Historia

Hipatia y el ocaso de la civilización romana: signos de los tiempos

La historia de las religiones e incluso la de los imperios políticos es una historia de símbolos, vivos al principio, en pujante expansión después, decadentes y seniles al final.

Jorge A. Livraga, en Simbología Teológica

 

La civilización antigua no murió de muerte natural: fue asesinada. Y sus asesinos tienen nombres. Uno de ellos fue Cirilo, la encarnación de un movimiento oscurantista [cristiano] que sumió a Europa en uno de los periodos más funestos de su historia. Aquella cultura fue asesinada y si Hipatia se ha convertido en un símbolo, dando nombre a una leyenda, es porque su muerte coincide precisamente con la muerte de aquella civilización.

Pedro Gálvez en Hypatia

 

El sabio Sri Ram enseñaba a sus discípulos que en la historia encontramos siempre a quienes construyen pirámides (es decir, civilizaciones) y los que las destruyen. Aquellos que elevan en alto el fuego civilizatorio alumbrando con un Ideal de Bondad, Justicia, Belleza y Verdad y los que respondiendo a fuerzas kármicas y como crueles Erinias vengadoras beben la sangre que da vida a la civilitas, promueven el caos, el desorden, disipan toda Concordia haciendo del hombre un animal monstruosa y cobardemente astuto. Son las sombras que se apoderan del corazón humano haciendo que duerma, una vez más el alma de la civilización. Son, ciertamente las aguas primordiales alzándose sobre las ruinas que dejan tras de sí los Valores Eternos cuando abandonan sus moradas en la tierra.

Y sin embargo, desde otra perspectiva lo que vemos es las potencias del sueño combatiendo y venciendo, poco a poco a las de la vigilia. La fantasía, estéril y que no permite caminar, haciendo presa del alma humana, cansada de intentar crear, trabajar y comprender los hechos. Llega la noche y el sueño, vivir la realidad se convierte en una carga cada vez más difícil de sobrellevar y los acontecimientos y el deber requieren un esfuerzo y un sacrificio que cada vez menos se está dispuesto a hacer. Pocos están ya dispuestos a penetrar en el alma de la naturaleza y por tanto en el sentido de la vida y las masas se entregan a creencias que les vacían alma y seso extinguiendo la llama de la racionalidad que es, en definitiva, la del sentido común. Los miedos y aún las instituciones apresan con un cepo la libertad de pensar inmovilizando el alma con la más sutil de las cadenas, las que atan nuestras creencias. Este es un panorama que fácilmente encontramos al estudiar el fin del Mundo Antiguo: las sombras del fanatismo religioso martirizando conciencias desde un cristianismo sanguinario, que según Edward Gibbon y muchos otros historiadores fue la causa definitiva del ocaso de la civilización romana. Una forma de pensar, la del cristianismo, que desconcertó por lo absurdo e irreal de sus afirmaciones, por la ausencia de lógica interna y formal y por las imágenes tan sombrías que proyectaban hacia el futuro: Por ejemplo, si se insistía una y otra vez en el Fin del Mundo, en la Llegada del Salvador y la resurrección de los muertos, en la inutilidad de todo esfuerzo creativo que abriera el camino a las generaciones venideras, ¿qué podían entregar los padres a sus hijos sino un devenir funesto? Si todos los valores que constituyen una sociedad y son la más genuina expresión del alma humana son sacrificados en el altar de una fe irracional y estéril, ¿qué se reserva a la posteridad? Si Liberalidad, Concordia, Prudencia, Ecuanimidad, Pietas –en el sentido romano, que poco o nada tiene que ver con el cristiano, pues para Ciceron, Pietas era cumplir el deber que el hombre tiene para con los Dioses y no una actitud meliflua de ojos entornados e inteligencia ciega- Honestitas –la superior de las virtudes morales para Cicerón en su Tratado de los Deberes, la virtud que da el sine que non de todas las demás, y que ausente, abre la puerta de todos los vicios- caen, como aves sorprendidas por el frío del invierno, muertas a los pies de una Fe que ya no es la Fides romana (aunque etimológicamente de ella provenga: porque Fides se convirtiera después en Fe, “creer aquello que no sabemos”, entre los romanos era lealtad, fidelidad, la viril garantía de cumplir nuestros compromisos) qué amparo y qué esperanza hay reservadas para las almas que llegan al mundo después, como no sea una lucha feroz por la supervivencia y fantasías que, si bien no eleven el alma por encima de su cárcel de carne les permitan huir de la realidad e incluso aspirar vaga y difusamente los efluvios de las causas eternas, esperando el momento propicio en que las semillas de la civilización vuelvan a sentir la llamada ancestral del Sol de Justicia y Verdad.

Y es que la Edad Media que padeció Occidente tras la caída del Imperio Romano –y de manera semejante a todas las Edades Medias- es como el sueño de la Bella Durmiente, el alma de la civilización, que espera el beso del príncipe encantado, o el de un Sol de Primavera: o sea un nuevo impulso creador que naciendo del Ideal emerge del corazón humano dispuesto a proyectar en el telón de la vida otra vez los Valores Eternos que constituyen la luz de todo renacimiento.

Hay una serie de indicios que apuntan, con valor de símbolos, la llegada de las sombras, la pérdida de la racionalidad y el sueño del alma humana. Ellos no son causas, sino más bien efectos o, aun mejor, claros indicios de que nos hallamos ya en otra esfera, de que hay un trastorno del orden o una enfermedad del alma humana. HPB los llamó, en un artículo genial –como todo lo que salió de su pluma- “Signos de los Tiempos”. De la Edad Media en la que nos precipitamos y que cierra sus fauces sobre la primera década nuestro siglo XXI, estos indicios son, por ejemplo, el ataque terrorista y destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de Septiembre del 2001, el cambio climático, la sucesión de terremotos, huracanes, pandemias que desafían toda teoría probabilística del azar y fustigan implacables al género humano, el triunfo de creencias absurdas e irracionales que afectan a millones de personas -como creer que una buena posición de hombros permite proyectar mejor la luz de bondad de tu corazón[1] y hacer que el alma sea más noble y valiente- y ahora las crisis económicas que en ondas sucesivas, como las olas del mar, van a barrer los cimientos de nuestra civilización. Marx no tenía razón cuando decía que lo económico es el motor de la historia, esto es falso, el motor de la historia es el Fuego civilizatorio que anida en el alma humana. Pero sí es cierto que lo económico es un importante factor desencadenante de cambios colectivos, de formas de vida. Es como el Sol, que es el motor, por ejemplo, de todo dinamismo atmosférico e incluso climático, y sin embargo, el agua que irriga los campos es el que acumulan las nubes procedentes del mar.

Pues bien, encontramos estos signos de los tiempos al presenciar la caída del Imperio Romano, y de la civilización, por tanto, en toda la cuenca del Mediterráneo y la llegada de las frías sombras de la Edad Media, y el último, o si no el más llamativo por el valor que adquiere como símbolo, es la muerte de Hipatia, la sabia alejandrina que al expirar, asesinada, hizo caer el telón del Mundo Antiguo.

