Literatura

Fernando Pessoa y el poema dedicado a la muerte, «La Partida»

Extiendo los brazos hacia ti como un niño

Desde el cuello del ama ante el aparición de la madre…

Por ti dejo contento mis juguetes de adulto,

Por ti no tengo parientes, no tengo nada que me prenda

A este prodigioso, constante y enfermizo universo…

Todo lo Definitivo debe estar en Ti o en parte ninguna.

 

El escritor portugués Fernando Pessoa, dadas sus inquietudes místicas y filosóficas y su abundantísima obra es lógico que haya mencionado o tratado el tema de la muerte en muchos de sus poemas o en su prosa. Pero quizás en ningún otro texto como en “LA PARTIDA” lo haya abordado de un modo tan específico, tan directo, tan minucioso, con tanta profundidad, tan magistralmente.

Este poema pertenece al conjunto de manuscritos nunca editados en vida del autor, guardados en su famoso “baúl”, un cofre de tesoros, una puerta de entrada hacia la dimensión íntima del poeta, con sus cumbres y valles, desiertos, estepas nevadas y selvas peligrosas. Ha sido clasificado como perteneciente al heterónimo “Alvaro de Campos” uno de los “alter-ego” del poeta, en la forma de vigoroso ingeniero, exaltado, a veces casi histérico, decadente primero, intimista después, su heterónimo más fecundo en poesías.

Recordemos que para Fernando Pessoa todo poeta es un “fingidor”, o sea que vive con la imaginación y se realiza en ella, “fingiendo”. Este poema sobre la muerte sigue esta dialéctica, el autor imagina todo el proceso de la muerte y lo que hay más allá. Por ser poeta hay también toda una fuente de intuiciones que hacen admirable lo que dice. No sólo por su excelente cultura y formación, por haber estudiado las tradiciones esotéricas y aun teosóficas sobre el proceso de la muerte, sino por su exquisita sensibilidad y por su genio, es muy difícil no quedar conmovido por los poemas que forman este opúsculo. Es un verdadero tratado sobre la muerte, modelado evidentemente con la imaginación, con su imaginación, pues no hay “ciencia” al respecto. O mejor,  ésta casi nada dice y hay tantas enseñanzas tan contradictorias en las diferentes religiones que es mejor enfrentar este tema con el alma desnuda y con el sentido de aventura de quien va en pos del misterio y no con los ojos vendados o en el tanque de insensibilidad de ningún tipo de creencia.

O sea, que nada puedo afirmar sobre la certeza de si lo que dice es así o no. Desde luego coincide en gran parte con lo que enseñan las viejas tradiciones mistéricas. Pero lo que dice lo hace de tal modo que puede llevar a una verdadera catarsis. No es ciertamente como el poeta Amado Nervo cuando en su famoso poema sobre la muerte escribe

“Arco Triunfal de mármol negro

Po donde pasa, dignificada

El alma que sin cesar luchó”

Esto es poético y heroico, y el poeta mexicano ve a la muerte con los ojos de filósofo, desde afuera.

En el opúsculo de Fernando Pessoa la ve desde dentro, como si estuviera en el proceso mismo de morir, es psicodélica y puede llegar a confundir. Pero en la grandeza de su genio y conocimiento, puede aclarar muchas dudas, y generar una vivencia extática que ilumine, aunque con luz difusa, psíquica, el panorama de lo desconocido. Y desde luego, a nivel literario, es sublime, y de una autenticidad que centellea y sobrecoge. Es una confesión del alma, y lo escribe para sí mismo, ante su espejo en un ejercicio de purificación y libertad interior. No es difícil pensar que en el momento de su misma muerte oiría estos versos augurales de su viaje al más allá.

Espero, lector, que lo disfrutes como yo lo he hecho al traducirlo, aunque sé que parte del ritmo mágico y encantamiento de un poema se pierde definitivamente al llevar sus imágenes mentales a otra lengua. Y pido disculpas a los puristas del español, pues a veces he obligado a la lengua a hacer contorsiones aun prohibidas para expresar de la mejor manera posible –en mi opinión- lo que el poeta ha escrito en portugués.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 6 de Septiembre del 2018

 

LA PARTIDA, de FERNANDO PESSOA

 

A

 

Ahora que los dedos de la Muerte alrededor de mi garganta

Comienzan sensiblemente la presión definitiva…

Y que tomo conciencia desorbitando mis ojos,

Miro hacia atrás, reparo en el pasado

Veo quien fui, y sobre todo quien no fui,

Considero lúcidamente mi pasado confuso

Y creo que hubo un error

O en yo vivir o en vivir así.

