Filosofía

San Agustín y su ciudad celeste

Dos ciudades han surgido de dos amores: del amor a sí mismo, hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrestre, del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”

San Agustín  De Civitate Dei  Lib. XI  Cap. 28

San Agustín, retrato de Philippe de Champaigne en el siglo XVII

Por casualidad he leído esta frase del Obispo de Hipona, de admirable poder retórico. Ya sabemos que San Agustín, antes de convertirse al cristianismo fue magister retoricum de la ciudad de Mediolanum, la actual Milán, o sea, el representante de dicha ciudad para hacer eventuales discursos ante la llegada de autoridades, en fiestas, etc., además de enseñar a las nuevas generaciones de oradores. Y sin embargo la aparente belleza y vigor de una máxima no indica que sea verdadera. Como decía Confucio, un sabio siempre hará bellos discursos, pero no todos los que hacen “bellos” discursos son sabios, y muchas veces ni siquiera honestos. El discurso de Nerón despidiéndose de Séneca, poco antes de asesinarle fue ciertamente bello, pues el bicho que moraba en la Domus Áurea, como araña en su red de intrigas y crímenes, había aprendido retórica del mismo Séneca.

El libro “La Ciudad de Dios” es una obra tardía de San Agustín, escrita ya en su vejez, entre el 412 y el 426. El título original es “La Ciudad de Dios contra los paganos”, y, dada su extensión, 22 volúmenes, son innumerables los temas que trata: el destino y la historia, la providencia, el bien y el mal, la existencia y naturaleza de Dios, etc.

El saqueo de Roma por los visigodos en el año 410 conmocionó al mundo antiguo. La gente lo atribuyó a un castigo divino por haber sucumbido a las doctrinas alucinantes, sectáreas y excluyentes de los cristianos, y por dejar de rendir culto a los viejos Dioses. Sea esto cierto o no la verdad es que la nueva religión deshizo por completo el tejido social e institucional del Imperio Romano con sus fantasías del inminente Fin del Mundo y el rechazo a los viejos valores de la Concordia, la Palabra Empeñada, la Fidelidad, el culto a la Patria, etc., etc. ¿Qué sociedad se puede mantener en pie creyendo que en varios años vamos a presenciar el Fin de los Tiempos, cómo trabajar así para el futuro? Y es evidente que quien más va a sufrir esta ausencia de futuro son los que vienen después, los hijos y los nietos, que se ven en el vacío, con las instituciones públicas –jurídicas, educativas, militares, etc.- en ruinas y sin nada que las reemplace.

San Agustín escribió su Ciudad de Dios para “demostrar” que el Cristianismo no tenía ninguna culpa en esta catástrofe; y que por el contrario, era la solución, pues Roma era la “Ciudad Terrestre, nacida del desprecio de Dios” y la nueva religión trabajaba para la “Ciudad Celeste”, abandonando toda preocupación mundana. Con lo que el mundo, que es la cristalización de nuestro trabajo en él, se fue apagando entre la oscura niebla ácida de una Edad Media que devoró no sólo ciudades, sino casi a la misma condición humana, hasta tal punto animalizada.

El tema de la Ciudad Celeste no es nuevo. La misma Acrópolis en lo alto de las montañas, desposándose con el azul del cielo y los Dioses o Ideales que en él viven, representa una imagen en la tierra de la misma; su primer reflejo, desde el cual se podía construir, ahora sí una ciudad de verdad. Pues las Acrópolis eran la piedra angular, llave de bóveda o piramidón que daban la medida a las diferentes instituciones en la misma.

Vemos esta Ciudad de Dios en la Jerusalén Celeste del Apocalipsis de San Juan, que luego Felipe II querría reconstruir en su monasterio-ciudad-palacio de  El Escorial.

También en algunas catedrales góticas vemos representada esta “ciudad de ideales” como una maqueta o copia en pequeño de la misma encima de la Virgen, Cristo o Santo en el parteluz del Pórtico, suspendida sobre su cabeza, pues ha sido por Ellos antes pensada o soñada.

Y mucho antes, en los textos mesopotámicos o en los egipcios, es fácil comprobar que cuando se refieren a ciudades como Heliópolis, etc; no lo hacen a las físicas, sino a ciudades celestes o estados de conciencia donde moran los Dioses, es decir, vivificados por los Arquetipos platónicos.

Monasterio de El Escorial

Lo pavoroso en esta afirmación de San Agustín es que corta el vínculo entre la Ciudad Celeste y la que debe ser su sombra, la terrestre, a la que se culpa así de todos los males y desgracias, con lo que la tierra y los asuntos humanos quedan abandonados a las potencias del caos.