Otros indicios que preceden a este último y que comentaremos en este opúsculo son, en orden cronológico, comenzando todos ellos con la muerte de Juliano, el emperador filósofo:

  • 363 d.C. Muerte del emperador Juliano, magnicidio ejecutado, casi sin dudas por una intriga cristiana
  • 387 y 390 d.C. Masacres de Antioquía y de Tesalónica, frías y brutalmente ejecutadas por el emperador Teodosio, salvajismo medieval que compararemos con la benevolencia y misericordia, típicamente civilizadas y romanas del emperador Juliano.
  • 357-394 d.C. Pugna por la Estatua de la Victoria en el Senado Romano, uno de los acontecimientos más emblemáticos y de funestos augurios de la Caída del Imperio Romano
  • 391 d.C. Destrucción del Templo de Seraphis y de la Biblioteca de Alejandría
  • 394d.C. Derrota de las tropas de Arbogastes en la batalla del río Frígido, una esperanza fallida de retorno al mundo clásico. Esta batalla tuvo lugar entre los emperadores Teodosio y Eugenio. La derrota de este último y de su magister militum franco, Arbogastes puso al imperio entero en manos de un solo emperador, y cristiano, por última vez en la historia. Esta batalla fue la última tentativa de disputar la cristianización del imperio.
  • 410 d.C. Saqueo de Roma, por las tropas de Alarico.
  • 415 d.C. Y por último, la muerte de Hipatia, acompañado con el cierre de todas las Escuelas de Filosofía en el año 529, por Justiniano, confiscando sus propiedades, claro.

Antes de comentar algunos de estos indicios o signos de los tiempos, deberíamos considerar que quizás, tal y como afirman las tradiciones esotéricas, Roma murió de facto con el emperador Juliano. Y el periodo que va desde el 363 d.C. a la muerte de Hipatia, o si queremos hasta el fin del Imperio Romano de Occidente con Rómulo Augusto en el fatídico 476 d. C. es, tan sólo, el tiempo de descomposición de un cadáver histórico, de un gigante combativo y amable que había vivido más de mil años.

Es decir, que por más tentativas, esfuerzos de retorno al clasicismo, evocación del espíritu y las virtudes cívicas romanas que se hiciesen, Roma había ya muerto y el curso histórico había de inclinar la balanza hacia una nueva forma de vida que por su simplicidad casi salvaje podemos llamar Edad Media, de la mano, siempre, del fanatismo religioso y sectáreo cristiano, más que causa, verdadero agente de destrucción del Mundo Antiguo y su filosofía y religión natural.

El nombre secreto de Roma, conocido sólo por algunos de los más altos sacerdotes fue revelado, quebrando el sigilo. Su nombre secreto era, dicen, AMOR, enseña que eligieron los poetas del Languedoc como estandarte de vida. Quizás porque el Amor romano, más cerca del Eros creador que de la imagen mental que tenemos hoy de esa palabra, estaba asociada a sus dos Dioses primigenios y potencia oculta del carácter de este pueblo viril y cordial a un tiempo: Venus y Marte. Eros es al mismo tiempo deseo de belleza, hijo del amor celeste, tanto como impulso combativo y generador, acción creadora, luz que revela en la vida lo oculto e invisible del pensamiento y sentimiento. Este impulso creador llevaba a los romanos, entre otras grandiosas obras, a elevar a sus Dioses –los Valores Eternos-templos de magnificiente esplendor, templos que aún hoy desafían las dentelladas del tiempo, mientras que los cristianos, sus sucesores, agotado este impulso se contentaban con elevar sus templos de devoción en el aire, con palabras, pero en formas tan difusas y rígidas al mismo tiempo que en vez de seguir los caminos de la imaginación regia de un Plotino o Giordano Bruno, fortalezas en el plano mental, eran más telarañas de lúcida fantasía, formas vaporosas evocando esperanzas, recuerdos, anhelos… sueños, en fin y no Ideales; psíquicas entelequias que anuncian la inconciencia y el descanso, la Noche, en definitiva, de una Nueva Edad Media.

 

Asesinato del Emperador Juliano

Por una lanza romana, de su propia guardia[2] personal[3]. Ninguno de los persas reclamó haber dado muerte al emperador, triunfo que le hubiera valido la recompensa pactada. El mismo Sapor, emperador persa, su enemigo, quedó indignado de cómo no se hizo una investigación criminal al respecto[4], para hacer salir a la luz al asesino y a todos los conjurados, que es casi evidente que eran cristianos, los únicos beneficiarios y que muy poco tiempo antes ya habían intentado asesinarle y el Emperador los había perdonado la vida. Como diría Poirot, el personaje literario de Agatha Christie, existía un motivo firme y una oportunidad clara, y los cristianos demostraron carecer de escrúpulos que impidieran tal infamia y magnicidio. Prueba además de que fueron los cristianos es que en su santoral está “San” Mercurio de Cesárea de Antioquía, en la tradición popular, jefe de la guardia imperial que alcanza la santidad al clavar una lanza al “emperador impío”, a Juliano. Lo que no se atrevieron o simplemente no quisieron afirmar ni casi insinuar los historiadores eclesiásticos lo hizo la tradición popular, pues ya sabemos que vox populi, vox dei.[5]

Muy poco después de la muerte del Emperador -y como dijimos, esotéricamente, de la muerte de Roma- se sucedieron los terremotos, maremotos, todo tipo de desgracias, el desorden y el caos en la lucha de los cristianos de Nicea contra todo tipo de herejes, que en pocos decenios fustigaron el Imperio y que el orador Libanio considera como un castigo del cielo por no haber vengado, haciendo justicia, la muerte del emperador, cuando había oportunidad y medios para hacerlo, y cuando además era esencial para mantener la autoritas y dignitas imperial. En boca de Libanio: La enorme matanza que tuvo lugar aquí y en Roma (debe referirse a las represiones del vicario de Roma, Maximino, contra el Senado de Roma, según refiere Amiano Marcelino[6]) revela la ira de los dioses, por causa de la cual unos perecían y otros aguardaban la muerte. Sacudió Terror tierra y mar.

No mintieron los Dioses Romanos, cuando en una aparición espectral mostraron sus luminosas sombras al emperador Juliano y le dijeron que él era la última esperanza del Imperio y de Roma, no mintió el sueño del mismo emperador cuando en él vio las Águilas de Roma volar hacia las montañas del Oriente para volver miles de años después con un mágico símbolo entre sus garras.

