Filosofía

La Villa de los Misterios de Pompeya, una nueva lectura de la gran sala

“…héroes y dioses viven y existen en esa otra dimensión que está más allá de la superficie de las paredes.”

Cuando las paredes dejan de serlo de Jorge Ángel Livraga Rizzi[1] (1930-1991)

 

Visitar Pompeya es como retroceder en el tiempo, casi como entrar en una escena congelada del pasado, pues las garras de éste, que desmenuza y reduce a polvo todo lo que cae bajo su poder, han sido clementes y tratado con delicadeza femenina el tesoro de una ciudad que estaba consagrada a la Diosa del Amor. El terremoto en el año 62 d.C. quebrantó la ciudad, y fue augurio de su destrucción, en el 79 d.C., tras la erupción violenta del volcán Vesubio a cuyos pies yacía confiada. Pompeya fue cubierta de cenizas y piedras a alta temperatura (flujo piroclástico), extrayendo la vida y agua de todo organismo (creando moldes de los mismos, las “estatuas” humanas agonizantes que vemos al visitar la ciudad) pero evitando así toda putrefacción (inexistente sin agua y aire).

Como nos recuerda el profesor Livraga, la “pintura pompeyana no es sino la propia de esa ciudad en época del Imperio Romano”. Con la nota de que aquí se conservaron miles de frescos murales casi intactos, lo que es en sí un prodigio museístico si pensamos en una distancia temporal de casi dos mil años.

Sala principal de la Casa de los Misterios

 

A las afueras de la misma, a sólo 200 metros saliendo por la puerta que lleva a Herculano, nos encontramos una villa que debió ser construida en la segunda mitad del siglo II a.C. y que por las escenas representadas en una de sus salas, ha sido llamada “Villa de los Misterios”. Después del terremoto del año 62 fue, al parecer, abandonada de sus antiguos propietarios y usada como instalación agrícola.

Realmente no sabemos si dicha Villa era simplemente una propiedad privada o una institución dedicada a la enseñanza filosófica para damas romanas o a algún tipo de rito mistérico femenino, eso sí, asociado a Dionisos, que preside dicha estancia. Se especula que la serie de pinturas son la imitación romana de un original griego no encontrado. Si es un triclinium para la cena de sus propietarios o un cubiculum de la matriarca de dicha villa, que indicaría al mismo tiempo que ella era miembro de dicho culto. Esta es, al menos, la versión indicada en el artículo Villa of the Mysteries, de la versión inglesa de la Wikipedia. Incluso una gran sala subterránea en que se encontró una prensa de vino y útiles de labranza, podría haber sido, antes del terremoto, parte de la instalación asociada a un uso mistérico.

Un elemento clave para descifrar el enigma es la estatua de Livia, la esposa del emperador Augusto, encontrada en el peristilo que conduce a dicha sala, en el año 1929. Es decir, como revela Linda Fierz-David en su libro “La Villa de los Misterios de Pompeya”[2], la efigie de la emperatriz “era lo primero que el visitante veía al entrar”. ¿Era esta casa (villa más bien) una de sus propiedades? No necesariamente. La estatua, o al menos, el busto de Livia, como el de Augusto ha sido encontrado centenares de veces en otras moradas (y sin contar las representaciones divinizadas de los mismos, en los templos de culto imperial). Quizás esta institución, femenina, estaba bajo la advocación o protección de este personaje, no a título personal, sino como “emperatriz”. O quizás porque para este “conventus” de mujeres, Livia representó su ideal de nobleza y valores romanos arcaicos, milenarios, en oposición a los nuevos modos que llegaban desde Oriente una vez anexado Egipto (recordemos el modus vivendi de Cleopatra) o desde las provincias limítrofes de Asia. Valores “revolucionarios” que encarnó la nueva generación una vez que el emperador estableció la Pax Augusta, y que en cierto modo se aglutinaron en torno a poetas como Ovidio Nasón y la misma Julia, hija de Augusto, ambos desterrados por su vida licenciosa.[3]

La descripción de los frescos murales en la gran Sala de la Villa de los Misterios, siguiendo las agujas del reloj, es el siguiente. No olvidemos que se llega a ella después de atravesar un gran atrium, y que mide siete metros de largo por cinco de ancho, siendo el pavimento de mosaico blanco y negro, muy semejante al usado en las ceremonias masónicas, donde representa la alternancia del día y la noche, los días fastos y nefastos, la vida y la muerte, etc.

