Literatura

Miguel Torga y el veneno de Sartre

Al leer el V Diario de Miguel Torga (1907-1995) constatamos que este poeta trasmontano estudiaba, en 1949, como miles de jóvenes en Europa, los libros de Jean Paul Sartre. Estos miles, después, a medida que iban pasando los años, se convertirían en millones, y el efecto tangible de la filosofía de este autor existencialista se haría notar, en los vientos de destrucción, caos, angustia y disolución que provocaron, incluso, en lo que un escritor francés llamó: “la encarnación del desastre cultural francés de la posguerra”[1]. Y siendo Francia el corazón de Europa, esa arritmia, gangrena o nausea, las tinieblas de la pura nada o muerte moral, se extendieron por todos los miembros, llegando también, claro está a España y a Portugal, nuestro país hermano.

La  primera cita la hallamos el 5 de junio de este año, en Coimbra, quejándose de la tenaza y censura del Estado Nuevo:

“Se diría que nunca nadie sintió, entre nosotros, tan clamorosamente patriotas, que es en el río de la literatura donde una patria tiene el espejo verdadero de su grandeza. De otro modo, ¿cómo se puede comprender tanto fanatismo, tanta censura y tanta persecución? ¿No hemos sido testigos de que el vigor de las letras francesas vive sobre todo de la libertad incondicional de sus escritores, a la que ninguna experiencia detiene y ninguna fuerza limita? ¿No nos daremos cuenta de que solamente tentativas continuas, nuevas herejías, lances imprevistos, traen la frescura, el color, la originalidad y la humanidad de una nueva creación. ¿Qué sería de Sartre si hubiera nacido aquí? (…)”

En varias de las anotaciones, en prosa y verso, de este Diario vemos ya cómo va entrando la influencia nociva y angustiante del autor de La Náusea y El Ser y la Nada. Por ejemplo, a finales de ese mismo mes, en el pesimismo del poema “Sequía Lírica”

El Mondego secó.

Aunque otro Camões viniera ahora,

Nada más que arena tendría

Con que apagar la tinta de la epopeya

Que escribiera.

 

¡Pobre de la hermosa Inés ya sin hierbecitas

Donde pastar la lírica saudade!

Tan verdad es morir en este mundo la misma muerte…

¡Ni al menos el agua que bebía!

Vean que negros hados

De suerte

Y de Poesía…

 

Poderoso hechizo el de Sartre que va envenenando su alma, recia y vital, severa pero firme ante todo tipo de adversidad. Envenenándola y deshaciéndola, como un ácido corrosivo el metal.

Sin embargo el impulso, el fuego de su creatividad, la fuerza de su alma y genio es demasiado fuerte para sucumbir fácilmente. Dos días después, ebrio de luz y de mar, escribe, desde Palheiros de Mira, el 26 de junio:

“El día entero echado en la arena, embriagado de sol, de sal y de sonido. Fui con los hombres al mar, les oí cantar el Ave mientras la cuerda de la red deslizaba en el bordo del barco aunque, nada más desembarcar, me extendí nuevamente en el suelo, y allí quedé ensimismado, mirando. No hay duda de que nunca seré capaz de decir sino cosas sin sentido de lo mucho que traigo en el alma y he recogido en mi ya largo camino. ¡Tanto libro, tanta palabra, tanto esfuerzo, y nada! Se agita y resuena un océano dentro de mí, y no consigo ir más allá de un poema estúpido, somnoliento, que acaba así:

El mar es bueno,

Toca la música.”

 

En una anotación de agosto critica de modo destructivo a la burguesía y anuncia el fin de nuestra civilización, cuya destrucción está implícita, dice en la propia naturaleza de esta clase social. Este planteamiento es pura doctrina de Sartre, a quien cita y defiende en estas mismas notas, pero de nuevo su vitalismo se impone, y aunque le admire él es él y no un mero títere de este pensador francés. Veamos

