Historia

La serie de Tve Isabel y la muerte de Alfonso, el Infante de Portugal

Si pensamos seriamente nos daremos cuenta que hay 3 dimensiones de acción en el ser humano. Son como el ancho, alto y largo de su naturaleza. Por un lado hay una vocación de eternidad, de altura, de elevarse como una llama de fuego hacia lo infinito, de reencontrarse a sí mismo, de hallar la escalera que lleva al cielo, o sea, hallar en sí lo que está más allá de ninguna condición, el Yo Verdadero, como nos dice el tratado filosófico hindú, el Bhagavad Gita. Esta es una dimensión ética, pues sólo el espacio de la moral interior, de la intimidad nos permite tal acceso.

La otra dimensión del ser humano es lo social. Como decía Aristóteles, el ser humano es un ser social, necesita estar integrado en un grupo que le reconozca su valor y en el que sea útil. Sin ella el ser humano está incompleto y la angustia y el cáncer de la soledad existencial devoran su alma, como vemos actualmente en las sociedades de consumo. Ésta es una dimensión horizontal, pero tan necesaria como la otra.

La tercera dimensión es de raíces, es la dimensión histórica. Necesitamos saber que tenemos una historia, y que dejamos una huella en el tiempo a través de lo que hacemos. O sea, saber que no somos hojarasca muerta. Que somos “hijos de algo” (el viejo concepto de Fidalgo) y padres de un destino compartido por otros. Sin esa historia somos siempre infantiles, preocupados por asuntos mezquinos, pues no dejar huellas en el mundo y en el tiempo es como no haber estado en él. Y esta necesidad de hacer historia es precedida por “alimentarse de historia”, oírla, leerla, verla, saber cómo nuestros antepasados han luchado contra las dificultades, ver los aciertos y errores que han cometido y las consecuencias de los mismos. Pues la Historia s maestra de vida.

En este sentido, las buenas series de televisión históricas, bien documentadas, bien realizadas cumplen una función vital, y más aún si son de nuestra propia historia, pues así como un árbol tiene sus raíces sentimos la necesidad de identificarnos con una historia, la nuestra. Las series sobre los Tudor, Roma, los vikingos o sobre el Imperio Otomano, etc., etc., están dejando una huella profunda en esta generación y están despertando el interés por la historia, ligado a un optimismo ante la vida, por la acción.

En Historia es muy difícil ser objetivos, y es muy fácil querer manipular y hacer la versión que nos interesa, traicionando la verdad. Y es muy peligroso inyectar veneno que dificulte la convivencia humana, con discordias y justificaciones de lo que es, simplemente inaceptable. Y peor aún si se hace para hacer más “picante” lo que se cuenta, darle más morbo, crear un impacto emocional que se convierte en una droga psicológica, o en un sensacionalismo que nos idiotiza.

Desde hace varias semanas estoy disfrutando con la serie Isabel, sobre nuestra Reina Católica. Un deleite en escenarios, paisajes, vestuarios, diálogos, un trabajo excelente, sin duda. Y una forma de, con la magia del cine, entrar en la grandeza y emotividad de los difíciles momentos históricos que supuso el nacimiento de España como nación, y por lo tanto, como unidad de destino.

Evidentemente que, aunque es una serie de ficción, se ciñe lo más posible a las crónicas históricas, interpretadas psicológicamente desde una u otra perspectiva. Y sin embargo, hay ciertas licencias que pueden ser inexactas, y aún venenosas, y que carecen de ninguna justificación ni se corresponden a ningún hecho histórico.

Nada diré de cómo representan al rey Don Juan de Portugal, pues es simplemente infame y merece un artículo aparte. Baste decir que el que llamamos “Príncipe los Ingenios”, o sea, Lope de Vega, le llamó “Príncipe Perfecto”, pues era perfecto en prudencia, en cortesía, cultura y erudición, en piedad filial, en fortaleza, en audacia, y un largo etc. de virtudes. Tanto que su padre, el rey Alfonso le entregó con 18 años el gobierno efectivo de la política marítima, clave en el Reino.

