Filosofía

Necesidad de vínculos humanos

“¡Oh, los que creéis! De lo que os hemos concedido, gastad en la limosna antes de que venga un día en que no habrá ni venta, ni amistad, ni intercesión, y en el que los infieles serán los injustos”

Azora 2, 255

 

He leído esta máxima del Corán y me ha llamado poderosamente la atención. Evidentemente se refiere al Día del Juicio, sea cual sea el significado de este Día. O sea, al momento en que se agota el tiempo asignado a las almas que trabajan, y en el que ya, por lo menos de momento, no habrá más oportunidades.

En una clave psicológica es cuando se sale de un escenario, por ejemplo, la vivencia de un Ideal, en el que el alma canta como un pájaro al amanecer y la puerta se cierra detrás de manera que en esta vida el karma quizás no permita entrar de nuevo. Y las esperanzas y sueños de perfección y avance se van apagando como una llama sin aire con que arder.

En otra clave es la muerte que nos hará penar no porque simplemente llegue, con más o menos dolor, sino porque nos daremos cuenta del infierno o purgatorio de no haber cumplido todo lo que se esperaba de nosotros, y no sólo de los errores cometidos, sino del bien que dejamos de hacer o por ignorancia, o por falta de atención o simplemente por comodidad, “tamas”, termino hindú que podemos traducir como pesadez, inercia, descomposición.

En otra clave aún superior, debe significar el tiempo asignado a la Humanidad como un todo y a cada una de las partes, como las gotas de un gran río que llegan al mar o simplemente se estancan, llegada la Hora, con mayúsculas. La afirmación coránica en que Alá proclama ser “el señor de Sirio”, quizás tenga que ver con ello, pues el equivalente hindú, o Sanat Kumara es también el Señor del Tiempo.

Esta frase es repetida con ciertas variantes en el Libro Sagrado del Islam, por ejemplo, en el mismo capítulo, antes, dice:

“Temed el día en que una Alma no será compensada por otra en nada, ni será de utilidad la intercesión por ella, ni los impíos serán socorridos” Azora 2, 117

En la que aparece al principio del artículo, dice “y en el que los infieles serán injustos”, un término muy semejante al de la religión egipcia, que lo expresaría como el alma que no siendo fiel a Osiris, no pasó, al violar alguna (s) de las 42 reglas de Maat, el tribunal en que es juzgada. Si lo pasa, que es como “llegar a la otra orilla” del budismo, o al Nirvana, es porque ha sido “justificada”.

De todos modos no es esto lo que más me ha llamado la atención de esta enseñanza o profecía. Sino la afirmación “un día en que no habrá venta, ni amistad, ni intercesión”, y en el sentido de un análisis histórico o del estado crítico de nuestras sociedades, abrumadas por la esclavitud moral y el miedo, y las almas paralizadas por el individualismo. Cuando dice “venta” no lo dice, como podríamos creer, de modo peyorativo, y simbólicamente significa que uno puede, como en “la amistad” dar al otro algo de su corazón y recibir del corazón del otro, creándose así una relación, un vínculo, que nos permita atravesar la vida, felizmente juntos, cada vez más unidos en esta red de Yoes o unidades juntas, entrelazadas, fuertes, enfrentando así las dificultades. Pues la vida es vínculo, compromiso, dación y recepción, y esto no sólo es válido en lo químico, lo biológico o en lo animal, sino también, en una medida superior, en lo moral, en las naturalezas humanas, que son, decía Demócrito, como átomos que en sucesivas uniones y separaciones van tejiendo el hilo de la existencia.

El sueño que precede a la muerte, o el alejamiento de la realidad que precede a la destrucción es cuando se vive de forma onírica, individual, sin relación con nadie ya, en una especie de onanismo psicológico y estéril y en el que el tiempo mismo como ritmo evolutivo desaparece, al abismarse el alma en la nada.

O sea, desde cierta perspectiva, quizás esta máxima del Corán signifique el estado en que una sociedad muere, pues no corre la vida entre sus miembros, no hay ya vínculos ni compromisos asumidos libre y conscientemente entre ellos, cada uno vive para sí, y aunque trabaje como un esclavo para el “sistema”, es como un esclavo, como una maldición, pues no se siente ya de corazón en ninguna sociedad, y a nadie pertenece ya, como no sea a sus egoísmos y deseos vanos y absurdos, que lo desgarran y lo van disolviendo, fagocitando. Es el precio del individualismo a ultranza, de no creer en nada, de no comprometerse con nada, de observar la vida como un mero espectador alucinado, pues sin vínculos no hay forma de integrarse en ella y sentir la alegría de su acción transformadora.

La pandemia de los teléfonos móviles, y demás familia tecnotrónica, como antes lo hicieron los ordenadores y aún antes la televisión, al no encontrar la medida y dominio de su uso nos arrastra a esta soledad, a este individualismo envenenado, cada uno en sus fantasías oníricas. Con relaciones que no son tales, con vínculos que no lo son, con amistades que jamás lo serán, mendigando un “me gusta” o simplemente un nuevo click. Sin silencios y profundidad para crear algo realmente válido, sin conversaciones que nos enriquezcan verdaderamente y devuelvan el sentido de la vida, sin una moderación o justa apreciación que nos impida caer en en las redes o garras de cualquier pseudogurú estúpido pero aprovechado, o en una creencia fosilizada inútil, o en cualquier tipo de aberraciones que hoy campean libremente, como jinetes de un apocalipsis moral y por tanto social, espectros que van deformando las almas y arrebatándoles su dignidad humana.

Es necesario crear y afirmar vínculos entre unos y otros, hacer culto a la verdadera amistad, hablar con la gente, conocida o no, como seres humanos, no como autómatas. Crear, buscar, aprovechar las oportunidades para estar juntos, abrir las puertas del corazón, que no es debilidad, sino generosidad y fortaleza; afirmar nuestras convicciones sin herir a nadie, fruto maduro del estudio y la reflexión; hablar con sinceridad, mesura y aún inocencia, como el Principito de Saint Exupèry o el Idiota de Dostoievsky, sin egocentrismos, y escuchar con toda el alma. Quizás en el tiempo en que vivimos hoy, en que nadie escucha a nadie, y los diálogos son de sordos, el mejor ejercicio de “yoga”, o de mística real sea escuchar con toda el alma al prójimo, y con tal interés que surja lo más luminoso del otro, que arda así con luz humana ante la atención que le prestamos. Oír intentando comprender, sin juzgar –y por lo tanto, sin condenar-pues carecemos de altura moral para pesar las almas.

Consideremos perdida toda oportunidad en que no vayamos de corazón al encuentro del otro, pues seguro que es en él que hallaremos lo mejor de la vida.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 23 de octubre del 2018

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