Literatura

Los dos hidalgos de Verona, de William Shakespeare

JULIA- Sus palabras son cadenas; sus juramento, oráculos; su amor, sincero; sus pensamientos, puros; sus lágrimas, intérpretes verdaderos de su alma. Su corazón dista de la perfidia como la tierra del cielo.

LUCÍA-Ojalá le halléis así al llegar a su lado.

No hay placer en la tierra comparable a la dicha de servir al Amor

Escena final de “Los Dos Caballeros de Verona”, Valentine salvando a Silvia de la violencia de Proteo, de Francis Wheatley.

 

Es considerada también una de las primeras obras escritas por Shakespeare, y aunque sólo la hallemos por primera vez impresa en el First Folio del año 1623, hay menciones de ella en 1598, y los expertos afirman, basándose en cuestiones de estilo, que debe haber sido escrita en torno al 1591. Es uno de los dramas menos representados de nuestro poeta, y de hecho, no hallamos registro de que lo fuese en vida de Shakespeare, y ni siquiera, hasta el año 1762.

El tema es, al parecer la amistad entre dos hidalgos de Verona, y cómo la pasión –los dos jóvenes rendidos de amor por una misma mujer- quiebra este santo hermanamiento. Sin embargo encontramos un mensaje velado que podría asociarla al misterio de la encarnación de las almas.

Dos jóvenes de noble educación (hidalgos), Valentino y Proteo, de Verona, se ven obligados a separarse cuando el primero marcha a la corte del emperador en Milán. Proteo está enamorado de Julia y prefiere quedarse en la ociosidad de sus cuitas,  aunque haya sido reprendido por su amigo por su inactividad y el yugo de sus afectos. Y sin embargo, el padre de Proteo, con la finalidad de que adquiera experiencia e instrucción, le envía también a Milán, contra sus deseos. Cuando llega a esta ciudad encuentra a su amigo enamorado de Silvia, hija del duque de Milán, y él mismo queda arrebatado por su belleza. Proteo llega incluso a calumniarle ante el emperador para deshacerse de su rival, antes amigo del alma, y así Valentín es exiliado y al huir, convertido en jefe de una banda de “ilustres” forajidos, que medran en un bosque entre Verona y Milán. Julia, incapaz de esperar el retorno de su amado Proteo, viaja a Milán disfrazada de paje y entra a su servicio. Silvia, al saber la traición de Proteo a su amigo, le maldice y no cede a su cortejo, ni al de Turio, inepto, pero rico pretendiente, que por razón de su dinero era el preferido de su padre. Silvia huye y burla la vigilancia paterna, simulando ir a confesarse a una ermita. Al final todos se encuentran en el bosque, donde Proteo, harto de ser rechazado decide tomar a Silvia por la fuerza. Valentín la defiende, llamándole a razones, en virtud de su vieja amistad. Proteo se arrepiente, y renuncia a ella, incluso, cuando el amigo “se la cede”, dando así más valor a su amistad que al propio amor. Julia se desmaya y descubren quien es, y Proteo vuelve a emparejarse con ella. Al final, ya “cada oveja con su pareja”, encuentran la felicidad, pues el emperador autoriza a Valentín a casarse con su hija.

En medio de esta trama los dos criados de Proteo y Valentín, Launce y Speed respectivamente, causan las delicias del lector con sus bromas y equívocos.

Harold Bloom, uno de los más famosos, eruditos y superficiales de los expertos en nuestro dramaturgo, en su “Shakespeare, la invención de lo humano” dice que esta obra debería ser descartada (¡¡¡) por la falta de consistencia y falta de genialidad. Tiene razón en que se generan situaciones inverosímiles, pero es que precisamente en ellas está el quid de la cuestión esotérica. Silvia lo último que dice en la obra es “¡Cielos!” cuando Proteo decide violarla, y en el resto de las páginas ya no se la oye, aunque es, diríamos hoy, la “reina de la fiesta”, ¡poco creíble! Y menos que después de esta villanía, no consumada, su amigo Valentín esté dispuesto a cedérsela, y ella se quede en un “ambiguo silencio”. Sinvergüenza y mentecato es como llama H. Bloom  a uno y otro de los protagonistas, hidalgos de Verona y justifica así que el público no pudiera aceptar esta farsa, tan increíble.

