Literatura

En el centenario de Amado Nervo

En su artículo a la revista “La Semana” de España, el 21 de enero de 1900 el poeta mejicano Amado Nervo, escribió a propósito de Cyrano de Bergerac:

“Yo te amo, porque eres el emblema de mi vida. Yo también he ascendido a la luna merced a una escala de ensueño; yo también he hecho bandera para el combate de un pañuelo blanco de mujer; yo también he labrado la felicidad de otras almas sin poder forjar la de la mía; yo también me he batido desesperadamente contra las vulgaridades, los convencionalismos, las cobardías y las calumnias:

Je me bats! Je me bats! Je me bats!

A mí también me han arrancado “el laurel” y “la rosa”, y como tú, cuando entre a la eternidad y salude altivo en su dintel azul, llevará, “a pesar de todo, sin un pliegue, sin una mancha… ¡mi penacho!”

Hoy se cumplen cien años de tu viaje a lo desconocido que llamamos muerte, y desde donde jamás se retorna con el mismo “traje”. Y sabemos que tu “pluma blanca”, la del alma, llegó inmaculada al umbral de su retorno a sí misma. Y esta pluma, es la de Maat, la Verdad y Justicia de la mística egipcia, o la que hija de la Luz, engendró a tu Huitzilopochtli, el dios de la Guerra azteca.

Quizás desde tu cielo sonríes las tempestades a tus pies del siglo turbulento que vivimos, un siglo de pavorosas mentiras e injusticias que como un ácido todo lo corroen, de cada vez mayor desigualdad social, cada vez peores gobernantes, da cada vez más violencia e insensibilidad, de cada vez menos esperanza y donde la Tierra misma, que tú nos enseñaste a ver con tan bellos ojos, gime estremecida en anuncio de convulsiones. Pero tú sabes que antes o después todo vuelve a su equilibrio natural, como el líquido elemento, que en tu santo poema “Hermana Agua (1901) santamente reflejaste:

“Un hilo de agua que cae de una llave imperfecta: un hilo de agua, manso y diáfano, que gorjea toda la noche y todas las noches cerca de mi alcoba; que canta a mi soledad y en ella me acompaña: un hilo de agua: ¡qué cosa tan sencilla! Y, sin embargo, esas gotas incesantes y sonoras me han enseñado más que los libros.

El alma del Agua me ha hablado en la sombra -el alma santa del Agua- y yo la he oído con recogimiento y con amor. Lo que me ha dicho está escrito en paginas que pueden condensarse así: ser dócil, ser cristalino; esta es la ley y los profetas; y tales páginas han formado un poema.

Yo sé que quien lo lea sentirá el suave placer que yo he sentido al escucharlo de los labios de Sor Acqua; y éste será mi galardón en la prueba, hasta que mis huesos se regocijen en la gracia de Dios.”

Sabes que en el espiralado retorno a la Fuente Divina, o que en los meandros de la existencia misma, lo que parecía muerto vuelve a la vida, y el viejo grito de los guerreros “Dios! Patria! Dama!” puede oírse en nuevos labios. Que la esperanza yerta, simplemente espera y que el amor sonríe siempre, no sólo en el titilar de las estrellas, sino en cada flor que nace y en cada sonrisa que la faz de un niño esboza, o en la pureza de su abrazo, que no calcula mañanas. Y sabemos por la Historia que tiempos duros no son, necesariamente, tiempos tristes, al menos para los que embanderen las flámulas de un Tiempo Nuevo, esperando firmes un nuevo amanecer, aunque quizás lejano, realmente nuevo. Sí, quizás en una nueva curva del camino de la vida alumbra el Ideal caballeresco y sonríe irónico y fantasmal tu “viejo conde” en “la roca más hostil del monte”:

 

Clavó su castillo el conde

en la roca más hostil

del monte; como un milano

vivió en él, y murió allí.

 

Luengos años duró el castillo,

sus ruinas duran ya mil,

y esquivas y silenciosas

Proyectan en el turquí

de los cielos castellanos

su almenaje torvo y gris.

 

Luengos años duró el castillo,

sus ruinas duran ya mil.

 

Conde, vuestros huesos áridos

tornáronse polvo y

ha siglos que nadie sabe

la tumba donde dormís.

Las crónicas que narraban

vuestros hechos en la lid,

son, en archivos obscuros,

manjar de insecto ruin.

