Filosofía

Calidad y sentido de la vida

Esta es una cuestión que atrae la atención de todos y cada uno de nosotros. En el tictac del reloj, en el curso de los días o en la sucesión de las estaciones, el ritmo del tiempo refleja el movimiento de la vida. Late el corazón y la vida huye, tanto más veloz cuanto más queremos detener su marcha invisible.

Esta es una realidad tangible a la cual, sin embargo, rara vez prestamos atención. Vivimos envueltos en la armadura de nuestros pensamientos, deseos y temores. Vivimos tan identificados con la máscara -que pensamos que nos protege del mundo y de nosotros mismos-que no nos damos cuenta de que podemos morir y renacer con el tiempo que muere y renace. Y que la vida es, en sí misma, el eterno presente de una renovación continua. Es como el fuego que todo lo hace suyo al convertirlo en llamas. Es como el curso de agua que todo lo fertiliza a su paso. No es esta, sin embargo, la verdad que clama todos los días a las puertas del alma, sino otra. Y lo que queremos, deseamos, necesitamos y exigimos es calidad de vida, como mejorar la vida, nuestra vida. Como obtener o conquistar CALIDAD DE VIDA.

Pero como filósofos, la primera pregunta que deberíamos hacernos es a qué cuestión nos referimos: ¿a la calidad de vida que nos envuelve, la de la circunstancia que nos rodea? ¿O la calidad de vida que, invisible, fluye como un río interior?

Con mirada atenta descubrimos que lo que llamamos “calidad de vida” son comodidades materiales, psicológicas y mentales. Y en realidad no tenemos derecho a llamar calidad de vida a aquello que adormece a la misma vida.

La verdadera calidad de vida está vinculada a un sentido aristocrático, en la acepción platónica, a una selección de lo mejor de la vida, de sus emanaciones más sutiles. El gran legislador y profeta Mahoma decía que percibía lo mejor y más sutil de la vida en los perfumes, y en la gracia femenina. Platón en la belleza, que en la Naturaleza espejea la faz de Dios. Shakespeare en las vibraciones musicales que se perciben en la naturaleza y el comportamiento de los seres que la vida alienta. Gengis Khan en la oportunidad de enfrentar y vencer enemigos, en la destrucción de todo aquello que limita y empobrece.

La verdadera calidad de vida es siempre fruto de una buena elección; y en esta hay siempre un cierto riesgo y espíritu de aventura. Cierto esfuerzo y dificultad, cierta tensión interior, según la máxima pitagórica de que “lo bello es difícil”

¿Dónde hay más calidad de vida? ¿En arriesgar y trabajar las propias iniciativas o en estar brutalmente expuesto a las iniciativas y planes de otros? ¿En servir a una Causa Justa, aunque con dificultades económicas y personales, o en ser una pieza de una maquinaria cuyo trabajo no estamos seguros de que sea útil, necesario o bueno para nadie? ¿En sentir que el tiempo está vivo, y es fértil en creaciones bellas y eficaces; y que la vida parece así una danza o un combate sagrado? ¿O en sentir que la vida es una cárcel donde se nos muere el alma y donde se disipan todos nuestros sueños y esperanzas? ¿En vivir el orgullo y la felicidad de para quién y para qué trabajamos o en ser mercenarios de la vida, esclavos a tiempo parcial que buscan una felicidad que nunca llega?

Una cosa sí es cierta: no hay calidad de vida donde llegan, lacerantes, los dedos gangrenados de la contaminación. Contaminación lumínica, que nos impide sonreír a la estrella que sonríe; y sentir el alma estremecida ante el alma que titila. Contaminación de las aguas, que empobrece nuestra vida y, lo que es peor, nuestra alegría y esperanza. Contaminación del aire, cada vez más repleto de gases nocivos y metales pesados, cuando no de ruidos artificiales y estridentes en lo que ahora llamamos “contaminación acústica”.