“Nada podrá escandalizar tanto al hombre medio de hoy, al burgués que se considera, y es, la viga maestra del presente edificio social, la afirmación de que será precisamente él quien cave la tumba de esa caricatura  llamada civilización cristiana. Y aun así, los hechos hablan por sí mismos. Aunque cada época se queje de que en ninguna otra la degradación llegó a tal punto, la verdad es que nunca, como ahora, una clase justificó tan completamente su fin. Podemos dar prueba de esto de todas las maneras, mas es quizás en la literatura donde la evidencia es mayor. Mientras que en el romanticismo, por ejemplo, el espíritu era centrípeto, polarizando el poeta, con conciencia propia y ajena, el clima moral e intelectual de la sociedad en que vivía –un Byron entusiasmando Europa entera y siendo su expresión-, en nuestros días puede Sartre decir mil verdades, que todos se negarán a reconocerse en lo que escribe, confesando lo negra y cochina que es su vida. Una onda grande y trágica de mistificación enturbia la realidad de nuestro tiempo. Y el individuo –el médico, el abogado, el negociante, el funcionario- que tiene el alma sucia de mil cobardías, de mil aberraciones y de mil compromisos, se niega a reconocerlo, a ver en El Muro[2] la fotografía de su inconfesada impotencia o secreta depravación de costumbres. El espíritu dejó de ser un guía y un freno. En la medida en que su cristal es un espejo y una acusación, o uno desvía de él la cara o se quiebra. Todos quieren navegar con las luces apagadas. El contrabando de la vida se hace en la oscuridad.

Mientras que el hombre es capaz de reconocerse en sus mismos errores el mal no es grave. La tragedia comienza cuando él, obstinado en los vicios y perversiones, se considera a sí mismo, en conciencia, un monumento de dignidad y constancia. De este modo, Roma tiene los días contados, y el juego va a comenzar de nuevo.”

Este pesimismo existencial hace que escriba, varios meses después, en medio de tormentas, hallazgos y claridades y vientos del desierto, como fue toda su vida de creador, el siguiente poema, imbuido también de la más pura náusea sartriana.

“En San Martiño de Anta, 1 de octubre del 1949

NO TENGO CERTEZAS

No, no tengo certezas.

Si era ese el encanto que os atraía,

Dejadme solo en esta melancolía

De un descampado bajo, abierto y liso.

Quiero vivir, quiero morir, y quiero

Que al fin la suma sea un gran cero

Del tamaño de la pizarra entera… y borrado.

 

Pero son deseos de la fisiología…

Vagas aspiraciones del día a día

De un cántaro de barro

Que no vale el cigarro

Que uno fuma.

No, no tengo certezas;

Tengo brumas.”

 

Su alma lucha por deshacerse de esta sombra oscura y pesimista que le envuelve, de esta falta de inspiración de quien se deshace en el hombre carne, y la naturaleza consigue renovarle cada vez que comulga con ella, en un éxtasis sentido en cada una de sus fibras. El 25 de junio, del año siguiente, en Coimbra, escribe:

“AVE POÉTICA

Nada tengo ya sino alas.

Cuando subo los peldaños del firmamento,

Es con ellas que subo y sustento

El peso bruto de esta encarnación.

Alas de plumas que me van naciendo,

Y que vuelan después, desconociendo

Qué furia azul las levantó del suelo.”

 

Poco antes, el 10 de abril había descubierto el error en la argumentación, en la propuesta de Sartre. La vida, aunque aparentemente sin sentido se afirma en él, con toda su belleza y promesas de cielo:

 

“La vida es una pasión inútil, dice Sartre. Pero al final, no se mató después de hacer este descubrimiento. La vida es una pasión inútil que nos prende con amarras que no tiene ninguna pasión útil. La gran belleza de la vida, su gran sentido, es, justamente, ser inútil. Cada uno de nosotros se pasa el tiempo asombrado de la devoción que le presta.

La vida es la única amada que puede presumir de que nadie se case con ella por interés.”

 

En la anotación del 11 de octubre se queja de la poesía de Guerra Junqueiro y de la devoción que se le tributa en Portugal. Él mismo se queda impresionado, cómo no, con “La Vejez del Padre Eterno”, pero esa música no concuerda ya, dice, con los vientos que sacuden Europa. Dice que:

“La importancia literaria de Junqueiro es indiscutible, no sólo por lo que hizo, como por lo que motivó. Su influencia es tan evidente en la obra de algunos poetas que vinieron después que sería una tontería negarla. Espontáneo y accesible, su verbo tiene un gran calor de comunicación. Y ciertos apartados de su tierra poética aún son frescos y agradables.”