El profesor Livraga (1930-1991), en su artículo “Qué es un Ideal” dice que éste es “un modelo celeste que reclama de su sombra terrestre una cada vez mayor perfección para parecérsele lo más posible. Es por lo tanto, una finalidad y demarca un camino, una línea de tensión de conciencia entre su asiento natural y asiento superior elegido, pues la conciencia espiritual tiende a identificarse con el Ideal”

Es paradójico, y sin embargo, el justo karma. San Agustín y el Cristianismo, después de elogiar a los primeros mártires por desertar en plena batalla -y animar a otros a hacer lo mismo- por querer ser fieles a Dios y no a Roma; después reclaman a los soldados cristianos de las legiones romanas que se mantengan firmes en su puesto, que no quieran ser monjes ni santos, sino que cumplan su deber militar, para protegernos a todos, que es lo que Dios les pide. ¡Al infierno con esta doble medida! Antes de Cristo, y con él, ya habían renegado los filósofos pitagóricos de esta “doble medida” que lleva a la muerte del alma y a disolverse en la materia. Bendita la bella Simplicidad, tal y como la describe el filósofo Giordano Bruno en su “Expulsión de la Bestia Triunfante”: “Es sencilla, muestra un aire seguro y confiado, es uniforme y representa y tiene similitud con el rostro divino (…) Su semblante es amable, porque nunca cambia, y por eso, como gusta al principio, siempre place, y no por defecto suyo, sino del otro, puede dejar de ser amada”

Representación de la Ciudad Celeste encima de la cabeza de la Virgen, en la Fachada del Juicio en la Catedral de León

La misma oposición que hace San Agustín entre ambas Ciudades es una doble medida, un hachazo a la misma uniformidad de las leyes de la Naturaleza, o sea, los Decretos de Dios.

En la mentalidad clásica la ciudad terrestre quiere evocar a la celeste, alcanzar con todas sus fuerzas su divina “medida”. Lo que nunca es posible, por la resistencia que ejerce la materia, e incluimos aquí también a la “materia humana” que se niega a abandonar sus hábitos viciosos o simplemente inútiles. Pero la Medida, el Ideal está siempre ahí, como guía, como referencia, como faro en la tempestad, y aún como esperanza redentora. Hay un Norte, y es necesario encontrar los caminos en la tierra que nos permitan, a veces con rumbos aparentemente contradictorios, avanzar en esa dirección. Pero si miramos la Estrella y avanzamos renegando de la tierra que pisan nuestros pies, es evidente que tropezaremos y caeremos.

Esta lección es también la que nos da el organismo humano, en que nadie es perfecto, pero las células obedecen las leyes escritas en su ADN. Y cuando no lo hacen es porque se convierten, no en una célula santa, sino en una cancerígena.

Además, para los filósofos romanos, griegos, egipcios, etc., el amor a sí mismo, o sea, la búsqueda de la belleza, luz y justicia en el propio corazón humano era la clave para llegar a sentir y vivir el “amor de Dios”. La falta de confianza en lo mejor de nosotros mismos nos convierte en seres abyectos, mutilados, traumatizados, llenos de angustias y miedos, mendigos de la vida, sin nada que ofrecer a los demás. La oposición que hizo San Agustín, y el Cristianismo en general entre el sí mismo y Dios ha dejado un rastro de cadáveres morales e hipocresía. Sus frutos han sido, y son aún, muy amargos, y los que caen en las redes de estos sofismas, abandonando su voluntad al tótem de cualquier perversa creencia, son “carne de sectáreo” y fanatismo, sin libertad interior, ni capacidad para pensar por sí mismos, ni decisión para servir a aquello que consideran noble, justo y bueno… el único modo de construir una Ciudad Terrestre que no sea enemiga, sino imagen de la Celeste. Pues esto es, y no una fuga hacia adelante o hacia atrás, lo que la Ciudad de Ideales reclama de su sombra, y de sus “hijos del alma”.

Qué bien lo expresaron los sabios egipcios: “Si Ra avanza, yo avanzo. Si yo avanzo, Ra avanza.”

No hay oposición, la Luz es siempre la misma, brote del corazón del universo o del propio corazón.

 

Jose Carlos Fernández

Córdoba, 30 de Diciembre del 2017

1 comentario en “San Agustín y su ciudad celeste”

  1. Buenos días, Don Juan Carlos.
    Feliz Solsticio!
    Acaso coinciden, se unifican, todas Las Tradiciones en lo funda-Mental.
    ¿ Cuentos chinos?; o La Historia de un ADN en evolución que, como fracles, vemos en sí misma en el proceso de crecimiento psicofísico.
    Universo en Expansión. “Si Ra avanza, yo avanzo. Si yo avanzo, Ra avanza”… “Como es Arriba es Abajo” por lo tanto “Como es Abajo es Arriba”.
    No se puede, (discreta opinión), olvidar, eludir, que la cosmología cristiana deviene de la egipcia. Pero… ¿ Realmente hay un Dios Creador y un “Plan Divino”?. La Tierra, La Materia, es parte de El Universo. No sólo como Espacio en Movimiento sino, también, como Entidad de naturaleza mental y separar La Ciudad Terrenal es ver incompleta La Ciudad Celestial… porque ambas son una y que, por tanto, o las dos son imperfectas, o ambas son perfectas.
    San Agustín, como todos (o casi todos) no escapó de “la socialización inducida”… ¿ La Verdad? ¿ Cuál es “La Verdad”? La mia ven a buscarla, la tuya guárdatela.

    Un saludo muy cordial.
    Y, siempre, Gracias.
    Á. Ponte

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