Historia

El canto de Ullikummi

relieve-hitita

Quizás nunca ha sido tan claro como hoy, con las comunicaciones globales y el conocimiento actual de la historia, hasta qué punto la conducta de las gentes es gobernada por los mitos. Antaño, los mitos eran narraciones sagradas, las acciones de los Dioses in illo tempore, o sea, en un tiempo sin tiempo, pues más que sucesivo, era alfa y omega de la realidad, el arkhé u origen inmaculado de todo lo que acontecía.

La pérdida de sabiduría de los sacerdotes, y el deseo de manipulación, control y poder egoísta que acompaña a esta pérdida, adulteraba estas narraciones, que eran convertidas, en la decadencia de los pueblos, en resortes amorales para justificar lo que una conciencia natural y no contaminada hubiera rechazado. Esclavos de la “letra que mata” y olvidados de “el espíritu que guía y renueva”, los pueblos fueron víctimas de hogueras inquisitoriales, de sacrificios de niños a Moloch, de viudas incineradas en la misma pira que ardían sus maridos, de baños de sangre en los templos piramidales aztecas, etc., etc., todo ello en nombre de mitos que habían perdido su valor original, como expresión poética y simbólica de verdades ya ausentes. Nuestra sociedad actual, creyó que podía liberarse del abrazo sofocante del fanatismo religioso y generó otras mil formas de fanatismo o insensibilidad moral. Nuevos mitos, no ya para elevar el alma e iluminarla con vivencias sublimes en sus vestes simbólicas; sino para sujetarla diabólicamente, para adocenarla, para humillarla, para aletargarla o someterla con la droga del hastío o los látigos del pavor irracional. Nuevos mitos, como el de la misma sociedad de consumo, el progreso interminable, el de la juventud perpetua de la carne (con sus secuelas de running, de lifting e inyecciones monstruosas de bottox), o los dictados del neoliberalismo, que considera al egoísmo más brutal como el motor de la historia, etc., etc.,

Mitos y narraciones como la Ilíada o la Odisea en el mundo helénico; o el Mahabharata en el indo, elevaron a los pueblos desde sus fundamentos biológicos o cotidianos a vivencias estéticas y morales que nos es hoy difícil ni soñar. Y sin embargo, todo tiene su tiempo, y el mismo Platón, cientos de años después de haber comenzado a ser transmitidas oralmente, dice que las obras de Homero son insuficientes a la hora de dar una verdadera educación a los jóvenes; y es seguro que la epopeya hindú antes mencionada, al degenerar su comprensión, fue causa de las más absurdas y nocivas supersticiones.

Algunos de estos mitos, transcurridos miles de años, sacuden nuestra imaginación, que intuye en ellos profundos significados. Sus metáforas aún nos conmueven, y más allá de que consigamos o no explicarlos, nos tientan como enigmas y nos prometen como esfinges, pues sabemos que cada respuesta al desafío que plantean es un peldaño más hacia la libertad total del alma, fundamentada en el conocimiento de nosotros mismos. Estos mitos son espejos oscuros donde aún vemos reflejada la esencia humana, la esencia de la naturaleza, de las sociedades, y de los Ideales que nos pueden guiar a través de las selvas del mundo hacia la Montaña de la Realización.

Estudiemos uno de ellos, muy lejano en el tiempo, pues formó parte de la religión hurrita y después de la hitita al ser estos primeros conquistados por este pueblo guerrero durante el reino de Suppiluliumas en el siglo XIV a. de C. Se trata del mito del gigante de diorita que amenazó a los cielos, el mito de Ullikummi, y el soporte material del que disponemos para así conocerlo, son unas tabletas de arcilla del siglo XIII a. de C., encontradas en la ciudad de Hattussas, escritas en lengua hitita y escritura cuneiforme. Los textos hoy existentes son fragmentarios, y la narración es una y otra vez interrumpida, siendo los espacios vacíos llenados del mejor modo posible, sin la total seguridad de que no estamos adulterando el texto original.