La Primera escena se desarrolla en la parte de la pared larga interior pegada a la pequeña entrada. Muestra la figura velada de una iniciada cuyos gestos seguramente tienen un significado ritual. Escucha a un niño desnudo que está leyendo un rollo. Una sacerdotisa, sentada tras él, lo guía en su lectura mirando atentamente a la iniciada.

La segunda escena comienza con la figura de una mujer, coronada de mirto, que lleva una tarta a la mesa del altar donde una sacerdotisa acaba de iniciar un acto ritual. A la izquierda de la sacerdotisa, una asistente sostiene una cesta cubierta con un lienzo. A su derecha, una joven sacerdotisa vierte agua para una libación.

Introduce la Tercera escena la figura de un sileno desnudo tocando la lira. A su lado están sentados en una piedra un joven fauno y una pánida (figura femenina de Pan). Una cabra joven se aproxima al fauno que toca la flauta, y mama del pecho de la pánida. En primer plano, un joven macho cabrío escucha atentamente.

La Cuarta escena contiene una única figura, conocida como la mujer espantada[4], que se cubre con un manto y da la impresión de estar huyendo. Aquí termina la larga pared interior.

En la Quinta escena, en la pared del fondo de la sala, vemos en primer lugar a un sileno sentado, que parece fijarse en la mujer espantada. Este sileno levanta una vasija de metal que alcanza a un joven fauno, tras él, que mira agachado dentro de la vasija. Detrás de este fauno hay otro, también  joven, que se quita sonriente una máscara dionisíaca de terror.

La Sexta escena ocupa el centro de la pared del fondo y está lamentablemente, muy dañada, Muestra la figura dominante de Dioniso recostado en su amada Ariadna. Y un tirso (báculo) con cintas está cruzado por encima de sus rodillas.

En la Séptima escena vemos a una mujer de rodillas tocada con una cofia, el rostro desencajado y los ojos muy abiertos. Lleva una antorcha sobre un hombre; ante ella está el liknon, la cesta báquica de mimbre. Por su gesto parece a punto de levantar el lienzo que cubre el enorme falo oculto en la cesta. Detrás de ella apenas se distinguen dos figuras femeninas muy agitadas. Enfrente, la figura de un ángel femenino de alas negras alza una de sus manos para rechazarla mientras que con la otra esgrime un látigo y levanta su brazo dispuesta a golpear. Esta escena se conoce con el nombre de La flagelación. Aquí termina la pared del fondo de la sala.

En la Octava escena se ve de rodillas la figura semidesnuda de una mujer desesperada y presa del terror, pues es ella a quien el ángel se dispone a golpear. Apoya su cabeza sobre el regazo de la mujer sentada junto a ella, que mira al ángel. La otra figura de la escena es una bacante desnuda, muy erguida, de espaldas al observador. Una mujer hermosamente vestida, que lleva el tirso, parece bailar a su alrededor. Esta escena ocupa la parte que llega hasta la ventana de la pared larga exterior.

La Novena escena empieza en la ventana y en ella vemos a una mujer a quien peina una criada. Un erotes (un Cupido) sostiene el espejo donde aquella se mira. Al otro lado de la matrona, un segundo erotes contempla plácidamente la escena.

Finaliza aquí la pared larga exterior. En la pared corta externa, después de la puerta ancha que da a la galería cubierta que circunda la casa, hay una única escena, la Décima. Representa a una matrona ricamente ataviada que descansa en un sillón reclinado y apoya un brazo sobre un cojín. Este retrato se conoce como la Domina, porque se cree que representa a la matrona de la casa.”