En relación con la calidad de la vida que nos envuelve, como una matriz, y que es inseparable de nuestro crecimiento como seres humanos, debemos tener en cuenta que la calidad del mundo que nos venden no es la calidad del mundo en que vivimos. Que es más importante un trato ameno, digno y afable que la adquisición de muchos bienes materiales. Que es mejor disponer de una hora diaria para los “divinos ocios” o para una sana conversación y convivencia humana, que 10 metros cuadrados más en nuestra casa. Que es más rico aquel que menos desea y no aquel que más tiene. Que la belleza reside en el esplendor de la vida y no en los implantes, en las dietas desregladas, en los lifting y otros en que nos convertimos en objetos, esclavos de la opinión y de la aceptación ajena. Que hay más, infinitamente más calidad de vida en la concentración, en la contemplación filosófica, en la reflexión serena, en la sana emotividad y en la acción desinteresada de que en la mente inestable y enloquecida por tanta publicidad, en la competición animal y en la deshonestidad que degrada el alma. Que es mejor, aunque más difícil, ser dueños de nosotros mismos que esclavos d ellos demás, aunque sea viviendo en la opulencia. Y también es interesante pensar que lo que es válido, o inexistente en un tiempo y lugar, se convierte necesario en otro e imprescindible más adelante. Como decía Séneca, muda de siglo y te darás cuenta de que tus necesidades de hoy eran lujos antes; y que aquello que ahora consideras vital, básico, podrá ser mañana un lujo inalcanzable. Ya sabemos que todo en este mundo es relativo.

Esto es relativo a la vida que nos rodea, a la vida que respiramos.

En relación a la vida que “invisible, fluye como un río interior” y que es la vida del alma, o vida interior, esta no se mide por valores relativos porque los valores y necesidades del alma son invariables y no dependen de ninguna coordenada de tiempo y lugar. Su medida es la medida del alma humana. La vida interior puede arder con llama pura en las condiciones más miserables y donde la calidad de vida, externa, sucumbió. ¡Cuántas veces lo demuestra la historia! ¡Cuántas veces, incluso en la cárcel, como Dostoievski, o sometido a la tortura, como Giordano Bruno o Campanella, o en la enfermedad y la pobreza, los siglos vieron erguirse, como un estandarte, la llama de la verdadera vida interior! Y esta nada necesita, a no ser un Nombre secreto a quien servir, e ir abriendo camino, delicada y tenazmente, al caudal inagotable de sus fuentes eternas. Ella es, y nada más que ella, el verdadero sentido de la vida, la verdadera calidad de vida, el imán único y real de nuestra existencia, de la que todo el resto son velos y escenarios móviles. Quien se decide a aventurar el paso en esta senda siente que el tiempo se convierte en espacio interior. Quien no seca las fuentes, quien no cierras las puertas sentirá una perenne juventud que se renueva día a día, mes a mes y año a año. Esta vida interior es la vida permanente que no es esclava del tiempo y que puede pasar con la cabeza erguida, impávida y serena las puertas de la muerte. Como en los versos de los Upanishads, obra mística y filosófica de la India:

“En verdad un esposo no es amado por su mujer, pues sólo cuando se ama Aquello, el esposo es verdaderamente amado. Ciertamente una esposa no es amada por su marido, sólo cuando se ama Aquello la esposa es verdaderamente amada.

En verdad los hijos no son amados por sus padres, pues sólo cuando se ama Aquello, los hijos son verdaderamente queridos.

En verdad la riqueza no es amada por los ricos, pus sólo cuando de ama Aquello la riqueza es verdaderamente querida.

En verdad la casta de los brahmanes no es amada por ellos, pues sólo cuando se ama Aquello la casta de los brahmanes es verdaderamente amada.

En verdad la casta de los kshatryas no es querida por ellos, pues sólo cuando se ama Aquello la casta de los kshatryas es verdaderamente querida.

En verdad los mundos no son amados por los hombres, pues sólo cuando se ama Aquello los mundos son verdaderamente queridos.

En verdad los Dioses no son amados, pues sólo cuando se ama Aquello los Dioses son verdaderamente amados.

En verdad las criaturas no son amadas, pues sólo cuando se ama Aquello las criaturas son verdaderamente queridas.

Ciertamente no hay nada que puedas amar, pus sólo cuando amas Aquello todo se convierte en el objeto de tu amor.

Aquello tiene que ser visto, oído, percibido y conocido, ¡oh Maitreyí! Cuando vemos, oímos, percibimos y conocemos el Ser todo lo demás es verdaderamente conocido.”

 

Jose Carlos Fernández

Artículo escrito aproximadamente en 2008

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