esoterismo

La leyenda de los Siete Durmientes de Éfeso

Hace un tiempo tuve el privilegio de visitar en Éfeso[1], Turquía, la gruta a que alude la “Leyenda de los Siete Durmientes”.

A diferencia de la magnífica y monumental ciudad jonia, transitada por ríos de miles de turistas, apenas había nadie aquí, ya que esta leyenda es poco conocida del ciudadano medio, y salvo que exista un interés religioso muy definido, poco valor se le da.

Sin ningún tipo de constatación histórica del suceso, dice esta leyenda que en tiempos del emperador romano Decio, en el siglo III d.C. y de sus persecuciones a los cristianos; siete jóvenes fueron interrogados sobre sus creencias. Temiendo ser ejecutados se refugiaron en esta gruta cercana a Éfeso, y durmieron plácidamente durante… cientos de años, despertando en el siglo V, en época del emperador  cristiano Teodosio II. En lo que ellos pensaron que era la mañana siguiente, uno de ellos fue a la ciudad, de incógnito, para comprar pan, y al ir a pagar con monedas de hacía varios siglos, fue detenido, al pensarse que había encontrado un tesoro oculto (al parecer, esto debería ser anunciado a las autoridades ). El joven se extrañó de ver cruces e iglesias por todas partes, y me imagino, también de ver en ruinas todos los monumentos clásicos y toda la lepra fealdad de este siglo aciago, el consumado fin ya, del Imperio Romano. En efecto, la ciudad era tan distinta, que cuando preguntó por su nombre y le respondieron que Éfeso, le pareció increíble. Se extrañó también que todos pronunciaran el nombre de Cristo, cuando, un día antes, nadie se atrevía a ello. Ninguno de los familiares mencionados estaba vivo ni existía de ellos memoria, y las gentes de la ciudad, pensando ser inicialmente una broma o engaño, constataron que era cierto al ir a la cueva donde habían quedado los otros jóvenes esperando. Confirmado el milagro, los jóvenes murieron, ahora de verdad, en la cueva donde se les rindió culto como santos, y al lugar, como sagrado. En la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine se mencionan además sus nombres: Maximiano, Malco, Marciano, Dionisio, Juan, Serapión y Constantino. En otras versiones los jóvenes continuaron dormidos esperando un futuro despertar.

Encontramos escrita en griego esta leyenda ya en tiempos de Esteban, obispo de Éfeso, en el año 449. De esta lengua se tradujo a otras, generando, por lo menos, diez versiones distintas, entre ellas, la copta, la siríaca, la etiópica, la árabe, y la armenia. Mahoma, no sólo conoce esta leyenda, sino que le da una vital importancia que analizaremos después, incluyéndola en la sura 18 del Corán. Tampoco les era ajena esta leyenda a los mismos tártaros del Asia Central.

A Occidente llega, en latín, de la mano de San Gregorio, obispo de Tours, ya en el siglo VI, en un resumen que hace en su obra “De gloria martyrum”. Esta será la base de todas las posteriores versiones, cada vez más modificadas, como en las obras de Eduardo el confesor, Pablo el Diácono, y especialmente la ya mencionada Leyenda Dorada. Comienza a aparecen representadas pictóricamente en los diferentes códices, donde ya, como en la miniatura del Maître François (del año 1463), se les tortura y empareda.

Y así, el mito se extiende a la literatura inglesa, francesa, germánica, irlandesa, etc. En España, por ejemplo, Agustín Moreto (1618-1669) escribe “Los más dichosos hermanos o los siete durmientes”. Con las adaptaciones se tergiversan desde el nombre del emperador, pues se habla de Daciano, hasta el número de años que durmieron, unos dicen 144 (cifra de gran valor simbólico por ser 12 al cuadrado) hasta 362.

¿Y qué dice al respecto la arqueología? En 1937, excavaciones realizadas en la gruta de Éfeso y cercanías hallaron un cementerio subterráneo sobre el cual, y ya a finales del siglo IV fue construido algo semejante a las basílicas romanas que eran erigidas sobre las tumbas de los mártires. Entre los restos encontraron grafitos escritos en lengua griega haciendo referencia a estos Siete Santos, dos invocaciones a estos mismos y una oración “al Señor de los Siete Jóvenes”. Todo el recinto incluía 700 cuevas más, y se sabe que era un lugar de peregrinación por lo menos desde los inicios del periodo bizantino.

Este es el principal centro de culto, pero no el único, y los hallamos en Paphos (Chipre), y en muchos otros lugares de diferentes países como Italia, Francia y Alemania.

Y hay otro, de extrema importancia, pues es al que se refiere Mahoma cuando habla de la peregrinación al lugar de los Siete Santos, y que está en Arabissos, en la  Capadocia. Obviamente, también en este lugar se han hallado iglesias rupestres con pinturas que representan a estos mismos Siete Durmientes. Lo importante es que en la versión islámica estos siete caballeros místicos están aún dormidos, esperando la llamada de Alá –la gran Ley que gobierna toda existencia- para despertar y erguirse como adalides de un Mundo Nuevo, embanderando el Ideal de la Futuwah, la caballería espiritual. Aquellos que se consagran a estas andaduras caballerescas y espirituales son los “Amigos de Dios” y defensores de Su Justicia en el mundo. Como el Quijote, pues es evidente que Cervantes se inspiró en ellos, su Ley es la de Dios y a nadie más deben cuentas. Místicos de la fe y guerreros, hallamos un ejemplo de esta Futuwah en la fraternidad pitagórica y guerrera de los Assasine, en los muridines de Portugal junto a Ibn Qasi, o en los mismos templarios.

