Filosofía

Murmullos de la historia: los terapeutas

“Hasta aquí los terapeutas, que han llevado a sus corazones la contemplación de la naturaleza y de lo que ella contiene, que viven sólo por el alma, ciudadanos del cielo y del mundo, encomendados al Padre y Hacedor de todo por su protectora la virtud, que les procura la amistad de Dios y añade un regalo que va unida a ella: verdadera excelencia de vida, un don preferible a cualquier buena fortuna y que conduce hasta las cumbres más altas de la felicidad”

Filón de Alejandría, en De Vita Contemplativa[1]

Pitagóricos rindiendo culto, como lo hacían los terapeutas al Alma del Mundo simbolizado en el Sol como Señor de la Vida

Estamos demasiado acostumbrados a ver en los diferentes escenarios de nuestra vida cotidiana,  quien eleva la voz en la tribuna pública (ahora llamada televisión, por ejemplo, y otras), para decir nada, quien quiebra el silencio, que es en su naturaleza divino, para martirizarnos con sus mil palabras vanas, no creídas, en general, ni por él mismo que las pronuncia. Estamos acostumbrados a ver surgir en el horizonte social hechos aparentemente grandiosos, estentóreos, con una campaña mediática que asusta, a veces; gigantes con pies de barro que se disolverán en el mismo lodazal en que nacieron. Conocemos también los libros, los “máximamente leídos”, de autores que pasean los laureles de su triunfo y se pavonean, de obras que no aportarán, de hecho, ni una mota de polvo en la montaña augusta de la Historia. Libros y autores que serán necesariamente olvidados veinte años después, el tiempo de una generación, pues en nada hicieron avanzar el carro augusto en que la Humanidad avanza penosamente hacia el futuro. Fueron en verdad espejismos, voces mudas, muecas de bufón, sombras que nos asustaron o cantos de sirenas que sembraron en el alma falsas y peligrosas esperanzas, semillas de discordia, o sea cancerígenas, en el tejido de las relaciones humanas.

Ningún verso de ningún poema, ninguna canción, ningún ejemplo se inspirará en ellos, ningún murmullo de la Historia nos dirá una sola palabra al respecto, pues sólo las obras que tienen futuro tienen un verdadero presente, como diría Cicerón. Los otros falsos presentes no son reales, son sombras que pasan, como las imágenes de un sueño sin importancia, que se desvanecen al despertar.

Hay sin embargo obras que nacieron del silencio y en el silencio, pero que imbricadas en el gesto de poder del Rey del Mundo, que enraizadas en un orden divino, causaron auténticas y fecundas revoluciones humanas, y cuyo ejemplo fue repetido durante siglos, muchas veces y por desgracia, hasta la saciedad, hasta que se perdiera el motor original que las había dado nacimiento. Estas  son las Escuelas de Filosofía, las fraternidades místicas y filosóficas, como la órfica, pitagórica, estoica, la de los discípulos del Buda, los templarios, etc; cuyos actos aún hacen ondular el horizonte de la vida, cuyos murmullos aún se oyen, musicales y divinos en este horizonte de la Historia, empujándonos a marchar hacia adelante, como una vieja oración mil veces mil años repetida.

Filón de Alejandría

Una de estas fraternidades místicas y filosóficas es la de los Terapeutas, muy semejante a la Escuela Pitagórica, que demuestra que existieron “monasterios paganos” antes del cristianismo y en los que la nueva religión se inspiró, no sólo como ideal a seguir, sino al usar la propia palabra de “monasterio”[2]. Pues dicho término fue inventado por Filón de Alejandría en su escrito La Vida Contemplativa, para referirse a esta orden mistérica contemplativa, y luego divulgado por Eusebio de Cesárea en su Historia Eclesiástica que la difundió así a través de los siglos venideros. Y es precisamente a ellos dos que debemos los pocos datos que disponemos sobre estos filaleteos (amantes de la verdad) terapeutas. El primero los quiso emparentar, faltando a la verdad, con una fraternidad judía[3], y el segundo con una secta cristiana, pues no quería que su siglo ni los futuros concibiesen una oportunidad mística fuera del Cristianismo, era necesario trazar una línea que separase el antes y el después, y nadie que buscase a Dios y se elevase en místicas contemplaciones podía ser otra cosa que cristiano. Sin embargo, como muy bien demuestra el profesor Fernández-Galiano, fue una actitud interesada, dogmática y sectárea, concientemente mentirosa, pues muchas de las reglas y formas de esta Orden nada tienen de “cristianas”, como veremos, y ni siquiera se hace referencia en ellas al profeta que dio inicio a la Era de Piscis.