Aquí acaba la descripción que hace Linda Fierz-David en su obra y con la que concordamos salvo en pequeños detalles, aunque proponemos otra forma de leerlo.

Descarto que la Casa sea simplemente una propiedad lujosa en que el ánimo gozoso y culto del propietario situó estas escenas murales, demasiado alusivas a lo sagrado, para ahora, hablar sentados de cualquier tema vulgar, mientras se cenaba en el triclinium. Que todas las imágenes sean femeninas ya nos inclina a pensar que es un centro o de enseñanza o de culto femenino. Otras imágenes como una serpiente con alas dispuesta sobre un altar según diseño egipcio, y una especie de dios también egipcio, con una especie de aro de pactos, un bastón de gobernante (semejante al de obispo o a los representados en los dólmenes del Neolítico, un bastón de Pastor de Almas) y un Loto (en forma de Flor de Lis) sobre la cabeza; nos hacen rechazar la idea de que sea una vivienda particular, son demasiadas llamadas a una mística, demasiadas alusiones a lo sagrado.

Hasta ahí casi todos estamos de acuerdo. Donde hay un debate abierto es sobre qué tipo de misterios o enseñanzas se realizaban en este escenario.

Amadeo Maiuri (1886-1963), arqueólogo italiano famoso por sus investigaciones en Pompeya y por el redescubrimiento de la Cueva de la Sibila de Cumas en 1932, dice que esta sala, con sus pinturas, pertenecieron a un culto órfico privado.

Paul Veyne (n. en 1930), arqueólogo francés, especializado en la Antigua Roma simplifica diciendo que se trata de un rito de preparación para el matrimonio de una joven. Un poco exótico, según nuestra perspectiva y diferente, desde luego al ritual clásico romano.

Linda Fierz-David presenta el cuadro de una Iniciación Dionisíaca. Resumo y añado mis propias notas:

1-Se comienza con un apartamiento del mundo y con las enseñanzas de las reglas del saber, enunciadas por un Dioniso niño. Antes de practicar y lanzarse a la aventura del camino espiritual es necesario oír y esperar así que nazca el fuego del entusiasmo en el alma, que va a ser el que ahora te va a exigir hacer. Es el grado de acusmático, que precede al del ascetai.

2- La entrada en el ritual y la gravidez por el Dios, que asumiría, según esta autora, la forma de una serpiente que permanece oculta entre los pliegues de la vestidura (?); esta entrada en el ritual es la ofrenda del alma, representada por una rama de laurel que va a ser depositada en la cesta mística en que vive el Dios. La rama de laurel simboliza el alma misma de la Iniciada.

3- La embriaguez mística, con la capacidad de reencontrarse con todos los tesoros internos, vivos en la luz de la Naturaleza y la luz interna, formas ambas de la Luz del Mundo (representados en el personaje de Sileno), y renaciendo así, como “cabrito” que bebe en la Leche del Alma del Mundo en cualquiera de sus criaturas. En palabras de esta autora: “La cabra joven es el símbolo de la entrega total, muda del ser humano al Ser superior, que en la tercera escena aparece personificado en Sileno-Orfeo”. Como en la frase bíblica, aquí el alma dice: “Dios es mi pastor”, semejante pues a la transformación en Cristo, en el “cordero de Dios”

4- A esta escena la llama la autora, la de la “mujer espantada”. Dice que retrocede, víctima del terror, o que salta a lo desconocido, y como las tiades o nodrizas de Dionisos, “corre desenfrenadamente en la noche para despertar al niño divino”. En realidad esta posición y este gesto con el velo la hallamos en otras situaciones y personajes. Como en la estatua de la diosa del Amor en Afrodisias, o en la representación de la Naturaleza en el Mosaico Cosmológico de Mérida, el velo que lleva hinchado por el viento indica el éxtasis o rapto divino, la epifanía o manifestación del Dios. La Iniciada penetra en el misterio, en el abismo de su propia realidad espiritual, y se pierde en ella.