Este mito tiene que ver con las excrecencias vengativas de un tiempo no asimilado, las experiencias hijas de Saturno, pero que al no ser asimiladas crecen como un cáncer venenoso que devora nuestra alma y toda esperanza. Como si un hombre de piedra, insensible moralmente, hijo del caos y del egoísmo, fuera creciendo en nuestro interior, y por ende, en las sociedades, desnaturalizándonos, haciéndonos rígidos y sin capacidad de respuesta a ninguna de las voces de la vida, sin cielo al que aspirar ni tierra que trabajar (pues la diorita es demasiado dura para abrir surcos y depositar en ella las simientes de un futuro real)

Uno de los himnos o cantos hititas anteriores para entender el mito de Ullikummi es el llamado Mito o Cantar de Kumarbi, o de la Realeza en el cielo. Explica cómo en el principio o “edad antigua”, el dios Alalu era el rey del cielo y cómo en su noveno año fue destronado por su copero o servidor, Anu, huyendo hacia la Tierra Oscura. Anu, reinó, entonces, en el cielo durante otros 9 años en que fue sustituido violentamente por su propio copero, Kumarbi, hijo de Alalu. Anu huyó hacia el Cielo, pero fue perseguido por Kumarbi, quien le cortó los genitales, queriendo así hacer desaparecer su poder creador. No lo consiguió pues la semilla de Anu cayó en él y Kumarbi quedó preñado con varios de sus retoños: especialmente Teshu, dios de la tomenta; el dios Tasmishu, su sabio consejero y el río Aranzah que asociamos con el Tigris. Como en el mito griego de Cronos en que sus hijos eran tragados al nacer, los hijos de Kumarbi, prisioneros del cuerpo de este Saturno hurrita-hitita, salieron de su confinamiento al nacer. Kumarbi, poseído por la ira por hacer nacer de sí mismo a los hijos de su enemigo –que además había hecho de él una fémina lunar procreadora- al darlos a luz gritaba implorando al dios EA (dios mesopotámico de la Sabiduría, de gran valor, como veremos, en el mito de Ullikummi) que se los diera para así devorarlos. Especialmente a quien sabía que le iba a suceder en el reinado del Cielo, a Teshup, el Zeus hitita. “Yo me comeré a Teshup, le aplastaré como a una frágil caña”, gritaba.

Este mito, el de  la Realeza del Cielo, también llamado Canto de Kumarbi, está dentro de un ciclo de mitos hurritas, el “Ciclo de Kumarbi”, que incluye el ya mencionado, más el de Ullikumi, la Realeza del Dios Kal, el mito del dragón Hedammu y el cantar de Plata.

Es notable las similitudes entre este mito y el griego de Uranos (equivalente a Anu), Cronos y Zeus en el que se traspasa de la dinastía Uránida, a la Cronida y de ésta a la Olímpica (los hijos de Zeus).

Es también curioso el número de años (significando “año” un ciclo de tiempo no identificado que puede llegar a ser incluso, el equivalente de un Kalpa hindú), 9. Pues el 9 es un número asociado a los ciclos de tiempo, y a la máxima eternidad concebible para el ser humano. A los ciclos de tiempo pues los múltiplos de 9, cuando sumamos sus cifras resultado, dan siempre nueve, lo que nos sugiere cómo unos anillos del tiempo están dentro de otros mayores entrelazando lo infinitamente pequeño y lo grande en una madeja cósmica sin fin, como la que pinta Akiane en su maravilloso cuadro “Entanglement”.

En las tabletas de arcilla del himno de Ullikummi, Teshup ya aparece reinando en el Cielo. Kumarbi medita con saña venganza contra su rival, y engendra un hijo teniendo relaciones sexuales con una montaña o roca a los pies del mar. El cuerpo del recién nacido de la roca es de piedra negra, unos la traducen como basalto y otros como diorita. Es ciego, sordo y carece de sensibilidad. La Diosa del Destino y la Madre de los Dioses, que hacen de parteras, lo remueven de la Roca o Acantilado en que ha nacido y lo depositan a los pies de Kumarbi, quien lo acaricia y juega con él mientras que este niño-roca “bailaba arriba y abajo” (¡¡¡)

