Literatura

En el 125 aniversario de su nacimiento: los últimos poemas de Florbela Espanca

En el año 2011 traduje en “Florbela Espanca, poetisa del Amor” todos los poemas conocidos hasta el momento de esta poetisa lusa.

Tres años después en “Inéditos: los últimos poemas de Florbela”, aparecieron seis poemas de esta autora que habían pasado desapercibidos durante más de 80 años. La profesora Aurelia Borges (1915-2015), la última discípula viva de Florbela (entonces ya con 99 años), entregó a la investigadora Severina Gonçalves seis poemas de la “Musa del Alentejo” que habían permanecido ocultos. ¿Por qué? Porque eran poemas que Florbela escribía en las cartas que enviaba a sus discípulas, de modo improvisado, sin copia. Luego ellas los enviaban unas a otras, escribiéndolos con su propia letra. Por lo que los poemas eran de Florbela, pero la escritura no. Aurelia Borges ya había batallado durante décadas para evitar que se perdiera la memoria de Florbela, y no estaba ya dispuesta a debatir más con los círculos académicos o con quien negase legitimidad a estos poemas.

La vida íntegra siempre de esta discípula, la presencia cercana de la muerte, y la calidad y tono de los poemas los hacen inequívocamente florbelianos.

En el mismo año 2014, parte del libro de “Inéditos” fue publicado en este blog. Más en concreto el comentario filosófico que hice a cada uno de estos seis poemas, pero no la traducción de estos poemas, error del que me redimo ahora.

Estos poemas fueron escritos en los últimos años de vida de Florbela, y su dramatismo es desgarrador. El dolor es como un abismo, pero del que salen rayos de divina belleza, que pueden purificar al lector, devolverle la esperanza, en una catarsis renovadora. Transformar el dolor en belleza, esto lo hace la vida misma, en sus metamorfosis incesantes, y también el alma del artista que convierte, según decía Chopin, las estridencias del mundo en puras armonías.

 

Viejita y moza

El tiempo, calmamente, ha de esparcir

Copos de nieve sobre mis cabellos,

Y una caricia serán sus sellos

En mi cuerpo gentil, y su sabor…

 

Y a mi sangre estremecida, palpitante,

La han de enfriar sucesivos tragos,

Y mis senos graciosos he de verlos

Mimados como lirios que se cierran…

 

Pero incluso cuando sea así, viejita

Tu amor será un alborozo en mi alma,

Alma y gracia de una niña

 

Y hasta morir, con la mirada cansada,

Mirándote fijamente he de sentirme joven,

En un éxtasis de eterna enamorada.

 

Condenados

La espada de Damocles, sobre nosotros,

Suspendida está, amenazadoramente,

Sombra tremenda que implacablemente

Nos persigue como a su presa el verdugo.

 

¡Y no poder huir! Sentir su voz

En la garra que pasa velozmente,

Y así quedar, inexorablemente,

Esperando que llegue la hora atroz.

 

Un solo acaso, que el frío llega a quebrar

Basta para lanzarnos en el abismo de abiertas fauces…

Y un soplo basta para apagar la llama…

 

¿Hoy? ¿Mañana? ¿Qué importa no saber?

Si somos, solamente, en cada instante,

Fantoches que un destino hace morir…

 

Risa amarga

En un desafío temerario y fuerte,

Yo quiero reír de la Vida, altivamente,

De la Vida que es combate, lucha ingente,

En esta comedia de vivir sin norte.

 

Quiero reír de la desgracia y la mala suerte

Que nos hiere y persigue tenazmente.

Reír de lo que es bajo y vil, amargamente,

De lo que es sollozo y dolor… ¡Y de la muerte!

 

¡Reír de todo! ¿Qué más puedo hacer?…

Si el agua sucia de los charcos jamás vuelve

A ser agua de manantial que corre…

 

¡Quiero reír!… Y mi risa es mascarada,

¡Un grito de impotencia y rebelión!

¡Reír! ¡Quiero reír!… ¡Y tan sólo sé llorar!

 

¿Dónde?

Buscando la Verdad, el bien sagrado,

He recorrido todos los caminos,

Herido los pies en todos los espinos,

Los horizontes, todos oteado.

 

A trompicones, por tanto haber andado,

El alma quemada en todos los crisoles

Del Dolor y la Amargura, mezquinos bienes,

Llegue hasta el fin sin haber nada hallado.

 

Exhausta y sola, volví desengañada,

Miserable, desnuda, hasta el punto de partida,

Sin vislumbrar lo que tanto anhelo.

 

¿Mi Dios, suma Verdad, dónde te escondes

Que a mis bramidos de dolor no respondes?

¿Dónde existes, mi Dios, que no te veo?

 

Drama eterno

Peregrina del Ideal, en vano busqué

Lo que tantos en vano han buscado.

Soñadora del Bien, nunca encontré

Los sueños que sonriendo había soñado.

 

Sediento de Belleza, los pasos di

Que, antes de mí otros ya habían dado.

¡Y erraron los caminos en que yo también erré!

¡Vieron también su sueño naufragado!

 

¡Ha de ser siempre así, eternamente!

Querer partir las amarras, locamente,

Y bracear con impotencia triste…

 

Desde que el mundo es mundo, ¡el mismo drama!

¡La misma búsqueda de soles en el cieno!

¡¡¡Y de lo que no existe el mismo anhelo!!!

 

Exiliada

¿Quién puso en mí esta ansia ardiente

De cuanto es bello y puro y luminoso

Si debía vivir yo, humanamente,

Prisionera de un mundo tormentoso?

 

¿Quién formó en mí un corazón agitado,

Torturado, exigente, codicioso

De Altura, de Infinito; si impotente,

Vería limitar mi vuelo ansioso?

 

¡Ah! ¡No soy de este mundo! Mi país

No es éste, donde el Sueño a la realidad

Contradice! ¡Soy una exiliada,

 

A quien un duro engaño hizo nacer aquí!

Sáquenme de esta prisión en que caí!

¡¡¡Arránquenme las cadenas de forzada!!!

 

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 26 de noviembre del 2019

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