 

¿Será que siempre cuando la Muerte nos entra en el cuarto

Y cierra la puerta con llave por dentro,

Y la cosa es definitiva, inexorable,

Sin Cour de Cassation para nuestro destino concluido,

Será que siempre, cuando la medianoche suena en la vida,

Una exasperación de calma, una lucidez indeseada

Despierta como una cosa anterior a la infancia en nuestra partida?

Último ímpetu, extenuante claridad, de llama que a continuación se apaga,

Frío esplendor de fuego de artificio antes de la ceniza completa,

Tormenta máxima sobre nuestras cabezas, por donde

Se sabe que la tormenta, por haber llegado a su auge, decreció.

 

Me vuelvo hacia el pasado.

Siento que me hieren la carne

Miro con esa especie de alegría de lucidez completa

Al fracaso instintivo que hubo en mi vida.

¡Van a apagar la última lámpara

En la calle amaneciente de mi Alma!

¡La última lámpara que apagan!

Pero antes de que vea la verdad, la presiento

Antes que la conozca, la amo.

Me vuelvo hacia atrás, hacia el pasado, no vivido;

Miro y el pasado es una especie de futuro para mí.

 

Maestro, Alberto Caeiro, a quien conocí al principio

Y a quien después abandoné como un apunte inservible,

Hoy reconozco el error, y lloro dentro de mí,

Lloro con la alegría de ver la lucidez con que lloro

Y me siento feliz con mi muerte y mi fracaso sin fin,

Me siento feliz al descubrirla, sólo al saber quién es ella.

Me levanto al fin de las almohadas casi cómodas

Y vuelvo a mi sano remordimiento.

 

B

 

¡Ave atque vale[1], oh asombroso universo!

Ave atque vale, de qué diversa manera

Yo te veré, y será definitivamente,

Si es que hay aún más vida, más modos de conocerte

Más lados desde donde mirarte –y tal vez nunca te veré desde el Único-

Sea como fuere, ¡Ave atque vale, oh Mundo!

 

Partiré en dirección a aquel aspecto tuyo que la Muerte debe revelarme

Con el corazón angustiado, el alma ansiosa, la mirada vaga,

Y toda la conciencia de la aventura poniéndome ondas en la sangre…

Yo partiré hacia la Muerte, sin nada que espere encontrar

Pero dispuesto a ver cosas prodigiosas del otro lado del Mundo.

 

Ave atque vale, ¡oh Universo espontáneo!

Verde desgranado en hierbas en los prados contentos,

Verde oscuro en las copas de los árboles al viento,

Oscura blancura del agua,

Plumaje invisible en los matorrales

Garras de sombra inmaterial de los vendavales,

Grandes extensiones […] de los mares

Curso evidente de los ríos

 

¡Ave atque vale! ¡Hasta Dios! ¡Hasta mí! ¡Hasta vosotros!

 

Cuando abandone mi ser como una silla cuando me levanto

Y deje atrás el mundo como un cuarto de donde salgo,

Y abandone toda esta forma, de sentidos y pensamiento, de sentir las cosas,

Como una capa que me prende.

Cuando vea mi alma llegar a la superficie de mi piel

Y dispersar mi ser por el universo exterior,

Sea con alegría que yo reconozca que la Muerte

Viene como un sol distante en la alborada de mi nuevo ser.

 

En un viaje oblicuo de mi lecho de moribundo

Viaje en diagonal a las dimensiones de los objetos

Hacia el rincón del techo más lejano, la cama se levantará del suelo,

Se levantará como un globo ridículo y seguirá

Como un tren sobre los carriles directamente…

 

No tengo miedo, oh Muerte, a lo que no deja entrever

Tu postigo prohibido en tu puerta sobre el mundo.

 

Extiendo los brazos hacia ti como un niño

Desde el cuello del ama ante el aparición de la madre…

Por ti dejo contento mis juguetes de adulto,

Por ti no tengo parientes, no tengo nada que me prenda

A este prodigioso, constante y enfermizo universo…

Todo lo Definitivo debe estar en Ti o en parte ninguna.