5-Sileno, que evoca la embriaguez y profecía del Alma de la Naturaleza (de la que Dionisos es su  “Electricidad Oculta”), alza una máscara, que según la autora es la de la muerte. Y en cierto modo sí lo es. Es la máscara vacía, sin nadie detrás, por lo que se quiere decir que la muerte ha perdido ya su efecto venenoso y asustador. Nada hay ya detrás de la personalidad, nada detrás de la muerte, se la puede ver por delante y por detrás, está vacía, como vacía esta la apariencia de vida en que el alma vive sepultada infectada por el “maya” de los sentidos. Nos parece así oír la máxima de Pablo de Tarso, “¿dónde está ahora, muerte, tu aguijón?” El fauno que mira la taza de vino, quiere, pero no puede ver ya ninguna imagen proyectada por el alma en la sangre de la naturaleza, el cáliz espejo del mundo quedó vacío del Yo, concepto semejante al Nirvana budista.

6-Dionisos y Ariadna aparecen como reyes de la naturaleza y de las almas que en ella peregrinan, entronizados en el centro mismo de esta alegoría historiada.

5 a 10- Aquí estoy en desacuerdo completo con la explicación de Linda Fierz-David. Para ella representa el retorno, la duda, la culpa por haber retrocedido en el caso de “la mujer espantada”. Y todo un galimatías junguiano en el que hace reflexiones muy profundas sobra la naturaleza de la psique femenina, pero que en mi opinión no tienen nada que ver con estas escenas. Hasta llegar al retorno a la sociedad, donde se acicala para el matrimonio (¿??) ¡¿Después de las vivencias y del rapto teofánico, entregada felizmente a un hombre, y así, sin más, “a vivir que son dos días”?! ¡Esto no tiene sentido!

Hace ya varios años, en una visita que hice a Pompeya, y casi con devoción a esta Casa de los Misterios, mi esposa Carmen Morales me dio la que pienso que es la clave de lectura de sus “viñetas”. Todos los eruditos e intérpretes de estas pinturas leen unívocamente en sentido circular las escenas, y es lógico que luego así no haya manera de entenderlas. La lectura debe terminar en la escena de Dionisos y Ariadna entronizados, cuya categoría indica, precisamente, el fin (y en cierto modo el principio, pues es desde ahí que son “llamados”). Además Dionisos simboliza la muerte y la liberación,  ¿qué puede haber más allá de esto, en el círculo del mundo? La intuición de Carmen Morales fue ver que la lectura no era circular, sino que las dos paredes convergían en la central con Dionisos, y que por lo tanto, cada una narraba una historia diferente. Lo comparó a los dos cuadros hermanos del pintor Julio Romero de Torres, El Pecado y la Gracia, en que se muestra a una misma mujer que hubiera elegido un u otro camino. Esta es la versión femenina de la llamada Elección de Hércules, en la que al héroe, cuando joven se le aparecieron la virtud y el vicio, o el camino de la gloria y el del mundo, tentándole. Motivo, por cierto, muy representado y comentado en periodo clásico.

Cuadro de “El Pecado” de Julio Romero de Torres

 

Cuadro “La Gracia” de Julio Romero de Torres

 

Cuadro de El Veronés: “Joven entre la Virtud y el Vicio”

Según esta interpretación, se describen los dos modos de acceder a la Liberación, los dos presididos por Dionisos: son el camino de la experiencia o el de la sabiduría, el de la mística o el del mundo, o sea, el de los leños que “van a parar a la mar, que es el morir” o el de remontar la corriente del Ser, haciendo de uno mismo barca y remos y pasajero hasta beber en las fuentes puras de la esencia de la vida.

El uno, el mistérico, el que lleva a la vida trascendente, ya ha sido descrito por Linda Fierz-David, tan sólo he visto necesario acrecentarle algunas notas.