Es Mather Walker, en su artículo “Francis Bacon and the Mystical Roots of The Two Gentlemen of Verona” quien, en mi opinión, ha encontrado una de las claves secretas de esta obra. Hay un personaje insospechado, que asume una importancia aparentemente desmedida, que es el perro de Launce, llamado Crab. Incluso, el mismo Launce asume las culpas de robo de un pedazo de carne de éste, para evitar que su mascota sea castigada.

Este perro nos hace pensar, desde luego, en el dios egipcio Anubis, que sus sacerdotes identificaron con la estrella Sirio. La misma constelación Canis Minor en que está, diseña perfectamente el perfil de esta divinidad-perro,  y en él Sirio se convierte en su ojo derecho. El nombre Crab es cangrejo, o sea, la constelación de Cáncer en que esta estrella ejerce su influencia, pues su conjunción con el Sol se da en el mes de julio, los días de más calor, llamados, precisamente, de la “canícula” o del perro (o sea, de Anubis). El conocimiento sobre este Dios, llamado el Señor del Tiempo pudo llegar a Shakespeare a través de las obras de Plutarco, de las que era infatigable lector, como se ve en Julio César o en Timón de Atenas. Él, Anubis, es el pastor de almas (de ahí su posterior relación con Cristo) y las guía hacia la luz, es, por tanto el Dios de los Muertos y el de los Iniciados. Las protege y ayuda a encarnar (en su forma de “Abridor de Caminos, Upuaut, cuyo símbolo es, precisamente, la placenta), y también a desencarnar, guiándolas en las sendas invisibles. Son también llamativas en esta obra, en un diálogo “humorístico” entre Proteo y Launce, las alusiones al hombre como una oveja que necesita un pastor que la guíe y proteja. Las alusiones también a la importancia del báculo que sostenga en pie en el camino, ya que este báculo de pastor era otro de los símbolos asociados a Anubis, al que los egipcios pedían ayuda para “mantenerse” en pie en medio de las corrientes y dificultades del mundo inferior (la tierra en que soportan sus pruebas las almas encarnadas). Además Él, como guía en lo invisible hacia la Luz, era el Señor de la Esperanza.

VALENTÍN- ¡Calla! A no ser que la primera palabra que pronuncies tenga sobre mi vida un poder de muerte. Si es así, te ruego que la hagas oír como el último cántico de mi último dolor.

PROTEO- No deplores lo que ya es irremediable, y busca remedios a lo que deploras. El tiempo es padre y creador de todo bien. Si permaneces aquí no podrás ver a la que amas [a Silvia, que representa la Sabiduría, el equivalente a la Sofía gnóstica o la Atenea griega], imprudencia que además, te costará la vida [la del alma]. La esperanza es el báculo de un amante, camina desde aquí con él y úsalo contra los pensamientos de desesperación.

Además, como muy bien explica el profesor Fernando Schwarz en su Egipto Invisible, Anubis representa el eje Sur Norte, y Valentín, justo después de este diálogo, le dice a su criado que se reúna con él en la Puerta del Norte, sale en esa dirección, para entrar en el bosque. Es el símbolo del alma que desencarna o que avanza hacia lo profundo, hacia lo desconocido.

Recordemos, también, la importancia que se le dio en la Antigüedad Clásica y en la filosofía neoplatónica a las puertas zodiacales de Cáncer y Capricornio, las de los solsticios de verano y de invierno respectivamente. Tal como se refiere en el Antro de las Ninfas de Porfirio, son, alegóricamente,  las puertas por las que las almas entran en la materia (o sea, que simbólicamente “mueren”, en el solsticio de verano) y por las que salen de ella (por las que “nacen”, al liberarse de la carne-prisión-olvido):

Para los Egipcios, no es Acuario el signo con el que comienza el año, sino Cáncer, ya que cerca de Cáncer se encuentra la estrella Sothis, llamada estrella del perro por los Griegos. Para ellos, el primer día de este mes viene señalado por la salida de Sothis, que es el principio de la generación en el mundo. Por tal razón, Homero no ha establecido ninguna puerta a Levante o Poniente ni en los equinoccios, es decir, en Aries o Libra, sino al Sur y al Norte; al Sur las aberturas más meridionales y las más septentrionales, al Norte; pues este antro estaba consagrado a las almas y a las Ninfas Hidríades y estos lugares convienen al nacimiento y muerte de las almas.

