Literatura

Shakespeare y Euclides

En una de las biografías de Abraham Lincoln (1809-1865) se cuenta cómo éste, uno de los más gran des oradores y estadistas de su tiempo, forjó su mente con Shakespeare y Euclides. A diferencia de sus adversarios políticos, su cultura no era tan extensa y variada, pues sus orígenes eran humildes -era hijo de un leñador y tuvo que hacerse, casi desde cero, a sí mismo -pero su profundidad de pensamiento, y su capacidad para llegar al quid de las diferentes cuestiones era asombrosa.

Después de examinarse y obtener el título de abogado, viajaba en burro de un pueblo a otro, en el estado de Illinois, y pasaba horas y horas meditando sobre una sola de las Proposiciones de los Elementos de Euclides -reconstruyendo en su imaginación sus diagramas geométricos- o una escena de Shakespeare, intentando beber en ella su divino elixir, oyendo con el alma las melodías y armonías de sus sentimientos y dilemas. Y así miles y miles de horas pues continuaría con Shakespeare y Euclides como Biblia no sólo de su juventud, sino también de su madurez y vejez.

Steven Spielberg lo refleja muy bien en su película sobre el décimo sexto presidente de Estados Unidos, en una de las escenas, en plena guerra civil, toda la noche con su libro de Euclides mientras esperaba noticias del frente de batalla, durante la Guerra de Secesión.

De Shakespeare diría que sabía su obra casi de memoria, sólo menos, si acaso, que un actor que hubiera dedicado su vida entera a representar sus dramas y comedias.

Evidentemente, la sabiduría de vida  y sentido práctico de Abraham Lincoln era proverbial, y si Shakespeare y Euclides eran su esqueleto moral y anímico, su mente estaba facetada como un diamante, al aprender y leer en el libro de las infinitas vicisitudes de la vida, y en la calma observación de la naturaleza.

Sólo quizás de esta manera, pudo enfrentar uno de los más grandes desafíos de su época, liberando a su país del peso y la lacra de la esclavitud de los negros, y evitando que el país se desmembrase perdiendo así su vigor, y el protagonismo que ejercería en el siglo XX.

Shakespeare y Euclides, qué dos monumentales columnas del Templo de la Filosofía Práctica y de la ciencia del alma y la vida. Qué necesarias aún en estos tiempos en que la conciencia se ve fragmentada por mil y un conocimientos sin nexo, o llamados por infinidad de estímulos que la dispersan. Qué difícil hoy profundizar, ir hacia el centro de la esfera de lo Real, pues la sociedad de consumo y la tecnología al servicio de los bajos intereses hacen que como sombras dancemos en un mundo de sombras, agitándonos histriónicamente. Sin cielo y sin raíces, siempre en la superficie, alejados así del corazón de la vida, y de los Ideales que la justifican.

Qué sin fin de enseñanzas y de vivencias, qué éxtasis y purificación, en La Tempestad, en Cimbelino o el Cuento de Invierno, o en cualquiera de sus 36 dramas, tragedias y comedias. Cada gran prueba del alma en este escenario que es la vida, allí está expuesta. El infierno de los celos, como serpientes enfurecidas en Otelo, la inconsciencia senil y la ingratitud en el Rey Lear, el ser o no ser de Hamlet, o el vuelo del amor que redime en Romeo y Julieta, etc., etc.

Y qué cristalinas, qué lógicas, qué belleza la de los razonamientos aritméticos y geométricos de Euclides, qué mundo tan ordenado y puro el de sus enseñanzas con puntos, líneas y triángulos, usando sólo la regla y el compás, resumiendo todo el saber matemático griego de su tiempo.

En sus páginas oímos de nuevo los ecos de la sabiduría de Tales, Pitágoras o Eudoxio de Cnido, grandes Iniciados, y como dice Josep Pla i Carrera en su biografía de Euclides:

“A lo largo del siglo IV a.C. se consolidaron las nuevas herramientas lógicas creadas por los filósofos estoicos y Aristóteles, herramientas que constituyen la estructura del texto euclidiano. En particular, Aristóteles impuso limitaciones al concepto del infinito, una noción de importancia fundamental, ya sea para la aritmética de raíz pitagórica , ya para la geometría de Euclides y muy especialmente para el postulado crucial de las paralelas.

Los Elementos de Euclides son el legado y la síntesis definitiva de estos antecedentes. En el desarrollo de la matemática griega –fundamentalmente de la geometría-, hay un antes y un después de esta obra magna. Otros tratados de carácter fundamental de geometría, de astronomía y de aritmética (como la Syntaxis, de Claudio Ptolomeo, la Aritmética de Diofanto, o la Sintaxe Matemática, de Papo de Alexandria) son herederos de su estilo deductivo. Y aun así, el impacto fue más trascendente.

El historiador Carl B. Boyer calificó a los Elementos como el libro de referencia más influyente de la historia, y según estimó, sólo la Biblia tuvo más ediciones (cerca de mil). Descartes y Newton aprendieron en sus páginas y obras como Los Principios de filosofía o los Principia mathematica, escritos casi dos milenios después de los Elementos, son estructuralmente reminiscencias de esta última. Con toda certeza, es el texto matemático más relevante alguna vez escrito.”

Qué necesidad de retornar de nuevo a una educación y  una Filosofía más vital, pues esta última lleva más de un siglo mirándose al ombligo y soñando fantasmas. Sin duda Euclides y Shakespeare serán dos de las columnas maestras en el templo del reencuentro con lo mejor de nosotros mismos, en una nueva pedagogía que nos haga más buenos, más sabios y más justos.

 

Jose Carlos Fernández

1 comentario en “Shakespeare y Euclides”

  1. … Feliz Solsticio, tengan todos y sea, cada uno de sus pasos, una creadora, constructiva y cálida creación, exhalación sobre La Nada de la que El Todo emerge, como burbujas de un agua con gas…
    Gracias una vez más, Don Jose Carlos.
    Á. Ponte

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