Juliano fue la última esperanza de Roma, el último rayo de luz de un Sol ya ensangrentado en el ocaso, el canto del cisne de una forma de vivir que aún hoy reconocemos como gentil, en armonía con la Naturaleza y sus Dioses. Quizás nadie le haya descrito mejor que Libanio, su amigo, y orador de Antioquía, cuando dijo:

la tierra entera cayó, sin combate, en poder de un hombre que acogía con entusiasmo en su palacio la sabiduría más que cualquier filósofo y que hizo regresar, como de un exilio, para estimarlas de nuevo, las prácticas aborrecidas. Y yo reía y danzaba y con deleite componía y pronunciaba discursos, porque (…) los dioses eran honrados en fiestas de las que tenían memoria unos pocos ancianos; la mántica había recobrado su influencia; la elocuencia, su admiración; los romanos, su coraje; y los bárbaros se encontraban vencidos o a punto de serlo. Emperador, prudentísimo, justísimo, elocuentísimo y aguerridísimo, enemigo sólo de los impíos

 

Masacres de Antioquía y Tesalónica

Masacres de esta naturaleza se dieron ya, por ejemplo, con emperadores como Caracalla cuando en el año 215 visitó Alejandría y el carácter burlón de esta ciudad  hizo de este personaje extravagante y vanidoso el blanco de sus críticas[7] y chirigotas. Con el pretexto de que quería rendir honores a Alejandría, Caracalla dijo que pretendía reclutar una falange formada por lo mejor de su juventud y que llevaría el nombre de Alejandro Magno. Convocó a los jóvenes alejandrinos para que se reuniesen al sur de la ciudad, fuera del recinto amurallado, en el inmenso patio que rodea al templo Seraphis. Una vez reunidos, ordenó a sus tropas que cargasen sobre ellos. Los pretorianos masacraron sin piedad a miles de jóvenes alejandrinos mientras Caracalla contemplaba, desde lo alto del templo la carnicería. Luego declaró ante los senadores de esta ciudad que no menos culpa tenían los que habían logrado escapar con vida que los que habían muerto: que viesen como una muestra de su clemencia y de su magnanimidad el que se abstuviese de perseguir a los fugitivos. Suspendió los juegos públicos y anuló las subvenciones fiscales que eran pagadas a los miembros del Museo, cerrando así, de facto, “el único instituto de investigaciones científicas que había en todo el imperio”[8]

Evidentemente Caracalla no sobrevivió muchos años a esta atrocidad y el mismo fue víctima de una conspiración de su guardia pretoriana en el año 217; pero éste es uno de los acontecimientos-símbolo que ya estaban señalando la caída del Imperio Romano, caída cuyo inicio es la muerte del emperador filósofo Marco Aurelio y la cruel locura de Cómodo.

Respecto a las masacres de Antioquía y de Tesalónica ejecutadas por el emperador Teodosio, interesante es compararlas con la paciencia y benevolencia de un Juliano. Cuando este último emperador filósofo estuvo varios meses en Antioquía preparando su expedición contra los persas, fue también víctima de las burlas del populacho pero su forma de reaccionar indica la altura de su genio y la presencia de estos Valores Eternos vivos y manantes en su alma. A Voltaire no le pasó desapercibido que era injusto por no decir paradójico y absurdo que se llamase impío al emperador Juliano y santo a Teodosio cuando el primero había demostrado vivir santamente y Teodosio de un modo brutal, pérfido y esclavo de sus pasiones e ignorancia, hasta el punto de ser así también esclavo de San Ambrosio de Milán. Mas dejemos que sea el mismo Voltaire, quien se exprese en su Diccionario Filosófico:

Si lo seguimos [a Juliano] en su casa, en los campos, en las batallas, en sus costumbres, en su conducta y en sus escritos, en todas partes lo encontramos igual a Marco Aurelio. Así este hombre que se ha pintado abominable, es el primero de los hombres, o por lo menos el segundo. Siempre sobrio, siempre templado, sin haber tenido jamás ninguna querida, durmiendo sobre una piel de oso, y dando pocas horas al sueño, y estas con sentimiento, repartiendo su tiempo entre el estudio y los negocios; generoso, capaz de amistad, enemigo del fausto en fin se le hubiera admirado, si no hubiera sido mas que un particular.

Si se considera en él al héroe, se le ve siempre a la cabeza de las tropas, restableciendo sin rigor la disciplina militar, amado de los soldados y conteniéndolos; conduciendo casi siempre a pié sus ejércitos, y dándoles el ejemplo de todas las fatigas; siempre victorioso en todas sus expediciones, hasta el último momento de su vida, y muriendo en fin haciendo huir a los Persas. Su muerte fue la de un héroe, y sus últimas palabras las de un filósofo: “Me someto con alegría, dijo, a los decretos eternos del cielo, convencido de que el que está enamorado de la vida cuando es necesario morir, es más cobarde que el que quisiera morir cuando es necesario vivir.” En su última hora conversó sobre la inmortalidad del alma, sin el menor sentimiento y sin la menor debilidad: él no habló más que de su sumisión a la Providencia. Reflexionemos que es un emperador de treinta y dos años el que muere así; y veremos si es permitido insultar a su memoria.

Si se le considera como emperador, se le ve que rehúsa el título de dominus que afectaba Constantino, que consuela a los pueblos, que alivia los impuestos, que fomenta las artes, que reduce a setenta onzas los presentes de coronas de oro de trescientos a cuatrocientos marcos que exigieron sus predecesores de todas las ciudades, que hace observar las leyes, que contiene a sus oficiales y ministros, y que previene toda corrupción.

Diez soldados cristianos conspiran para asesinarlo; son descubiertos, y Juliano los perdona. El pueblo de Antioquía que juntaba la insolencia al deleite, lo insulta; él se venga como un hombre de talento; pues que pudiéndole haber hecho sentir el poder imperial, no hizo mas que manifestar la superioridad de su genio[9]. Compárese esta conducta con los suplicios de Antioquía, y con todos los ciudadanos de Tesalónica degollados por un motivo al poco más o menos semejante, todo dispuesto por Teodosio, del que casi se ha hecho un santo: y júzguese entre estos dos hombres.

Recordemos que Teodosio, por una simple protesta en Antioquía contra una subida de los impuestos, ordena masacrar la población, en el año 387 d.C.

Recordemos también los hechos en Tesalónica, tres años después, una de las páginas más pérfidas y sucias de la Historia: El comandante de la guarnición militar, un godo de nombre Buterik ordena encarcelar a un famoso auriga por mantener relaciones homosexuales con su copero, que Teodosio había condenado. La multitud, indignada, pues ese tipo de prácticas aún eran costumbre, lincha al godo. Teodosio entra en cólera y ordena que se diga a todos los habitantes de Tesalónica que les perdona tal desliz y que les obsequia, como prueba de su magnanimidad con unas carreras de carros en las que va a participar el mismo auriga que había originado la discordia. La población acudió en masa al estadio. Los legionarios cerraron las puertas y cargaron contra todos los espectadores, en una matanza de varias horas que dejó en las gradas entre siete y catorce mil cadáveres, en gran parte, mujeres, ancianos y niños.