 

C

 

Y yo lo complejo, yo lo numeroso,

Yo la saturnalia de todas las posibilidades,

Yo el quebrar del dique de todas las personalizaciones,

Yo lo excesivo, yo lo sucesivo, yo lo […]

Yo lo prolijo hasta de continencias y detenciones,

Yo que he vivido a través de mi sangre y de mis nervios

Todas las sensibilidades correspondientes a todas las metafísicas

Que he desembarcado en todos los puertos del alma,

Pasado en aeroplano sobre todas las tierras del espíritu,

Yo el explorador de todas las selvas del raciocinio,

El creador de Weltanschauungen[2],

Pródigo sembrador por mi propia indiferencia

De corrientes de lo moderno todas diferentes

Todas en el momento en que son concebidas verdades

Todas personas diferentes, todas yo-mismo sólo,

¿Moriré yo así? No, el universo es grande

Y da la posibilidad de que sucedan cosas infinitas.

No, todo es mejor y mayor de lo que pensamos

Y la muerte revelará cosas absolutamente inéditas…

Dios estará más contento.

Salve, oh cosas nuevas, que me vais a suceder cuando yo muera,

Nueva movilidad del universo despuntando en mi horizonte

Cuando definitivamente

Como un vapor abandonando el muelle en un largo viaje,

Con la banda de abordo tocando el himno nacional del Alma

Yo, enviado a X, perturbado por la partida

Pero lleno de la vaga esperanza ignorante de los emigrantes,

Lleno de fe en lo Nuevo, de Creencia limpia en Ultramar,

Eia –por ahí fuera, internado en esos mares,

Buscando mi futuro –en las tierras, lagos y ríos

Que vinculan la redondez de la tierra –todo el Universo-

Que oscila a la vista. Eia por ahí fuera…

Ave atque vale, oh prodigioso Universo…

Habrá primero

Una gran aceleración de las sensaciones, un […]

Con grandes derrapes en los caminos de mi conciencia,

Y hasta el aterrizaje final de mi aeroplano)

Un gran conglomerado de sensaciones sin continuidad,

Veloz silbido voraz del espacio entre el alma y Dios

De mi […]

Mis estados de alma, de sucesivos, se convertirán en simultáneos,

Toda mi individualidad se arrugará en un solo punto,

Y cuando, listos para partir,

Todo cuanto vivo, y lo que viviré más allá del mundo,

Sea fundido en un solo conjunto homogéneo e incandescente

Y con un tal aumentar del ruido de los motores

Que se convierte en un ruido ya no férreo, sino sólo abstracto,

Iré en un silbido de sueño de velocidad por lo Incógnito

Dejando prados, paisajes, villas de los dos lados

Y cada vez más en los confines, en los lejos de lo cognoscible,

Surco de movimiento en el astillero de las cosas,

Nueva especie de eternidad dinámica ondeando a través de la eternidad estática.

 

s-s-s-ss-sss

z-z-z-z-z-z  automóvil divino

 

D

 

Y cuando el lecho está casi al pie del techo

Y yo mirando hacia atrás, por esta garita el cuarto entero con sus armarios

Y sintiendo en el alma el movimiento de hélice del navío,

Veré ya todo a lo lejos y diferente y frío…

Mis sensaciones en una ciudad amontonada distante

Y al fondo, por detrás de ellas, el universo entero, puente que muere…

 

E

 

La muerte, ese peor que tiene forzosamente que suceder;

Ese caer al fondo del pozo sin fondo;

Ese oscurecer universal hacia dentro;

Ese apocalipsis de la conciencia, con la caída de todas las estrellas.

 

Esto que será mío un día,

Un día muy cerca, muy cerca,

Pinta de negro todas mis sensaciones,

Y es arena sin cuerpo escurriéndome entre los dedos

El pensamiento y la vida.

 

La estación en el desierto, desierta;

El intérprete mudo;

El muñeco humano sin ojos ni boca;

Embanderado a fuego fatuo

En un mar que es sólo puro espacio

Bajo un cielo sacudido por relámpagos negros…

Siniestra singladura, roída de gusanos audibles la quilla senciente

Y sean los mástiles dedos de ámbar, lejanísimos,

Apuntando al vacío de las cosas (que es el abismo en todo)…

Las velas de un cortinado rojo lindo y mate

Se abran al viento que sopla de un agujero enorme y sin fin,

Y comiencen, fuera del tiempo, un viaje al fin de todo.