 

Pero luego, imagino que afectado por la corriente de sensacionismo poético, de búsquedas de sinestesias emocionales y retóricas, y desde luego por todo un río de derrotismo, nihilismo y existencialismo como el de Sartre, añade:

 

“Simplemente la poesía verdadera es otra. Después de la experiencia de Cesário y de Nobre, hacer aquello, ya era trágico –[¡como si el estro poético tuviera que estar sujeto a la voz de unos poetas u otros, al espíritu de los tiempos, a las modas, y no al cántico del alma inmortal, con su propia voz y ritmo!, ¡como si hubiera un “evolucionismo”, absurdo, que hiciera ver pasados y obsoletos los versos que ya fueron!]- mas después de Pesaña, de Sá Carneiro y de Pessoa, amar aquello, es imperdonable.”

 

¡¿Imperdonable!? ¿Imperdonable negarse a entrar en las aguas amargas de la disolución? ¿Imperdonable no querer perderse en la niebla, en la noche húmeda sin estrellas?¿Imperdonable apartarse del amaneramiento, huir de la ausencia de fe, de la nada que justifique la vida, de la entronización de la tontería, de una ausencia total de sana sinceridad, de las fantasías onanismáticas, de la gracia de payaso emocional, eso sí agitando los cascabeles de su facilidad poética con musicales tintineos y fantasmales contoneos? ¡La poesía no llegó a su “mar sin fin” con Fernando Pessoa, más bien ahí entró, muchas veces, en su confusión onírica y en silogismos laberínticos sin salida ni nobleza alguna! Sólo a su enfermiza sensibilidad, en que todo se rompe en pedazos y del alma nada queda sino el recuerdo de lo que fue, o la esperanza que redima. Pessoa es, como Sa-Carneiro, bien lo dice Miguel Torga después, la náusea antes de Sartre, mas ácida y amarga como él, como los que al no tener agua dulce que beber lo hacen de agua de mar, y al llevar a la muerte osmótica sus neuronas, sucumbe en sus visiones de locura.

Y efectivamente, Miguel Torga, en su anotación del 17 de octubre de 1950, ve esta similitud, a priori:

“¡Cómo son las cosas! Hace tiempo, al hablar de Sartre, de su afirmación de que la vida es una pasión inútil, casi lo acusé de no haberse matado después de eso[3]. Y hoy, al leer el Principio de Sa-Carneiro, donde me encuentro con el proyecto de una Náusea que antecede veinte años a la del galés, me quedo pensando en la estupidez de llevar la coherencia hasta las últimas consecuencias, y de dejar el talento en el tintero, como hizo el nuestro. No hay duda de que había en la personalidad del autor de “La Confesión de Lucio” el drama de un existencialista. El mismo fartum, la misma consciencia trágica de lo absurdo, la misma obscena desilusión. Lógicamente, por todo ello, el poeta se suicidó y arrastró consigo hacia la sepultura su mundo de obsesiones. Sartre, sin embargo, se aguantó flotando en la podredumbre, y dio cuerpo doctrinal y artístico a las angustias.”

 

Y en la nota del 22 de octubre, se da cuenta del peligro de esta “filosofía” de Sartre, del veneno que agarrota primero y disuelve después las conciencias, estupidizándonos en el egoísmo estéril de querer nadar en la náusea, en la muerte de querer disolver nuestro ser en la nada, y no precisamente como los místicos lo hacían, en la pureza del infinito amor, verdad y belleza.

 

“Como una onda a la que ningún terror de la playa detiene, la ola del nihilismo europeo de Kafka avanza inexorablemente sobre nosotros. En casa, en el consultorio, en el café, en la calle, e incluso en la más remota aldea que visito, una carcoma silenciosa mas terrible pulveriza los valores y la conciencia de los mismos. Los libros que se escriben, las lecciones que se dan, el empleo o la siembra o la misa no son actividades fundamentadas en ninguna certeza humana o esperanza divina. Hábitos o necesidades rudimentales tan sólo significan que en el hombre también se verifica la ley de la inercia. Todos sentimos aún la responsabilidad de vivir, pero en términos tan inmediatos, tan fisiológicos, que la flecha que debía salir del arco airosa y alada se nos cae a los pies impedida por un lastre del plomo que en ella pusimos.