Kumarbi ordena a las deidades Irshbina que se lo lleven a la Tierra Oscura (el Inframundo) donde lo fijan en el hombro derecho del Upelluri, un gigante que, como Atlas soporta el cielo y la tierra. Ullikummi crece y crece a una velocidad portentosa y el día 15 ya sobrepasa el nivel de las aguas. El primero en ver al monstruo, que hasta ese momento había pasado desapercibido para todos es el Dios Sol del Cielo, quien avisa a Teshup, que, como Dios Rey, debe mantener el orden de la Creación. Entonces, y acompañado por los dioses Tasmishu y su hermana Saushka (equivalente a la Ishtar babilonia, diosa del Amor), sale de su palacio para ver la piedra gigante por sí mismo y queda sobrecogido de desesperación. Saushka intenta vencer al monstruo con la seducción de sus encantos y canciones, pero no consigue nada. Ullikummi es ciego, sordo e insensible a sus hechizos. No consiguiendo nada el amor, Teshup prepara la batalla desde el monte Imgarra y lanza sus ejércitos con setenta dioses, al mando de Astabasis. Intentan retirar el agua que rodea a este gigante-pilar de diorita, sabiendo que es el mar salado quien le nutre, tarea inútil, y ellos mismos caen al mar, vencidos. Ullikummi sigue creciendo alejando el cielo de la tierra e invadiendo la fortaleza celestial de Kummiya. Teshup es obligado a huir, siendo desterrado a un “lugar pequeño” (¿una tumba?). La misma Reina del Cielo, la esposa de Teshup, es apartada de los demás dioses y recibe la noticia de la derrota de su marido por boca de su consejero Tasmishu.

El Dios de la Tormenta pide ayuda a EA, viejo dios mesopotámico de la Sabiduría, quien acude a la Tierra Oscura y comprueba que el gigante colosal estaba adherido al hombro del Atlas hitita, quien ni se había dado cuenta de ello, sólo había sentido un pequeño dolor. Esto nos trae reminiscencias del mito bíblico del gigante con pies de barro. EA pide entonces a los dioses primordiales que le traigan del antiguo almacén (¿) la herramienta cortante de cobre que había sido usada para dividir el Cielo de la Tierra, y con la que separa a Ullikumi de los hombros del gigantesco Atlas, de donde extraía su soporte y estabilidad. De este modo, sin “raíces” el Pilar de Diorita  que amenazaba a la Creación de los Dioses entera, es atacado y destruido con las armas de Teshup y su Ejército Celeste, con sus toros de la tempestad. Ullikummi, aún herido, y antes de morir, dice que lo hace feliz, pues su padre le había prometido la realeza en los cielos.

El mito de Ullikummi es semejante al de la lucha de Zeus contra Tifón (gigantesco tornado destructor, de mil cabezas, sólo una de ellas humana), y un dato que lo confirma es que Zeus, según Apolodoro, lucha contra Tifón con una hoz de cobre en el monte Casio, el mismo monte desde donde observan los Dioses el crecimiento pavoroso de Ullikummi.

Es curioso que en esta narración el blando cobre sea capaz de cortar la diorita, semejante en dureza al granito. Más que en el Antiguo Egipto encontremos restos de cobre en los taladros realizados en la diorita y el basalto. Simbólicamente, y según la Alquimia, el Cobre es un metal regido por Venus, como el Hierro lo es por Marte o la Plata por la Luna. Es evidente que la piedra magmática negra, por el hecho de ser piedra y por su color y dureza, está asociada a Saturno, a quien en una clave representa el dios Kumarbi. Saturno rige todo proceso de solidificación, o cristalización, incluso la semilla donde se refugia el espíritu de vida cuando el árbol muere (quizás éste sea uno de los significados de Teshup refugiándose en un “lugar pequeño” después de haber sido derrotado por Kumarbi). También rige los límites y la mente en ellos confinada, sin capacidad, por sus ataduras emocionales, de liberarse y ascender al Cielo de las Ideas Puras. O sea, Saturno, o en este caso, Kumarbi, rige la mente concreta que los hindúes llaman Kama[1] Manas, en oposición a Manas, la mente pura, asociada a Venus, y por tanto al Cobre como metal.