Se estira un horror consciente en el gemir de los cabos…

El ruido de la madera que cruje está dentro del alma…

El avance velocísimo es una cosa que falta…

Y si la vida es horizontal, esto sucede verticalmente…

 

F

 

¡Entremos en la muerte con alegría! Caramba

Tener que vestir un traje, tener que lavar el cuerpo,

Tener que tener razón, semejanzas, maneras y modos;

Tener riñones, hígado, pulmones, bronquios, dientes.

Cosas donde hay dolor y sangre y molestias

(¡A la mierda con todo ello!)

 

Estoy muerto, de tedio también

Me golpeo, riéndome, con la cabeza en los astros

Como si diese con ella en un arco de papel

Extendido, en el carnaval, de un lado al otro del pasillo,

Iré vestido de astros; con el sol por sombrero de hongo

En el gran Carnaval del espacio entre Dios y la vida.

 

Mi cuerpo es mi ropa de abajo; ¿qué me importa

Que su carácter de basura sea tierra en el sarcófago

Que aquí o allí se lo coma entero la polilla orgánica?

Yo soy Yo,

¡Viva yo porque estoy muerto! ¡Viva!

Yo soy yo

¿Qué tengo yo que ver con la ropa-cadáver que abandono?

¿Qué el culo con los pantalones?

¿Es que tendremos acaso calzoncillos por todo el infinito?

Y bien, ¿el más allá de los astros, no me dará otra camisa?

¡Diablos! ¡Debe haber tiendas en las grandes avenidas de Dios!

 

Yo, asombroso y deshumano,

Indistinguible ante esfinges claras,

 

Voy a vestirme con estrellas

Y voy a usar el Sol como bombín

En este gran carnaval del después de la muerte.

Voy a trepar, como una mosca o un mono por lo sólido

Del vasto cielo arqueado del mundo,

Animando la monotonía de los espacios abstractos

Con mi presencia sutilísima.

 

G

 

Todos creemos que estaremos vivos después de muertos.

Nuestro miedo a la muerte es el de ser enterrados vivos.

Queremos junto a nosotros los cadáveres de los seres amados

Como si ellos fuesen aún aquello

Y no el gran maillot interior que el nacimiento nos dio.

 

H

 

Cuando sea la Gran Partida.

Cuando embarquemos de una vez hacia fuera de los seres y los sentimientos

Y en el barco La Muerte (¿qué rótulo llevarán nuestras maletas…

Qué nombre complacientemente extranjero, de lugar, es el del puerto de llegada?)

Cuando, emigrantes ya por siempre, hagamos el viaje irreparable,

Y abandonemos este mundo hueco y pavoroso, tan […] para os nervios,

Estas sensaciones de cosas tan vinculadas y misteriosas,

Estos sentimientos humanos tan naturales e inexplicables,

Estas torturas, estos deseos hacia fuera de aquí (y de ahora), estas nostalgias súbitas y sin objeto,

Este subir de lo que es femenino en nosotros, en una mirada velada y materna hacia las cosas pequeñitas,

Hacia los soldados de plomo, y los trenes de cuerda y las hebillas de los zapatos de nuestra infancia,

Cuando, de una vez, para siempre, irremediablemente, […]

 

I

 

Desde la casa del monte, símbolo eterno y perfecto,

Veo los campos, los campos todos,

Y los saludo por fin con mi voz verdadera,

Les digo ¡viva!, llorando, con las lágrimas propias y los vivas exactos,

Los aprieto a mi pecho, como hijo que encontrase al padre perdido.

¡Vivan, vivan, vivan

Los montes y la planicie, y las hierbas!

¡vivan los ríos, vivan las fuentes!

¡Vivan las flores, y los árboles y las piedras!

¡Vivan los entes vivos –los bichos pequeños,

Los bichos que corren, insectos y aves,

Todos los animales, tan reales sin mí,

Los hombres, las mujeres, los niños,

Las familias, y las no-familias, igualmente!

¡Todo cuanto siente sin saber por qué!

¡Todo cuanto vive sin pensar que vive!

Todo lo que acaba y cesa sin angustia ni nada,

Sabiendo, mejor que yo, que nada hay que temer,

Que nada es fin, que nada es abismo, que nada es misterio,

Y que todo es Dios, y que todo es Ser, y que todo es Vida.

 

¡Ah, estoy liberado!

¡Ah, quebré todos

Los grilletes del pensamiento!

