Literatura

El misterio de la muerte en Shakespeare

Las obras de Shakespeare son una Biblia completa sobre los misterios de la vida, presentando los mil y un dramas  y pruebas que el alma debe experimentar y superar. Un espejo mágico del universo moral humano, con todas sus luces y sombras, con todos sus matices y degradados. Un laberinto de sublimes enseñanzas y escenarios con un hilo de Ariadna para no perderse en él. Quizás no haya tema profundamente humano que no haya sido expuesto, con la intención de crear una catarsis en el espectador, purificándole o retratando las angustiosas consecuencias de actos insensatos. Así, se ha dicho que la mente de Shakespeare es como un diamante purísimo y multifacetado en que los hechos y situaciones son presentadas desde mil perspectivas. Nos acercamos a la realidad desde mil caminos, y esta brilla con mil resplandores, como “los Rayos de Luz y Chispas de una Luna que se refleja en las movientes Ondas de todos los Ríos de la Tierra”, que mencionan las Estancias del Dzyan tibetanas (el antiguo Kalachakra). Y si Shakespeare aborda los misterios de la vida y el alma, con todas sus irisaciones, cómo no va a decir nada sobre la muerte, cuya inquietud es quien define, precisamente, al ser humano. Algunos analistas del gran dramaturgo, examinando su visión de la muerte han querido acercarse a sus creencias religiosas, asunto desde luego nada fácil, pues el fuego y vivacidad de su discurso teatral quema todas las etiquetas con que intentemos encapsular su genio. Como sucede en “El Señor de los Anillos”, la luz de Dios, como bien, verdad, justicia y belleza, infinitas, centellean en sus palabras y escenarios, sin que sea necesario mencionar-LE. Como si esto último fuera una vulgar profanación o idolatría. Por el contrario, los poderes del Cielo, los ángeles, los Espíritus de la Naturaleza, los Dioses sí son mencionados abundantemente y aun se convierten en protagonistas de sus dramas.

En varias de sus tragedias y comedias hallamos enseñanzas, preguntas, alusiones y enigmas en relación con la muerte y la actividad del alma más allá de su enigmático pórtico. Aunque siendo Shakespeare una Esfinge, con mayúsculas, la mayor parte de las veces lo representado es más una pregunta que debemos meditar y responder, que una afirmación que debamos creer.

En “Medida por medida”, el duque de Viena, disfrazado de monje instruye a un condenado a muerte, para que no tema el fatal desenlace:

“DUQUE- ¿De modo que esperáis vuestro perdón del señor Ángelo?

CLAUDIO- Los desgraciados no tienen otra medicina que la esperanza, tengo la esperanza de vivir y estoy dispuesto a morir.

DUQUE -Apegaos resueltamente a la muerte; lo que os está destinado será lo más dulce, sea la vida o sea la muerte. Razonad así con la vida: Si te pierdo, pierdo una cosa que sólo los locos querrían guardar; no eres más que un soplo, expuesto a todas las influencias del aire que, hora por hora, deterioran esta vivienda en que vives; para hablar con propiedad, no eres sino el juguete de la muerte, pues buscas siempre el evitarla por la huida, y, sin embargo, corres siempre delante de ella. No eres noble, porque todas las voluptuosidades que son patrimonio tuyo se nutren de bajezas. Estás lejos de ser valiente, pues temes la punta tierna y floja de un pobre gusano. Lo que tienes de mejor en ti es el sueño, y a menudo le provocas; sin embargo, temes groseramente a la muerte, que no es otra cosa que un sueño. Tú no eres tú misma, pues tu existencia resulta de millares de granos que salen del polvo. No eres dichosa, porque lo que no tienes te esfuerzas en adquirirlo, y lo que posees lo olvidas. No eres constante, pues tu complexión, según las fases de la Luna, sufre extrañas alteraciones. Si eres rica, eres pobre, pues, parecida a un asno cuyo lomo se dobla bajo el peso de los lingotes, no llevas tus pesadas riquezas sino un solo viaje, y la muerte te descarga de ellas. No tienes amigos, pues el fruto de tus propias entrañas que te llama padre, la simple efusión de tus lomos, maldice la gota, la lepra y el catarro, porque no te acaban con demasiada prisa. No tienes ni juventud ni vejez, sino que no eres, por decirlo así, más que un sueño de siesta después de haber comido, acosado por ensueños de estas dos edades; pues toda tu feliz juventud se pasa en hacerse vieja y en solicitar las limosnas de la paralítica vejez; y cuando, al fin, eres vieja y rica, no tienes ya calor, ni sentimiento, ni fuerza, ni belleza, para hacer tus riquezas agradables. ¿Qué queda aún de esto que lleva el nombre de vida? Otras mil formas de muerte están todavía ocultas en esta vida, y, sin embargo, tememos la muerte, que da el finiquito a todas estas miserias.