Mather Walker en el artículo ya citado, dice que Valentine-Proteo-Thurio, los tres pretendientes de Silvia (Sofía, la sabiduría pura, pero exiliada en la tierra de los mortales según el gnosticismo del Pistis Sophía) representan:

1-Valentine- La mente racional y pura, el manas de la filosofía hindú y teosófica, el alma causal que siembra y recoge el fruto de sus actos en el teatro del mundo. No deja de ser llamativa la identidad de este nombre con el autor de Pistis Sofía, y también con el alma valiente, que debe adquirir experiencia y sabiduría en la tierra. Sabiduría es la pura luz, el alma de todo lo que existe, la madre, amada y último anhelo del ser humano, la conquista definitiva. La experiencia es la que es necesario ir adquiriendo en un proceso alquímico de dolor y superación, pues el oro se prueba y depura con el fuego, y los hombres con la desgracia, según tantas veces enseñaron los clásicos. La experiencia se adquiere con el trabajo y se perfecciona con el tiempo, leemos en esta obra, y el tiempo es padre y creador de todo bien[1].

2-Proteo- El cuerpo astral, la psique o cuerpo formativo (incluye la mente inferior o de deseos, kama manas en la terminología teosófica), la imaginación y la fantasía. El propio nombre de Proteo es muy indicativo, pues la psique es proteica, se transforma incesantemente. Asume las imágenes de la naturaleza –toda la naturaleza, con sus reinos mineral, vegetal y animal viven y hallan su eco y reflejo en nuestra psique-, si mira hacia fuera; o sigue los dictados del Yo interior, la mente si ésta ilumina con fuerza desde dentro. Qué apropiada la frase que dice este personaje: “Huía del fuego, por no abrasarme, y he caído en el mar, donde me ahogo”, éste es exactamente el recorrido de la psique desde la mente, que la consume con su fuego, hasta la materia, que la absorbe y ahoga.

3-Turio- El cuerpo. El que carezca de ningún tipo de luz, distinción y nobleza, ni siquiera potencial, lo dice todo. Más que sea rico, que tenga posesiones terrenales. Y que sea un cobarde redomado –“nadie tan cobarde como el egoísta” dijo un sabio, y nada tan egoísta como la araña siempre al acecho del yo inferior-. También que sea oscuro, que oscura es la tierra y el carbón que absorben la luz, y la materia que quiere aprisionar el alma. En el De Imaginum de Giordano Bruno, se describe la relación entre la forma y la materia, como el abrazo de un niño blanco y una niña oscura.

Son en realidad los mismos tres estados, condiciones o naturalezas que aparecen en la elección de Porcia en el Mercader de Venecia, y asociados al oro solar (la mente), la plata lunar (la psique) y el plomo[2]saturnino (la materia opaca).

Uno de los asuntos que más nos llama la atención es las veces que se dice que Valentín y Proteo son uno, o el uno para el otro. Por un lado porque ese es el sentido íntimo de la amistad. Como diría Aristóteles, un amigo es un “otro yo”. Pero ambos, Proteo y Valentín son muy diferentes, son entonces como las dos caras de lo mismo, como el principio emocional y el mental en la naturaleza humana, o como las dos caras  de la mente en la filosofía hindú, la una apuntando a lo permanente, al cielo, y la otra a todo lo que sucede y vive en el mundo. Son como Cástor y Pólux en la mitología griega, el uno inmortalizando al otro (Proteo) quien al no pertenecerse a sí mismo, muere a cada instante, pues a cada instante se transforma. Es así que Proteo quiebra todos los juramentos, se traiciona a sí mismo, cambia una y otra vez en instantes el objeto de su amor:

¿Qué hay en el rostro de Silvia que constantes mis ojos no pueden hallar con más lozanía aún en Julia?

