Filosofía

Leonardo da Vinci y la filosofía natural

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“La sabiduría[1] es la hija de la experiencia. La experiencia, intérprete entre la naturaleza y la especie humana; nos enseña que lo que esta naturaleza lleva a cabo entre los mortales forzada por la necesidad no puede operar de otras formas más que en la medida que la razón, que es su dirección, le manda. ”

“En la naturaleza no hay efecto sin causa; si se comprende la causa, no hay necesidad de experimentación.”

“Nada puede compararse a la sabiduría.”

“Mientras que estaba pensando que estaba aprendiendo a vivir, he aprendido a morir”.

“Conocer y querer son dos operaciones del espíritu humano. Asimismo, el discernir, juzgar y reflexionar.”

“¿Dónde estableceré mi morada? Pronto conocerás el lugar de tu morada. Responde por ti mismo. Dentro de un poco…”

 

El título de este artículo, aludiendo a Leonardo da Vinci (1452-1519) como filósofo natural, no se refiere al uso que se le dio a este término, “filosofía natural” después a partir de Newton. Desde que este genio inglés editase en 1687 sus investigaciones del movimiento y cosmología en los libros de Philosophiae Naturalis Principia Mathemática, éste se hizo sinónimo de estudios de Física, hasta finales del siglo XIX. Tampoco se le quiere dar el significado actualísimo dado por Miguel Espinoza en la Universidad de Estrasburgo al crear el Círculo de Filosofía de La Naturaleza, en el que se investigan, entre otros, los problemas del umbral y continuidad que va desde la ciencia a la metafísica, o las diferentes perspectivas de la causalidad en la ciencia, y la relación moral que ésta engendra respecto al determinismo o el libre arbitrio, los estudios de la jerarquía natural así como los vínculos entre los diferentes niveles del conocimiento o de la realidad misma (matemático, físico, químico, biológico, psíquico y social)[2].

El concepto y magisterio de filosofía natural que le atribuimos a Leonardo, prototipo de “hombre del renacimiento”, es más en el sentido de los presocráticos, que dedicaban siempre uno de sus tratados filosóficos a la Naturaleza (physis), o de Giordano Bruno, que ve un hálito mágico que la traspasa, haciendo que todo viva en todo (Panto Pan de los místicos y alquimistas), de Paracelso, o, más modernamente, del profesor Jorge Ángel Livraga (1930-1991). Por ejemplo, cuando este último dijo, en una conferencia improvisada[3]: “El hombre es una gran pregunta, un gran enigma. La respuesta está en este Universo en el cual vivimos; la respuesta está escrita en las paredes de la Historia y en las paredes de este Universo que nos rodea. Tenemos simplemente que aprender a leerlo. Esta es una actitud natural, no es artificial, no está en contra de ningún credo, no está en contra de ninguna afirmación. Es volver a la Naturaleza.”

Es asombroso cómo nuestro genio florentino ve la Naturaleza, cómo lee en Ella, cómo Ella se abre ante su mirada penetrante indagadora. Esa mirada pura, sin prejuicios, de niño, desde el principio al fin de su vida, y ese amor infinito al conocimiento, del conocimiento no sólo de un problema o aspecto de la Naturaleza, sino de toda Ella; ese experimentar perseverante que le permite destilar alquímicamente la verdad oculta; esa tenacidad que no cede hasta lograr su objetivo; y esa constancia de sabio que le hace insensible a los vientos de las opiniones del siglo o de los milenios, ese abrir las alas del alma y volar en un cielo de armonía…. Todo ello hizo de él, según nuestras actuales denominaciones, un botánico, un científico, un escritor, un artista, un músico, un arquitecto, un maestro de ceremonias palaciegas o escenógrafo, un escultor, un geólogo, un botánico, un ingeniero civil y militar, un urbanista, un inventor, un anatomista, un poeta… muy semejante a los filósofos presocráticos (que además de todo esto, cuando necesario, eran políticos). En definitiva todos estos epítetos entran en el de Filósofo, enamorado de la Sabiduría, heraldo de ella en las dimensiones del conocimiento, y del arte (“arte” como belleza y también en el sentido antiguo de “recta aplicación del saber”). La Filosofía Natural es el Alma Mater de todo conocimiento y praxis, es el amnios en que estas nacen, se desarrollan y sustentan, es el sentido vital de toda experiencia, que como vivencia armónica se convierte en verdad.

Vamos a estudiar esta dimensión de Filósofo Natural en Leonardo da Vinci, o mejor, a hacer un sencillo esbozo de su afán y éxito en leer en la Naturaleza, y de trabajar en armonía con ella. Pues también, esto, cuando es de modo consciente y embebido en los fines de la misma, es Filosofía Natural.