 

CLAUDIO-Os doy las gracias humildemente. Al solicitar vivir, descubro que busco la muerte, y al buscar la muerte, encuentro la vida; venga la muerte.”

Sin embargo, el mismo Claudio, una vez que ve la esperanza de poder continuar viviendo, aunque ello suponga la corrupción y muerte moral de su hermana Isabela, no lo duda y le implora, aterrorizado por lo que le esperará al alma tras la muerte.

“ISABELA- ¿Qué dices, hermano?

CLAUDIO-¡La muerte es una cosa terrible!

ISABELA- ¡Y una vida en la vergüenza despreciable!

CLAUDIO- ¡Sí!… Pero morir e ir no sabemos adónde; yacer en frías cavidades y quedar allí para pudrirse; este calor, esta sensibilidad, este movimiento convertirse en un puñado de blanda arcilla; esta inteligencia deliciosa, bañarse en olas de fuego o residir en alguna región escalofriante, de murallas de hielos espesos; estar aprisionado, en vientos invisibles y arremolinarse, con violencia sin tregua, en derredor de un mundo suspendido en el espacio; o volverse más miserable que el más miserable de estos seres que imaginan aullando pensamientos inciertos y desarreglados. ¡Es demasiado horrible! La vida terrenal más penosa y más maldita que la vejez, la enfermedad, la miseria o la prisión puedan imponer a una criatura, es un paraíso en comparación a lo que tememos de la muerte.”

 

En el famoso monólogo del Ser o no ser, en la primera escena del tercer acto de Hamlet, también reflexiona sobre la muerte, simple, serena, un maravilloso descanso, como el sueño, si no es porque en el sueño también puede haber pesadillas:

“¡Morir…, dormir, no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida! ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio!”

 

También en Hamlet describe las penalidades de un espectro –H.P.Blavatsky le llamaría cascarón o elementario– , el del rey, por haber abandonado la vida asesinado, y sin haber pacificado antes la conciencia, ni lavado su alma con lágrimas de arrepentimiento por los errores. El alma pena, en esta pavorosa escena, aunque Hamlet  mencione de su padre, el rey, como virtudes, su extrema fortaleza y bondad, inteligencia y gracia, y belleza interior. No sabemos si es el alma verdadera del rey, o su sombra que reclama justicia por la sangre derramada:

“Yo soy el alma de tu padre, condenada por cierto tiempo a andar errante de noche y alimentar el fuego durante el día, hasta que estén extinguidos y purgados los torpes crímenes que en vida cometí. De no estarme prohibido descubrir los secretos de mi prisión, podría hacerte un relato cuya más insignificante palabra horrorizaría tu alma, helaría tu sangre joven, haría como estrellas saltar tus ojos de sus órbitas, y separaría tus compactos y enroscados bucles, poniendo de punta cada uno de tus cabellos como las púas del irritado puerco espín. Pero estos misterios de la eternidad no son para oídos de carne y sangre…”

“…segado en plena flor de mis pecados, sin viático, óleos ni preparación, mis cuentas por hacer y enviado a juicio, con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh, horrible! ¡Oh, horrible, demasiado horrible!”

Shakespeare elogia, en el Hamlet, la virtud de los antiguos servidores, que seguían, como los juramentados solidurii ibéricos a sus jefes a la tumba. Vale quien sirve, servir es un honor…

Horacio, amigo y fiel servidor de Hamlet, quiere acompañarle bebiendo las últimas gotas de veneno

HORACIO-Más tengo yo de antiguo romano que de danés. Aquí quedan todavía unas gotas de licor.

Pero Hamlet se lo impide, para que pueda narrar la historia de sus desdichas.

También en Hamlet, Shakespeare revela que la muerte se anuncia a la intuición de las almas valientes y sensibles. Así le sucede al Príncipe de Dinamarca, justo antes de la traición de la que es víctima:

“HAMLET- (…) no puedes figurarte qué angustia siento aquí en el corazón. Pero no me importa.

HORACIO-En ese caso, mi señor…

HAMLET-Nada, una tontería; pero es como un presentimiento fatal, que turbaría tal vez a una mujer.

HORACIO-Si vuestro espíritu siente alguna aprensión, obedecedle. Yo impediré que vengan aquí, diciéndoles que os halláis indispuesto.

HAMLET-Nada de eso; no creo en los presagios; hasta en la caída de un gorrión interviene una providencia especial. Si es esta la hora, no está por venir; si no está por venir, esta es la hora; y si esta es la hora, vendrá de todos modos. No hay más que hallarse prevenido. Pues si nadie es dueño de lo que ha de abandonar un día, ¿qué importa abandonarlo tarde o temprano?”

 

Semejante situación la vemos en Julio César, quien también es advertido por presagios y por su esposa Porcia. ¿Quién sabe?, quizás esa intuición en realidad le avisaba de lo que podría haber evitado, haciendo que el destino siguiera otros derroteros que evitasen la maldición kármica sobre la sociedad entera, que en el caso de Julio César devasta Roma con una guerra civil, y en el de Hamlet, extingue una dinastía.