Ambrosio[10], el obispo de Milán aprovechó astutamente la coyuntura propicia e impone a Teodosio un acto de contricción, excomulgándolo hasta que no realice toda una serie de humillaciones. El emperador se arrodilla, en la catedral de Milán ante el obispo Ambrosio, quien pronunciará una frase que pasará a los registros de la historia como la que marca el poder ya definitivo de la Iglesia sobre el Estado, y el fin, por tanto del Mundo Antiguo basado en la Justicia por el de la Edad Media, basado en las creencias: “Imperator enim intra ecclesiam non supra ecclesiam est” (el Emperador está pues, dentro de la iglesia y no sobre ella)

El futuro San Agustín, que ha sido recientemente ordenado sacerdote en Hipona declara que lo más asombroso en este emperador hispano es su humildad (¡!!), lo que nos extraña y pensamos que la humillación ante Ambrosio de Milán no sirvió para dulcificar su carácter. Imagino que ahora el emperador podía cometer la tropelía más barbárica que imaginase, porque la nueva religión era capaz de perdonar cualquier crimen cometido si el culpable después se arrepentía y recibía el beneplácito de cualquier autoridad religiosa: aumentando esto sin medida el poder del clero como nunca antes lo había tenido ningún pontífice romano. Lavar la conciencia a cambio de concesiones en el poder es algo que jamás le importó a ningún tirano pues el tirano ya casi ni tiene conciencia ni tiene verdadero poder, pues es esclavo de sus esclavos. El tirano, en realidad provoca un vacío de poder piramidal que es colmado con todo tipo de alimañas. No es poderoso un ser humano en sus arrebatos de locura, tampoco lo es su cadáver en estado de descomposición.

 

Debate por el Altar de la Victoria

De todos, quizás éste sea el fenómeno más emblemático de la muerte de Roma, del triunfo del Cristianismo y del cambio definitivo en la escala de valores morales[11].

Fue el emperador Augusto (Cayo Julio César Octavio) quien mandó poner en la sala de reuniones del Senado de Roma una estatua en oro de la Victoria y un altar a sus pies, para conmemorar la batalla de Actium, la anexión de Egipto y, esta es la clave simbólica, el verdadero inicio del Imperio. Los senadores, al entrar en el Senado quemaban incienso ante su altar.

Dicho culto sobrevivió hasta que el emperador Constancio, hijo de Constantino, en su viaje a Roma en el 357 ordenó quitar dicho altar. El emperador Juliano nada más ocupar el trono lo restableció. Joviano y Valentiniano no se ocuparon del tema. Y Graciano, aconsejado por Ambrosio de Milán ordenó en el 382, entre otras medidas contra la sabiduría antigua, retirar dicha estatua y altar, suprimir el título de Pontífex Maximus de la nomenclatura imperial, y privar a los colegios de sacerdotes paganos y vestales de Roma los privilegios y subvenciones que los sustentaban. El Senado[12] envió una delegación al emperador intentando anular o temperar medidas tan contrarias al alma e instituciones romanas, pero sin éxito: Ambrosio convenció al emperador para que ni les recibiese. En el año 383 es asesinado Graciano y ocupa el trono imperial Máximo[13] apoyado por quienes esperaban aún ver resurgir los valores y cultos de la Roma Antigua. La prefectura de la ciudad es ocupada por Símaco, y como presidente del Senado presenta una “Relatio” ante el emperador para que restaure el altar y el culto de la Victoria y para que se mantengan los privilegios de sacerdotes y vestales. El obispo de Milán interviene ante el joven emperador y consigue que dos años después sea anulada la demanda del Senado: las Cartas y Discursos a favor y en contra muestran, para el espíritu sin prejuicios, una defensa filosófica de los valores del Mundo Antiguo, por un lado y el orgullo y la soberbia de quienes se creen únicos elegidos de la voluntad de Dios, el único y exclusivo camino cierto. En el ataque dialéctico de Ambrosio[14] está claro que el advenimiento del Cristianismo es el destino y el fin de la Historia, dejando por tanto, sin futuro a todos los siglos venideros. Es interesante comparar las aberraciones cometidas por el faraón asesino, el cruel Akhenatón y su concepción de la historia y de ser él el único profeta autorizado; y los desmanes trágicos del cristianismo en el siglo IV y V, con la demolición del Imperio Romano y fin del Mundo Antiguo.

Símaco, queriendo elevar de nuevo el altar de la Victoria dice en su Relación:

“Reclamamos el estatuto religioso que durante largo tiempo fue beneficioso para la República. Sin duda se pueden contar emperadores de ambas religiones, de una y otra opinión: unos anteriores han practicado las ceremonias de los antepasados y otros posteriores no las han suprimido. Si no os sirve de ejemplo la práctica religiosa de los antiguos, os sirva al menos la tolerancia de los modernos (…)

Todo lo que los hombres adoran es justo que sea considerado un solo y mismo ser. Todos vemos los mismos astros, el cielo es común, nos envuelve el mismo mundo. ¿Qué importa la forma (prudentia) con que cada uno busca la verdad? No puede haber un sólo camino para acceder a tan gran misterio (Uno itinere non potest perveniri ad tam grande secretum)” (…)

Cada uno tiene su costumbre, cada uno su rito. La Inteligencia designa tanto cultos diversos como guardianes para cada ciudad. Lo mismo que se reparten las almas a los que nacen, así se reparten a los pueblos los genios del destino.

[Y hace hablar en esta Relación, a la Diosa Roma, diciendo]

Príncipes óptimos, Padres de la Patria, respetad mis años, a los que me ha permitido llegar mi religión. Dejadme practicar las ceremonias ancestrales, de las que no me arrepiento. Dejadme vivir según mi costumbre, porque soy libre. Este culto sometió al orbe entero a mis leyes; estas ceremonias sacras rechazaron a Aníbal de las murallas y a los Senadores del Capitolio. ¿He tenido que vivir hasta ahora para ser reprendida ya de anciana? ¡Llegar a ver lo que se piensa establecer! ¡Tardía es e injuriosa la enmienda de la ancianidad![15]

[Siguiendo en esta argumentación el principio de la libertad, y especialmente la religiosa, tan necesaria como querida para el carácter romano]

¿En dónde, si no, juraremos fidelidad a vuestras leyes y palabras? ¿A qué religión le tendrá miedo el alma falsa, para que no mienta en los testimonios? Es cierto que todo está lleno de Dios y no hay ningún lugar seguro para los pérfidos. Pero inspira mucho temor al delito el que esté presente la amenaza de una divinidad. Aquel altar mantiene la concordia de todos; aquel altar es el lugar de encuentro de la fidelidad de cada uno; y nada otorga más autoridad a nuestras sentencias que el que nuestro orden establezca todo como tras un juramento. Si la sede se hace profana, quedará expuesta a los perjurios y ¿esto van a aprobar mis ínclitos Príncipes, que ahora están protegidos por un juramento sagrado público?

