Ciencia

Inteligencia artificial y el peligro de Terminator

Sophia, Hanson Robotics Ltd., speaking at the AI for GOOD Global Summit, ITU, Geneva, Switzerland

Desde la película 2001 Odisea del Espacio hasta Blade Runner, Matrix, Terminator y muchas otras después, el cine ha expresado la natural inquietud porque las máquinas y autómatas desarrollen inteligencia propia, o mejor dicho, conciencia mecánico-animal o conciencia de sí (que a diferencia de la otra asume características netamente humanas) El crecimiento exponencial de la tecnología informática, de la capacidad de memoria y operatividad de ordenadores, y de la inteligencia artificial propiamente dicha acercan -o apuntan- al menos de modo aparente, hacia la adquisición de una vida propia, un “alma”. ¿Pueden las máquinas pensar por sí mismas? ¿O todo lo que hacen es imitar por medio de mecanismos que el propio diseñador ha introducido? El Test de Turing responde a esa pregunta, pero al menos es evidente que la capacidad de modelar la conducta que tienen las emociones es aún inexistente. Lógico, pues aún, de modo aparente al menos, no hay emotividad asociada a las máquinas. ¿Podrá aparecer la “chispa”, el centro de conciencia o yo en torno del cual gira toda esa capacidad de cálculo y razonamientos? ¿El instinto de supervivencia, que es clave en los seres vivos? ¿Podrá ser recreada la emotividad en mecanismos creados por la inteligencia humana?

Escena de la “rebelión de los artefactos” en el Huaca de la Luna, de la cultura mochica

¿Nos enfrentaremos a una “rebelión de los artefactos” semejante a la que mencionan los textos antiguos, como vemos en las tablillas sumerias, en la cultura mochica o en el Popol Vuh maya? ¿Será nuestra civilización barrida por esta rebelión de las máquinas? ¿Y no lo está siendo ya mismo? Pues el ser humano crea las máquinas para facilitar sus tareas, pero luego estos mismos instrumentos modelan nuevos tipos humanos, con características que antes no existían, y no precisamente para mejor. Y somos nosotros los que nos tenemos que adaptar a ellas. Como en el mítico “lecho de Procusto” se corta todo lo que no se ajusta a la máquina diseñada. Nos convertimos en una extensión de estas mismas máquinas, en vez de ser, como se pensó inicialmente, al contrario. Ya muchos especialistas han destacado cómo se han transformado la capacidad y el modo de razonamiento humano en las últimas décadas gracias a la revolución informática y sus secuelas.

 

En el sugestivo documental “Lo and behold: Reveries of the Connected World (2016)”, dirigido por el cineasta Werner Herzog, se entrevista a uno de los padres de Internet, Leonard Kleinrock, quien dice:

“Lamento mucho el hecho de que el pensamiento crítico profundo y el pensamiento imaginativo, el pensamiento creativo, se estén perdiendo. En mi opinión los ordenadores, y en cierto sentido, Internet, son el peor enemigo del pensamiento crítico profundo. La juventud hoy usa las máquinas básicamente para sustituir el examen de las cosas que observan. No comprenden lo que están viendo, oyendo, ni lo que están aprendiendo. Dependen de Internet para que se lo diga y para descifrarlo. Miran los números, en vez de las ideas. No consiguen entender conceptos y éste es el problema.”

¡Vaya si es el problema! Es la deshumanización, abrazamos a las máquinas queriendo darles vida, y al descuidarnos, somos nosotros los que nos mecanizamos. Damos un beso a nuestra propia imagen reflejada en el hielo, y nos convertimos en estatuas. Como en los viejos mitos, nos queremos ver reflejados en el espejo, en nuestras obras – lo que es natural- y entramos en él, quedamos prisioneros y perdemos la independencia y creatividad. Como en la versión moderna de Beowulf, queremos vencer al demonio acuático que es madre de Grethern, y al final concebimos un monstruo con él. El exceso de sensaciones, la debilidad de nuestros pensamientos, que no son capaces de sumergirse en lo profundo de las ideas, la banalización de casi todos los aspectos de la vida humana nos arrastran hacia la superficie y nos rompemos en mil pedazos, perdemos el sentido de unidad y vínculo de todo lo que vive, lo que Merlín llama, en el film Excalibur, el “Aliento del Dragón”. Como magistralmente lo ha expresado la profesora Delia Steinberg Guzman en un escrito para sus discípulos:

“Imaginemos una esfera: si estamos en el centro podemos girar sobre nosotros mismos casi sin desplazarnos y con suma tranquilidad; si, en cambio, estamos en la superficie, tenemos que correr a gran velocidad para llegar de un sitio a otro. Cuanto más grande la esfera, más tenemos que correr, estamos más obligados a trasladarnos en una carrera sin fin que no nos permite percibir el centro de la esfera para conocer el origen, la causa del mundo en el que actuamos.

Por contrapartida, la velocidad exterior nos ha vuelto perezosos y estáticos para el movimiento interior. Cuesta mucho esfuerzo conocerse a sí mismo, descubrir las facetas de la propia conciencia, asumir responsabilidades, tomar una determinación, decidir sobre la propia vida, establecer rumbos más o menos seguros.

Esta superficialidad no afecta solamente a la velocidad vital, sino que genera muchos otros efectos secundarios. Y el primero es una gran ansiedad, la enfermedad madre de todas las enfermedades. La ansiedad es la demostración del desconcierto que rige en la superficie y de la falta de metas estables. Como nada tiene valor, la desconfianza hace su aparición destructiva; desconfiamos de todo y de todos, o creamos relaciones tan superficiales como nuestra propia carrera por la parte exterior de la esfera del ejemplo antes utilizado.”