Fruto del mismo árbol que a todos nos ha gestado, me niego a caer en la degradación de arrugarme pasivamente en el tablero de la desesperación. Y nada más cobarde y abyecto que un artista que renuncia a la solidaridad que debe a las palabras que pronunció y a las esperanzas que motivó.”

 

Aquí, felizmente ya se ha separado de Sartre, ha tragado su veneno, le ha corroído, pero su alma lo ha rechazado, y no va a ser cómplice de esa lepra moral. Precisamente Sartre afirma lo contrario que nuestro poeta, que él no es responsable ni tiene que ser coherente con nada de lo que haya dicho o hecho antes, vamos, lo que en la India llaman “amanasa” o el profesor Jorge Ángel Livraga (m. en 1991) un “amoral”, mil veces peor que un inmoral (cuya brújula interior señala hacia el bien, como la de todo ser humano, pero él no quiere ir en esa dirección, porque es más difícil. En el amoral, simplemente no hay brújula o ésta da vueltas, enloquecida)

 

“La onda del nihilismo avanza inexorablemente. Lleno de su hielo y su terror, la miro desde el arenal con imperturbable coraje. Su furia, que tanto me hizo sufrir y temer, nada podrá contra mí. Aunque no sea roca para resistir su avance con la dureza de la piedra, ni duna para amoldarme a su voluntad, soy, no obstante, un hombre dispuesto a luchar. Morir no tiene ninguna importancia, siempre que sea luchando.”

 

Su alma, luchando contra el fatal encantamiento de esta antifilosofía (pues ni es “amor” ni es sabiduría”, sino el vacío de ambas), ha vencido, de nuevo le pide a la poesía que le lleve de la mano por los jardines del Paraíso:

 

“Luz cerrada en los pétalos de la noche,

Abre la rosa inmortal de tu sonrisa!

¿O es que no merecemos, una vez más,

El paraíso?”[4]

 

Un día antes, también en Coimbra, había escrito, como un himno de esperanza y redención:

“(…) Si la angustia del mundo no es cubierta por un techo de poesía, esta vez el diluvio lo ahoga todo.

Bóveda majestuosa de la cultura, cielo donde todos los colores se juntan y purifican, sólo la poesía podrá unir y pacificar a la humanidad de hoy, estrellando de luces de esperanza la noche pavorosa que nos atormenta. Único eslabón que prende verdaderamente el hombre a la tierra, cántico indomable de su más íntima comunión con la misteriosa alegría de vivir, es quien recompone la faz de los Tamerlanes aterrorizados delante de la pirámide de sus crímenes. No es que les perdone el desvarío, pero despierta en los brazos adultos de la ferocidad las líneas puras de la infancia.

Poetas… Voces que no desisten de anunciar los tesoros que se esconden en el barro de nuestra condición.”