[A posteriori, varios siglos después, los cristianos no dieron mucha importancia a esto, simplemente cambiaron el Altar de la Victoria y otros símbolos patrios por la omnipresente cruz; los brindis romanos en que se invocaban a los Dioses, al elegir a los delegados del poder, por los brindis “cristianos” en que se invocaba y buscaba la protección de los santos, al ser nombrados los obispos. O sea, como decía HPB, vino viejo en odres nuevos; y haz desaparecer el original si quieres que tu copia se convierta en el nuevo original.]

Dos veces más intentará el Senado restaurar la estatua de la Diosa Victoria, en el año 390 ante Teodosio, y en el 391 ante Valentiniano II, pero sin éxito. Eugenio, nombrado Emperador por el general pagano Arbogastes, restaura los cultos paganos y vuelve a erguir la estatua de la Victoria en el Senado. Teodosio los derrota en el 394 y entra triunfalmente en Roma, retirando, de nuevo, el Altar, aunque la Estatua permaneció en Roma hasta el año 410 en que el visigodo Alarico cercó la ciudad, cumpliendo, decía la voluntad de Dios. Y puede que fuera así cierto, pues la ciudad estaba desprotegida, reblandecida por las discordias internas, sin Espíritu de Victoria y sin Valor. Cuando Alarico exigió todas las riquezas romanas a cambio de sus vidas, fundieron la estatua del Valor (Virtus), en oro, una Diosa que, representada con lanza, espada y armadura, era identificada con la misma Diosa Roma. Los romanos se juramentaron a pagar por sus vidas, pero retirado el peligro se negaron a hacerlo. Alarico volvió a entrar y ahora sí saqueó Roma. La Estatua de la Victoria debió correr la misma suerte que la del Valor. Sin Victoria, sin Virtus y sin Honor, Roma, decididamente ya estaba muerta, pues estas virtudes eran la vida misma de Roma.

Como dijimos, muchos otros acontecimientos adquieren valor de símbolo en esta precipitación del mundo clásico, quizás uno de los más importantes sea la destrucción de la Biblioteca de Alejandría y el Templo de Seraphis[16] efectuada por hordas salvajes cristianas al mando del obispo Teófilo, asesinando a los últimos grandes Iniciados, en el año 391 d. C. y destruyendo todas las imágenes de culto, incluyendo la gigantesca de Seraphis que abría sus brazos en cruz (¡!!) tocando con las yemas de sus dedos los muros laterales del Santuario. Las tradiciones afirmaban que cuando el Serapheum fuera destruido, aquello significaría el fin del mundo, la llegada del caos y el hundimiento del cielo sobre la tierra. Seraphis, por representar lo que es llamado, esotéricamente, el Rayo Verde, es el que rige la armonía entre el cielo y la tierra, entre el hombre y la Naturaleza, es, simbólicamente, por tanto, la columna de estabilidad que sustenta el mundo, el eje moral del alma humana. Magnífica fue también la defensa que hicieron los sacerdotes e Iniciados, Olimpio, sacerdote de Seraphis, con una espada en alto, convertido en una encarnación del Dios de la Guerra. Sigamos la narración que hace Mariz Dzielska:

El filósofo que participa activamente en la defensa del Serapeo es el neoplatónico Olimpio. Historiadores eclesiásticos (Rufino, Sozumeno), al igual que Damascio en su Vida de Isidoro, cuentan cómo, revestido con el manto del filósofo, se coloca en la cabeza de los defensores. Proclama el significado de su lucha con tanta elocuencia que nadie puede resistirse a las palabras que “fluyen de su bendita boca” mientras reclama el sacrificio total en defensa de los sagrados símbolos de la religión de sus antepasados. Al igual que Antonino, Olimpio parece un ser inmortal, y las heroicidades realizadas por su mediación alcanzan una dimensión más divina que humana. Cuando decae la moral de los defensores al contemplar la destrucción de las estatuas de los dioses, Olimpio les asegura repetidas veces que el espíritu albergado en las estatuas sube al paraíso; sólo se destruye su manifestación terrena. (…) Antes incluso del comienzo del conflicto en el 391/392, Olimpio ya era conocido entre los alejandrinos como servidor y fiel confesor de Serapis (…) Maestro en todos los ritos del culto, enseña a los fieles cómo realizar las ceremonias tradicionales. Recordando los antiguos credos, demuestra su belleza y afirma que servir a los dioses trae la felicidad. Insta con frecuencia a sus oyentes a que conserven su fe ancestral como el tesoro más precioso. En consecuencia, jóvenes y viejos lo llaman hierodidaskalos; la espiritualidad de Olimpio, su autoridad moral, su conocimiento de los dioses y su apariencia llevan a los fieles a creer que este maestro público de religión está lleno de dios (pleres tou theou). Al igual que Antonino, posee el don de profetizar sobre el futuro de la religión pagana. También predice a sus discípulos la caída del templo de Seraphis. Cuando finalmente sucede, Damascio concluye que las dotes visionarias de Olimpio están profundamente concretadas con los poderes divinos que gobiernan el mundo”[17]

La muerte de Hipatia, asesinada por las hordas fanáticas del obispo Cirilo, es también uno de los hitos más tristes y simbólicos de la llegada de la oscuridad medieval. Cuanto se dice ahora de ella, como matemática y erudita, como si fuese una especie de profesora universitaria enseñando las obras de Aristóteles y Platón, rinde un sombrío culto a quien fue una gran Iniciada en los Misterios, alguien a quien sus contemporáneos –incluidos Historiadores cristianos como Sócrates Escolástico y Padres de la Iglesia como el neoplatónico Sinesio de Cirene- reconocieron más divina que humana, y a quien la propia ciudad consideraba la esperanza de un mundo que se precipitaba en las sombras. Sinesio la llama madre, hermana, maestra y bienhechora y H.P.B. en su Isis sin Velo dice que “A principios del siglo V estaba muy frecuentada por el pueblo la academia donde la sabia e infortunada Hipatia enseñaba las doctrinas del divino Platón, dificultando con ello el proselitismo cristiano, pues descubría el fundamento de los misterios religiosos pergeñados por los Padres de la Iglesia y declaraba el origen platónico del idealismo, que la nueva religión se había apropiado para seducir a gran número de gentiles. Además Hipatia era discípula de Plutarco, jefe de la escuela ateniense, y conocía los secretos de la teurgia, por lo que sus enseñanzas eran un gravísimo obstáculo para la creencia popular en los milagros, cuya causa podía explicar la insigne maestra. No es, pues, extraño que su sabiduría y su elocuencia suscitasen contra ella la animadversión de Cirilo, obispo de Alejandría, cuya autoridad se apoyaba en degradantes supersticiones , al paso que la de Hipatia tenía por fundamento la inconmovible roca de las leyes naturales.”