En resumen, Valentín es la parte del alma que sigue intacta al encarnar, simplemente entra en el sufrimiento amoroso que permite perfeccionarse; Proteo es la parte del alma que se rompe en pedazos en la caída, la que cambia, la que ya no se reconoce ni a sí misma pues quiebra todas sus fidelidades.

Veamos en el texto dicha identidad Valentín-Proteo:

Valentín dice a Proteo:

Un mismo día será vuestro casamiento y el mío. Y no tendremos más que una fiesta, una casa, una mutua felicidad.

Y cuando el Duque pregunta a Valentín: “¿Le conocéis?” Él responde: “Como a mí mismo. Desde la infancia hemos estado juntos.”

En la imaginería egipcia, que pasaría en parte a la griega, el alma humana es formada en el torno de un alfarero (por el dios Khnum, el modelador, en la egipcia, y por Prometeo en la griega), y es hecha doble, o sea, con dos figuras diferentes. Como el Ka egipcio –que es el duplo astral- que es un nudo de fuerzas celestes, el verdadero vehículo, y no el cuerpo, del Yo mental. Es la base de la imaginación, a través de la cual nos unimos con todas las cosas, como un espejo mágico que todo lo refleja, y el único modo de acceder a la verdad pues las imágenes mentales son las puertas o ventanas a través de las cuales accedemos a lo desconocido. Por eso Proteo le dice a Valentín, cuando éste va a viajar de Verona a Milán:

PROTEO- Piensa en tu amigo Proteo cuando encuentres algo extraordinario, digno de nota, en tu travesía. Tenme presente en los momentos de dicha, cuando todo vaya bien. Y en tus peligros, si te rodearan, encomienda tus infortunios a mis santas oraciones, pues seré tu intercesor, Valentín.

VALENTÍN- ¿Y rogarás por mi éxito en un devocionario de amor?

PROTEO-Rogaré por ti en cierto libro que amo

Extraña afirmación, que nunca llegamos a saber a qué se refiere. ¿Es el libro del corazón de amigo, pues en él se graba todo lo que nuestra alma, con sus vivencias, escribe o se refiere a que en la Edad Media llamaban Libro de la Vida y los ocultistas Archivos Akásicos o Luz Astral, o sea, la materia plástica en que se recogen todos los hechos en todos los planos de conciencia, sean materialmente objetivos, o simplemente pensamientos, sentimientos, etc.?

La idea que presenta Mather Walker es que la alegoría en esta obra es, como dijimos la encarnación de las almas. Descienden, desde su inocencia, al lugar de los conflictos, que también es el del aprendizaje y el del deseo y el miedo, el placer y el dolor. Primero viaja Valentín, que es la mente, luego le sigue Proteo, el astral, quien nada más llegar, convierte al amigo al enemigo, y así son ambos hasta que la obra se resuelve. Después viaja Julia, la enamorada de Proteo, que es su clara contraparte, como lo es la sabiduría de la mente. Una y otra vez se alude a que Julia y Proteo son sombras, son como espejos que reflejan lo que en ellos se mira. La bellísima escena de Julia quebrando en mil pedazos una carta de amor y jugando con las palabras como si fueran seres es muy elocuente. La ha roto simulando indiferencia a su contenido, y luego la reconstruye:

JULIA- ¿Y por qué me he enojado tanto?… ¡Qué odio tengo a mis manos por haber roto tantas frases llenas de amor! (…) Quiero besar, en reparación, uno tras otro, todos esos pedacitos de papel (…) Mas aquí aparece muchas veces el nombre de Proteo [esa imagen de caleidoscopio, con efecto repetitivo es también muy propio de la mente emocional, hecho comprobado todos los días en los mecanismos de nuestros pensamientos] … ¡No soples, bondadoso viento! ¡No me robes ni una sola palabra hasta que encuentre todas las letras de esta carta, a excepción de mi nombre!

Julia es aconsejada por Lucía, que es su doncella y consejera. Lucía representa la intuición o visión cierta del alma, como su propio nombre indica. No viaja hasta Milán, pues la intuición es celeste, no puede descender a tierra, y es memoria de todo lo verdadero, de todo lo eterno que el alma haya ejecutado:

JULIA- ¡Aconséjame, Lucía, ayúdame, amable muchacha! Y puesto que eres el libro de memorias en que se hayan impresos en caracteres imborrables mis pensamientos…

Es también enigmática y elocuente lo que dice Lucía:

Yo veo muchas cosas, aunque creéis que tengo los ojos cerrados.

