Literatura

La Poesía, transformadora del mundo

Miranda, John William Waterhouse
Miranda, John William Waterhouse


El valor de las palabras no está en lo que encierran, sino en lo que liberan…”
J.A. Livraga
Ankor, el Discípulo

 

Una afirmación así -la poesía como transformadora del mundo- hará sonreír, sin duda, a muchos. No pensarían así los griegos del Siglo de Oro de Pericles, cuando las vidas y los conocimientos estaban conformados siguiendo el ritmo de los versos de La Ilíada o de la Odisea.

Tampoco los guerreros celtas y sus sacerdotes druidas, que confiaban la elaboración de sus “cantos mágicos” a sus profetisas, mujeres inspiradas por la Divinidad. La vida de su sociedad se hallaba también ritmada por estos cantos, que en lengua velada expresaban a los mortales enseñanzas a los que la razón no alcanza.

El mismo Platón afirmaría en boca de Sócrates que el verdadero poeta es portavoz de un dios. Que su alma es un instrumento musical, que pulsa el dios cuando quiere dar su mensaje a los hombres. Que no pueden rebatir los sabios el canto de un poeta, pues se halla más allá de sus conocimientos. Recuerda Platón que el poeta canta, pero que no enseña, que él mismo no puede explicar el mágico y sublime contenido de sus alados versos.

Los primeros libros de la Humanidad son libros de poemas; de himnos a los dioses, o de Cantos de la Sabiduría. En la India, su libro religioso “revelado” a los Rishis (sabios poetas, semidioses) los Vedas son una colección de himnos a los dioses.

En la primitiva lengua védica (luego en el sánscrito), así como en el hebreo, y nos atrevemos a afirmar, en todas las lenguas de las culturas iniciáticas, sus textos siempre llevan una notación musical: es decir, las sílabas expresan un tono y un ritmo musical. Sus libros no se leen, se cantan. Son majestuosas colecciones de poemas sagrados.

El Antiguo Testamento es un libro de poemas, como lo es el Poema Babilónico de la Creación; o los himnos que constituyen el libro religioso de los escandinavos, el Kalevala. Todos los códices aztecas, así como posiblemente los mayas, se “cantaban”. Las imágenes servían de recordatorio para larguísimas letanías, poesías que conservaban todo el saber de su cultura.

El Imperio Romano sustentó su “conciencia nacional” en los versos de la Eneida; y más que las declaraciones amorosas de infinitos amantes fue la dulzura de los cantos de Ovidio o de Catulo.

El ardor guerrero de pueblos como el espartano crecía y encontraba un cauce religioso en sus famosos peans, los cantos marciales a Apolo.

Cicerón explica en sus tratados que cuando el fuego del cielo se apodera del verbo del orador aparece en su discurso una estructura rítmica y musical; deja de “hablar” para empezar a “cantar”; y es este encantamiento el que despierta las pasiones en el auditorio, quien lo hace vibrar ante sus palabras.

Es natural pensar que en un mundo tan prosaico como el que vivimos se halle desterrada la verdadera poesía. Un mundo sin poetas es un mundo sin belleza, pues son los poetas quienes hacen inteligible a los hombres la hermosura de la Naturaleza.

Confucio, en su esfuerzo por hacer una pedagogía integral, una enseñanza que haga de los hombres príncipes y caballeros, y de las mujeres, damas y princesas, hace una recopilación de las mejores poesías de la antigüedad clásica china en el llamado Libro de los Versos. Poesías de alto contenido moral, destinadas a despertar en sus discípulos la sensibilidad ante la naturaleza y amor a todo lo noble, justo y bueno.

Cuando el hombre siente estallar en su pecho a Dios, no habla sino que canta. Cuando las emociones son tan intensas como inexpresables, sólo la canción y la poesía (música y palabra) pueden ser fieles a la exaltación.

Son cantos las enseñanzas del místico tibetano Milarepa, cantos que sobrecogieron a las montañas siempre nevadas de los Himalayas.

Shakespeare, cuando quiere referirse en sus obras a misterios demasiados profundos, hace que sus personajes canten.

Los ejemplos podrían multiplicarse más y más, pero la tesis es la misma: en todas las culturas, la poesía, el canto (En la Antigüedad poesía y canto son prácticamente sinónimos) es la que configura las conciencias, la que despierta a los hombres a la sabiduría. Recordemos las bellísimas y tan eficaces enseñanzas de Confucio: “Despiértate con poesía, edúcate con la Música y funda tu carácter en el Li”. (Li es la Ley de Armonía que une el Cielo y la Tierra. En lo moral es la Regla de Oro de conducta, aquella por la que el hombre actúa de acuerdo a la Naturaleza).