H.P.B. dice también que el karma de la filosofía neoplatónica, y quizás con este fracaso la esperanza de un mundo un poco más en concordancia con la verdadera lógica y el alma de la naturaleza, se precipitó al inclinarse más por Aristóteles que por la sabiduría de Platón, que era un emblema-síntesis de todas las enseñanzas de los Misterios:

Los neoplatónicos quedaron condenados a muerte desde el día en que se pusieron al lado de Aristóteles[18]

Y es que desde un mundo racional –en el sentido platónico y estoico de esta palabra- y armonioso nos precipitamos en uno de leyendas, de mentiras, de sueños –muchas veces de pesadillas- y de manipulación de la verdad hasta tal punto que no podemos dejar de sonrojarnos: negando hechos evidentes, inventando excusas inaceptables y santos imposibles cuyas vidas jamás existieron o simplemente fueron una conversión en santos de los mismos dioses paganos, como Santa Bárbara –Atenea- o San Dionisos –el Dios del mismo nombre- y tantos otros. La misma vida de Hipatia, presente durante siglos en el inconsciente colectivo, es convertida en Santa Catalina de Alejandría. Pero ahora, ¡mentira infamante! esta santa es despedazada no por las hordas de parabolanos de “San” Cirilo, sino quiere serlo por el mismo emperador pagano Maximiano Hercúleo con una rueda de pinchos[19] porque se niega a renunciar a su fe. Y no expone su filosofía, desvelando las mentiras y dogmas del clero, sino que combate contra un ejército de filósofos envidiosos en Alejandría y a quienes finalmente convence para que adopten el cristianismo como filosofía y fe.

La leyenda de Santa Catalina se comienza a formar[20] en torno al siglo VIII, y curiosamente no sólo es una virgen joven y hermosa como Hipatia, también es erudita y experta en geometría, matemáticas, astronomía y en la sabiduría de los griegos. Maria Dzielska destaca esta relación, en su Hipatia de Alejandría:

B.A. Myrsilides proporciona una información excepcionalmente interesante que puede ayudar a confirmar las ideas de los investigadores sobre la conexión entre la leyenda de santa Catalina y la Hipatia histórica. Myrsilides escribe que en Asia Menor, cerca de la antigua ciudad de Laodicea, en las orillas del río Pyramos, junto al actual Denizli, los ancianos del pueblo le han mostrado las ruinas de una iglesia y una inscripción muy deteriorada para conmemorar la consagración del santuario a “santa Hipatia Catalina”; quizás Catalina fuera el segundo nombre de Hipatia.

Lo que es evidente es que un personaje como Catalina de Alejandría, tal y como es descrito en el santoral, hubiera llamado la atención de los historiadores eclesiásticos, que tanto abundan en esa época, y sin embargo no encontramos la más mínima mención. ¿Por qué será?

Otros son los “signos de los tiempos” que no es que ya auguren un final, o lo precedan, sino que constituyen el final mismo de la Sabiduría Eterna en las civilizaciones del Mediterráneo. La última Escuela de Misterios, el último rayo de luz que desaparece en el ocaso del Mundo Antiguo fue el llamado Templo de Isis en Phylae, del que habla de un modo misterioso Séneca y que pensamos fue donde se inició este filósofo cordobés. En una revista Estudios Teosóficos, de Argentina, en la sección de las Aventuras del Mago Kandakah hay una recreación novelada de lo que debió ser este fin, una ceremonia trágica de los últimos Iniciados descrita con singular belleza donde son derretidas las estatuas de los Dioses y todos los instrumentos de culto que no debían caer en manos indignas y sucias. La que ahora es joya del Nilo en Assuán lo fue de la Sabiduría esotérica y nos es difícil imaginar, caminando entre las ruinas del templo, tan deslumbrante esplendor. Isis, la Diosa de los Mil Nombres es la sabiduría eterna, el alma y esencia de la vida, el torrente de amor que todo lo renueva, para que nada permanezca preso en las cárceles de la materia y de las formas ya estériles.

No sabemos hasta cuándo se conservó el Templo de Phylae como Escuela de Misterios pero sí que fue bastión del paganismo hasta el año 536 d. C. en que Justiniano envió a su general Narsés a quebrar la resistencia nubia, haciendo que las hordas enloquecidas de cristianos del desierto asesinasen a sus últimos sacerdotes Iniciados y que el obispo Teodoro convirtiese el Templo de la Sabiduría en una iglesia dedicada a San Esteban.

Es evidente que consideramos también “signo de los tiempos” por su profundo valor simbólico y mágico, la pérdida del sepulcro en cristal de Alejandro, que el orador Libanio dice haberlo visto a mediados del siglo IV en Alejandría; verdaderamente, con este Dios encarnado o Hijo de Amón que fue Alejandro se inicia y termina un ciclo: con el ocultamiento de su cadáver los valores de la generosidad, la nobleza de carácter, el espíritu de conquista como una luz que aleja las sombras, se refugian en Oriente, en Persia, donde huyeron muchos de los últimos neoplatónicos después que Justiniano cerrase las milenarias escuelas de Filosofía en Atenas y en todo el Imperio Romano.

HPB dice que Terminado el ciclo de …, a los golpes del conquistador macedonio sonó en el reloj de las razas la primera campanada de las horas de la desaparición de los misterios. Las últimas comenzaron a sonar el año 47 a. C. (con la destrucción de la antigua metrópoli celta de Alesia), debieron dejar de sonar con la muerte de Hipatia, y su son se extinguió, sin duda con la caída de Phylae y el cierre de las Escuelas Jurídicas, de Oratoria y Filosofía.

Cuando Constantino, en el famoso edicto de Milán, en el 314, legaliza la religión cristiana, lo hace, teóricamente a un nivel parejo con las múltiples religiones y creencias que convivían pacíficamente en el Imperio Romano. O sea, dicho documento, repetimos, en teoría, no mermaba ninguno de los cultos anteriores[21], pero esto era sólo en teoría. Inmediatamente después de esta legalización, la Iglesia cristiana ataca a los paganos: el concilio de Ancira denuncia el culto a la diosa Artemis[22], y diez años después el emperador apóstata, o sea, Constantino -apóstata él y que hizo renegar a todo el Imperio, y esto es lo peor, de las tradiciones de los antepasados (mos maiorum)- declara el Cristianismo como la única religión del imperio romano, saquea en Dydima, Asia Menor, el oráculo del Dios Apolo, torturando a sus sacerdotes hasta la muerte. Dos años después, en el 326, y siguiendo las instrucciones de su madre, la “santa” Helena, destruye el templo del Dios Asklepio en Aigeai, Cilicia y muchos templos de la diosa Afrodita en Jerusalén, Afaka, Mambre, Fenicia, Baalbek, etc… Algunos de estos templos serían convertidos en prostíbulos. Todos los tesoros de los templos saqueados y sus estatuas sagradas servirían para el ornato de su nueva ciudad, la Nueva Roma, Constantinopla. En el 335, este mismo emperador ordena por crucificar a “todos los magos y adivinos” y es martirizado el filósofo neoplatónico Sopatro. ¿Podemos llamar, como aún hace la historia oficial, “apóstata” al piadosísimo emperador Juliano y elogiar la piedad de Constantino, que, por cierto, nunca fue bautizado[23]?