Lo más probable es que Filón, este filósofo judío alejandrino tan estudioso de Platón y de Pitágoras, hubiera aprendido con ellos, en el círculo más externo, o que tuviera referencias muy directas de cómo eran, aunque en su “Vida Contemplativa” es claro que él no fue iniciado en la sabiduría interna ni en las reglas de la Orden. Estos verdaderos filósofos –amantes de la sabiduría- son, según las enseñanzas platónicas, “hombres de oro”, es decir, puros de alma y anhelos, que no quieren corromperse en el atanor impuro de las relaciones humanas tumultuosas. Son monjes, de vida solitaria y aislada, dedicados íntegramente a conquistar su alma, a cultivar el autodominio (encratein) y sobre él edificar todas las virtudes que dan luz y sustento a la condición humana, a caminar en lo invisible, día tras día en una vida eremítica que luego copiarían los primeros cristianos del desierto, y que mil años después serviría de modelo –la Ciencia Sagrada es una- a los místicos del Islam en sus retirados morabitos, como los que en la Sierra de la Arrábida hacían sus trabajos místicos oyendo el murmullo del mar portugués.

Filón dice que son magos, interpretan los sueños y profetizan, curan (de ahí el nombre “Terapeuta), como los pitagóricos, no sólo las enfermedades del cuerpo, sino también las del alma; con cantos y su propia irradiación[4] de pureza… y con otros métodos que desconocemos:

“La vocación de estos filósofos se indica por el nombre de terapeutas y terapéutrides [ellos y ellas, respectivamente], que es su verdadero nombre porque profesan un arte de curar mejor que el corriente en las ciudades, que sólo cura los cuerpos, mientras que el suyo también las almas oprimidas por casi incurables enfermedades, como los placeres, los deseos, las aflicciones, los temores, la codicia, la locura, las injusticias y la multitud infinita de las otras pasiones.”

Desean la visión del Existente por sí mismo, el Alma del Sol, (o Sol de Inteligencia, el Logos Platónico, fuente de toda vida, forma y voluntad en “nuestro” Universo), y rezan ante su símbolo, el Sol sensible, al amanecer y al atardecer; “al salir el Sol rezan por un buen día, bueno en el sentido verdadero de que la luz del cielo a la que rezan pueda llenar sus mentes. Al anochecer comprueban que su alma está libre del peso de los sentidos y de los objetos de sensación y reposándose, ella se convierte en sala de consejo y tribunal de sí misma, persiguiendo la búsqueda de la verdad” y en sus reuniones le cantan himnos sagrados elevando sus brazos y sus almas en homenaje. Visten con túnicas de lino blanco, símbolo de la pureza, y portan, en ellas como distintivo y talismán pequeñas hachas de doble filo, símbolo de los reyes antiguos, porque basan su vida entera en hacerse dueños, reyes de sí mismos. Desde la aurora hasta la noche la pasan entregados a sus meditaciones, estudios y ejercicios espirituales, no probando entonces ningún alimento, aprovechando cada uno de los minutos de luz solar para hacer resplandecer la luz espiritual en sus almas; trabajando en su interior con los rayos de luz solar, como lo hace la abeja con el polen de la flor, que transforma en miel: “No comen ni beben antes de la puesta del sol, pues entienden que la filosofía halla su lugar conveniente en la luz, y las necesidades del cuerpo en las tinieblas”. Práctica que fue después adoptada por el islamismo durante el mes de Ramadán.

Nos dice Filón que se encuentran en “muchos lugares del mundo”, aunque es en Egipto donde abundan, en cada uno de los nomos y principalmente en torno a Alejandría. Viven en recintos aislados, sin salir de sus pequeñas ermitas, individuales, con un recinto que es un santuario para sus prácticas espirituales. El número 7 es para ellos sagrado, pues es el número de la pureza y la perpetua virginidad[5], por eso, cada siete días se reúnen en congregación para oír las enseñanzas de los más sabios entre ellos, para compartir el pan y la sal –su único alimento- y para sus himnos y danzas extáticas en honra a la divinidad. También es sagrado el número 50[6], para los terapeutas, el “más santo de los números y el más importante de la naturaleza”[7] y por ello, cada 50 días, y coronando su ciclo de siete por siete, realizan una fiesta mística en que prolongan sus ceremonias hasta el amanecer, en dichas inefables de comunión mística, dando finalizada dicha fiesta con los cánticos de saludo al sol naciente. En estas ceremonias y discursos filosóficos, participan tanto ellos como ellas, pues la divinidad no hace distinción de sexos en su llamada sagrada. Y es, fundamental no olvidar esto, para diferenciarlo de las ordenes monacales que se sucedieron en la Edad Media, ellos responden a una llamada, a un divino impulso, no a la costumbre, al interés ni al deseo de los otros: “Y los que se aprestan a este servicio, no simplemente siguiendo una costumbre ni como seguidores de consejos de otros, sino llevados de una pasión amorosa enviada por el cielo, permanecen arrebatados y poseídos como bacantes y coribantes hasta que alcanzan el objeto anhelado.” Quizás, si debemos buscar ejemplos históricos a posteriori, de esta vocación y este espíritu, tengamos que esperar a los discípulos de un San Francisco de Asís, a su pobreza y comunión con el alma de la naturaleza y de todos los seres vivos; o antes aún, a los cátaros en su incesante búsqueda de purificación.