Pero si, efectivamente, la poesía tiene un inmenso poder educativo, cómo podremos usarlo. Lo primero, sin duda, es volver a las fuentes de la poesía. No por partir la prosa encontramos al verso; no por “rimar” los párrafos damos nacimiento al canto y magia de la estrofa.

Platón explica que los verdaderos poetas -y debido a la particular disposición de su alma- entran en resonancia con los Arquetipos de la Naturaleza. Él los compara a un imán que se impregna de fuerza especial; y la transmite, “imantando” a todos aquellos que a él se acercan. El que recita la poesía vuelve a darle vida; pero antes debe participar y sentir dentro de sí esas mágicas ondulaciones que su creador cristalizó en versos. Todos los verdaderos poetas son amados de las Musas. Estas no son una “imagen poética” sino por el contrario, son más reales de lo que podemos imaginar. Confieren al poeta un influjo especial que vivifica sus creaciones mentales a través del ritmo. El ritmo o encantamiento es, pues, de la esencia de la Musa. El ritmo es el alma de la poesía. Los filósofos antiguos explicaban que las Musas estaban íntimamente relacionadas con los distintos cielos, o con las distintas órbitas planetarias; y con el reflejo de éstas en el Alma del poeta.

El mago renacentista Cornelio Agripa afirmaría que “Las Musas son las almas de las esferas celestes” y el primer furor místico es el que proviene de las Musas, despierta aquí y templa al espíritu y lo diviniza, atrayendo, por las cosas naturales, las cosas superiores. Son las nueve Cámenas o Cantoras, conducidas por Apolo, el Sol, la Armonía. Cada poeta sería el “hijo” de una Musa.

El profesor Livraga, en su artículo “La verdadera poesía” explica: “Concebían los antiguos que todo el Universo era armónico, regido por los números y proporciones de oro. Esto se reflejó en la ordenación de los sonidos, los que alternados con los silencios, dieron origen a la música, al canto y a la poesía, todos ellos expresión del Hombre que trató desde siempre de hacer surgir de su Alma las misteriosas semillas que los dioses habían depositado en ella, para mejor y más justa comprensión de sí mismo, de la Naturaleza y de Dios. Y como el modelo que podemos llamar “clásico” tiene por característica el aunar lo Bueno, lo Bello y lo Justo -al decir del divino Platón-, los ritmos y las rimas fueron utilizadas con el muy práctico fin de ayudar a la memoria en el recuerdo de arcaicas enseñanzas”.

No es difícil escuchar el canto de Clío (Marte) en los versos de José Espronceda:

“Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno al son violento,
Y del viento al rebramar,
yo me duermo sosegado,
arrullado por el mar”

(Canción del Pirata)

O los dulces sones de Erato, la poesía amorosa (Venus) en los versos de Bécquer:

“¿Qué es poesía? -dices- mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía eres tú.”

Calíope, el Sol, resuena rítmico y poderoso en los versos de Rubén Darío:

“A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encarnan las glorias pasadas…

Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias
ganadas,
y al héroe que guía su grupo de
jóvenes fieros,
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma
en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser la patria inmortal,
¡saludan con voces de bronce las trompas de
guerra que tocan la marcha triunfal!…”

(La Marcha Triunfal)

Talía la Luna (también la Madre Naturaleza), con su fría y tierna luz, susurra en los poemas de García Lorca:

“Mi corazón reposa junto a la fuente fría.
(Llénala con tus hilos,
araña del olvido).

Mi corazón despierto sus amores decía.
(Araña del silencio,
téjele tu misterio).

El agua de la fuente lo escuchaba sombría.
(Araña del silencio,
téjele tu misterio.)

Mi corazón se vuelca sobre la fuente fría.
(Manos blancas, lejanas,
detened a las aguas).

Y el agua se lo lleva, cantando de alegría.
(¡Manos blancas, lejanas,
nada queda en las aguas!)”.

(Soledad)

Mercurio (¿Euterpe?) canta ágil, vibrante y desenfadado en los versos de José Zorrilla.