 

Pero viven vuestras torres

berroqueñas, y su hostil

silueta, imperiosa y grave,

os evoca, conde, allí.

Vestido de todas armas,

como espectral adalid.

 

Luengos años duró el castillo,

sus ruinas duran ya mil.

 

Haber servido a su dama,

a su rey y a su país;

haber alzado una torre

en la roca más hostil;

haber confesado a Cristo,

besando su cruz morir…,

¡quién sabe, conde, si al cabo

más vale esto que el trajín

y la histeria de mi siglo,

que no acierta a dónde ir,

que derriba y alza altares

con un ímpetu febril,

y que, pudiéndolo todo,

no ha podido ser feliz!

 

Luengos años duró el castillo,

sus ruinas duran ya mil.

 

…Pero no, mente influida

por los abuelos, no así

razones; ten fe en tu siglo,

que de uno en otro desliz,

que de uno en otro tanteo,

que de uno en otro sufrir,

que de uno en otro problema,

lleva en pos de excelso fin

su santo botón de enigma,

que en flor de luz se ha de abrir.

 

Luengos años duró el castillo,

sus ruinas duran ya mil.

 

Ven, clava tu pensamiento,

poeta, bajo el cielo zafir

de los cielos, en la cresta

de la roca más hostil,

como almenaje de conde,

y erguido mantenlo allí,

luengos años más que el castillo

y más que sus ruinas mil.

 

Diplomático y ensayista, de mil temas; religioso y panteísta, amante de las mil reverberaciones de lo Infinito; astrónomo, violinista y espadachín, siempre enamorado de las bellezas, tanto del cielo como en la tierra; siempre, siempre, siempre FILÓSOFO, con mayúsculas, y aún inquieto buscador de lo oculto, teósofo y modernista, preguntando sin cesar al misterio, a la vida y a la muerte sus secretos. Y POETA, dando voz a todo lo que vive y ritmo a las verdades más profundas que cintilaban en su alma bella, fértil, profunda, irisada de eternidades que aún esperan ser desveladas.

Amigo de José Martí, de Rubén Darío, de Benito Pérez Galdós, de Luis G. Urbina, y un largo etcétera; inspirador de tantos poetas y filósofos, en todos los países de Hispanoamérica, -creando entre ellos lazos, y con España, como la abeja que liba una flor- como la poetisa Alfonsina Storni, o el mismo Fundador de Nueva Acropolis, el profesor Jorge Ángel Livraga (1930-1991) que nos enseñó a amar los versos de Amado Nervo y de Rubén Darío.

Qué lecciones de vida tan profundas y tan bellamente expuestas en su joya filosófica “Plenitud”, que es difícil saber si es prosa o poesía en la pureza diamantina de lo que dice.

Qué santos arreboles en “Elevación”, o en el “Estanque de los Lotos”, o en “Místicas”.

Que santa medicina la de su dolor convertido en poesía, cuando al morir su compañera escribió “La Amada Inmóvil”, que comienza con esta dedicatoria:

 

¡Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:

es todo lo que puedo ya ofrecerte!

Tú me diste un amor, un solo amor,

¡un gran amor!

 

Me lo robó la muerte

…y no me queda más que mi dolor.

¡Acéptalo, Señor:

es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

 

Qué lira heroica su Canto a Morelos y su Raza de Bronce.

Y qué maravillosos sus cantos escolares, para educar a los niños:

 

AMOR FILIAL

Yo adoro a mi madre querida,

Yo adoro a mi padre también;

Ninguno me quiere en la vida

Como ellos me saben querer.

 

Si duermo, ellos velan mi sueño;

Si lloro, están tristes los dos;

Si río, su rostro es risueño;

Mi risa es para ellos el sol.

 

Me enseñan los dos con inmensa

Ternura a ser bueno y feliz.

Mi padre por mí lucha y piensa,

Mi madre ora siempre por mí.

 

 

Qué espejo moral para tantos el de sus versos de amor maduro, en “Arquero Divino”, de una vida y alma a quien cuidó y educó desde niña:

 

“Mi clavó con sus flechas el Arquero divino.

¡Me clavó con sus flechas!

No pudieron con él

Ni mis lustros, doctores de tres borlas, ni el tino

Del sagaz timonel.

¡Me clavó con sus flechas el arquero divino,

y aquí traigo, lectora (trovador vespertino),

más estrofas de amores, con su amargo y su miel!”