Para seguir esta senda de felicidad abandonaron todos sus bienes, dejando atrás hermanos, hijos, mujer, padre, madre y muchos parientes y amigos: Es tal su anhelo de vida bendita e inmortal que entienden que su vida mortal ya ha terminado y abandonan sus propiedades Renunciando a todo contacto con el mundo y a la necesidad de dejar obras materiales o hijos en los torbellinos del tiempo (Venus Pandemus), para dejar hijos de la Voluntad y la Inteligencia Divinas (Venus Urania): “Ansiosas de tener como compañera a la sabiduría, han desdeñado los placeres del cuerpo y no desean descendencia mortal, sino esos hijos inmortales que sólo las almas queridas de Dios pueden dar a luz sin necesidad de partera, porque el Padre ha sembrado en ellas sus rayos espirituales permitiéndole aprehender las verdades de la sabiduría.”

El nombre de “Therapeutés” significa, en su primera acepción –antes que “médico”- “servidor de un Dios”, y es que a Dios consagraban sus vidas y almas, su vigilia y sus sueños, que se tornaban así de naturaleza profética o fértiles, como las visiones místicas, de profundos significados: “Mantienen viva siempre la memoria de Dios, sin olvidarla nunca, de modo que hasta en los sueños la imagen no es otra que la de las excelencias y los poderes divinos. Verdaderamente, muchos, al dormir, proclaman en sus sueños las verdades de la sagrada filosofía.

¡Qué semejantes son estas normas de filosofía y vida con la faz externa de las enseñanzas y prácticas de los discípulos avanzados y contemplativos en las Casas de la Vida, los centros anexos en los Templos Egipcios! Y con el ejemplo de vida del más grande taumaturgo de la Antigüedad clásica, Apolonio de Tiana, que creó en Roma una Escuela Teosófica; o con la pureza de las lecciones del ecléctico Amonio Saccas, a quien según la tradición los Dioses mismos enseñaron sus misterios; y del filósofo neoplatónico Plotino.

Verdaderamente desde la más remota antigüedad, antes, incluso, que fueran forjadas la Venus de Tam Tam o de Berekhat Ram, existe una Ciencia Sagrada, una Filosofía Natural, que haciendo uso, paso a paso, de la razón divina en el hombre, quiere que éste, recupere de nuevo esa condición que hizo afirmar a Platón, que “somos dioses, pero lo hemos olvidado”.

 

Jose Carlos Fernández

Córdoba, 2 de Octubre 2007


[1] Traducción del Dr. Dimás Fernández-Galiano, en la monografía que cito a continuación.

[2] La palabra monasterio es usada por Filón para referirse a la habitación consagrada en sus casas donde se encierran “para iniciarse en los misterios de la vida santa”

[3] Ver las pruebas que el Dr. Dimás Fernández Galiano aporta en su excelente trabajo, “Un monasterio pitagórico: los terapeutas de Alejandría”, que se puede leer en la web, y que estoy siguiendo muy de cerca en este artículo.

[4] ¿Qué estamos haciendo nosotros, en el siglo XXI, con la bioenergética y la terapia musical, sino remedar estos viejos conocimientos, iniciáticos, que son propios de las almas pura? La diferencia es que nosotros ni somos puros, ni somos magos, ni poseemos la clave de estos conocimientos iniciáticos, con lo que muchas veces estamos jugando con fuego.

[5] De hecho, la filosofía neoplatónica relaciona el 7 con la Diosa virgen y Guerrera, con Atenea. Además de ser el 7 el número que rige la naturaleza entera y sus procesos evolutivos –existen siete dimensiones o planos de conciencia en ella- y su pureza ser por tanto, la de la naturaleza virgen; esta pureza se refería y era representada por este número porque geométricamente, con regla y compás, no se  puede inscribir un heptágono en una circunferencia. El 7 es también el número virgen porque de la década es el único que es a la vez no engendrado, por ser número primo y que no engendra a ningún número de esta década.

[6] Recordemos que el 50 es el número de años –revoluciones de la Tierra- necesarios para que, según enseña la astronomía en sus cátedras y la tribu de los dogones en sus ritos iniciáticos, se realice el ciclo interno de Sirio (el giro recíproco de Sirio A en torno a Sirio B), lanzando, en esta conjunción un impulso de Vida –los científicos le llamarían “rayos cósmicos”- a todo el sistema del cual el Sol forma parte. 50 es también el número de la Armonía, pues representa la hipotenusa del triángulo sagrado egipcio 3-4-5, además de significar la Mente, humana y cósmica, la conciencia, por tanto y Venus, quien según la astrología esotérica es el “gemelo luminoso de la Tierra”(esta última es el número 4)

[7] Según el mismo texto de Filón en que habla de los terapeutas.

1 comentario en “Murmullos de la historia: los terapeutas”

  1. Jose Carlos:

    Gracias por el articulo de los Terapeutas. Muy importante e interesante, además de bien documentado. Un abrazo

    Margoth

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