Arte

¿Estética de la cabeza o estética del corazón?

En el opúsculo o capítulo “Los dos Senderos” perteneciente al maravilloso libro “Voz del Silencio”[1], importantísimo tratado de la mística del budismo mahayana, leemos:

“Ve en busca de los Senderos. Pero, oh discípulo, sé limpio de corazón antes de emprender el viaje. Antes de dar el paso, aprende a discernir lo verdadero de lo falso, lo siempre fugaz de lo siempre eterno. Aprende sobre todo a distinguir la Sabiduría de la Cabeza de la Sabiduría del Alma, la doctrina del “Ojo” de la del “Corazón”.

Verdaderamente, la ignorancia se asemeja a un vaso cerrado y sin aire; el alma es como un pajarillo preso en su interior. NO gorjea ni puede mover una pluma, mudo y aletargado queda el cantor, y exhausto muere.

Pero aún la ignorancia misma es preferible a la Sabiduría de la Cabeza, si esta no tiene la Sabiduría del alma para iluminarla y dirigirla.

Las semillas de sabiduría no pueden germinar y desarrollarse en un espacio sin aire. Para vivir y cosechar experiencias, necesita la mente anchura y profundidad y fines que la traigan al Alma-Diamante.”

No es necesario leer la Estética de Hegel ni el Tratado de lo Sublime de Kant para saber que durante toda la Historia del Arte, por lo menos hasta principios del siglo XX, la belleza de una pintura, escultura, arquitectura, danza o música era medida por su capacidad de conmover la sensibilidad del alma y el corazón humano. Platón dice que lo Bello (e incluye, evidentemente a la belleza de la más perfecta e inimitable de las obras, la de la Naturaleza que nos rodea) es la huella de lo Verdadero, que en la belleza hay siempre una verdad que nos conmueve, bien la podamos racionalizar o no. Pero es una huella en el corazón, una admiración o compresión intuitiva, una agitación interior del alma tratando de salir de su cárcel en presencia de elementos afines y armónicos a ella. Es una huella que nos hace derramar lágrimas de profunda emoción, o de gratitud. Una huella que despierta nuestra capacidad de amar, como lo hace toda verdadera belleza, que nos abre al misterio de todo lo que vive y alienta, que incendia nuestro corazón con su llama eterna. No es una huella que haga arder nuestra cabeza, no es una belleza que necesite ser explicada (aunque pueda serlo, a priori o a posteriori, del mismo modo que es necesario educar el oído para oír, quizás el Parsifal de Wagner), no aumenta nuestra complejidad cerebral, aunque sí nos ponga de cara al abismo de lo paradójico con su desnuda simplicidad. No nos complica la vida intelectualmente, sino que amplía los horizontes y el vínculo con todo lo que existe. No nos encierra en la redoma de nuestro egocentrismo, sino que abre las ventanas a la luz encantadora de esta belleza, y abre aún la puerta, incitándonos a caminar, a no quedarnos en lo que hasta ahora creíamos, falsamente que éramos nosotros mismos, en el presente nacido de los detritus del pasado.

Y quizás fue el mismo Hegel el que abrió con su dialéctica materialista la puerta hacia la desacralización del arte, cuando dijo que había perdido su vitalidad, que ya no era necesario:

“El arte fue y sigue siendo para nosotros, en cuanto a su supremo destino, una cosa del pasado. Ha perdido para nosotros su propia verdad y vitalidad, y ha quedado relegado en nuestra representación, de manera que no afirma ya en realidad su necesidad y no ocupa ya el lugar más alto”. Penosa declaración, con más penosas consecuencias.

Y si decimos que la verdadera belleza conmueve y deja una huella en el corazón, es porque nos hace derramar lágrimas, sangre del alma que al sentir su llamada, siente también su cárcel.