El otro, el de la vida común, con sus dichas y angustias es el no trascendente, que termina con la muerte, así como el anterior finaliza en la libertad de la sabiduría. En verdad, como decía Platón al comparar la Filosofía con la Muerte y decir que son semejantes, ambas llevan a la Libertad, a la separación de la prisión del mundo. Ambas convergen en Dionisos, bien sea a través de la sabiduría y la mística, bien a través de la experiencia y la muerte. En ambos Dionisos, que representa la sangre de la vida del alma, rige a los seres humanos, los llama a la perfección. Dionisos es el “bramido de Toro” del Destino, la “presencia de Dios en cada ser”, o sea, el divino entusiasmo, el Niño Divino que despierta y va creciendo en nuestro interior según el alma evoluciona más y más. O sea, es la clave del arco a la que se accede por la vía del dolor o por la del saber, justificándolas ambas.

Camino de la Sabiduría, que debe ser leído de la izquierda a la derecha

 

Camino de la vida y del mundo, que debe ser leído de derecha a izquierda

Desconozco si la gran ventana o abertura que hay en la Sala de la Casa de los Misterios estaba antes o no, cuando las escenas murales fueron pintadas. Es decir, si faltan escenas o no. Pero en esta pared las escenas comienzan con una señora entronizada, que haría las veces de una Deméter, o simplemente “Señora de la Tierra, o de la Vida”, semejante a la primera de la otra serie, pero en esta última aparece en pie, animando a caminar, no simplemente a estar.

Pared central con Dionisos y Ariadna entronizados.

Sigue con la dama acicalándose, orgullosa de su belleza y juventud, de la primavera de su vida, y de todo a lo que puede aspirar. Mirándose en el espejo no se ve a sí misma, sino sólo su belleza, que de nada le servirá frente al dolor de la existencia, frente a la mecánica del Karma o Némesis, que uno mismo pone en movimiento. Es Eros, el impulso del amor y de la sed de vida quien sostiene el espejo, tentándola al mundo, hechizada con su propia imagen. El amor nos empuja a la perfección de lo que aún no somos, no hemos conquistado ni integrado en nuestro Ser.

Otra interpretación complementaria sería que aunque Eros le muestra la esencia, la luz de su alma, ella no mira, está absorta con el futuro que sueña, y al que maldecirá después al ver tan distinto de cómo lo había imaginado.

Escena 9 (o la número 2’, leída en paralelo al muro contrario)

 

Dionisos, por el contrario es la embriaguez de lo que somos, de nuestras riquezas internas, que esperan ser descubiertas, el Sexto Cosmocrator, o sea, rector de un Mundo Nuevo o una Humanidad regida por la luz de la intuición y los poderes del corazón, y no por el deseo, ni por una razón fría y estéril. Recordemos, la enigmática afirmación de Shakespeare en sus “Trabajos de Amor Perdidos”: “Que San Dionisos nos defienda de San Cupido”.

En las siguientes escenas (la 8 y la 7 de la numeración anterior) aparece el alma-dama abrumada por los sufrimientos de la vida, aturdida y llorosa, entregada y víctima de la fatalidad, que la va desnudando de sueños vanos e ilusiones. Los vientos de fatalidad –que cortan como los cuchillos de obsidiana, según decían los aztecas-la hieren y obligan a arrodillarse, desamparada; un modo terrible, pero cierto de volver a lo sagrado. Esta fatalidad aparece como una ménade danzante desnuda, entrechocando sus címbalos y agitando el tirso[5], cetro “de fuego”[6] que indica la presencia de Dionisos, la viva muerte que arranca del alma todo lo que ella no es, para devolverle su pureza. Su desnudez y el hecho de que dé la espalda al espectador indican que es un poder divino y que es invisible, que su acción se nota sólo en sus efectos.

En la escena última ya en la pared y junto a Dionisos-Ariadna (la número 7 de la lista antigua), figura la muerte de la dama-alma, lleva una antorcha apagada, símbolo del término de la vida, pero como dice la autora, es una antorcha muy pesada, como una viga de crucifixión casi. El ángel de la muerte, con alas negras le está golpeando con un látigo pero ella está a punto de desvelar el gran misterio, el símbolo de Dionisos en la cesta mística, con el que se reencuentra, ahora fuera ya del escenario de vida, pues Él, como el poder invisible de la noche constelada, es el Rey de las Almas.