Jean Paul Sartre fue un “filósofo”-prefiero mejor llamarle “pensador”- idolatrado durante varias décadas por la juventud de Europa y de América Latina. Su obra refleja, o promueve, el hastío de la generación que nació justo después de la Segunda Guerra Mundial, quizás su complejo de culpa, o la profecía de la pérdida de protagonismo en la historia y el mundo, la falta de esperanza, en definitiva, la agonía que precede a la muerte, el vértigo de la 25ª hora del día, cuando ya nada hay que hacer, cuando se cae al abismo. Muchos han criticado a Heidegger, el verdadero creador del existencialismo, por no rechazar al nazismo. Pero de Sartre podemos decir más, y peor. Pensaba que esta sociedad burguesa y colonialista debía ser destruida, arrasada, quemada y que no restase nada, y desde esa nada volver a comenzar. Y que había que ser agentes activos de esa misma destrucción, no importando a quien ni como se dañase, cómo se destruyera a los semejantes. Sí que podemos recriminar a Sartre haber sido el maestro e inspirador –o sea, una de las causas profundas- del genocidio de Camboya, con los Jmeres rojos; de la Guerra de Argelia, de la revolución islámica iraní (a través del ideólogo, discípulo suyo Alí Shariatí) y de gran parte de las revoluciones asesinas y cómplices del comunismo que se extendieron por medio mundo. Su repetida afirmación “nada me ata a lo que he escrito”, además de nauseabunda incoherencia, no puede evitar, evidentemente que sea vinculado a las consecuencias de lo que ha escrito, y los agentes karmicos toman nota de todo. También es cierto, como decía el profesor Nilakantha Sri Ram, que en la naturaleza y en las sociedades humanas están los que crean las pirámides y los que las destruyen, o sea las fuerzas ordenadoras, inteligentes y creadoras, que permiten, en el ámbito humano el nacimiento y desarrollo de una civilización como debe ser, y las fuerzas caóticas, agónicas, hijas del Caos, que permiten que las aguas primordiales de la no existencia misma disuelvan todo, degradando al ser humano, mutándolo alquímicamente en animal. También fue Sartre la fuerza ideológica del Mayo del 68 francés y de los ecos que se extendieron de tan magno sinsentido en todo el orbe. Rebelión hija o simpática de lo peor del comunismo, pero que en realidad sirvió, por el efecto de “tierra quemada” a lo peor de la sociedad de consumo que entró a partir de ese momento como una fuerza desatada en toda Europa, con sus secuelas de superficialidad, egoísmo, culto al cuerpo y a todo lo banal, adormecimiento moral, irresponsabilidad, cobardía, incapacidad de compromiso –es decir, imposibilidad de vivir de verdad, de no ser una sombra que simplemente pasa por la tierra- todo ello, en definitiva, la peor forma o engendro de la burguesía a la que tanto se criticaba. Platón lo hubiese llamado el tránsito del gobierno del bronce (Oligarquía o Plutocracia) al desgobierno demagógico de las masas o populismos, que lleva necesariamente al caos y a todas las formas de la peor tiranía, según el filósofo de la Academia. Aquí ya sí el hombre se convierte en lobo para el hombre y nada hay que contenga esta plaga o lepra moral. Las atrocidades de Camboya, su genocidio, en los que se piensa fueron asesinados entre un milón y medio a tres millones de víctimas es una herencia directa del pensamiento de Sartre. Además Pol Pot y sus secuaces, protagonistas de las mismas, eran discípulos y seguidores de Sartre y el libro de Frantz Fanon, “Los condenados de la Tierra”, prologado por el pensador francés, una de sus biblias morales. Este Fanon era discípulo directo y amantísimo de Sartre, agente principal de la guerra y atrocidades de Argelia, quien llevó a cabo y hasta las últimas consecuencias las ideas y proyectos de Sartre. Sartre elogió a Lenin, y luego a Stalin, con el que coqueteó, al mismo Pol Pot, por supuesto y al final de su vida a Fidel Castro y Mao Tse Tung. Era partidario de las utopías sociales de todos estos criminales, distopías, más bien, sin atender a ningún tipo de impedimento moral, ya fuera necesario incendiar el mundo entero y danzar ebrios sobre sus cenizas.

He dejado intencionadamente para el final de este artículo la última anotación[5] del Diario V de Miguel Torga, que es como el resultado de este proceso en que ha vencido al veneno, el poder de esta maldición y se alza contra ella, lucha y argumenta contra su influjo. El poeta ha renacido, está purificado y quiere proteger a los incautos que quizás no tengan su fuerza interior para resistir el embrujo. O por lo menos darles armas con que argumentar, con que defenderse, fuerza de empuje al otro plato de la balanza para no desequilibrarse y caer.

