humeante, Tezcatlipoca, en la religión azteca, el lugar de los hechizos y de las transformaciones de la Naturaleza.

Ese sí, no tiene miedo, y en cuanto a él nos asociemos, nos consagremos y con Él nos identifiquemos y lo sirvamos, el valor crecerá en nuestro pecho como un águila que abre sus poderosas alas, dispuesta a volar.

Allí está la Fuente del Valor, y ésta crece en el alma a través de la fe (no la fanática e irracional, sino la del alma, la fe que protege y señala el sentido de la vida), del conocimiento (pues se teme aquello que se desconoce, aquel que sabe y entiende, no teme; sabiendo el nombre-forma, naturaleza, cualidades -de lo que tememos, éste queda casi a nuestra disposición; la luz del saber aleja las sombras del miedo de los rincones en que viven); y del amor, sobre todo del amor: quien ama no teme, confía y se entrega a esa poderosa corriente que vence todas las dificultades y supera todos los obstáculos. Los cobardes son como son porque no aman, no salen del recinto estrecho, oscuro y hediondo de su egoísmo, donde crecen todo tipo de larvas y gérmenes de locura. Aquel que ama vence y conquista y nada ni nadie puede vencerlo, pues el amor, el amor verdadero, que no depende de nada, encuentra en sí mismo su finalidad, él es motor y el movimiento perpetuo, causa, principio y fin, Alma del Mundo. Es, según Shakespeare, un Hércules encaramado al Árbol de las Hespérides.

Ese Árbol místico crece en el corazón del enamorado de la sabiduría (el filósofo), es lo que los egipcios llaman Djed o columna de la estabilidad interior: vence al tiempo, vence, por lo tanto al miedo, pues todo miedo es, finalmente, miedo al tiempo.

 

Jose Carlos Fernández

1 comentario en “Todos contra el miedo”

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