FiloFoto, Filosofía

Luz de Lisboa

Claro misterio

Del azul etéreo

¡Sueño sidéreo!

¡Luz!

De la Tierra dolorida

¡Aliento y guarida!

Fermento de vida,

¡Luz!

 

Eucaristía Santa,

Vino y pan que hace crecer

A hombre, roca y planta…

¡Luz!

 

Virgen ígnea de siete colores,

Toda abrasada de esplendores,

Madre de héroes y madre de flores,

¡Luz!

 

Fiat armónico y gozoso,

Verbo diáfano y profundo,

Alma del Sol, cuerpo del mundo,

¡Luz!

 

Luz esperanza, luz rutila de aurora,

Vida vibrando en la amplitud sonora,

Vida cantando dentro y fuera,

¡Luz!

 

Luz que nos das el pan, ¡oh luz amada!

Luz que nos das la sangre, ¡oh luz dorada!

Luz que nos das la mirada, ¡luz encantada!

Bendita seas luz, ¡bendita seas!

 

Bendita seas dentro nuestro, ¡fuente de armonía!

Bendita seas dentro nuestro, ¡urna de alegría!

Bendito sea tu hijo, ¡oh albor del día!

¡Perpetuamente, oh luz, oh madre, bendita seas!

 

Este poema de Guerra Junqueiro (1850-1923), traicionado al tener que ser traído y traducido del portugués, ilustra muy bien lo que sienten los lisboetas de almas sensibles en su ciudad amada. O incluso todos aquellos que visitan la capital de este país. Hay un misterio en su luz, algo indefinible, es una luz poderosa, una luz que muchos días ciega, que reverbera en el aire, que parece que canta, que todo lo hace más liviano. No es la luz que hiere, el sol de escorpiones que dijera el poeta García Lorca, no al menos en apariencia. Porque esta ciudad tiene uno de los índices de insolación más altos de toda Europa. Las brisas del río Tajo que abraza al Atlántico temperan su calor y disminuyen su humedad. Es una luz que causaría las delicias de los eremitas en sus capillas o ribats, pues es ella más que aquello que ilumina quien se impone, quien está antes ahora y después, arriba, abajo y en el medio, vivo símbolo de la presencia de Dios.

Los cineastas vienen a Lisboa a filmar, pues saben de esta luz hechicera. También los publicistas, y se la usa para reclamo de intereses menos santos que ella misma. Los pintores, y los fotógrafos, quieren desentrañarle sus misterios haciendo uso de sus pinceles y del ojo de su cámara, los poetas le dedican versos y los prosistas no se olvidan de incluirla en sus relatos y descripciones, pues es uno de los rasgos más distintivos de esta ciudad. Los científicos investigan sus diferentes rayos y frecuencias, estudian los vientos que se forman y que limpian el aire, las minipartículas en suspensión que la reflejan y dispersan, el efecto especular de las aguas del Tajo que la devuelve en la faz bruñida de sus linfas. Unos dicen que es provocada por la forma de anfiteatro en que la ciudad desciende al río, otros que por la orientación, porque la bañan casi sin cesar los rayos del Sol desde la aurora hasta el poniente, otros que por el color de sus casas, en tonos claros que devuelven la luz que alegremente se mira en ellas. Y también por la calzada portuguesa, mosaico de piedras blancas y calcáreas, irregular y ondulado que espejea la luz en todas las direcciones. Quizás sean todos estos elementos juntos, quizás se le sumen otros que desconocemos, pues nuestra ciencia sobre la luz no ha llegado a su fin, apenas comenzó.  Quizás existan factores insospechados, y que nunca sabremos, pues si lo visible es huella de lo invisible, debemos reconocer, qué poco sabemos de cuanto no abarcan nuestros sentidos.

Tal es la importancia y notoriedad de este efecto, el de la “Luz de Lisboa” que el Museo de la Ciudad ha organizado una exposición en que la estudian tanto desde el ángulo científico, analizando todas las hipótesis plausibles, como desde el poético, el fotográfico y el pictórico y otros. Precisamente, y  en el momento en que escribo estas líneas, en este 2015 Año de la Luz.

Lo que es llamativo es que con tanta luz, y la alegría y vida que palpita en ella, el lisboeta, y en general el portugués amen con tanta pasión el fado. El sólo nombre de esta música es el de fatalidad, de “fatum”, destino inexorable. Música de gran belleza y desgarradora en su emotividad, y que se conjuga mejor con la palidez de una aurora de invierno, o aún con la oscuridad de noches opacas, sin estrellas, y donde lo único que se agita en el aire son las propias pasiones, el íntimo dolor. El filósofo y emperador romano –infamemente llamado “el apóstata”-, Juliano, decía que si queremos constatar la existencia de los dioses, basta estudiar el carácter de los pueblos, y ver como una colectividad puede exhibir una conducta externa e interna común y tan particular, como si todos los individuos fuesen células de un mismo espíritu o Idea. Hegel llamó a esto, Volksgheist, o “espíritu del pueblo”, y aquellos que lo encarnan son los líderes natos de estas gentes, las llaves de su Historia, con mayúsculas. Los que no, pero que se disfrazan de guías, payasos que nos entretienen o torturan. Bello y filosófico contraste, la delicadeza y aún timidez del portugués, y esta luz que danza, que vibra, que juega y que ciega, que abraza y que huye, que todo lo impregna, y que da vida intensa a los colores que besa, como los de esta danzarina y amiga, Gloria Godoy, que frente a la fortaleza de Belem, nos llama con los gestos y vestes del pasado sufí de esta ciudad.

 

Foto: Carmen Morales

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 14 de octubre del 2015

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