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Leonardo aprende leyendo en la Naturaleza, después de una observación atenta, perseverante y sin castillos mentales previos. Sus enemigos, torpes figuras, en general, le recriminaban tener poca cultura libresca. De no citar en sus conversaciones o apuntes a Aristóteles, a Platón y tantos otros. Pero no los citaba no porque no los conociese, porque leyendo atentamente descubrimos en sus Cuadernos de Notas que su conocimiento de los clásicos era superior, sino porque no quería encadenar su pensamiento a nada, y porque quería beber en las fuentes puras, no en las explicaciones de nadie. Y así evitó la estupidez de todos los que citaban, ciegos a Aristóteles, diciendo, por ejemplo ¡que la mujer tiene menos dientes que el hombre! Cosas veredes, Sancho…

“Hay que desconfiar de las enseñanzas de estos teóricos, ya que sus razonamientos no son confirmados por la experiencia”

Sus méritos son propios, no ajenos.

“Soy plenamente consciente de que al no ser un hombre de letras, ciertas personas presuntuosas pueden pensar que tienen motivos para reprochar mi falta de conocimientos. ¡Necios! ¿Acaso no saben que puedo contestarles con las palabras que Mario dijo a los patricios romanos? Aquellos que se engalanan con las obras ajenas nunca me permitirán usar las propias. Dirán que al no haber aprendido en libros, no soy capaz de expresar lo que quiero tratar, pero no se dan cuenta de que la exposición de mis temas exige experiencia más bien que palabras ajenas. La experiencia ha sido la maestra de todo buen escritor; por eso será siempre ella la que yo citaré como maestra”

El genio humano se abre a un futuro ilimitado, pero debe rendirse, humildemente, a la perfección de la naturaleza:

“Aunque el ingenio humano puede lograr infinidad de inventos, nunca ideará ninguno mejor, más sencillo y directo que los que hace la naturaleza, ya que en sus inventos no falta nada y nada es superfluo. La naturaleza no necesita contrapeso cuando crea miembros adaptados para el movimiento en los cuerpos de los animales, sino que pone en ellos el alma que los informa, esto es, el alma de la madre que forma primero en su seno la forma del hombre y  a su debido tiempo infunde el alma para que viva en él”

En esto último debe referirse a lo mismo que la mística Hildegard von Bingen cuando dice que el alma humana no se infunde en la concepción, sino “a su debido tiempo” (Hildegard dice que cuando el feto tiene ya forma plenamente humana, o sea, en la cuarta luna)

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Nos maravilla, y éste es un aspecto poco estudiado de Leonardo, la importancia que le daba a la Matemática, pero no a la abstracta, sino a la que es andamiaje y quintaesencia de la misma Naturaleza. Hasta el punto de escribir que “nadie que no sea matemático debe leer los principios de mi trabajo” (lema inscrito en el frontispicio de la Academia de Platón)

Sabemos que usaba el trazado áureo en el diseño de sus cuadros, pero no conocemos con detalle las figuras geométricas, hasta en su mínimo detalle, fractal, que deducimos que usaría. ¡Y qué profunda enseñanza habría en estos esquemas pitagóricos! Otras veces el enigma geométrico sí es evidente, pues no forma parte del trazado del cuadro, sino de la misma imagen pintada. Por ejemplo, en el Salvator Mundi, obra que se creía perdida y ha sido redescubierta en el año 2011, el Rey de Reyes lleva una esfera cristalina que refleja tres puntos que forman un triángulo rectángulo: parece el triángulo sagrado egipcio, el 3-4-5, que los Sacerdotes del Nilo vincularon a Osiris (3) –Isis (4) –Horus (5) y del que Plutarco explicó el significado filosófico.

Leonardo fue muy amigo del monje cristiano y neopitagórico Luca Paccioli, gran divulgador de grandes secretos matemáticos y geométricos en su obra “La Divina Proporción”. Con él estudió con auténtica pasión (como todo lo que hacía) la Matemática Sagrada e incluso ilustró su libro con sus famosos diseños de los sólidos platónicos y arquimedianos.