Con el siglo XX -y como una consecuencia de la cada vez mayor sequía mental que ya se arrastraba del siglo XIX- un materialismo brutal, vicioso, falto de todo tipo de axiología ni teleología –o sea, sin principios ni fines, como no sea su avidez por devorar todo lo bueno bello y justo que aún vive en al alma humana-, un materialismo ponzoñoso, como un Minotauro en el laberinto de nuestra ignorancia y egoísmo; el arte –no el verdadero, claro está- se va despojando de su búsqueda de la belleza, de la llamada de los mundos sutiles y perfectos, y comienza a querer convertirse en experiencia, o peor aún, en experimento. En un juego mental, según lo vemos, por ejemplo, en los volúmenes como en el cubismo de Picasso, o en su Guernica destartalado (un fraude, pues no fue una pintura en contra del famoso bombardeo, sino reutilizado lucrativamente ad hoc), o en los surrealismos oníricos de un Dalí, o en las simples alucinaciones de un Kandinsky y toda su cohorte de imitadores, en los fractales de Pollock, o en el infame urinario (“La Fuente”, perdón) de Duchamp, o en el 99.5 % (con benevolencia), del llamado arte abstracto y aún del figurativo del siglo XX, con prolongaciones tóxicas en el XXI. Ahí falta el aire, el alma muere, ahogada, las “semillas de la Sabiduría” no pueden crecer y desarrollarse, pues lo que arde es el cerebro, intentando comprender no sabe qué, o aceptando, no estoicamente, sino estúpidamente esa declaración anticonstitucional de pseudobelleza. Nadie sale purificado, mejor, más bueno, más simple, más noble, más liviano o luminoso después de ver estas obras. Nadie (siempre habrá alguien, vaya, Dios sabe por qué motivos) derrama lágrimas de amor y belleza, pues no nos hace comulgar con el sentido de la vida, sino en todo caso, con la hiel de lo absurdo.

La verdadera estética del arte lo es del corazón, y nunca de la cabeza. Esa, la “estética de la cabeza” es una aberración, uno de los monstruos que hemos legado nolens volens a la posteridad, pero que serán barridos por los vientos del futuro, y que ya en el presente son despreciados[2], pues con su burla ríen las mandíbulas babeantes del “Minotauro devorador de almas”. Repito, la medida de la belleza es ese rapto del alma que se convierte en lágrimas de emoción y gratitud. Esa es la verdadera Estética, la del Corazón, la de las estructuras resonantes con el Alma del Mundo, la Escalera de Jacob por la que descienden los ángeles y se elevan los hombres, como en el cuadro sublime de William Blake. La que nos trae una felicidad que no es de esta tierra, y una verdad que trasciende lo prosaico y lo mediocre, pues nos llama y sonríe desde el infinito. La belleza no es una luz que va desde el cráneo a la obra de arte, queriendo descifrarla sino una luz que desde ella irradia al corazón, desvelándole un misterio, aunque después sea incapaz el observador de dar forma mental a esta verdad.

Hace muy poco tiempo han subastado y expuesto el cuadro sublime Salvator Mundi, de Leonardo da Vinci, obra que pasará a la historia de un modo más irrevocable aún que su Gioconda. Y han tenido la feliz idea de filmar con detalle (y sin que se enteren, para no perder la naturalidad) a quienes se detienen pasmados, frente a esta obra. ¡Magnífica iniciativa! En el documental “The Last Da Vinci”, de unos cinco minutos, aparecen los rostros extasiados, la admiración profunda, el pasmo (con bocas abiertas, incluso), la inmovilidad reverente –ante el terror sagrado de lo sublime-y, sobre todo, las lágrimas en los ojos, y en una serenidad que se quiebra ante la profundísima emoción, inundada por esta. Ahí está el verdadero sello de la Belleza y del Arte, con mayúsculas, no lo busquemos en otro sitio, ahí está la verdadera Estética, que es la del corazón. Siempre lo fue, cómo pudimos olvidarlo.

Jose Carlos Fernández

Almada, 31 de octubre del 2019


[1] Obra que perteneció al corpus secreto del Kangyur o Canon del Budismo Tibetano, pero que fue entregado al público y traducido, por primera vez, en 1889, por Helena Petrovna Blavatsky.

[2] Véase la película sueca “The Square”, de Robert Öslund, que se ríe sin tapujos del arte moderno y la estupidez que arrastra, y que ha ganado la Palma de Oro en el festival de Cannes en el 2017.

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