 

Coimbra, 8 de febrero del 1951

“Escribo aquí una vez más, para que quede constancia, mi protesta contra toda esta filosofía del pesimismo que no nos deja respirar, y esta literatura del absurdo que nos incapacita. Ningún argumento, ningún sortilegio pueden apagar en el espíritu humano la luz de ilusión que en él titila. El error grosero de los que de todo ironizan y de los derrotistas es no ver que ellos mismos desmienten el muérdago y las profecías, porque, si luchan, es porque confían. Y ante todo, me parece una limitación querer fotografiar para la eternidad la faz monstruosa de un momento. Europa puede estar cansada, arruinada, contaminada por vicios incurables; pero Europa no es el mundo, y en ella misma aún hay pedazos de cuerpo sin gangrena. Cuando todos los analfabetos y hambrientos que aún hay en ella tengan voz y pan, y hablen de náusea, cuando la herencia de la historia, los bienes del espíritu sean repartidos igualmente entre todos sus hijos, y el clamor colectivo sea de pertinaz renuncia, entonces, sí, habrá sonado, si acaso, su hora. Pero antes de eso, ¡no!

Un equívoco lamentable ha hecho que las palabras literarias que morían en las portadas de los libros sean interpretados como sentimientos reales que agonizaban. Y si bien es verdad que en los libros la tinta de los vocablos perdió su color, lo cierto es que dentro de cada uno el corazón continuó latiendo.

El hombre no es sólo el instante en que se contempla en un espejo, sino también el recuerdo y nostalgia de otras imágenes ya pasadas, y la certeza de otras imágenes futuras que adivina. Y esto es así, porque ve en el presente -reflejado en la corriente del río, donde una vez más hace de Narciso, no para enamorarse, sino para conocerse-una faz demacrada, cubierta de los sudores de la cobardía, y aún así no ahoga en las linfas del río sus ojos. Aunque triste y mortificado, continúa viviendo. Y este es un signo de confianza. Una prueba de que el mal tiene remedio. Si nada pudiésemos esperar de nuestra condición, innecesaria sería la mala conciencia con que nos debatimos después de cada una de nuestras perfidias. ¿No le pedimos a la ley que nos socorra, aun cuando queramos negarla? ¿O es que algún tirano dejó de lavar sus manos a prisa y en secreto, sus manos sucias de la sangre inocente que derramó?

Y otra poda que nos es necesario hacer: eliminar de la actual angustia que nos atormenta el cinismo que la ensucia y el parasitismo que la explota. La verdadera razón y el verdadero instinto obligan a curar las propias heridas. Tan sólo los mendigos profesionales echan sal a las llagas para avivarlas.

¡Alienación humana! ¿Quién ha autorizado a media docena de intelectuales impotentes a hablar de este modo en nombre de la humanidad? A chapotear en su propio fango, y proclamar que lo están haciendo en el fango de los otros? Que el testimonio de nuestra aventura en la tierra es un rosario de traiciones e injusticias, nadie lo niega; que es preciso decir esto de todas las maneras, es evidente; pero no todo lo que hicimos ha sido malo, y aún estamos comenzando.

¡No! Debe haber en este mar de naufragios una salvación posible, y ya va siendo hora de levantar la voz contra los derrotistas de la balsa. Aterrados por sus fúnebres cantinelas, nos hemos olvidado de reparar en los gestos de llamada del horizonte, donde amanece siempre una isla que está a nuestra espera. No la isla solitaria de Robinson Crusoe, que sería un volver al comenzar inútil de una vida de egoísmo y esterilidad; sino el humus generoso de un nuevo mundo en donde podamos sembrar la esperanza.”

Y ya tres años después de todo este proceso, en un viaje que el poeta hizo a Brasil, a bordo del barco, en anotación de su Diario del 1 de agosto de 1954, escribe. Es el fin y adiós ya lejano de un proceso vivido, es el mirar hacia atrás y verlo con perspectiva:

 

“La diferencia que hay entre el arte y la realidad es la misma que existe entre La Náusea de Sartre y el mareo que siento[6]. Esa especie de infarto mental que me provocó el libro, se corresponde ahora con un asco total del cuerpo y del espíritu por cualquier forma de vida, propia o ajena […] En la novela del escritor francés, el malestar, la repugnancia y el asco nos llega debido a una sabia dosis de toxinas de laboratorio, que son la ponzoña literaria del momento, y de la que nos podemos librar, queriendo, pura y simplemente rechazándonos a leer dicha obra. […]”