La misma Razón (ratio, “proporción”, en latín) de la Naturaleza se expresa en las proporciones matemáticas. Galileo lo expresaría después con su famosa afirmación: “las Matemáticas son el alfabeto con el que Dios escribió en el Libro de la Naturaleza”. Pero estas proporciones no son sólo en las medidas de longitud, superficie y volumen, también en la magnitud de los sonidos, de los tiempos, en los espacios o en cualquier potencia natural. Qué feliz habría quedado Leonardo con los descubrimientos de Heisemberg en Física Cuántica al demostrar que los mismos estados de energía asociados a las distintas órbitas de los electrones, y que forman la arquitectura íntima de la realidad, están basados en relaciones matemáticas de números enteros. Feliz también con la teoría fractal de Mandelbrodt que nos ha permitido leer matemáticamente los procesos mismos y formas de la naturaleza ad infinitum trabajando con dimensiones fraccionarias.

Como en la música, con sus intervalos, en todas las artes (la pintura, la escultura, arquitectura, etc.), nos dice Leonardo, la clave es la proporción que las hace bellas. El arte, además de tener por fin manifestar la belleza, es un estudio de la armonía intrínseca en ella, y ésta, como la ciencia, se basa siempre en leyes matemáticas. Arte y ciencia se convierten, en caminos de indagación de la verdad y lo perfecto; y se fundamentan en lo que el genio florentino considera ser los pilares de todo conocimiento de la naturaleza: la experiencia sensible y el cálculo matemático. No sólo el arte, también la ciencia se fundamenta en el estudio de las medidas, y en la búsqueda de la “perfecta medida”, aquella que constituye el diseño del Logos. Es muy famoso el diseño del “Hombre de Vitrubio”, y el texto adjunto en que nos da Leonardo las medidas ideales del cuerpo humano: La extensión de los brazos en horizontal es la misma altura (si el cuerpo es armónico), el tamaño del pie es un séptimo de la altura, y desde los pies a las rodillas un cuarto (curiosamente la misma posición de Capricornio en el Zodiaco, siendo Aries-Cabeza la primera), etc., etc.

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Es sublime la defensa que hace de la pintura, la superior de las artes para él, oponiéndose a Platón. Aunque era escultor, arquitecto, escenógrafo y pintor, para Leonardo, el arte que mejor expresa el poder plástico del alma humana es el arte y ciencia de las formas, colores y perspectivas:

“Quien desprecia la pintura no ama ni la filosofía ni la naturaleza. Si se desprecia la pintura, que es la única que imita todas las obras visibles de la naturaleza, ciertamente se desprecia una ingeniosa invención que contribuye a que la filosofía y la especulación perspicaz puedan actuar sobre la naturaleza en todas sus formas –mar y tierra, plantas y animales, hierbas y flores- todas ellas envueltas en luces y sombras.”

Pues la especulación mental, filosófica, trabaja con imágenes mentales, y éstas muchas veces sólo las puede dar la mente del “pintor”. Este es demostrado en los innúmeros avances de la ciencia, donde es necesario una imagen mental para seguir avanzando. Por ejemplo, uno de los prodigios de Leonardo fueron sus investigaciones anatómicas, su esfuerzo por ver, de verdad (o sea, con los ojos y la mente al mismo tiempo), que dieron por resultado sus formidables ilustraciones, las que permitieron un salto evolutivo importante en la ciencia de la medicina.

Además, y asociado al poder de la imaginación (un primer destello de Kriyashakti en la naturaleza humana):

“El pintor es el dueño de toda clase de personas y de cosas. Si el pintor quiere ver bellezas que le alegren, está en su mano el crearlas; si desea presenciar monstruos que sean aterradores, burlescos, ridículos o dignos de lástima, es amo y señor para hacerlo; si desea presentar regiones deshabitadas o desiertos oscuros y sombríos, lugares apartados carentes de calor o lugares cálidos en un clima frío, puede hacerlo igualmente. En su mano está si lo desea el crear valles, el desplegar una gran llanura que se extienda hasta el horizonte del mar vista desde la cumbre de una montaña; puede igualmente ver las altas montañas desde el fondo de una llanura… De hecho, el pintor tiene primero en su mente y luego en su mano, cuanto existe en el universo, ya sea en su esencia, en sus  apariencias y en la imaginación, y todas esas cosas son de tal excelencia, que pueden presentar un conjunto armonioso y proporcionado, pudiéndose presenciar en un solo golpe de vista como las cosas de la naturaleza”

Y es lógico que fuera el arte preferido de Leonardo, pues

“Si la poesía trata de filosofía moral, la pintura tiene que ver con la filosofía natural”

Tal capacidad de aprender de la naturaleza, de leer en su libro abierto, al observarla con el alma, hizo por ejemplo que cuando hay dudas en si un cuadro es de Leonardo o de un discípulo, todo queda claro al ser observado el mismo por un botánico, un ingeniero fluvial, un tejedor o un geólogo. Leonardo jamás dejaba un detalle suelto ni daba una imagen “aproximada” sino científicamente real, demostrando conocimientos (en base, repito, a la lectura de un alma atenta) asombrosos en casi todas las áreas del saber. Una filosofía natural que le hacía abrazar y poseer todo aquello que pudiera ser aprendido. Por ejemplo, en la polémica sobre cuál es la versión íntegra de Leonardo o en cual le ayudaron sus discípulos, de las dos Virgen de las Rocas que hay, el estudio de un geólogo ha sido determinante.