¡Yo, el claustro y la cripta voluntarios de mí mismo,

Yo el mismo abismo que soñé,

Yo, que veía en todo caminos y atajos de sombra

Y la sombra y los caminos y los atajos eran yo mismo!

¡Ah, estoy liberado…!

Maestro Caeiro, volví a tu casa del monte

Y vi lo mismo que tú veías, mas con mis ojos,

Verdaderamente con mis ojos,

Verdaderamente verdaderos…

Ah vi que no hay muerte ninguna!

Vi que […]

 

J

 

¡No hay abismos!

¡Nada es siniestro!

¡No hay misterio verdadero!

¡No hay misterio ni verdad!

¡No hay Dios, ni vida, ni alma distante de la vida!

¡Tú, tú maestro Caeiro, tenías razón!

Pero aún no viste todo; ¡todo es más aún!

Alegre cantaste la alegría de todo,

Mas sin pensarlo tú sentías

Que es porque la alegría de todo es esencialmente inmortal.

¿Cómo habrías cantado alegre la muerte futura

Si la pudieras haber pensado como muerte,

Si de verdad hubieras sentido la noche y el acabamiento?

No, no: tú sabías

No con tu pensamiento, sino con tu cuerpo entero,

Con todos tus sentidos tan despiertos al mundo

Que no hay nada que muera, que no hay nada que cese,

Que cada momento no pasa nunca,

Que la flor cogida queda siempre en el tallo,

Que el beso dado es eterno,

Que en la esencia y universo de las cosas

Todo es alegría y sol

Y tan sólo en el error y en la mirada hay dolor y duda y sombra.

¡Embandérate en canto y rosas!

 

Y de la estación de provincia, del apeadero campestre,

-¡Ahí viene el tren!

Con pañuelos agitados, con ojos que brillan eternos

¡Saludemos oro y flores a la muerte que llega!

 

¡No, no engañas!

¡Abuela cariñosa de tierra ya embarazada!

¡Madrina disfrazada de los sentimientos expresados!

 

Y el tren entra en la curva, más lento, y va a parar…

Y con gran explosión de todas mis esperanzas

Mi corazón universo

Incluye oro todos los soles,

Se borda plata todas las estrellas,

Se hincha en flores y verduras,

Y la muerte que llega concluye que ya la conocen

Y en su rostro grave se abre, como una flor

¡La sonrisa humana de Dios!

 

L

 

I

 

Yo cantaré,

Cuando la mañana abra las puertas de mi esfuerzo,

Yo cantaré,

Cuando el medio día me haga cerrar los ojos,

Yo cantaré,

Cuando el crepúsculo lime las aristas,

Yo cantaré,

Cuando la noche entre como la emperatriz venerada

Yo cantaré a Tu Gloria y mi designio.

Yo cantaré

Y en los caminos ladeados por abetos,

Y en las hileras de los jardines enmarañados,

En las esquinas de las calles, en los patios

De las casas de guardia,

Tu Victoria entrará como el sonido de un clarín

Y mi designio esperará ahí sin un segundo pensamiento.

 

II

 

Cerca de mi puerta

Donde juegan los niños de los otros,

Irrumpe un canto infantil, disciplinado y cómodo,

Y yo soy allí el quinto niño, si sólo hubiera cuatro,

Y nadie me abandonará aunque yo no esté ya allí.

Canto tal vez, durmiendo transparente y callado.

 

 

M

 

Y si todos dan poca importancia a la  muerte, y no consiguen

Ni sufriendo, tener verdaderamente la concentración de sufrir,

Es que la vida no cree en la muerte, es que la muerte es nada.

 

Siéntete feliz con todos los colores, con el viento

Bajo el gran cielo luminoso y azul de la tierra…

Danzas y cantos,

Músicas alegres,

Ruidos de risas y voces, y conversaciones banales,

Acojan a la muerte que viene, porque la muerte no viene,

Y la vida se siente en todas sus venas,

El cuerpo halla en todo lo que en él es alma,

Que la vida es todo, y la muerte es nada, y que el abismo

Es sólo la ceguera de ver,

Que todo esto no puede existir y dejar de existir,

Porque existir es ser, y el ser no se reduce a nada.

Ah, si todo este mundo claro, y estas flores y luz,

Si todo este mundo con tierra y mar y casas y gente,

Si todo este mundo natural, social, intelectual,

Estos cuerpos desnudos por debajo de sus vestes naturales,

Si esto es ilusión, ¿por qué entonces está aquí?