El viaje de Julia, de Verona a Milán debe simbolizar el descenso del alma, pues es comparado con un río que se precipita al mar. Esta analogía del río de agua dulce con el alma de la mujer también, es una de las más bellas de la literatura de todos los tiempos:

“Si el manso riachuelo que se desliza con suave murmullo pretendes detenerlo, protestará, empujando sus ondas con impaciente estruendo; pero si libremente le dejas seguir su curso, acariciará con melodioso susurro el esmalte de sus granos de arena, besando con amor cuantos arbustos halle en su peregrinación, y después de haber jugueteado dulcemente en mil revueltas, irá a precipitarse en el mar embravecido. Por tanto, déjame partir, y no intentes detener mi curso; seré tan sufrida como la apacible corriente; la más dura marcha será para mí un deporte hasta que los últimos pasos me conduzcan ante mi amado. Ya allí, olvidando todas mis penalidades, descansaré como un alma bendita en el Elíseo.”

Silvia, como dijimos, es la Sabiduría, encarnada. Por eso cuando le preguntan a Valentín si es un ángel en el cielo dice que no, pero que sí es maravilla en la tierra. Y cuando el padre le descubre queriendo raptarla, la metáfora que usa es la de las estrellas:

Ah, Faetón (porque eres hijo de Merops):  ¿Aspiras a guiar el celeste carro, como cochero, y con tu loca audacia quieres abrasar el mundo? ¿Pretendes elevarte hasta los astros, porque ellos te prestan su luz? ¡Fuera, vil intruso, esclavo vanidoso! Comparte con tus iguales tus falsas sonrisas.

Silvia es en la versión literal, narrativa, su amada; en la alegórica, la misma luz de su alma, la sabiduría, el verdadero objeto de que haya descendido al mundo (Milán)

Desterrarme de su lado es arrancarme de mí mismo… ¡Horrible destierro! ¿Qué luz es luz si no veo a Silvia? ¿Qué placer es placer si Silvia no está a mi lado, a no ser que se sueñe que ella está allí presente y que la imagen de la perfección venga a ser alimento de mi vida? Si de noche no estoy cerca de Silvia, no tiene armonía el ruiseñor. Si de día no contemplo a Silvia es todo sombras y el caos para mí. Ella es mi esencia. ¡Yo no puedo vivir sin ser nutrido, iluminado, protegido, sostenido en la vida por su influencia bienhechora!

Y se la trata más como una diosa que como a una mortal

Es santa, hermosa, discreta,

Los cielos la han adornado de tales perfecciones,

Que no puede menos de ser admirada.

Es tan tierna como hermosa,

Porque su belleza se aviene bien con su ternura.

El amor acude a sus ojos,

Para hallar en ellos el remedio a su ceguera;

 y habiéndolo hallado, se establece allí.

Cantemos, por tanto, a Silvia,

Que Silvia es perfecta.

Excede a todos los mortales

Que habitan este triste suelo.

Llevémosle nuestras guirnaldas.

En otro momento le reza, a la distancia:

¡Oh tú, que habitas en mi pecho, no dejes tu morada tanto tiempo vacía, no sea que su ruina crezca por tu ausencia, y cayendo a pedazos se desplome el edificio y no deje memoria de lo que fue! ¡Silvia, aliéntame con tu presencia! Tú, ninfa amorosa, consuela a tu desolado pastor.

Cuando Valentín huye de Milán y se refugia en el bosque es como el alma que se retira de las ruedas de hierro del mundo, entrando en un reino que aunque no celeste, sí es interior. Es la alegoría del bosque en los cuentos infantiles o en las sagas de caballería, a donde el Aspirante debía entrar para encontrarse consigo mismo, y luchar contra todos los monstruos que habitan en la mente. Los forajidos que le atacan, y al ver su calidad moral e inteligencia le proclaman rey, en una clave pueden simbolizar los poderes ocultos del alma, las fuerzas internas que esperan su presencia para destruirla, si no es suficientemente pura, o ponerse a su servicio si sí lo es, el equivalente de lo que en la India llaman siddhis o serpientes-poderes, que nos enseña H.P.Blavatsky en Voz del Silencio que pueden ser de naturaleza psíquica o espiritual.