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Su filosofía aunque siempre ligada a la Naturaleza y sin querer hacer vuelos metafísicos sin aire mental que le sustente, por veces entra en la metafísica pura, en razonamientos matemáticos intuitivos. Pero de los de verdad, de los que van al meollo de lo real, no de los que se entretienen en inventar o simplemente jugar con las palabras, pues no es lo mismo la rosa que su nombre, y cuando apuntamos con el dedo a las estrellas, no es lo mismo el dedo, o este gesto, que las estrellas mismas.

Por ejemplo:

“La nada no tiene centro y sus límites son la nada.

Alguno de mis oponentes puede decir que la nada y el vacío son idénticos, a pesar de tener nombres distintos y que no existen separadamente en la naturaleza. Mi respuesta es que donde quiera que exista un vacío, se da también un espacio circundante, pero la nada existe fuera de un espacio ocupado. Por consiguiente, la nada y el vacío no son idénticos, ya que el vacío puede dividirse hasta el infinito, y la nada es indivisible. Porque la nada no puede ser menos de lo que es. Y si quisiéramos tomar una parte de ella, ésta sería igual al todo y el todo a la parte.”

Leonardo se adentra una y otra vez en el ámbito de la Filosofía Moral en sus notas. Evidentemente dedicó gran parte de su vida a ello, como se muestra en el análisis fisiognómico, y en los gestos con que expresa los diferentes estados de conciencia en sus cuadros. Hay estudios de profunda filosofía moral en sus fábulas, por ejemplo. La moral no es deducida de la cualidad intrínseca de la razón, yendo a lo profundo de sí misma más allá de la circunstancia, como hace Kant en sus obras Fundamentos de una Metafísica de las Costumbres, y en Metafísica de las Costumbres. No, Leonardo hace filosofía moral leyendo en la naturaleza, y en el carácter y las acciones humanas y reflexionando sobre lo que ve. Es clara también una reflexión previa sobre los grandes temas expuestos por los grandes clásicos. Como todo verdadero filósofo, sabe que una nueva comprensión lleva a una nueva forma de vivir, una visión más clara de la realidad permite construir un mundo más bueno, bello y justo, es la ceguera interior la que concibe y forma los monstruos que devoran el corazón de las sociedades. La filosofía en la propia vida, leyendo rectamente el alma de la naturaleza, permite hacer un movimiento de timón y corregir así su rumbo.

“Teniendo en cuenta que el comienzo de una cosa es con frecuencia el origen de grandes resultados, podemos ver cómo un pequeño y casi inapreciado movimiento del timón tiene poder para volver un buque de gran tamaño, cargado con un enorme peso, en medio de una ingente masa de agua que le presiona y un viento impetuoso que envuelve sus poderosas alas”

De hecho, el filósofo, como el pintor (en gran parte para Leonardo ambos son casi sinónimos), “debe tener su mente tan clara como la superficie de un espejo, el cual se transforma en tantos colores como tienen los objetos”

Esta filosofía natural le permite ver los vínculos entre las virtudes y los conceptos, con elementos de la naturaleza, que desde ese mismo momento se convierten en símbolos de los mismos.

“Podemos comparar la virtud de la justicia al rey de las abejas, que ordena y dispone todo con juicio, manda a unas abejas que vayan a las flores, otras al trabajo, otras a luchar con las avispas, otras a limpiar la suciedad, y otras a acompañar y hacer escolta al rey. Cuando éste es viejo y no tiene alas, las mismas abejas cargan con él. Si una de ellas no cumple con su obligación, el rey la castiga sin demora.”

De este modo, vincula el topo a las mentiras:

“El topo tiene unos ojos muy pequeños y siempre vive bajo tierra. Vive tanto tiempo cuanto permanece en la oscuridad, pero cuando sale a la luz, muere inmediatamente al darse a conocer. Lo mismo sucede con las mentiras.”

