Filosofía

San Miguel, en las Azores, una isla jardín

 

Tuve una oportunidad, brindada por mis discípulos y amigos, de viajar a la isla de San Miguel, en las Azores, que no conocía, y disfrutar de sus encantos paisajísticos y la serenidad que se respira.

Era uno de los sueños de mi vida, pues el relato de Platón sobre la Atlántida, leído en mi primera juventud, y la más que probable relación con estas islas, hizo que siempre quisiera andurrear por lo que debieron ser las montañas nevadas de este continente perdido. Nevadas y de fuego, pues, en medio de la dorsal oceánica, como la misma Islandia, haría que la actividad volcánica y sísmica estuviese siempre o activa o latente. Sólo hay que leer con atención el texto de Platón en el Timeo o en el Critias para ver que toda la corriente actual que sitúa la Atlántica en Santorini es una completa memez, sin restar valor a la catástrofe en el Mediterráneo que generó durante varios años un “invierno nuclear” y crisis civilizatoria en toda la región.

La atribución de la isla de Santorini como la Poseidonis atlante no concuerda, sino todo lo contrario con los textos[1] del filósofo griego:

  1. “Todos los guerreros que había en vuestro país fueron tragados por la tierra que se abrió, y la isla Atlántida desapareció entre las olas” (No es erupción volcánica, es un terremoto de magnitud nunca conocida por nuestra civilización, tipo filme 2012)
  2. “La isla era mayor que la Libia y el Asia todas juntas” (pues aunque la Libia antigua y el Asia de los griegos no es la que conocemos hoy es desde luego enormemente más grande que la isla de Santorini)
  3. “En esta isla atlántica sus reyes habían llegado a constituir un grande y poderoso Estado que dominaba toda la isla entera, en muchas otras y hasta en diversas partes del continente. En nuestras comarcas, a este lado del estrecho, eran dueños de la Libia hasta Egipto y de Europa hasta Tyrrenia” (O sea, un estado con un ejército y una escuadra de hasta un centenar de miles de guerreros activos, y hasta mil doscientas embarcaciones, sólo en la ciudad central de la isla, según describe Platón: este ejército debía ser soportado por varios millones de agricultores, ganaderos y artesanos, etc., como mínimo)
  4. “Alrededor de la ciudad se extendía una llanura (…) lisa y uniforme, teniendo de un lado 3000 estadios (siendo cada estadio unos 180 metros da unos 540 kms) y del mar al centro más de dos mil”, o sea, que sería del tamaño de Portugal o de Andalucía, no de una isla minúscula como Santorini.

Y podríamos seguir con los tipos de piedra que usaron en la construcción de los muros, rojas, negras y blancas, con los anillos de tierra y agua y su tamaño, con el bronce, estaño y cobre aurífero -oricalco-con que cubrieron los muros, decenas de miles de toneladas de metal que no han aparecido por ningún lado, etc., etc. Escogiendo lo que queramos de la narración de Platón, que además menciona específicamente que dicha isla estaba al otro lado de las columnas de Hércules, o Estrecho de Gibraltar, podemos situar la Atlántida en cualquier lugar del mundo, hasta en Bolivia, como algunos hacen.

 

Volviendo a esta isla de las Azores, es entera un vergel. Sus bosques y prados verdes, cuidadísimos, en toda su extensión, por lo que podríamos llamarla, perfectamente, una Isla Jardín. Con azucenas y hortensias sembradas a ambos lados de todas las carreteras que la surcan. Azucenas rosas y hortensias blancas, violáceas, rojas y azules debida esta última coloración a la cantidad de hierro en sus suelos volcánicos. Se dice que las convulsiones del pasado son la vida del presente y nunca mejor afirmado que en esta isla, en que antiguas convulsiones volcánicas han modelado fértiles altiplanicies y lagos cercados de montañas abundantes en vegetación y en una paz suspensa. Los lagos son de ensueño, y desde la altura de un mirador es posible ver al mismo tiempo mar a un lado y lago al otro, con sus contrastes de verdes y azules espejando el cielo.

El tiempo parece haberse detenido, o moverse tan despacio que es como si entrásemos en otra dimensión, en una burbuja espacio-temporal surgida de un mundo onírico, tal y como la describió una de sus poetisas más insignes, Natalia Correia (1923-1993), que partió de la misma con 11 años y dijo al recordarla, en su juventud:

 

“Aquella isla olvidada

En que yo vivo, al dormir,

Donde por las noches, moro.

