Filosofía

La verdadera política es una ciencia y un arte, nunca un negocio

He tenido estos días la oportunidad de ver un documental sobre la violinista neerlandesa Janine Jansen, realizado por Paulo Cohen en el año 2010.

Una hora y media le permiten a este rodaje exponer grabaciones de ella en su infancia y adolescencia, sus lecciones con el ya casi mítico Philippe Hirschhorn, entrevistas a varios músicos que tocan con ella, escenas de grabación del CD de DECCA del concierto de violín de Beethoven, acompañarla a los entresijos y bambolinas propios de una Superstar clásica de gira por el mundo… y todas las futilidades del marketing, de lo que comen o no y otras mil tonterías banales, donde muchos interesados se pavonean delante de las cámaras y muestran lo que tienen para vender.

Me ha impresionado mucho en un momento donde a ella se la ve ya exhausta, de dar un concierto un día detrás de otro y avión, maletas, hoteles nuevos, y mucha actividad social donde casi no conoce a nadie, que debe ser lo más agotador de todo. Diciendo a la cámara lo cansada que esta, luego aclara, literalmente:

“Día tras día tú das todas aquellas emociones [en los conciertos]. Tú ahí te das totalmente. Y es como debe ser, yo lo quiero así mismo. [Hace un gesto muy expresivo de dar, como un manantial o como si la Vida brotase del corazón] Y necesitas amor que te sirva de soporte, que te permita mantenerte en equilibrio (…) Y así me mantengo dando, tan sólo dar. Es completamente natural, no hay otra manera, y es como yo quiero que sea.”

Es la famosa alegoría del pelícano en que éste se pica en el corazón para alimentar a sus crías (el público, el mundo entero aquí), y que en la Edad Media simbolizó el acto de enseñar, dar la vida del alma y de este modo figuró por excelencia a Cristo, como la Gran Víctima.

Pero lo que más ha llamado mi atención ha sido un comentario que hace el director de orquesta, natural de Estonia, Paavo Järvi, al respecto de una grabación que están haciendo en los estudios de sonido con ella como primer violín:

“La manera como ella toca el violín es asombrosa, y puedo ver a la orquesta y …están todos con ella, y todos quieren dar lo máximo porque la aman al verla tan inspirada y haciendo tal música, tan natural, e inmediatamente se convierten en su soporte… esto es música real.”

Como un relámpago he sentido la asociación Música-Ética-Política que hace Platón en sus obras. Armonizando el alma (Música), se armonizan las acciones y voluntades humanas (Ética), lo que conduce necesariamente a una armonía de la sociedad (Política). Nos han envenenado la mente haciéndonos asumir como natural y lógico las luchas de poder en la política. Pero esto es lo insano, la conducta animal, el juego cruento de los depredadores y las víctimas, el combate despiadado (eso sí, siguiendo ante el mundo las “reglas democráticas”) por el pedazo de poder, como si de un queso o un pan se tratara, y que, como hienas que devoran un cadáver, ¡no hay que perder baza! Si las fuerzas políticas son como las neuronas de un cerebro (aunque también hay neuronas en el corazón y aún en el estómago, y los políticos de hoy en día son de los de “necesidad de alimento”) no nos las imaginamos luchando a muerte ni en conciliábulos para destruir a sus hermanas. Pocas ideas podríamos concebir, pocos razonamientos armónicos y lógicos hacer así.

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco dice que la finalidad de la Política es la felicidad de los ciudadanos, y felicidad no es simplemente placer estupidizante, ni satisfacciones vulgares, vegetativas o animales, ni consumación de egoísmos, que nos ahondan cada vez más en la nada existencial. La felicidad, dice, es la plenitud del alma en su acción según la virtud. Un termómetro que midiera el contento natural de la vida, de las relaciones humanas, de realización de sí mismo, del sentido de amparo frente a las inclemencias de todo tipo, nos daría el valor de la política que, ahora, por desgracia, más nos aqueja como una peste que nos armoniza vitalmente, como lo hace la salud.

Y como siempre, Platón va mucho más allá que Aristóteles, y dice que el ideal de la Política es la realización de la Justicia, o sea, hacer encarnar en el tejido social, pedagógico, de costumbres y legal, etc., la armonía que permite respirar al alma, vigorizarla, para así poder cada uno realizar su destino, dando y recibiendo de todos lo mejor, como los músicos de una orquesta. Que luego proyectan esta armonía al mundo como su belleza una flor. La armonía lleva la odiosa multiplicidad y dispersión de la materia al reino de la unidad, de ahí la verdad, de ahí la belleza. Como lo hace el fuego con la madera, convirtiéndola en luz, en calor.

Vemos en los políticos actuales una jauría de perros enloquecidos que se disputan una presa, no el poder, no, sino a nosotros mismos, nuestras vidas y esperanzas, nuestra vida armónica en sociedad.

Y más bien deberíamos verlos como los músicos de una orquesta, que no pugnan entre sí, sino que cada uno busca hacer hablar su alma a través del instrumento que toca, y unir las voces de las mismas, conjugadas armónicamente, para hacer, de esto sí, un acto de verdadero poder filosófico, nacido de la armonía, que se convierte en transmutación de vidas, y no simplemente en cambios de actores y escenarios, o sea, en verdadera evolución.

El director de orquesta es como el rey, y en este caso el primer violín como el primer ministro. El buen director ve y siente la Armonía, y sabe cómo llevar hacia Ella, como recrearla, trae las formas puras del mundo ideal a la esfera de los sonidos, con sus ritmos, timbres y tonos. Él es la garantía de que el plano ideal, en este caso la obra compuesta por el autor, se ejecuta. Y en esta metáfora, el primer violín corre detrás de Ella, toda la orquesta vive esta “carrera del alma” y avanzan con él, cada uno según su naturaleza, ejecutando cada uno la parte del plan que le corresponde, natural y armónicamente, felizmente y no sin esfuerzo. Sienten el amor abrir las alas del alma, viven la inspiración musical de quien les dirige, lo aman, por la Belleza que irradia, como símbolo ventana del Infinito que respira más allá y hacia donde todos juntos van, un mar de plenitud y felicidad… que permite el milagro una y otra vez renovado del Cielo en la Tierra, como permite el mar una y otra vez el milagro de las ondas y la blanca espuma en las playas del mundo.

Pues, como decía el profesor Jorge Angel Livraga (1930-1991), debemos recrear el natural respeto y cariño de los gobernantes a los ciudadanos y viceversa, y no como ahora, que nos sentimos carne de cañón o títeres manipulados por lo que Goebbels llamó “propaganda”, el sobrino de Freud “relaciones públicas” y ahora es “ingeniería social”. Y si los gobernantes son lobos en vez de pastores, ¿cómo no vamos a desconfiar de ellos? ¡Que demuestren primero que aman y viven la armonía y se entregan en sacrificio al bien público sobre todas las cosas, y que son buenos “directores de orquesta”!

 

Jose Carlos Fernández

Almada 10 de agosto del 2019

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