O el Fénix con la Constancia:

“El símbolo de la constancia es el Fénix. Tiene tanta paciencia para soportar las llamas que le consumen, que renace de sus propias cenizas”

O el cocodrilo con la hipocresía:

“Este animal se apodera de un hombre y lo mata inmediatamente. Una vez que ha muerto, el cocodrilo llora y se lamenta deshaciéndose en lágrimas. Después, finalizados los lamentos, lo devora con crueldad. Lo mismo sucede con el hipócrita, el cual, por la cosa más insignificante, se llena de lágrimas, pero tiene un corazón de tigre y se alegra de las tristezas de los demás, mientras muestra un rostro compasivo.

Es asombroso, el discurso que hace del elefante, y que comienza:

“El elefante tiene por naturaleza cualidades que se encuentran en el hombre: es honesto, prudente, dotado de un sentido de justicia y de religiosa observación”

También en la Filosofía Moral, y como uno de los pocos fabulistas de la historia, junto con Esopo y la Fontaine, presenta grandes verdades éticas de un modo difícil de olvidar. Como la fábula de “la piedra en el camino” en el que insiste en el valor individual del genio y del individuo, y enseña que no debemos caer en la tentación, por comodidad, de masificarnos, y que todos nos pisen, como una piedra en el camino.

O la de la llama que saltó del atanor en que danzaba feliz con sus compañeras, para dar vida a una vela muerta y ardiendo en tanto que había cera, murió con ella.

Y como sublime lección de Ética, las fábulas de la navaja y la del pedernal:

Fábula de la navaja

“Un día la navaja, saliendo del mango que le servía de funda, se puso al sol y vio al sol reflejado en ella. Entonces se enorgulleció, dio vueltas a sus pensamientos y se dijo:

¿Volveré a la tienda de la que acabo de salir? De ninguna manera. Los dioses no pueden querer que tanta belleza degenere en usos tan bajos. Sería una locura dedicarme a afeitar las enjabonadas barbas de los labriegos. ¡Qué bajo servicio! ¿Estoy destinada para un servicio así? Sin duda alguna que no. Me ocultaré en un sitio retirado y allí pasaré mi vida tranquila”

Después de vivir este estilo de vida algunos meses saliendo fuera de su funda al aire libre, se dio cuenta de que había adquirido el aspecto de una sierra oxidada y que su superficie no podía reflejar ya el esplendor del sol. Arrepentida lloró en vano su irreparable desgracia y se dijo:

¡Cuánto mejor hubiera sido haberme gastado en manos del barbero que tuvo que privarse de mi exquisita habilidad para cortar! ¿Dónde está ya mi rostro reluciente? El óxido lo ha consumido.

Lo mismo acontece a esas mentes, que en lugar de ejercitarse y superarse se dan a la pereza, lo mismo que la navaja de afeitar, pierden su agudeza y la herrumbre de la ignorancia les corroe.”

Y vuelve, en sus Cuadernos, sobre esta enseñanza:

“Así como el hierro se oxida por falta de uso, el agua estancada se pudre, y el frío se convierte en hielo, de la misma manera nuestro entendimiento se desgasta si no se usa.”

Magnífica, también la fábula del pedernal como símbolo del discípulo:

Fabula del pedernal

“El pedernal, al ser golpeado por el palo, se maravilló sobremanera y le dijo con tono severo: ¿Qué arrogancia te incita a maltratarme? Yo nunca he hecho daño a nadie. No me molestes. Tú has dado conmigo por equivocación” A esto el palo respondió: Si eres paciente verás los maravillosos resultados que saldrán de ti. Con estas palabras, el pedernal se calmó y soportó pacientemente la prueba. Y vio que en seguida había nacido de él el fuego, elemento imprescindible en la naturaleza.”

Sus meditaciones morales abarcan, claro está, la naturaleza del placer y del dolor, y qué debe hacer el ser humano ante ellos:

“El placer y el dolor se nos presentan como dos hermanos gemelos. Nunca se da el uno sin el otro. Parece como si estuvieran unidos por la espalda, porque son contrarios entre sí. Si escoges el placer, convéncete de que tiene tras de sí algo que te causará tribulación y arrepentimiento. Por eso el placer se representa con una caña en la mano derecha, que es inútil y sin consistencia. Y las heridas causadas por ella están envenenadas (…) Los placeres son, con frecuencia, la causa del desgaste de la vida.”