Este emperador renegado, impío y asesino[24], y que además promovió el asesinato de familias enteras –la del futuro emperador Juliano, por ejemplo- con su absoluta falta de prudencia al dividir el Imperio entre sus tres hijos (que los cristianos llamaron la santísima trinidad), es quien quebró la columna vertebral de la civilización romana y quien abrió el odre de los vientos apestados, de la locura colectiva que en poco más de un siglo desmenuzó la obra de más de mil años. Persecuciones, asesinatos en masa, quemas de montañas de libros en las plazas públicas, quemas y crucifixión de filósofos (como Simónides y Máximo, maestro de Juliano, respectivamente), irracionalidad se extienden por todo el Imperio. En el año 372, el Emperador Valente ordena al gobernador de Asia Menor que extermine a todos los helenos y todos los documentos relativos a su sabiduría, en el 375 (y este es otro de los “signos de los tiempos” determinantes de la Caída del Imperio Romano) se cierra el templo de Asklepios en Epidauro, Grecia. Los no-cristianos son llamados “repugnantes, herejes, estúpidos y ciegos”. El “Gloria a Yahveh” (Hellelu-jah) se impone en las misas cristianas, cambiando así el culto a los dioses romanos por la adoración a un dios hebreo que representaba la capacidad fecundante de la luna y el culto astrolátrico a Saturno[25] . En el 391 un decreto del emperador Teodosio prohibe, no sólo la visita a los templos paganos sino incluso mirar las estatuas destruidas. En el año 392 se clausuran los Misterios de Samotracia, los más antiguos, según HPB, de la Prehistoria, y donde los Aspirantes se convertían en reyes de sí mismos y servidores del Rey del Mundo[26] y de la Gran Madre, Elektra; y en el 393 se prohiben los Juegos Píticos y los Olímpicos, saqueando los cristianos sus templos. En el 395 los godos bautizados, guiados por Alarico, hacen arder el Santuario de Eleusis y queman vivos a todos sus sacerdotes. El 396, un decreto del emperador Arcadio ordena que el paganismo sea considerado como alta traición, y un año después con el documento y el grito ¡Demoledlos! ordena la demolición de todos los templos paganos que aún estén en pie, especialmente en las zonas rurales, donde los paganos se habían refugiado… Y así, locura, exterminio (también entre las diferentes creencias dentro del Cristianismo), vejación, humillaciones públicas, torturas hacen de la vida un tormento y ahogan la llama de la alegría natural que significa estar hermanado con la naturaleza y con todos nuestros congéneres. Se cumple la profecía de Nestorio, sumo sacerdote de Eleusis, un anciano de 95 años, que en el 380 d.C., cerró los Misterios de Eleusis, anunciando la llegada y hegemonía de la oscuridad mental sobre la raza humana.

Todos estos hechos que hacen palidecer la condición humana, son “signos de los tiempos”, son las alas de la noche y el sueño sobre el alma de la civilización, pero del mismo modo que las semillas que encontraron a finales del siglo XIX en la tumba egipcia de Nebamún crecieron y dieron buena cosecha, así las semillas de oro enterradas en los tiempos oscuros fructificarán a su debido tiempo. Estas semillas son los núcleos de concordia, fraternidad, de vivencia de un Ideal Filosófico sin diferencia de raza, sexo, condición social o edad, el mismo Ideal que extendió sus luminosas alas sobre el Mediterráneo, bajo las Águilas Romanas y que hoy quiere abrazar al mundo con su amor, justicia, bondad y belleza.

 

Jose Carlos Fernández

Lisboa 2009


[1] Quizás sea más cierto, y probado lo contrario, todo estado emocional y de conciencia genera una posición corporal o tensión muscular. La nobleza y generosidad yergue naturalmente nuestro gesto haciéndolo más altivo, asumiendo, naturalmente, una posición más vertical y estable al mismo tiempo.

[2] No podemos llamar a éste, ejército de pretorianos, pues los pretorianos fueron abolidos en el año 312 por Constantino, después de la batalla de Majencio.

[3] Formada, recordemos por 360 legionarios, para expresar simbólicamente cómo el Emperador es el Sol que ilumina el mundo con sus rayos de Justicia y Bondad, y el número de 360 se refiere, claro, a los 360 grados del Zodíaco. Recordemos también, como su eclecticismo hizo que eligiera como oficial de su guardia personal a un cristiano. Los persas, al representar en escenas pictóricas de guerra a Juliano, lo hacían como a un león exhalando fuego, así veían en la batalla a este emperador, cuando abandonaba el manto del filósofo para revestirse con la coraza y las armas del guerrero.

[4] El orador Libanio, en su discurso Sobre la venganza por la muerte de Juliano, dice: Pero he aquí la prueba más importante de todas. A Víctor, a Salustio y a los demás que formaban parte de la embajada de paz, les preguntó Sapor si no se avergonzaban los romanos de no haberse tomado la más mínima molestia para castigar la muerte de Juliano, que fue el único que cayó en el combate (¿!!!). Lo cual proclama a gritos claramente qué fue lo que sucedió aquel día. Continuó diciendo: “Si fuera uno de mis generales quien hubiera muerto, yo hubiera desollado a los soldados que no hubieran caído en torno suyo y habría consolado a los parientes del muerto enviándoles sus cabezas y poniéndolas en sus propias manos.”

Libanio, Discursos Julianeos, editorial Gredos, pag. 381,2

Este mismo orador, quizás uno de los mejores de su época, se queja valientemente en esta carta-discurso al emperador Teodosio de que ninguno de los sucesores hayan movido un dedo para averiguar quién fue el culpable y explica lo fácil que hubiera sido encontrarlo a él y a todos los conjurados, pues el pueblo amaba a Juliano, pero todos temían naturalmente decir ni hacer nada si el emperador o algún personaje público no iniciaba la investigación.

[5] El santo y mártir a quien nos referimos es, como dijimos San Mercurio de Cesárea de Capadocia de quien el santoral dice que murió en época de Decio, pero que la tradición popular en toda Antioquía identifica como el “santo” que cumplió la venganza divina contra el emperador Juliano, clavándole traicioneramente una lanza en el costado. Se le rinde culto el 25 de noviembre, el mismo día, ¡santa admiración! que se rinde culto a Santa Catalina de Alejandría, evidente cristianización de Hipatia, según comentaremos después.

[6] Ver Discursos Julianeos, editorial Gredos, pag. 380 y notas de Ángel González Gálvez.

[7] La chispa desencadenante fue una sátira en que el pueblo de Alejandría ironizaba teatralizando el asesinato de Geta (por Caracalla, su hermano) como un acto de defensa personal.

