Literatura

Prólogo al libro “Antología poética de Fernando Pessoa”

Entre las 25.000 hojas apiladas en el famoso baúl de Fernando Pessoa, más de dos mil pertenecen a poemas, una obra realmente ingente. Poemas manuscritos o dactilografiados, la mayor parte, claro, en portugués, pero muchos otros en inglés -varios monumentales- y unos pocos en francés. Algunos de estos poemas son breves líneas, pero otros, decenas de páginas historiadas.

Desde el ángulo o la personalidad de cada una de sus máscaras o heterónimos, manan los poetas como de una fuente abundante. Unos con la belleza del canto del mirlo antes del amanecer, otros, ejercicios de angustiosa filosofía, o directamente gritos de desesperación. Unos elevando los estandartes del idealismo, servidor de la patria y la voluntad de Dios, otros de un nihilismo corrosivo, en un vacío existencial pavoroso, desgarrador, sin esperanza. Unos, meras burlas de sí mismo, y odiosamente del lector, otros ejercicios de catarsis mediúmnica o de espasmódica embriaguez, de ondas de amoralidad que se deshacen en la nada. Y sin embargo otros resplandecen como joyas de filosofía, como clarines anunciando auroras, como himnos religiosos y sagrados al alma de la Naturaleza con la que a veces comulga y otras reniega de un modo salvaje. La lucidez brilla con la luz azul del zafiro en unos, y en otros centellean los terribles claroscuros de la locura más fatal.

Como diría una vez un amigo, al dialogar sobre la obra sorprendente de este poeta, entrar en su alma es como entrar en una casa en ruinas, quemada y con escombros y cenizas y leños carbonizados aquí y allí; y escondidos entre las piedras y vigas a punto de caer sobre uno, diamantes sonriendo con su luz irisada, semillas de un futuro que es ya eterno.

En sus últimos años de vida, el lento suicidio por medio del alcohol se hace notar en una tristeza cada vez más abismal, la luz del alma débilmente se va apagando, buscando una nueva oportunidad más allá de las puertas de la muerte. Y aun así, con el genio de su lira, la música que hace es sublime y los murmullos de los bosques sagrados aún se dejan oír, perdiéndose en el silencio, rezando en su alma.

En mi humilde opinión, los poemas que muchas veces han sido destacados en Portugal, y mucho más aún en las traducciones en España, no son necesariamente los mejores. Sólo los más angustiosos, los gritos de dolor en soledad frente al papel en noches de insomnio. Es imposible saber cuáles hubiera seleccionado el mismo Fernando Pessoa en una antología. Sólo en su obra de Mensagem, su única obra completa publicada en vida, y aun así, en este caso los escogidos son los que obedecen a una razón histórica y de homenaje al alma de Portugal.

Del panteísmo epicúreo de Ricardo Reis he elegido muy pocos poemas: menos aún de la indiferencia olímpica de Alberto Caeiro, demasiado conocidos además ya; más del genio tormentoso de Álvaro de Campos. La mayor parte son poesía ortónima de Fernando Pessoa, con su mismo nombre. Nunca sabremos si los otros son casi o totalmente mediúmnicos o fingimiento teatral, pero desde luego la poesía que lleva su nombre es la que mejor le retrata, y en mi opinión, en general, es la más bella y serena, cada vez más triste según se va apagando la llama del alma.

Por lo demás el lector comprenderá, y más con Fernando Pessoa, que es imposible llevar los juegos de ritmo, sintaxis y significados, de una lengua a otra; es muy difícil no traicionar el chisporroteo y alegre danza de sus versos en el original.

 

José Carlos Fernández

Almada, 9 de abril del 2020

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