Al comienzo de este artículo me he referido a la que puede ser una interpretación psicológica del mito de Ullikummi pero hay otra que tiene que ver con la Historia de la Humanidad, según las viejas tradiciones mistéricas. Se dice que la Humanidad, por su propia evolución natural habría debido ser egoísta y sin capacidad de trascendencia, pero recibió, “antes de tiempo” como en el mito de Prometeo, un “fuego mental” que le hizo tomar conciencia de sí mismo y desarrollar una creatividad que le hizo semejante a los Dioses. Este fuego espiritual le hizo mirar al cielo y saber que allí estaba su patria real, como hijo de estos Dioses, aunque estuviera ahora desterrado en la tierra, cumpliendo trabajos y pruebas de purificación, cual la Sofía Gnóstica, desterrada de su reino de luz pura. Se dice también que la corriente de almas que conforman la actual humanidad está desarrollando experiencias en un escenario evolutivo  que H.P.Blavatsky  llamó Globo D, el 4º en una cadena de 7  eslabones que conforman nuestro planeta como reino evolutivo de lo humano. Este Globo se corresponde a la existencia material, objetiva, al reino mineral, sólido y está regido por Saturno y por la Luna. Sin embargo el ser humano, al recibir una llama divina que le hace sentirse más que “hijo de la tierra” está sin embargo crucificado en ella, y en su conciencia luchan poderes que le hacen quedar aún más prisionero en su cárcel y otros que le ayudan a liberarse. Aquí está la guerra entre Kumarbi y Teshup. Ciertas tradiciones esotéricas dicen que la humanidad hace más de un millón de años, y en un continente hoy sumergido, la Atlántida, desarrolló el máximo de su poder egoísta, y contra natura, desarrollado ese egoísmo más y más por el uso invertido de esa llama espiritual que debería haberlo liberado. La Humanidad se convirtió, en gran parte en un Ullikummi que amenazaba Cielos y Tierra con su insensibilidad moral, su ceguera interior y su sordera a todo eco de la vida diferente del culto aberrante de sí mismo, de su propia realidad material e inferior. Tiempos semejantes, en cierto modo, a la realidad del ser humano actual amenazando a la Tierra con sus armas atómicas y su contaminación física y moral, ciego a toda luz y verdad espiritual, desvinculado de la Naturaleza, de su orden, belleza y armonía; un ser ajeno a lo que le rodea pensando sólo en sí y en sus deseos egoístas, subyugando los poderes y multitud de seres vivos bajo su pie impío y sus manos sucias de sangre y dolor ajeno. Un Ullikummi que cree que recibió para su uso egoísta y miserable toda la heredad del cielo y la tierra, por el poder de su propia mente y conocimiento, en vez de poner estos al servicio del orden natural y de la armonía con todos los seres.

Ullikummi es también la presencia en el alma de todo este pasado petrificado, que nos hace prisioneros de nosotros mismos, como Merlín cuando quedó confinado en una roca por el uso indebido de su magia. Que nos impide pensar con discernimiento, que deforma la realidad de lo que vemos y vivimos, que impide toda natural transformación acorde con los nuevos vientos de la vida. No se trata de vivir sin raíces, pero no vivir en las raíces, ausentes de toda luz y capacidad de verdadera acción externa e interna.

En lo moral, representa la codicia, “enfermedad incurable” -según la llamaron los filósofos egipcios- que todo lo absorbe no dejando espacio a nada, y que es insensible a todo lamento y verdadera alegría, un pozo oscuro para el alma. El barco de la vida ya no avanza más cuando se hunde en la codicia, generadora de infinidad de males. Como enseña Amenemope,  faraón de la dinastía XXI, en Egipto, “la nave del codicioso, en fango queda encallada”.

En lo fisiológico es la enfermedad del cáncer, o la acción letal de un virus, que aparta la vida misma de su soporte armónico y que muere con la víctima a quien mata, en esta eterna lucha del orden contra el caos.

Y es que Ullikummi crece de las aguas del mar, o sea, del caos primordial, es la cristalización pétrea del mismo, enemigo por tanto de toda organización, de toda diversidad.

En lo social, Ullikummi son los fanatismos de todo tipo: religiosos, queriendo monopolizar el nombre y “mensaje de Dios”, olvidados que el verdadero mensaje de Dios es la Naturaleza entera y uno mismo con la maravilla de todas nuestras potencias anímicas; pseudocientíficos, ciegos de aquello que no se quiere investigar, aunque sea evidente; políticos con sus demagogias de todos los colores, y matriz de toda ralea de tiranos. Es el lecho de Procusto que quiere homogeneizar a cualquier precio, contra natura, masificando todo lo que toca.

No es el Obelisco Primordial que surge de las profundiades de Nun, de la teología heliopolitana, es su reverso contrario. Como diría el orador Dion Crisóstomo, no es la Montaña de la Justicia y el Poder que Transforma; es su simulacro, la Roca estéril y envenenada de la Tiranía.