En la sura de la Caverna, 18, del Corán, en que se habla de estos Siete Durmientes dice:

“Cuando los jóvenes, al refugiarse en la caverna, dijeron: “¡Señor! ¡Concédenos la misericordia de Ti y haz que nos conduzcamos correctamente! Y les hicimos dormir en la caverna por muchos años (…) Eran jóvenes que creían en quienes habíamos confirmado en la buena dirección. Fortalecimos su ánimo cuando se levantaron y dijeron: “Nuestro Señor es el señor de los cielos y de la tierra”

“Les hubierais creído despiertos cuando, en realidad dormían. Les dábamos vuelta a la derecha y a la izquierda, mientras su perro estaba en el umbral con las patas delanteras extendidas. Si les hubieras visto, te habrías escapado de ellos, lleno de miedo” (…)

“Unos dirán: “Eran tres, cuatro con su perro. Otros dirán: “Eran cinco, seis con su perro”, conjeturando sobre lo oculto. Otros dirán: “Eran siete, ocho con su perro”. Di: “Mi Señor sabe bien su número, sólo pocos les conocen”. No discutas, pues, sobre ellos, sino someramente, y no consultes sobre ellos a nadie.”

Esta leyenda, más las mismas declaraciones del Corán, nos hacen identificarlos míticamente con los Caballeros de Arturo, que como los pétalos de un Loto duermen rodeando a su Señor, esperando el momento de las nuevas gestas y aventuras de un Tiempo Nuevo, en que resplandezca la Luz de Dios y sean Ellos sus nuevos paladines. Mientras el mundo y el hombre viejo se deshacen, viven esperando como semilla de un Mundo y Hombre Nuevo. Duermen esperando el augurio del cuervo negro, la pura espiritualidad que no pacta jamás con las sombras sensuales de la materia, sólo ella es capaz de atravesar ese tiempo en ruinas. Es fácil ver en esta alegoría, y en el perro que guarda la entrada a la Cueva Santa, sentado con las patas extendidas, a Anubis, el Guía en la Oscuridad, Rey de los iniciados;  y a los Siete Durmientes, por un lado, los Arquetipos de un nuevo ciclo que esperan ser plasmados en el futuro, y por otro a estos seres casi míticos que la tradición esotérica llama “Los Durmientes”, en diferentes lugares de la Tierra, pues donde uno de Ellos “dormía” era lugar de peregrinajes santos desde tiempos inmemoriales. Antes de Cristo, antes de Roma, antes de los Imperios Asirios y Persas, antes incluso del Neolítico. Recordemos que antes de “encontrarse” el cadáver de Santiago en Compostela, había peregrinaciones a este mismo lugar miles de años antes, y que su imagen de “Caballero con Espada en Llamas, sobre blanco corcel” poco cuadra en verdad con lo que sabemos del discípulo de Cristo. Estos Durmientes son las columnas eternas de la Caballería Celeste y encarnaciones de la Justicia de Dios en el mundo.

Acaso la montaña sagrada donde según la leyenda, reposan los restos de estos Siete Durmientes, estaría asociada ya al culto de una de estas columnas de luz. Nos sorprendió mucho, al visitar el lugar, que en la roca, aquí y allá, había escaleras talladas, como para hacer ofrendas a la Luz del Cielo, y que éstas son de origen precristiano y aún prerromano. Las encontramos en Portugal en el Santuario a Endovélico, el Dios más importante prerromano de esta tierra; en el altar en Ulaca, Ávila en España y en tantos otros lugares. Lo que significa que ese lugar, o esa roca eran ya sagradas, y que desde un tiempo difícil de precisar, los que morían querían ser enterrados ahí, como varios siglos  o milenios después los obispos y nobles iban a querer ser enterrados en el recinto sagrado de una iglesia. Lo sagrado es previo a lo funerario, lo sagrado es previo al comercio y a la agricultura, como acaba de demostrar también en Turquía el yacimiento de Gobekli Tepe. Lo sagrado es previo a todo, es lo primero, pues sólo con la conciencia de lo sagrado, como un sello de eternidad en el alma humana, el ser humano se convierte en tal, y asume su verdadera responsabilidad ética. Mal que le pese a ultrarracionalistas prisioneros en su misma razón, una casa sin ventanas, como Ayn Rand o Bertrand Russell, que nos martirizan con su ciego poderío mental. Pues una mente que no mira más allá de ella, como un espejo que no mira al cielo, es una quimera del más refinado egocentrismo y anuncio de la más perfecta, vacía y estéril soledad.

 

Jose Carlos Fernández

31 de octubre del 2015


[1] He usado como referencia bibliográfica, para estas notas y reflexiones, los artículos “La Leyenda de los Siete Durmientes” en la revista virtual “Aletheia, Academia para una Literatura sin Velos”; y el artículo “Los Siete Durmientes de Éfeso” de Antonio Barrero, en la página “Pregunta Santoral”.

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