 

 

Una vez, “para complacer a la hermosa muchacha que me pidió un cuento de rimas muy raro”, escribe el poema enigmático “Los Cuatro Coroneles de la Reina”, ¿son acaso los “Señores de las Cuatro Direcciones del Espacio”, “los Cuatro Regentes del Karma”, del Alma, representada en una princesa?

 

La reina tenía cuatro coroneles:

un coronel blanco,

y un coronel rojo,

y un coronel negro,

y un coronel verde.

 

El coronel blanco nunca fue a la guerra;

montaba la guardia cuando los banquetes,

cuando los bautizos y cuando las bodas;

usaba uniforme de blancos satenes;

cruzaban su pecho brandeburgos de oro,

y bajo su frente,

que la gran peluca blanca ennoblecía,

sus límpidos ojos de un azul celeste

brillaban, mostrando los nobles candores

de un adolescente.

 

El coronel rojo, siempre fue a la guerra

con sus mil jinetes,

o, llevando antorchas en las cacerías,

por ellas pasaba cual visión de fiebre.

un yelmo de oro con rojo penacho

cubría sus sienes;

una capa flotante de púrpura

al cuello ceñía con vivos joyeles,

y su estoque ostentaba en el puño

enorme carbúnculo ardiente.

 

El coronel negro para las tristezas,

los duelos y las

capillas ardientes;

para erguirse cerca de los catafalcos

y a las hondas criptas descender solemne,

presidiendo mudas filas de alabardas,

tras los ataúdes de infantes y reyes.

 

Mas cuando la reina dejaba el alcázar,

a furto de todos, recelosa y leve;

cuando por las tardes en su libro de horas,

miniado por dedos de monje paciente,

murmuraba rezos tras de los vitrales;

cuando en el reposo de los escabeles

bordaba rubíes sobre los damascos,

mientras la tediosa cauda de los meses

pasaba arrastrando sus mayos floridos,

sus julios quemantes, sus grises diciembres;

cuando en el ensueño sumergía su alma,

silencioso, esquivo, la guardaba siempre

con la mano puesta sobre el fino estoque,

el coronel verde…

 

El coronel verde llevaba en su pecho

vivo coselete

color de cantárida; fijaba en su reina

ojos de batracio, destilando fiebre;

trémula esmeralda lucía en su dedo,

menos que sus crueles

miradas de ópalo, henchidas de arcanos

y sabiduría, como de serpiente…

 

Y desde que el orto sus destellos lanza

hasta que en el ocaso toda luz se pierde,

quizás como un símbolo, como una esperanza,

¡iba tras la reina su coronel verde!

 

Cien años después, Amado Nervo, los niños de México aún aprenden con tus versos, o millones de personas en el mundo entero cantan tu “El día en que me quieras…” o se elevan con las alas de tu mística sin nombre ni formas, la religión misma del Alma de la Naturaleza, en lo que más que poemas son oraciones. Amado es Amor, de oro, puro, incondicional, el poder inconmovible que gobierna el universo entero; Nervo es de voluntad, de nervio, de acero, de impulso de crear, de fuente que no cesa, de vínculos con la belleza. Quedó tu alma, o sea, tu poesía, tus artículos, tus interrogantes a la vida, muchos de los cuales ahora deben ser ya serenas y plenas respuestas, tu vida como oración, y tus oraciones como himnos que todos pueden cantar:

 

[1]

 

Señor, Señor, Tú antes, Tú después, Tú en la inmensa

hondura del vacío y en la hondura interior;

Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa,

Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor.

 

Tú en el cenit a un tiempo y en el nadir; Tú en todas

las transfiguraciones y en todo el padecer;

Tú en la capilla fúnebre y en la noche de bodas;

Tú en el beso primero y en el beso postrer.

 

Tú en los ojos azules y en los ojos obscuros;

Tú en la frivolidad quinceañera, y también

en las graves ternezas de los años maduros;

Tú en la más negra sima, Tú en el más alto edén.

 

Si la ciencia engreída no te ve, yo te veo;

si sus labios te niegan, yo te proclamaré,

por cada hombre que duda, mi alma grita: “Yo creo”

¡Y con cada fe muerta se agiganta mi fe!

 

 

Jose Carlos Fernández

Lisboa, 25 de mayo del 2019

 


[1] Del libro Elevación, poema de 1915.

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