Filosofía

La filosofía como medicina del alma

«La fiebre (Asakku) se aproximó a la cabeza de un hombre,

La enfermedad (Namtar) se aproximó a la vida de un hombre,

Un espíritu malévolo (Utukku) se aproximó a su nuca,

Un demonio malévolo (Alu) se aproximó a su pecho,

Un espíritu malévolo (Ekimu) se aproximó a su vientre,

Un demonio malévolo (Gallû) se aproximó a su mano,

Un dios malévolo (Ilu) se aproximó a su pie,

Los siete juntos hicieron con él un fardo,

Devoraron su cuerpo, como un fuego extinto.»

 

El texto arriba escrito pertenece a la cultura acadia, es aproximadamente del 2.300 a. C. y ha sido interpretado como un texto médico. Los traductores consideran que está hablando de una enfermedad del cuerpo, cuyo mal se extiende progresivamente desde la cabeza hasta los pies.

Creo, sinceramente, que el texto no hace referencia a una enfermedad del cuerpo, cualquiera que esta sea, sino del alma; a una enfermedad moral que corroe el ánimo, oxida la determinación, siembra la duda, ciega la mente, la capacidad de mirar al cielo, la capacidad de amar, de controlar los apetitos desenfrenados del cuerpo y el astral; una enfermedad que contamina nuestras obras, tornándolas o estériles o sucias, sin brillo; y que finalmente hace que erremos el Sendero de la Vida Interior. Una enfermedad del alma que ataca desde las siete direcciones del espacio y que al carecer de las defensas o escudos necesarios, finalmente nos convierte en una “cosa”, en una masa deforme de deseos, impulsos ciegos y hábitos mentales: un fardo, como muy claramente expresa el texto. “Los siete juntos … devoraron su cuerpo, como un fuego extinto”

Ah, y ese es el final presentido: la llama de la vida se consume –si es una enfermedad del cuerpo- o infinitamente peor, la llama del alma se apaga, y debe esperar otra oportunidad, quizás en la próxima encarnación. Y todo queda oscuro, sin belleza y sin el resplandor de lo auténtico. La mirada, vacía, sin sueños e ideales, los pasos sin dejar una huella verdadera en el Sendero, como los de una sombra, la vida entera convertida en una sucesión ininterrumpida de hábitos, una rutina que en la cárcel de su ritmo mate el recuerdo, un recuerdo desesperado y punzante, una tristeza y dolor sin nombre y sin nobleza.

Kudurru of Eanna-shum-iddina British Museum K.3401

La primera responsabilidad, el primer imperativo del filósofo y del discípulo es proteger la llama que ha nacido en su corazón y en la que vagamente percibimos la inmortalidad del alma y el asiento de los más sublimes Ideales, la llave de la vida y la luz que permite vivir su sentido.

En Nueva Acrópolis, desde las primeras clases en el Bhagavad Gita nos hemos referido a la “Gran Guerra” entre lo mejor y lo peor (pandavas y kurus) que combaten por la plena posesión de nuestra propia alma, y esta guerra es real y no una mera figura retórica. Hay que mantenerse alerta, hay que vigilar interiormente y debemos saber rechazar todo aquello que amenace (pensamientos, sentimientos, gestos y antivalores) la vida de esa llama. Nosotros, donde estamos ahora, es en el mundo, que es para la filosofía eterna como una matriz sin luz, una caverna, en que somos esclavos de nuestros sentidos y opiniones oscuros de oscura ignorancia. Recordemos los textos egipcios que dicen que la Señora de la Vida del cuerpo es la de los siete escorpiones, y cada uno de ellos amenaza desde una de las direcciones del espacio. Evidentemente, es nuestro propio Karma, hijo de la ignorancia quien da veneno a estos escorpiones que, de otro modo serían inofensivos, o, simplemente, dejarían de existir.

Relieve Burney, en el Museo Británico. Ishtar como reina de las almas y de la vida. También conocida como Reina de la Noche.

Y volviendo al texto acadio, ¿dónde se inicia la enfermedad? en la mente. ¿Donde hallaremos entonces el remedio? En la filosofía, que es la medicina del alma, en el conocimiento de nosotros mismos, en el esfuerzo por ver con plena objetividad los hechos, en las enseñanzas de los sabios que nos han precedido y que han dejado como el mejor de los tesoros sus vivencias, y las señales en el Camino de la Vida Interior; y advertencias que es necesario conocer, meditar y aplicar. Advertencias sobre cámaras de tortura para el alma (así las llamaban los egipcios) en las que no es necesario entrar y sobre “maestros” del laberinto (los “gurus de las mayávicas” regiones que habla Voz del Silencio) a quien es mejor no seguir si lo que uno busca es la Luz Perpetua de la Sabiduría.

La Filosofía, en el sentido que le dieron las antiguas Escuelas y también nosotros; y no cientos de prácticas y máximas, que como recetas de gastronomía psíquica y moral nos idiotizan y deforman interiormente cuando son practicadas fuera de tiempo, lugar y sin verdaderos guías en los caminos invisibles de la mente, la dimensión en que vivimos y estamos evolucionando, al transitar en ella, según los viejas enseñanzas.

Así como nos preocupamos de la salud del cuerpo (y si no lo hacemos, no debemos olvidarle, pues es la casa en donde reside en este mundo la conciencia), también debemos hacerlo por la del alma. Es imperativa la supervivencia del alma, y ésta, a diferencia muchas veces de la del cuerpo, sí depende de nosotros, TOTALMENTE.

Y termino estas breves reflexiones y enseñanzas que nos han dado, con otro texto también acadio y de la misma época, y que se refiere a las mismas “potencias” de la oscuridad de la Caverna que menciona Platón y de las que debemos protegernos con los escudos luminosos de nuestra Pureza interior, nuestra Generosidad, Bondad y Mística:

 

«Son siete! Son siete!

Son siete, en las más oscuras profundidades del océano!

Son siete, destructores del Cielo!

Crecieron de las profundidades más hondas del océano, del (escondido) ángulo que desliza.

No son machos, no son hembras;

Se extienden como cadenas;

No tienen mujer, no engendran hijos:

No conocen respeto ni bondad!

No escuchan oraciones ni súplicas!

Son la escoria, nacida de la montaña,

Enemigos de Ea (la Luz de la Inteligencia)

Instrumento de la ira divina.

Destruyendo los caminos, se lanzan al sendero:

Son enemigos, enemigos!

Son siete! Son siete! Siete (dos veces) son ellos!

Espíritu del Cielo! Que malditos sean!

Espíritu de la Tierra, que malditos sean!»

 

Jose Carlos Fernández

Artículo escrito en el 2007 (aprox.)

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