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Y su Filosofía Moral no es académica, es la enseñanza que él se da a sí mismo, es cómo se increpa, cómo endereza su propio rumbo y lo deja apuntado en sus Cuadernos:

“Los obstáculos no me doblegan. Todo obstáculo produce una firme resolución”

“La paciencia nos ayuda contra los insultos, como los vestidos lo hacen contra el frío. Porque si te pones más vestidos cuando aumenta el frio, éste no puede hacerte daño. De la misma manera, aumenta tu paciencia con las injurias, y así no podrán perturbar tu espíritu. Así  sucede a aquellos que abandonando una vida de solitaria contemplación, escogen vivir en ciudades entre el ruido y la gente y rodeados de infinitos peligros.”

Algunas de sus afirmaciones son de una filosofía enigmática, aún sin desvelar o maravillosamente bella:

“Nuestro cuerpo está sometido al cielo, y el cielo está sometido a la mente humana”

“La verdad ha sido la única hija del Tiempo”

“No vuelve atrás aquel que está ligado a una estrella”

“Mirad la luz y considerad su belleza. Parpadea y vuelve a mirarla. Lo que veis ahora no estaba al principio, y lo que estaba ya no existe. ¿Quién es el que la renueva si la causa originante muere continuamente? La luz ahuyenta las tinieblas. La sombra es la obstrucción de la luz”

“El punto no tiene centro, sino que él mismo es un centro y nada puede ser más pequeño. El punto es el fin al que le es común la nada y la línea. No es ni nada ni línea, ni ocupa un espacio entre ellos, por eso el fin de la nada y el comienzo de la línea están en contacto uno con el otro, pero no están unidos, porque entre ellos está el punto dividiéndolos…

De esto se sigue que estos puntos imaginados y en contacto continuo no constituyen la línea, y, por consiguiente, muchas líneas en contacto continuo a lo largo de sus lados no hacen una superficie, ni muchas superficies en continuo contacto forman un cuerpo. Porque entre nosotros, los cuerpos no se forman de elementos incorpóreos”

Esta es la posición de la Matemática Oculta, para quien la línea no es una suma infinita de puntos. Pues por muchos infinitos que sumemos de puntos, no generamos una línea. La línea, para el filósofo neoplatónico Proclo es la “fluxión” del punto, y para la Geometría Sagrada, es la sombra ilusoria que genera el punto en movimiento.

“La ciega ignorancia nos desorienta y deleita con los efectos de los juegos lascivos. Porque no conoce la verdadera luz. Porque no conoce en qué consiste la verdadera luz. El vano esplendor nos arranca el poder de existir…”

“Definamos el tiempo comparándolo con definiciones geométricas. El punto no tiene parte alguna; una línea es el tránsito de un punto; los puntos son los límites de unas líneas. Un instante no tiene tiempo alguno; el tiempo está constituido por el movimiento del instante, y los instantes son los límites del tiempo. Aunque el tiempo se clasifica entre las magnitudes continuas, al ser invisible e inmaterial, no cae enteramente bajo el apartado de la Geometría (…) El punto, mirado en términos de tiempo, se puede comparar con el instante, y podemos decir que la línea se parece a la duración de una cantidad de tiempo. Y lo mismo que los puntos son el principio y el fin de dichas líneas, así los instantes constituyen el principio y el fin de cualquier periodo de tiempo. Y mientras que una línea es divisible hasta el infinito, un periodo de tiempo no se adapta a tal división[4]; y del mismo modo que las divisiones de una línea pueden hacerse con cierta proporción entre sí, así puede hacerse con las partes del tiempo.”

Como para todos los filósofos platónicos y renacentistas, en su comienzo del tratado sobre el agua, describe al hombre como un Microcosmos:

“Los antiguos hablan del hombre como de un microcosmos con toda la razón, ya que si el hombre está compuesto de tierra, agua, aire y fuego, la composición del globo terráqueo es similar. Así como el hombre tiene huesos que vienen a ser el soporte y estructura de la carne, el mundo tiene piedras que son el sostén de la tierra. Así como el hombre tiene una especie de depósito de sangre donde los pulmones se ensanchan y contraen al respirar, de la misma manera el cuerpo de la tierra tiene su océano, que también levanta y desciende cada seis horas con la respiración del mundo. Lo mismo que del depósito humano salen las venas que extienden sus ramificaciones por todo el cuerpo, así el océano llena el cuerpo de la tierra con infinidad de conductos de agua”

En la obra escrita, e ilustrada con dibujos, de Leonardo da Vinci, hallamos, toda una Filosofía del Fuego y de la Luz.