A Ullikummi se refiere la advertencia bíblica del “no mirar atrás” si uno no quiere convertirse en una estatua de sal, o la del libro místico del Tíbet, Voz del Silencio: “Abandona tu vida si quieres vivir” o “Mata todo recuerdo de pasadas experiencias”, o cuando recomienda no manchar la Escala de los Peldaños de Oro que llevan a la Luz Pura:

“Guárdate de poner un pie aún sucio en el primer peldaño de la escalera. ¡Ay de aquel que ose manchar un solo peldaño con sus pies sucios de barro! El barro vil y viscoso se secará, se hará pegajoso, y acabará por soldar tu pie al peldaño y, como el ave aprisionada en el lazo del astuto cazador, será apartado de todo progreso ulterior. Sus vicios adquirirán forma y la arrastrarán hacia abajo. Sus pecados levantarán las voces como la risa y el sollozo del chacal tras la puesta del sol; sus pensamientos se transformarán en un ejército y se lo llevarán como a un esclavo cautivo”. Ullikummi es también un símbolo del Karma, la progenie indeseada del pasado que vuelve para reclamar la herencia paterna.

Muchos más deben ser sus significados, pues el lenguaje de los símbolos oculta siempre lo más precioso, y aunque sin capaz de interpretarlas, muy sugerentes son las imágenes del texto hitita:

Por ejemplo, cuando Ullikummi, recién nacido es apartado de la roca que le ha servido de madre, se le pone en las rodillas de su padre, Kumarbi, y luego, “danza arriba y abajo”. Quizás esta escena tenga un significado estelar, pues parece como si fuera algo que está orbitando. Quizás aquí Ullikummi sea la Luna, una roca muerta orbitando en torno a la Tierra (el Globo D de las Enseñanzas Esotéricas, identificado con Kumarbi, Saturno, que es quien lo rige)

Otra imagen muy sugerente es la desolación que siente el Dios de la Tempestad cuando ve la estatua granítica de Ullikummi, gigantesca y sobresaliendo por encima del mar: “¿Quién soportará tal visión humillante? ¿Quién se atreverá a ir y batallar? ¿Quién soportará ver esta imagen aterradora?”.  Esto es como el desaliento de Arjuna, en el Mahabharata, antes de la Gran Guerra: aquel que contempla los efectos de sus acciones pasadas, por más que sea su sabiduría y su poder, como el del Dios, debe quedar desalentado, pues la verdadera batalla comienza ahí, lo demás era puro juego, ejercitación. Y sin embargo uno nunca está sólo, al Dios (que asume características de Logos Solar o Humano) le acompaña Ishtar, o sea, el Corazón de Esmeralda de Venus en el alma humana, el sentido de colmena de la misma abeja; y Tasmishu, el consejero, la inteligencia mercurial, aunque sea uno mismo quien tiene que librar la batalla.

Aunque el texto está entrecortado, parece que Ishtar le dice: “¿No ves que se trata de un simple (¿”piedra”, “recuerdo”?) a quien tus mismos miedos le dan estatura y valor?”, como, en el lenguaje chino se dice de “un tigre pintado en una pared de papel”.

Ullikumi sobresale por encima de las aguas del mar en el día número 15, pues aquí el 30 representa el ciclo de la Luna, o sea, de vida y muerte de cualquier existencia. Todo lo que aparece ante nuestra visión tiene ya un pasado inmenso detrás de causas que se han ido sumando hasta emerger a la altura del presente, nuestra conciencia. Es también extraño el número de veces que “posee sexualmente” Kumarbi a la roca en el mar: dice que cinco, y luego que diez, lo que debe tener gran importancia simbólica aunque sea ahora incapaz ni de imaginar a qué se puede referir.

La Religión Hitita menciona a menudo sus “Mil Dioses” aunque el principal sea siempre la Diosa Sol Arinna. Este término, “Mil Dioses” debe ser sinónimo de lo que Platón llama Arquetipos, o la filosofía china “Las Diez Mil Cosas” o semejante a los “330 millones de dioses” de la religión hindú. Todo está en todo entretejido, y en la infinidad de seres y procesos de la Naturaleza, las leyes son siempre las mismas, o sea, estas son verdaderamente homogéneas, invisibles (salvo en sus efectos), sutiles, inmateriales, y sin embargo eternas. Pero esta es la homogeneidad de la Pirámide de Luz que sostiene la creación divina, Ullikummi es su reverso oscuro, la homogeneidad de la materia primordial, dura y fría, refractaria a toda voz y calor divino, la quintaesencia de lo que la filosofía védica llama “Tamas”, la inercia, o inacción, o estancamiento, la resistencia a todo avance y progreso. Muchos Ullikummi viven dentro de cada uno, muchos Ullikummi viven en el mundo, clavados como una espada de hielo en nuestra misma condición de Atlas, o sea, de crucificados entre el Cielo y la Tierra.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 15 de noviembre del 2016


[1] “Kama” en sánscrito significa, precisamente, “deseo” mientras que “manas” es mente.

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