¡Oh maestro Caeiro, sólo tú tenías razón!

Si esto no es, ¿por qué es?

Si esto no puede ser, entonces ¿por qué puede ser?

 

Acogedla, al llegar

A ella, a la Muerte, a ese error de la vista,

Con los olores de los campos, y las flores cortadas alrededor del cuello,

Con las romerías y las tardes por los caminos,

Con los ranchos festivos, y los hogares contentos,

Con la alegría y el dolor, con el placer y la angustia,

Con todo el vasto mar en movimiento de la vida.

 

Acogedla sin miedo,

Como quien en la estación de provincia, en el apeadero campestre,

Acoge al viajero que ha de llegar en el tren de Allá.

Acogedla contentos,

Niños con risas que cantan, cuerpos de jóvenes, pura llama,

Alegría ruda y natural de las tabernas,

Y los brazos y los besos y las sonrisas de las muchachas.

Siéntete feliz con los colores de la sangre y el verde,

Siéntete victorioso con los colores de la luz y el fuego,

Que la muerte es la vida que vino enmascarada,

Y el más allá será esto, esto mismo, en otro presente

No sé de qué nuevo modo diversamente.

Gritad a las alturas,

Gritad por los valles,

Que la muerte no tiene ninguna importancia,

Que la muerte es un disparate,

Que la muerte es un […]

Y que si todo esto es un sueño, la muerte es un sueño también.

 

N

 

Mi amor perdido, no te lloro más, pues ¡yo no te perdí!

Porque puedo perderte en la calle, pero no te puedo perder en el ser,

Que el ser es el mismo en ti y en mí.

 

¡Mucho es ausencia, nada es pérdida!

Todos los muertos –gente, días, deseos,

Amores, odios, dolores, alegrías-

Todos están tan sólo en otro continente…

Llegará el momento en que yo parta y los vea.

De que me reúna a la familia y a los amantes y amigos

En lo abstracto, en lo real, en lo perfecto

En lo definitivo y divino.

 

Me reuniré en vida y muerte

A los sueños que no realicé

Daré los besos que nunca di,

Recibiré las sonrisas que me fueron negadas,

Tendré en forma de alegría los dolores que tuve…

 

Ah, comandante, ¿cuánto tarda aún

La partida del transatlántico?

Haz tocar la banda de abordo-

Músicas alegres, banales, humanas, como la vida-

Ordena partir, pues yo quiero partir…

 

Sonido de puente de hierro al levantarse, estertor mío,

¿Cuando te oiré, por fin?

Agitación del costado por la pulsación de las máquinas-

Mi corazón en sus últimos latidos convulsos-,

Toque de los vigías, suspiros del puerto

Pañuelos saludándome desde el puerto en que quedan…

¡Hasta luego, hasta cuando vengáis, hasta siempre!

Hasta lo eterno en el alegre Ahora.

 

O

 

Gran libertador,

Que quebraste las cadenas de todas las muertes: las del cuerpo y las del alma,

La muerte, la enfermedad, la tristeza

El arte, la ciencia, la filosofía,

Gran libertador

Que arrasaste los muros de la vieja prisión

E hiciste caer los andamios de la prisión nueva,

Que abriste de par en par todas las ventanas

De todas las salas de todas las casas

Y el viento real limpió el humo y el sueño

De las salas dadas a los placeres de las salas

 

P

 

Ahora que estoy casi en la muerte y veo todo ya claro,

Gran Libertador, vuelvo sumiso a ti.

 

Sin duda tuvo un fin mi personalidad.

Sin duda porque se expresó, quiso decir cualquier cosa

Pero hoy, mirando hacia atrás, sólo un ansia queda en mí,

No haber tenido tu calma superior a ti mismo,

Tu liberación constelada de Noche Infinita.

 

Tal vez no tuve misión alguna en la tierra.

 

Q

 

Desvelando el conjunto ficticio de los cielos estrellados

El esplendor del sentido vacío de la vida…

 

¡Toquen en una fiesta al aire libre mi marcha fúnebre!

Quiero cesar sin consecuencias…

Quiero ir hacia la muerte como hacia una fiesta en el crepúsculo


 [1] “Hola y adiós”, en latín.

[2] “Cosmovisión”, en alemán.

1 comentario en “Fernando Pessoa y el poema dedicado a la muerte, «La Partida»”

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