[8] Seguimos, en esta descripción, la obra de Hypatia de Juan Gálvez, pags 57 y 58, ediciones Lumen

[9] El Emperador Juliano, en lugar de tomar represalias violentas contra esta ciudad por las burlas de que era objeto, respondió componiendo un opúsculo, el Misopogon, expuesto públicamente en el mes de febrero del año 363. En él, el emperador filósofo comienza bromeando de su barba, y poco a poco el tono humorístico va dejando paso a una amarga justificación de su carácter y a los reproches hacia una ciudad que se ha comportado de un modo tan ingrato con su persona. Anuncia, finalmente, en esta obra que nunca más va a pisar Antioquía lo que fue cierto, a pesar de las protestas y discursos de excusa de Libanio. Discursos Julianeos, obra citada, en el prólogo, pagina 30.

[10] Seguimos, en esto, la narración de Juan Gálvez en su Hypatia, obra citada, pagina 160

[11] En el artículo Aurelio Prudencio y el debate sobre el Altar de la Victoria, de Jose Luis Moreno Martínez, se aportan numerosos detalles sobre esta polémica, y sobre los discursos y cartas del presidente del Senado Romano Símaco, del lado de las creencias ancestrales romanas y de Ambrosio, obispo de Milán en el bando del cristianismo.

[12] Seguimos, en la relación de hechos y en las cartas de Símaco y Ambrosio, el artículo mencionado de Jose Luis Moreno.

[13] Nos preguntamos si existen pruebas definitivas e inequívocas de que fue, como se afirma en los libros de Historia, Máximo quien asesinó al emperador y usurpó el trono.

[14] Ambrosio seguía la filosofía de Orígenes, en que los textos bíblicos exponen  hechos  alegóricos y sólo algunas veces  históricos. Según esto la venida de Cristo simboliza el despertar de la conciencia humana, semejante así al mito de Prometeo griego; o la Iniciación, equivalente a la crucifixión del Dios Vishvakarmán o Atlas sosteniendo el mundo.

El poder debió tentar a Ambrosio lo suficiente como para renegar de esta filosofía, que seguro continuó considerando válida, y hablar del fin de la Historia y la llegada del Dios verdadero, que redime al hombre de todos los errores pasados, presentes y futuros: lo que evidentemente genera un gran desconcierto sobre cómo actuar.

[15] En este combate dialéctico entre Símaco y Ambrosio de Milán es evidente que Símaco, representando al Mundo Antiguo combate siempre a la defensiva, como excusándose por vivir, mendigando… y enseñando así los puntos vulnerables. Para comprender bien esto tenemos que ubicarnos en la época y el ambiente psicológico. La presión que ejercían los cristianos, asesinatos brutales, arbitrariedad de sus decisiones –ya casi por completo fuera del espíritu y la forma de la lex romana- son tales que Símaco se presenta en la palestra “rebajado”, asustado; lo que aprovecha el obispo de Milán para destruirle sin piedad. Finalmente prevaleció la verdad de la fuerza y no la fuerza de la verdad, claro que por razones kármicas. Los fanáticos cristianos estaban dispuestos no sólo a morir, sino también a matar por sus ideas, los filósofos y creyentes en la Sabiduría Antigua, generalmente no.

[16] Debemos incluir entre estos “signos de los tiempos” la profecía del filósofo y taumaturgo Antonino, hijo de Sosípatra, ambos descritos por el filósofo Eunapio de Sardes (en su libro que aunque llamado “Vidas de Sofistas” debería haber sido titulado “Los Maestros del Emperador Juliano”, a quienes procuró recorriendo todo el Imperio Romano tras la muerte de éste con 33 años). Este gran Iniciado, en la ciudad de Cánope es uno de los últimos baluartes de los Misterios y del Mundo Antiguo. Anuncia, en época de Teodosio, la desaparición del culto a los dioses y la destrucción de los templos de Alejandría y Cánope tras su muerte; según Eunapio, explica las verdaderas implicaciones de las medidas de Teodosio, y es su don profético quien le hace pronunciar que “después de su muerte el templo cesaría de existir y que incluso los grandes y sagrados templos de Seraphis serían pasto de una informe oscuridad y quedarían transformados, y que aquella tristeza, impropia y exorbitante, dominaría las cosas más hermosas de la tierra”, profecía que se cumplió al pie de la letra. Nota 230, pag 147 del libro Hipatia de Alejandría de María Dzielska, Siruela, libro que estamos siguiendo también en la defensa del Serapheum por el filósofo Olimpio. 

[17] Hipatia de Alejandría, obra citada, páginas 94 y 95

[18] Isis sin Velo, volumen 3 pag. 336, Editorial Teorema

[19] Que recuerdan, por cierto a las cerámicas rotas (ostraka) con las que desgarraron el cuerpo de nuestra, esta sí Virgen y Santa Filósofa. La banda tricolor que representó a Santa Catalina en las Cruzadas nosotros la vamos a interpretar de un modo diferente a como se hizo: blanco-Pureza, rojo-sabiduría y coraje, verde- la Armonía del Alma de la Naturaleza, el color que evoca al dios de Alejandría, a Seraphis. Los otros atributos de la Santa son la palma, símbolo de la Victoria y la espada, símbolo del poder dialéctico de su palabra (como la espada que surge de la boca del Cristo Pantocrator en el Apocalipsis); y no de la espada que usaron para decapitarla como dice el santoral cristiano. No deja de ser curioso que los Templarios la eligiesen como Santa Patrona, ¿sabían ellos que esta santa de Alejandría era la cristianización de Hipatia?

[20] Seguimos, en esto, la obra mencionada Hipatia de Alejandría, pag. 129

[21] No podría haberlo hecho de otro modo, pues se habrían producido rebeliones en masa y es muy difícil que no hubiera sido  asesinado por sus propios pretorianos.

[22] En esta relación estamos siguiendo el blog El jardín de las delicias, en el artículo: Persecución cristiana contra los paganos helénicos, en que presenta una cronología resumida del libro de

[23] O si lo fue, que lo dudamos, lo fue en su lecho de muerte, en el año 337, cuando ya no podía oponerse, o quizás lo que bautizaron fue su cadáver. La cuestión es la siguiente, ¿por qué si estaba convencido del Cristianismo no fue bautizado antes, sabiendo que su alma permanecerá condenada en un eterno infierno? ¿Era para aprovecharse y lavar así todas sus faltas y crímenes, esperando hasta el último momento? Esto es lo que enseñan Instituciones eclesiásticas. O, realmente, murió pagano.

[24] Aunque la declaración puede resultar áspera, según los mismos historiadores, Constantino ahogó a su esposa en agua hirviente, mandó descuartizar a un sobrino suyo de poca edad, mató con su propia mano a su hijo Crispo y dos cuñados, hizo arrojar a un pozo a un monje viejo, y condenó a cortarse las venas a muchos infelices de ambos sexos. Isis sin Velo, volumen III, editorial Teorema, pag. 415.

[25] Como tan documentadamente expuso H.P. Blavatsky en su Isis sin Velo y la Doctrina Secreta

[26] Quien será conocido en el Cristianismo Medieval como Cristo Pantocrator

2 comentarios en “Hipatia y el ocaso de la civilización romana: signos de los tiempos”

  1. Felicitaciones por aportar información que nos aclara la “caída” del Imperio Romano…

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