“Don Juan improvisa y canta,
y al compás de su vihuela
gira en danza voluptuosa
la bellísima Sirena,
y en su sillón don Gonzalo
, sentado y tendido a medias,
como una sombra fantástica
embebido la contempla.
Ella, sutil como el aire
y como el aire ligera,
gira en redor, pasa y huye
como aparición risueña.
Flota su falda pegada,
sus cabellos se destrenzan,
radian sus ojos ardientes
luz más viva a cada vuelta,
y cuanto del baile rápido
más los círculos estrecha,
más los mágicos hechizos
de sus perfecciones muestra;
y el velo con que sus manos
primorosamente juegan,
la variedad de sus formas
y sus encantos aumenta”.

(Margarita la Tornera)

Júpiter (¿Terpsícore?) jovial, madura y paternal; en las poesías de José Martí:

“Esta, oh misterio que de mí naciste
Cual cumbre nació de la montaña,
esta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
huyen de quien la lleva, y en la vida,
cual un monstruo de crímenes cargado,
todo el que lleva luz, se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
buey vuelve a ser, y en apagado bruto
la escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece”.

(Yugo y Estrella)

Saturno, solemne, serio e íntimo en los sabios versos de Amado Nervo:

“¡Oh, muerte!, tú eres madre de la filosofía.
Tú ennobleces la vida con un ¡quién sabe! Y das
sabor a nuestras horas con tu melancolía.
En todo lo que es grande -dolor, amor- tú estás.

Arco triunfal de mármol negro, por donde pasa,
dignificada, el alma que sin cesar luchó,
cual héroe taciturno; regalo, abrigo, casa
de quien desnudo y solo la dura tierra holló…”

Giordano Bruno explica que “La poesía no nace de las reglas, sino muy accidentalmente. Son las reglas las que derivan de la poesía; y por esto hay tantos géneros y especies de reglas verdaderas cuantos géneros y especies de poetas verdaderos hay”.

En su obra Los Heroicos Furores le preguntan: “¿Cómo, entonces, serán conocidos los verdaderos poetas?”, y responde: “por su canto; basta con que cantando deleiten o sean útiles, o bien sean útiles y deleiten”. Continúa explicando que las reglas de poesía (por ejemplo, las de Aristóteles) sirven para aquellos que “por no tener Musa propia quisieran hacer el amor con la de otro”.

Así, ciertamente, las formas rítmicas de la poesía, por ejemplo, de Virgilio, son distintas que las de Vyasa, en el Mahabharata; y sin embargo ambas se ajustan a la Proporción de oro que gobierna la Naturaleza entera.

Cervantes explica en el Quijote que la única ciencia que supera a la de la Poesía es la Caballería Andante y que la más terrible maldición que puede experimentar un ingenio mezquino es “que las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas”. También recomienda cuidarse de la vanidad y del peligro de enjuiciar las propias poesías. “Siendo poeta, podría ser famoso si se guía más por el parecer ajeno que por el propio; porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño”.

La palabra “poesía” viene del griego Poiesis, que significa “creación”. “Verso” es una palabra latina que viene de vertere, y es “lo que se mueve y gira; o lo que imprime ritmo y movimiento”. Y es que la verdadera Poesía es una creación que imita a la Naturaleza y extrae de ella lo esencial. La imaginación del poeta se convierte en espejo de la Naturaleza, alentada por la bondadosa Musa.

No miente el poeta cuando dice a su amada: “Poesía eres tú”: sino que su alma percibe verdades y relaciones que a nuestros ojos y entendimiento están vedadas.

¿Por qué la Poesía no hace girar la Rueda del Mundo? ¿Por qué no despierta y transforma las conciencias? Sencillamente porque está desterrada. No se hace un culto a lo Bello, sino a lo feo y vulgar. Y así duermen los versos en el alma de los verdaderos poetas, esperando un tiempo nuevo y vivo que aliente sus creaciones.

“La que llamamos verdadera Poesía debe ser trascendental, fácilmente comprensibles y bella”.

Debe elevar el Alma y no sumergirla en la ciénaga de las pasiones animales. Las imágenes que utiliza deben ser simples; para que el alma siga con facilidad su curso. Debe ser bella porque…

“… la vida es bella y debe ser cantada natural y bellamente. Y quien no pueda dar ese aporte a la sociedad en la que vive, es mejor que busque otros caminos de expresión”.
Jorge Ángel Livraga.

Cuando el hombre deje de “jugar” con lo sagrado, y vuelva los ojos de su alma a lo Bello, volverán los poetas, volverá la Poesía, y de nuevo ésta conmoverá el corazón del Hombre.

 

Jose Carlos Fernández

Madrid, 1996

1 comentario en “La Poesía, transformadora del mundo”

Si el artículo le ha gustado, deje por favor un comentario. Agradecemos su opinión.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s