Lo que nos lleva a una reflexión filosófica, ¿debemos leer una obra, simplemente porque está bien escrita, porque es muy audaz en su expresión, imaginativa en su planteamiento? Si en la primera página sentimos el asco del veneno, ¿seguiremos aun sabiendo que vamos a enfermar, y que quizás van a nacer en nuestro espacio interior “monstruos” que luego no vamos a ser capaces de controlar ni asimilar? Es semejante a preguntarnos si debemos comer comida en descomposición, o nauseabunda. Ahí es fácil responder. Pero ¿cuando sentimos que nos hace mal a nuestra salud emotiva y mental, pero aun así queremos leerlo porque nos “atrapa”? Quizás sirva el aforismo clásico, de que el peor castigo de un mal libro es el bueno que podríamos haber leído en un tiempo que la vida se va a negar, cuando sea el momento, a devolvernos. La salud podremos recuperarla, y aún quizás salgamos fortalecidos, pero el tiempo, nunca.

 

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 25 de Julio del 2018


[1] Dicho por el escritor Jean-Françoise Revel, citado en El País, en la edición impresa del 23 de Enero del 2000

[2] Novela de Sartre escrita en 1939

[3] Casi no, de hecho lo acusó como hemos visto antes. Y luego, de nuevo con la mente lúcida, volverá a hacerlo.

[4] Poema “Apelo à Poesia”, en la anotación del 3 de febrero de 1951

[5] En realidad es la penúltima, la última es un poema con el que termina el libro. Es la última en prosa.

[6] El producido en ese momento por el barco, claro está.

1 comentario en “Miguel Torga y el veneno de Sartre”

  1. El Peligro de los envenenados por Sartre y el Comunismo de Mao, Lenin y Stalin persiste en el Siglo 21: Nuevos Populistas que se creen mesías salvadores han surgido en Latinoamérica, abanderándose de la obsoleta y retrógrada Ideología Socialista-Comunista patrocinados por el Foro de Sao Paulo y Cuba, siguen engañando al populacho con el cuento del País de las Utopías, se inventaron el famoso cuento del Buen Vivir o Sumak Kawsay e incluso lo impusieron de base de las Nuevas Constituciones que reinventaron, es un simple recurso discursivo retórico para legitimar la corrupción en Nombre del Pueblo: Aclarando que en su mayoría son gente menos que mediocre que al final no son ni comunistas sino Comunistoides, ni socialistas más bien sociolistoides, rodeados de un ejército de borregos (oportunistas parásitos que viven de las rentas de sobarle el lomo a su “Majestad” Son los Nuevos Ricos gracias a la Revolución; viven en mansiones, tienen carros de lujo, pasean en el Imperio al que despotrican en sus discursos y cuentas millonarias en paraísos fiscales). Lo lamentable y verdaderamente peligroso es que de la mediocridad de estos líderes y sus sistemas “revolucionarios”: Revolución Bolivariana, Revolución Ciudadana, Revolución Sandinista, Revolución Cocalera en Bolivia se aprovechan los Carteles del Narcotráfico (Mexicanos) ya que estos a sabiendas que se trata de gente corrupta y sin escrúpulos les ponen plata fácil por delante para mantenerlos en el Poder. Llegando los Carteles de la Droga, a controlar el poder desde el Estado, es lamentable decirlo pero en Ecuador el que da las órdenes es el Cártel de Sinaloa: Venezuela, Bolivia y Nicaragua son Narcoestados: La mediocridad de estos nuevos revolucionarios del Siglo 21, de estos mesías salvadores es grotesca, son Brutalmente Incapaces: Rafael Correa, Lenín Moreno, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Evo Morales y el Fallecido Hugo Chávez: Yo les llamo Cuenteros Vende Humo: Acá en Ecuador nos vendieron el cuento de que iban a instalar una Megafábrica de Autos Eléctricos accionados por baterías de grafeno y además que seriamos la nueva potencia petroquímica mundial. La incapacidad de estos personajes colapsaron y quebraron una nación como Venezuela, convirtiéndola en un Estado Fallido, que ha provocado la mayor crisis humanitaria en la región, con una diáspora incontenible de más de 4 millones de personas huyendo de la miseria, del hambre, de la violencia y de una muerte segura. El Mundo debe extirpar a estos nuevos: Papa Doc (Haití) o Pol Pot (Camboya) como se extirpa al cáncer antes de que haga metástasis.

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