 

Y aunque no sea Shakespeare, semejante a las palabras de Hamlet, cuando intuye la presencia de la Muerte, y quizás inspirado por ellas, Unamuno escribió un poema muy bello, muy sugerente para terminar este artículo:

“Vendrá de noche cuando todo duerma,

vendrá de noche cuando el alma enferma

se emboce en vida,

vendrá de noche con su paso quedo,

vendrá de noche y posará su dedo

sobre la herida.

 

Vendrá de noche y su fugaz vislumbre

volverá lumbre la fatal quejumbre;

vendrá de noche

con su rosario, soltará las perlas

negro sol que da ceguera verlas,

¡todo un derroche!

 

Vendrá de noche, noche nuestra madre,

cuando a lo lejos el recuerdo ladre

perdido agujero;

vendrá de noche; apagará su paso

mortal ladrido y dejará al ocaso

largo agujero…

 

¿Vendrá una noche recogida y vasta?

¿Vendrá una noche maternal y casta

de luna llena?

Vendrá viniendo con venir eterno;

vendrá una noche del postrer invierno…

noche serena…

 

Vendrá  como se fue, como se ha ido

-suena a lo lejos el fatal ladrido-.

Vendrá a la cita;

será de noche mas que sea aurora,

vendrá a su hora, cuando el aire llora,

llora y medita…

 

Vendrá de noche, en una noche clara.

Noche de luna que al dolor ampara,

noche desnuda,

Vendrá… venir es porvenir… pasado

que pasa y queda y que se queda al lado

y nunca muda…

 

Vendrá de noche, cuando el tiempo aguarda,

cuando la tarde en las tinieblas tarda

y espera al día,

vendrá de noche, en una noche pura,

cuando del sol la sangre se depura,

del mediodía.

 

Noche ha de hacerse en cuanto venga y llegue,

y el corazón rendido se le entregue,

noche serena,

de noche ha de venir— ¿él, ella o ello?

de noche ha de sellar su negro sello,

noche sin pena.

 

Vendrá la noche, la que da la vida,

y en que la noche al fin el alma olvida,

traerá la cura;

vendrá la noche que lo cubre todo

y espeja al cielo en el luciente lodo

que lo depura.

 

Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,

su negro sello servirá de broche

que cierra el alma:

vendrá de noche sin hacer ruido,

se apagará a lo lejos el ladrido,

vendrá la calma…

vendrá la noche…”

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 19 de junio del 2018

2 comentarios en “El misterio de la muerte en Shakespeare”

  1. … Buenas sean, Don Jose Carlos.

    Que enorme, mente, bello ese “Hola” a La Muerte de Unamuno, ¿ Verdad?.

    ¿ Qué sabían saber todos ellos?, poetas, escritores de pluma sin miedo… y los otros, esos que no escriben pero dibujan o esculpen o componen… danzan… o, simplemente, respiran.

    Quizás “el miedo a La Muerte” se aloje, seguro, en El Amor a La Vida. Entonces, ¡ Que paradoja! El Miedo a La Muerte se convierte en algo Bello…

    Pero… saber sí sabían, de aquella u otra manera, que no hay muerte. No puede haberla pues, acaso, ¿ Qué es La Materia?

    Dentro de unos días se celebra un importante congreso internacional sobre ufología. En Barcelona. Buscando “el contacto”’determinante y un cambio de paradigma planetario… Pruebas hay de que pululan por aqui y por acá… aunque esos “hermanos voladores” no están teniendo mi simpatía… Shows lumínicos, huidizos, irrelevantes mientras aqui se mueren niños de hambre todos los días… Algo no cuadra y tampoco soy de redondear cuentas en dicho contexto… Pues todo es mental.

    Mientras, en Yugoslavia, se aparece La Virgen católica… más allá, entre las montañas más altivas, esos que ven sin mirar beben, cada día, pequeños sorbos de Satori… otros hablan cotidianamente con La Pachamama…

    … Paralelismos de un mismo reflejo. Ese que menciona Shakespeare. Y es que ya dijo Ortega y Gasset con su “Yo soy yo y mis circunstancias..”. Mis circunstancias son Yo.

    Reflejos de reflejos de una única imagen primigenia. Un Todo en su forma de individuo… El Dragón de las mil cara expande sus alas y en vuelo rasante insufla su hálito. Ese Aire de Fuego que asignara Trismegisto como elementos catalizadores que transmutan “Todo Lo Que Puede Ser” en “Todo Lo Que Es”, que incluye La Nada…

    Y, entonces, ¿ Qué temer?. Alegría de vivir La Vida que, eterna, sólo cambia, se transmuta en su infinita expansión.

    Un abrazo cercano,
    Álvaro.

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