 

Aquella isla encantada

Que no encontramos de día,

Pues queda en la madrugada:

 

La Isla aún no descubierta

Donde la cryptomeria abierta

Espejea luz de luna;

 

La isla desconocida

Que por los caminos de sueño

Se muestra a quien la busque.

 

A aquella isla distante,

No hay quien se aventure…

 

Aquella isla olvidada

Que sólo tiene un habitante:

Yo misma, que allí vivo de noche…

 

La multitud de lagos, tan diferentes, parecen surgidos del país de los cuentos, como joyas de esmeralda o zafiro engarzadas en el dedo de un gigantesco atlas, un dedo de unos quince kilómetros de ancho por unos 65 de largo, alineado perfectamente con los ejes cardinales.

Ahí están las dos lagunas de las Siete Ciudades en el extremo oeste de la isla, unidas, pero una de aguas verdes y la otra de un azul oscuro, que la leyenda atribuye a las lágrimas de amor imposible de un pastor y una princesa. O la laguna del Congrio casi en un pozo, semejante a los cenotes mayas, y rodeada por un espeso bosque centenario de pinos marítimos y gigantes criptomeras, eucaliptos y acacias. Parece que estamos en los bosques del Señor de los Anillos o en los de la Princesa Mononoke: la verdura propia de sus aguas, reflejando además las diferentes tonalidades del bosque que las rodea genera un efecto único que bien merece la hora de difícil caminata.

Laguna del Fuego

La Laguna de Fuego es el gigantesco cráter de un volcán dormido, y según los geólogos fue configurada, con sus altas paredes de hasta 300 metros, hace tan sólo 15.000 años. De forma elíptica y más de 3 kms, su figura espectral es barrida por las nieblas desde las que surge, resplandeciente en sus aguas azules, como una imagen de ensueño.

La Laguna de San Bras, cerca del Monte Oscuro -que recibe este nombre por su impenetrable arboleda- en una planicie y casi en lo más alto de la isla, es también admirable. Es la típica laguna que imaginan los místicos en sus ejercicios espirituales, con su perfecta calma, irisada por las brisas que ondulan suavemente sus aguas, delicada, serena, abierta al cielo como el murmullo de una oración.

Laguna de San Brás

Nos llama la atención, en esta isla, el contraste de blancos y negros de sus casas, blanca cal y negro basalto poroso (vesicular) volcánico, piedra magmática en que están esculpidas las Azores. Esta es sin duda la piedra negra a la que se refiere Platón y las Estancias del Dzyan (posiblemente los textos perdidos del Kalachakra tibetano) con que construían los Atlantes. Recordemos estas últimas:

“Ellos construyeron enormes ciudades. Con tierras y metales raros ellos construían. De los fuegos vomitados, de la piedra blanca de las montañas y de la piedra negra, tallaban sus propias imágenes a su tamaño y semejanza y las adoraban.” (Estancia XI, del volumen de Antropogénesis de la Doctrina Secreta de H.P.Blavatsky).

Los fuegos subterráneos alimentan el calor de numerosos baños termales que son una delicia para los turistas, como el de Furnas, con manantiales de agua caliente, a casi 40 grados, que corren pintando de tonos rojizos -oxido de hierro- el cauce de sus ríos, ideales, además para los aquejados de anemia. Los jardines y el lago de Furnas son también asombrosos, con su Capilla de Nuestra Señora de las Victorias, neogótica, que parece dormir en su sueño de piedra en su orilla, besando inmóvil sus verdes aguas.

Tantas cosas hay que decir, por ejemplo de sus villas y ciudades, de sus museos, del idílico Jardín Botánico Terra Nostra, etc., pero no quiero cansar al lector. Mejor terminar con un poema del más ilustre y llorado de sus vates, Antero de Quental, que tiene dedicado un bello monumento y jardín en la capital de esta isla, en Punta Delgada:

 

¡Voces del mar, de los árboles, del viento!

Cuando a veces, en un sueño doloroso,

Me adormece vuestro canto poderoso,

Creo el mío igual a vuestro tormento…

 

Verbo crepuscular e íntimo aliento

De las cosas mudas; salmo misterioso;

¿no serás tú, quejido vaporoso,

El suspiro del mundo y su lamento?

 

Un espíritu habita la inmensidad:

Un ansia cruel de libertad

Agita y conmueve las formas fugitivas.

 

Y yo comprendo vuestra lengua extraña,

Voces del mar, de la selva, de la montaña…

¡almas hermanas de la mía, almas cautivas!

 

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 27 de septiembre del 2019


[1] En Diálogos de Platón, de la editorial Porrúa.

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