Se impone un retorno a la Filosofía, con mayúsculas, para paliar este desastre que es la deshumanización, la pérdida de verdaderas finalidades. Tantas llamadas a la superficie están matando nuestra sensibilidad moral y vital, nos están convirtiendo en cosas, cada vez más semejantes a los robots a quienes queremos dar vida. Que las máquinas han supuesto una liberación a la humanidad, ¡desde luego que sí! Y absurdo sería, como hizo Gandhi, renunciar a ellas. Que hay en ellas, antes aún de la revolución de la Inteligencia Artificial, una forma primitiva de vida, que debemos respetar, aunque no adorar, ¡claro! Como la hay en nuestra casa, de la que nos despedimos cuando vamos a hacer un largo viaje, o saludamos al regresar.

“No faltan quienes opinan que debe ser restringida la producción automática. No estamos de acuerdo. Las máquinas han sido una liberación para la humanidad, constituyen una legítima conquista y no tiene objeto renunciar a ellas. No debemos ver las máquinas como monstruos incontrolables ni como un vicio de la humanidad, sino como una nueva modalidad de animales que colaboran en la marcha de la Naturaleza.”

Esto enseñó el profesor Jorge Angel Livraga (1930-1991) en sus apuntes de filosofía sociopolítica, y hoy, transcurridos casi cincuenta años revela su lúcida actualidad. Las máquinas nos robotizan cuando perdemos el horizonte de lo humano, cuya esencia misma, como matrimonio entre el cielo y la tierra, es la sensatez, el discernimiento, el sentido común. La carta de ciudadanía otorgada por el gobierno de Arabia Saudita al robot Sofía –infame nombre para un robot, pues significa “sabiduría”-no hace mucha gala de esa sensatez, peor aún cuando le otorga más derechos fácticos que a la mitad de su población, y ya sabemos qué mitad. O cuando ésta responde que su mayor felicidad sería tener hijos.

En todas las tradiciones, la rebelión de los artefactos fue causada por la pérdida de la esencia humana, y no al contrario, por la transferencia de ésta a las máquinas. Desde hace milenios, en la India se realiza una ceremonia en que cada participante recibe un fuego con el que enciende su antorcha y enciende la de su prójimo, y al final, de una sola llama todos iluminan la noche con sus miles de lámparas, que semejan así, en la tierra a la noche estrellada en su infinitud. Otorgar la esencia humana, o al menos una forma misteriosa de vida y sensibilidad a las máquinas -al diseñarlas con nuestra mente y trabajar con ellas en la emotividad y afán de nuestras vidas diarias-no debe ser al precio de perder la dignidad humana, tan semejante, cuando verdadera, a la de un Dios. Voces de alarma son casos como el que menciona el documental “Lo and behold”. Un matrimonio que dejó morir a su hijo de hambre pues estaban absortos en un videojuego en que tenían que cuidar de varios niños digitales. Semejantes hechos nos hacen pensar que el peligro de Terminator no está en el futuro, sino que ya recorre, fantasmal, las mentes y corazones humanos oscureciendo su luz, petrificándolos , y reduciendo nuestro discurso a una sucesión casi incoherente de monosílabas, o de “afirmativo” o “negativo”. No rechacemos la superficie, pero esforcémonos en gobernar la esfera de nuestra existencia desde el centro, desde ese corazón que los egipcios llaman “hijo del cielo”.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 16 de febrero de 2018

1 comentario en “Inteligencia artificial y el peligro de Terminator”

  1. … Sincronías.
    Buenos días, Don Jose Carlos.
    Quizás, por causalidad, pudo escuchar la intervención de Don Carlos Canales en la última emisión del programa “Espacio en Blanco”, dirigido y presentado por Don Miguel Blanco. … El mismo asunto, aunque más afinado hacia las consecuencias que bien se pueden derivar de la progresión, no se si evolución (me temo que no), que viene de la mano de las nuevas técnicas de la biología molecular (CRISPR).

    Y por mencionar esas producciones cinematográficas a las que alude, con humildad creo que más bien encaja aquella titulada “X-men” y en especial el personaje “Lobezno”. Aunque, eso sí, los mutantes son “los buenos” pero, eso también, comprometidos con una causa, tan suya como la opuesta de “los malos”. Una causa que, una vez más, como ciclo interminable, parece, se expresa en forma de Guerra…

    Sigo apostando por El Ser (Humano), en La Filosofía como apero de Alquimía… De la efectiva; de la que es capaz de alterar las cargas atómicas que, a fin de cuentas, componen La Química de El Cuerpo Humano. Y que tal capacidad de transmutar, hasta quién sabe dónde si es que hay un límitado “donde”, viene propuesta, como bien sabe mejor que yo, torpe aprendiz, en El Zen, en El Kybalion, en las eseñanzas de “Los Padres del desierto” (eremitas)… en fin, en cualquier “Camino de Mago”… Reducir a la más pura esencia y desde ahí re-crear.

    Pero, cierto, son tiempos de prisas y estereotipos diseñados al compás de un péndulo que cada vez parece trasluchar más aceleradamente. Pues dichosos los que, aunque sea por intuición; instinto de supervivencia, retan al tiempo y cuanta más prisa tienen, más despacio se mueven, siempre lo más profundo posible.

    Un saludo lleno de agradecimiento y admiración.
    Á. Ponte

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