Así el ciclo se cierra, el alfa y el omega de la vida y la muerte en Él coinciden. Como en la parábola del hijo pródigo, las almas de Él se alejan y a Él retornan, sea a través del conocimiento de sí mismo (quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor, es una afirmación conocida de la filosofía islámica) o de la muerte liberadora.

 


Apoteosis, transfiguración del alma-dama

 

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 20 de Marzo del 2017


[1] Fundador de la Organización Internacional Nueva Acrópolis.

[2] El libro es excelente por el trabajo de investigación y las reflexiones filosóficas y el análisis de símbolos. Linda Fierz-David (1891-1955) era discípula de Carl Gustav Jung y la primera mujer en ser admitida en la Universidad de Basilea, donde estudió Filología alemana. Es también autora de un análisis psicológico del “Sueño de Polifilo” de Francesco Colonna. En realidad el título de esta obra sobre Pompeya, que vamos a seguir muy de cerca, era “reflexiones psicológicas sobre los frescos de la Villa de los Misterios”. Aunque en mi humilde opinión, el adentrarse en la floresta de símbolos y del inconsciente, siguiendo las enseñanzas de Jung, si le permite hacer una descripción de inquietante profundidad sobre los misterios del alma femenina, también le hace perder el sentido de lectura de dichas escenas.

[3] Aunque H.P.Blavatsky, en su inmortal Doctrina Secreta dice que el motivo real del destierro de Ovidio no fueron sus poemas licenciosos, sino haber revelado elementos mistéricos. Augusto, dice la autora de Isis sin Velo, habría ejercido su clemencia, conmutando la pena de muerte por la del  destierro.

[4] Veremos después, que no es, ni mucho menos así.

[5] Son también de gran interés los ángulos más importantes en estas escenas. Estudiados desde una goniosofía (como llamaba Lima de Freitas) o “sabiduría de los angulos” descubrimos verdades ocultas: el tirso de la escena central que lleva Dionisos forma un ángulo de 52º, lo que determina el lado de un heptágono, figura geométrica que no puede ser construida con regla y compás, y que simboliza la Vida-Una y la constitución septenaria de todo lo que está vivo y existe. Por eso tanto Isis, con sus Siete Escorpiones, como Apolo y su Lira de Siete Cuerdas, o Marte están asociados a diferentes facetas de esta Vida-Una. Y evidentemente también Dionisos, que simboliza el poder regenerador y liberador de esta vida universal. Por otro lado el tirso portado por la ménade danzante (o más bien que está junto a ella), y la antorcha que lleva la dama arrodillada hacen un ángulo de 30º, lo que determina el lado de un dodecágono asociados a los 12 Poderes o Jerarquías constructoras del Mundo, que además son 4 x 3, por lo que el 7 aparece de nuevo, pero ahora en actividad, en un producto.

[6] Según Linda Fierz-David en el libro mencionado, dice: “el tirso, que aparece a menudo en las ilustraciones antiguas en las manos de las bacantes, se confeccionaba a partir del tallo de un arbusto, que en los países del Mediterráneo puede alcanzar hasta tres metros de altura. El nombre de este arbusto es nártex (en latín, férula communis). El tallo del nártex es hueco. El tirso dionisíaco tenía el extremo superior tapado con una espita de pino y se lo representaba lleno de fuego. Tenemos aquí, entonces, en primer término, la idea de fuego en la pintura central de Dionisos. Además, la asociación del báculo de nártex con el fuego es muy antigua. Según la leyenda, Prometeo trajo a la tierra el fuego divino que robó a los dioses dentro de una caña de nártex, y desde entonces el nártex es el portador del fuego. Asociado al tirso dionisíaco, el báculo está, naturalmente, lleno de fuego dionisíaco. En la pintura central de la coniunctio dionisíaca, el fuego es, en consecuencia, un elemento divino. Por lo que se refiere a nuestro culto, Dioniso, primero como agua y luego como espíritu y alma, es fuego divino.”

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