Pero hay una relación con el hijo de Don Juan II, con Alfonso, Infante de Portugal, en que sí debemos detenernos. En la serie Isabel se muestra el rey Fernando el Católico preocupado con que si muere su primogénito varón –el príncipe Juan-pueda heredar el trono de Castilla y Aragón su hija Isabel, y por lo tanto, que reine el marido de esta última, o sea, Alfonso, el hijo de Don Juan II. E insinúa que deben asesinarle para que Isabel, viuda, quede libre y puedan desposarla de nuevo con otro príncipe que les interese más, y para que no vaya la corona unificada de Castilla, Aragón y Portugal a manos de su país enemigo. Varias escenas después en la serie, el infante muere y se insinúa que ha sido asesinado por su ayo castellano.

Ya sabemos que el rey Fernando fue el héroe de Maquiavelo por su habilidad política, y que la máxima de que el fin justifica los medios la aplicaba a él como príncipe renacentista. Pero este asesinato es simplemente mentira. ¡Es excesivo, no sólo impropio y amoral! Además carece por completo de cualquier base histórica, y ni siquiera hay un rumor que apunte a esta infamia. Es absurdo y esta “teoría” (que ni siquiera es válida como hipótesis pues es históricamente contradictoria) no la apoya ningún historiador serio. De hecho, el rey Fernando volvió a casar a la Infanta Isabel –heredera del trono, cuando el primogénito Juan murió-con un nuevo rey de Portugal, Manuel el Afortunado.

En el artículo de RTVE de esta misma serie, titulado “Ordenó Fernando asesinar a su yerno?” explica claramente que esta hipótesis es, cuando menos, descabellada. Citan a Ángeles Irisarri, autora de “Isabel, la Reina”:

“Fernando era un rey de su época, que sabía ser magnánimo y severo cuando procedía y, según la mentalidad actual hasta cruel con sus enemigos. El caso es que el Infante Alfonso de Portugal no era su adversario, era su yerno, el marido de su hija mayor, la infanta Isabel, a la que, como buen padre que era con sus hijos legítimos y con sus bastardos quería, y, a buen seguro, que conocía el amor que se deparaba a la pareja. Además, en el supuesto de que al príncipe Juan se lo llevaran al otro mundo las tercianas, o las cuartanas, la reina de Castilla y Aragón sería Isabel-hija y Alfonso sería el rey consorte y, al revés en Portugal, y si tenían un hijo, que no lo tuvieron, la criatura sería rey de Castilla, de Aragón y de Portugal y no habría pasado nada malo (…)”

El problema es que la película la ven millones y el artículo lo leen, cuando más, miles, y así el mal queda hecho. El veneno corre de este modo por las venas de una sociedad que acepta, que en condiciones difíciles se pueden cometer aberraciones de este tipo. Y ás si las hace un rey que se presenta como modelo de conducta, un héroe.

Deberían ser los guionistas más cuidadosos con estas “lecciones de historia” o la censura más activa. La moral son los huesos de una sociedad y bastante osteoporosis sufrimos ya.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 18 de enero del 2018

1 comentario en “La serie de Tve Isabel y la muerte de Alfonso, el Infante de Portugal”

  1. Don Jose Carlos, con mi mayor respeto… es que quizás los escritores como usted, mucho más allá de meros críticos, deberían enviar sus artículos a esos guionistas, directores y productores. No con la única intención de “hacerles saber” sobre esto y aquello (pues quizás lo sepan y no les importe) sino, precisamente, para hacer hincapié en que ellos, como ciudadanos; como personas, son igual de perjudicados con su indiferente posicionamiento ante La Mentira…

    No se… o sí…
    Un abrazo cercano y lleno de admiración, un vez más.
    Álvaro

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