BANDIDO 2º – Considerando, por otra parte, que sois un desterrado, hemos resuelto, pues, haceros proposiciones. ¿Queréis ser nuestro capitán, convertid en virtud la necesidad y vivir como nosotros en estos despoblados?

BANDIDO 3º – ¿Qué te parece? ¿Quieres ser de los nuestros? Di “sí”, y serás nuestro capitán. Te rendiremos homenaje y te obedeceremos y amaremos como nuestro jefe y rey.

BANDIDO 1º- Pero si rehúsas nuestra oferta te daremos muerte.

(…)

BANDIDO 3º- (…) Vamos a presentarte a toda la cuadrilla y a mostrarte los tesoros que poseemos, y de los que, así como nosotros, puedes disponer.

En una de las escenas el Duque de Milán simula que está enamorado para descubrir la intención del rapto de Valentín a su hija, y le pregunta a éste como conquistar al objeto de su amor, dado que él ya está desactualizado en estas lides:

He perdido la costumbre de cortejar y los medios modernos son otros.

La respuesta es un verdadero tratado sobre el arte de la seducción y sobre la psicología femenina. Tal y como se manifestaba, por lo menos, en aquella época.

Atraedla con regalos, si en ella no hacen efecto las palabras. Muchas alhajas, con su elocuente silencio, dicen a veces más en el alma de la mujer que todos los discursos (…) Nada aborrecen tanto como las mujeres como la soledad, que es lo que las vuelve locas, entonces, si os habla despectivamente, tampoco es para librarse de vuestra presencia. Pues “salid” en sus labios, no quiere decir “marchaos”. Adulad, alabad, rogad, exaltad sus encantos.

En otro pasaje dice: “lo que más detestan de corazón las mujeres es a un hombre que sea falso, cobarde y mal nacido”. Otros defectos podrán soportarlos, pero estos no.

En esta, como en otras obras de Shakespeare, se dice que la virtud más importante del hombre es la constancia, o sea, tener un corazón de diamante, y no un carácter voluble, fútil, aéreo. Gravedad moral y fortaleza interior. La mayor parte de los males que enferman a la sociedad, que son un eco de los males que aquejan al alma humana, son precisamente debidos a esa falta de constancia, que no es ni rigidez ni inmovilidad, sino “la voluntad inquebrantable y continuada en la determinación de hacer una cosa”, o sea, que nuestras convicciones y su realización no sean agitados por los cambios de tiempo ni de circunstancias. Esta virtud, por desgracia, es hoy muy mal comprendida. En la época de Shakespeare era la virtud regia por excelencia, y muchos educadores de príncipes trajeron a la luz los textos de Séneca al respecto de ella, especialmente su libro “De la constancia del sabio”. En aquellos tiempos, la facilidad con que nuestros gobernantes incumplen sus promesas sería, simplemente inaceptable, en la primera ruptura de palabra quedarían inhabilitados frente a los ojos del mundo y de su pueblo y tratados con el más absoluto de los desprecios. Hoy, las masas “coquetean” con sus gobernantes que los mienten una y otra vez, y lo peor de todo, aceptan esto con naturalidad. ¡Oh tiempo, oh costumbres!

Shakespeare hace decir a Proteo:

¡El hombre sería perfecto si fuese constante. Este solo defecto es origen de todas sus faltas, y le arrastra a todos los pecados. La inconstancia pierde antes de haber ganado.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 1 de Agosto del 2017


[1] Aunque está es la traducción que aparece en la versión de Astrana Marín, literalmente lo que dice es “Time is the nurse and breeder of all good”. Nurse es “nutridora, cuidadora”, y breeder-“criador de animales, ganadero”. Lo que da sentidos mucho más profundos. O sea, no es el tiempo el que engendra, pero sí el que cuida, vigila, alimenta, verifica que todo sea como debe ser.

[2] Aunque en esta obra aparecen, como veremos en otro artículo, en sentido invertido

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