En sus acertijos así presenta al fuego: “De un pequeño principio saldrá algo que pronto se hará grande. No respetará cosa alguna creada, y con su poder transformará casi todas las cosas de su estado natural en otro”

Es, de hecho, el más perfecto símbolo de la Filosofía, que busca la verdad y deshace las telas de araña de los sofismas y las máscaras de la falsedad:

“El fuego destruye la falsedad, esto es, el sofisma, y restaura la verdad, alejando las tinieblas. El fuego debe emplearse para destruir todo sofisma y para detectar y probar la verdad, porque el fuego es luz disipadora de tinieblas, que son las encubridoras de todas las cosas esenciales.”

“El fuego destruye todo sofisma, esto es, el engaño. Mantiene pura la verdad, que es oro. La verdad no puede ocultarse. El disimulo es inútil y queda frustrado ante un juez tan severo. La falsedad se pone siempre una máscara.”

“El fuego está al servicio de la verdad, porque destruye todo sofisma y toda mentira. La máscara está al servicio de la falsedad y de la mentira, encubridora de la verdad.”

La vida, de hecho, está asociada al calor, y su espíritu mismo, a la luz, y  así, los ojos, son las ventanas del alma:

“Donde hay vida hay calor, y donde hay calor hay movimiento de los humores acuosos”.

Formula algo que todos sabemos ahora, pero que era completamente desconocido, y asombroso de plantear en su tiempo: el hecho de que todo lo que somos muere y se renueva (todas las células lo hacen, y aún las sustancias químicas de que están hechas las neuronas, -las únicas células que no son sustituidas por otras- se renuevan). La vida de alguien es como el cuerpo de una vela que se va quemando:

“El cuerpo de todo ser que se alimenta continuamente muere y se renueva constantemente, ya que el alimento solamente puede entrar allí donde el alimento anterior ha sido digerido, y una vez digerido ya no tiene vida. A no ser que se suministre un alimento equivalente al que ha sido digerido, faltará el vigor y la vida, y si se le priva enteramente de alimento, la vida se destruirá. Pero al recuperar lo que se ha ido perdiendo día a día, la vida se va renovando. Lo mismo que la luz se mantiene y renueva gracias al aceite que la alimenta. Mientras la llama muere va cambiando el brillo de su luz en un humo sombrío. Esta muerte es continua, y el humo persiste en la medida que se la va alimentando, y en un mismo momento la luz está muerta y enteramente renovada por el movimiento que la alimenta.”

“Nuestra vida se mantiene con la muerte de otros. En la materia muerta hay una vida insensible, que reunida en los estómagos de los seres vivientes vuelve a tomar vida: sensitiva e intelectiva”

La metáfora del humo como una muerte permanente (el pralaya nitya, o transformación constante de la Filosofía Hindú), es asombrosa. Cuando vemos una vela, su luz no nos deja ver el humo, pero él siempre está ahí, es la necesaria combustión de la vida misma. Así, la muerte acompaña a la vida, siempre, pero no la vemos. La muerte, es necesaria, pues, la “naturaleza, al ser inconstante y complacerse en la creación continua de nuevas formas de vida, sabe que aquellas aumentan su materia terrestre, está dispuesta a crear y es más rápida en hacerlo que lo es el tiempo en destruir. Por eso ha establecido que muchos animales tienen que servir de alimento para otros. Y como esto no es suficiente para satisfacer su deseo creativo, proporciona a menudo ciertos vapores tóxicos y pestilentes, plagas continuas en los rebaños de animales y, sobre todo, en las personas, ya que éstas aumentan rápidamente porque otros animales no se alimentan de ellas. Así, al remover las causas, cesan los efectos.”

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Leonardo da Vinci, de una profunda religiosidad, en su Tratado de la Pintura, dice:

“Que el Señor, que es la luz de todas las cosas, se digne iluminarme a mí, que voy a tratar de la luz”

Y el Sol es el Rey de la Vida, y hacia donde debe tener, naturalmente nuestra gratitud y mística:

“Quisiera tener palabras apropiadas para censurar a aquellos que ensalzan de buen grado el culto a los hombres por encima del culto al Sol. En todo el universo no encuentro un cuerpo de mayor magnitud y fuerza que éste. Su luz ilumina todos los cuerpos celestes distribuidos por el universo [¡¡¡Sabe, por tanto, que los planetas reciben su luz del Sol, algo confirmado más de cincuenta años después, por Galileo Galilei al apuntar su telescopio a Venus y observar sus fases semejantes a las lunares!!!] Toda fuerza vital proviene de él, puesto que el calor que existe en las criaturas vivientes procede del alma (chispa vital), y no existe otro calor ni otra luz en el universo.”

Cuando habla de las estrellas, sabe que son soles lejanos (¡¡¡):

“De hecho, es la enorme distancia la razón de su pequeñez, ya que muchas de ellas son muchísimas veces mayores que la estrella formada por la tierra y el agua [se refiere al planeta Tierra, no lo dice abiertamente por si sus manuscritos caían en manos de sus enemigos o de la Inquisición, un conocimiento asombroso para su época]. Pensemos, pues, a qué se parecería esta estrella nuestra a una distancia grande y consideremos cuántas estrellas podrían situarse, longitudinalmente y a lo ancho, entre estas estrellas que están dispersas por el oscuro espacio.”

Todas sus enseñanzas sobre la Luz y sobre el Agua son un tratado de Filosofía Natural, además de Óptica e Ingeniería Hidrodinámica. La luz es una imagen de lo divino, pues permite que “todo esté en todo” (todas las imágenes de cada objeto o punto de la realidad están en todas las partes del Universo), y el agua es la quintaesencia de la vida de nuestra morada celeste (nuestro planeta, que llama, “de tierra y agua”):

“El agua no tiene nada propio, pero se apodera de todo y cambia según la naturaleza de los lugares que atraviesa. Actúa como un espejo que refleja las imágenes de los objetos que pasan junto a él. Está cambiando continuamente conforme al lugar y el color. Unas veces adquiere nuevos olores y gustos, otras retiene nuevas sustancias o cualidades. Unas veces causa la muerte y otras la salud.”

Y la vida es el escenario donde el espíritu debe dejar su marca, su esforzado trabajo, su luz en el mundo, el sentido de haber vivido:

“¿Tú que duermes, qué es el sueño? El sueño es la imagen de la muerte. Por qué no trabajas de tal manera que después de la muerte te quede la huella de una vida perfecta, más bien que hacer que la vida se asemeje a la desdichada muerte por medio del sueño”

Pero es el sentido de la Vida, con mayúsculas, el que nos debe impulsar no los deseos de lo que satisfecho, se convierte en nada, o, si acaso, en nuevos y más poderosos deseos:

“El ambicioso, a quien ni la dicha de vivir ni la belleza del mundo le contentan, le cae como penitencia el despilfarro de su vida y el quedarse sin los beneficios y sin la belleza del mundo.”

Pues existe una razón, y es ella la que debe comandar la vida, leyendo en la naturaleza y en sí misma el destino para el que cada uno ha sido creado:

“Los sentidos son terrenales; la razón permanece apartada de ellos en contemplación”

“La sabiduría es la hija de la experiencia. La experiencia, intérprete entre la naturaleza y la especie humana; nos enseña que lo que esta naturaleza lleva a cabo entre los mortales, forzada por la necesidad, no puede operar de otra forma más que en la medida que la razón, que es su dirección, le manda.”

“La parte tiende siempre a unirse con el todo, para librarse de su imperfección.”

“El hombre que no controla sus instintos se rebaja al nivel de las bestias”

“Si las leyes de la virtud guiaran tu cuerpo, no tendrías apetencias de este mundo.”

“El alma no puede corromperse nunca con el cuerpo, sino que actúa en él como el viento que origina el sonido del órgano, en el que si se estropea un tubo, el viento deja de producir buen efecto.”

“El que desee saber cómo vive el alma en el cuerpo, debe observar cómo usa el cuerpo su diaria morada. Si está desordenada, el cuerpo reflejará la confusión y el desorden del espíritu.”

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 22 de agosto del 2016


[1] Todos los textos han sido extraídos del libro “Leonardo da Vinci-Cuaderno de Notas” de Ediciones Felmar, 2º Edición 1982.

[2] Según artículo “Filosofía de la Naturaleza en la Edad Contemporánea”, de la wikipedia en español.

[3] “El Universo como Respuesta”, dictada el 31  de enero de 1976 en la sede de Nueva Acrópolis en Madrid.

[4] Asombrosa reflexión, que la hallamos también en la filosofía jaimista, en la que hay una unidad elemental de tiempo, no divisible, y en la Fisica Cuántica, asociada a la Constante de Plank, con el cuadrado mínimo de realidad espacio-temporal.

1 comentario en “Leonardo da Vinci y la filosofía natural”

  1. Creo que el pensamiento de Leonardo, como el de sus contemporáneos, se inscribe en la Filosofía perenne, con fuerte infuencia del platonismo florentino (Ficino); pero aún más, como dice Nietzsche, hay en él algo no europeo, asiático, más allá del bien y del mal; esto lo atribuyo a la religión de su madre, no basada en el Libro, esclava kurda yazidi.

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