Literatura

Estación once, un futuro apocalíptico duro, mas esperanzado

estación once

“Un inesperado virus mortal acaba con la humanidad tal y como la conocemos: ya no quedan trenes que unan los lugares, ni internet que nos permita conocer el mundo, ni siquiera ciudades en las que vivir, solo quedan asentamientos hostiles al visitante ocasional. En este desolador panorama un pequeño grupo de actores y músicos tienen una iniciativa sorprendente: crear la Sinfonía Viajera, con el fin de mantener vivo un resquicio de humanidad. Pero en este libro nada es fácil y pronto este rescoldo de civilización también se verá amenazado por un violento profeta. Esta novela va más allá de su argumento y escritura, originales y ambiciosos: nos sumerge en un mundo distinto y nos obliga a reflexionar sobre el presente, sobre lo que tenemos y qué valor le damos. En definitiva, un homenaje inteligente y sobrio a los pequeños placeres de la vida. Un libro difícil de dejar y, más aún, de olvidar.”

 

 

Cuando leemos el Apocalipsis (el de San Juan, que es el más conocido, pues hay varios otros apócrifos) nuestra imaginación queda vivamente impresionada por las escenas de devastación, como la de los cuatro jinetes del hambre, la peste, la guerra y la muerte. No sabemos, tal es nuestra pequeñez,  si  nos llega a consolar la descripción de la Jerusalén Celeste y la piedrecita blanca con el nombre secreto de cada uno, entregada a los vencedores. Pues sin entender que en las grandes tragedias de la naturaleza o de las sociedades vive el gran poder renovador de la vida misma, nos dejamos aturdir sólo por la visión del dolor, de lo terrible, sin capacidad de ver más allá.

Todas las generaciones humanas han vivido, de un modo u otro, la presión psicológica de un apocalipsis temido, especialmente las modeladas por el pensamiento cristiano, para quien es un “dogma” (el del Fin de los Tiempos), como el de la Encarnación. Quizás forme parte de un sentimiento de culpa, una especie de “pecado de Adán” de la condición humana; quizás una sensación íntima de que aquello que no es perfecto debe, antes o después, ser destruido para dar espacio a nuevas oportunidades. Y como decía Chuang Tzu, el camino de la perfección es infinito y la vida –en la distancia que media entre el nacimiento y la muerte-, no.

Nuestro recién estrenado siglo XXI –quizás el último de esta numeración-es ávido de todo tipo de violencias, sensualismos extremos, y su imaginación enfermiza y convulsiva genera todo tipo de monstruos y es seducida por todo tipo de “vampiros”, tal y como vemos expresados en la literatura y el cine. La pornografía, quizás el peor cáncer de todas las sociedades decadentes, enseñorea sus banderas y quiere incluso ser tildada de arte, como si el culto al abismo pudiera hacer encarnar la verdadera Belleza: una táctica más de penetración en el organismo enfermo, hasta consumir el tuétano de sus huesos morales. Esto multiplica exponencialmente las mil y una visiones de apocalipsis, desde los literarios y propios del cine, hasta aquellos proféticos –con fecha de caducidad incluida- en que creen los más incautos, como nos ha sucedido ahora con el 2012 anunciado (¿) por los mayas y otros, que rápidamente se nos olvidan. En nuestra insensata carrera hacia un futuro temido más que soñado.

Algunos de estos apocalipsis de la Literatura, y por lo tanto, de la imaginación humana, pueden llegar a ser tan verosímiles, y bien tratados, que agiten nuestros terrores inconscientes, amenazándonos con la certeza de lo posible. Éste es por ejemplo el que hallamos en la genial novela “The Road” de Cormac McCarthy, ganador del premio Pulitzer en el año 2006, y con una formidable adaptación al cine en el 2009.

Otro, también genial, y no tan terrible como el anterior, más esperanzado, es la novela “Estación Once”, escrita en el 2014 por la joven canadiense(nacida en 1979) Emily St John Mandel, y que en pocos años va a llegar a nuestras pantallas de cine.

Un virus, semejante a la gripe, pero de efectos devastadores arrasa con gran parte de la humanidad. Imposible de ser sostenida la maquinaria del mundo por la diezmilésima parte que resta de los seres humanos, los sobrevivientes se agrupan en nuevos núcleos habitacionales, aprovechando  los edificios en pie, en lugares relativamente aislados. En la novela no se dan detalles de los primeros quince años de este tiempo nuevo (pues evidentemente la nueva cronología comienza con el Año Cero de la devastación) y en realidad poco sabemos de la sociedad (bien podemos llamar así a este nuevo tejido de relaciones humanas) y se insinúa que en cada lugar puede haber evolucionado de modo diferente, aunque semejante. Las sociedades humanas son como los coloides en química. En su dinámica del azar o de las elecciones humanas variopintas, van tendiendo misteriosamente en una dirección u otra. El estudio del péndulo doble como una función nos ha permitido adentrarnos en la matemática del caos, y con ésta en los fractales que gobiernan armónicamente los procesos dinámicos de la vida. Hemos aprendido el “efecto mariposa” por el que, teóricamente, el batir de alas de una mariposa en un lugar del mundo puede provocar como efecto un tornado en otro. Mínimas variaciones en el código genético producidas por los rayos cósmicos pueden generar un monstruo. Las sociedades van evolucionando como los diferentes ramos del Árbol de la Vida, todas buscando la luz de sus necesidades internas y externas, pero cada una con una voluntad propia, y al mismo con sentido unitario, pues la naturaleza humana no deja de ser la misma.

Hay un punto cero, un caos inicial, pero qué es lo que sobrevive de ese caos inicial va a determinar, junto con la “llamada del Cosmos externo e interno” en qué dirección avanzan los grupos humanos. El punto cero si es determinante y claro, respecto a lo que ya no, no respecto a las potencialidades futuras. Una de las páginas de este libro es contundente, sacude el alma, no sabemos si con una intuición de futuro, o con el anhelo y esperanza de que son posibles otras formas de vivir completamente diferentes de la nuestra, y aun así manteniendo en alto la llama de la dignidad humana, firme el esqueleto moral del individuo.

 

“UNA lista incompleta:

No más tirarse de cabeza a piscinas de agua clorada con luces verdes en el fondo. No más partidos de béisbol que se jugaban bajo los focos. No más luces del porche con polillas revoloteando a su alrededor en las noches de verano. No más trenes que avanzaban bajo la superficie de las ciudades gracias a la chispeante energía de un tercer raíl eléctrico. No más ciudades. No más películas, excepto muy de vez en cuando con un generador cuyo ruido ahogaba la mitad del diálogo, y aun así solo durante un tiempo muy breve, hasta que se acabó el combustible para los generadores cuando la gasolina de los automóviles se estropeó pasados dos o tres años. El combustible de aviación duraba más, pero era difícil de conseguir.

No más pantallas que se veían en la oscuridad cuando la gente levantaba sus teléfonos por encima de la multitud para hacer fotos a los escenarios de los conciertos. No más escenarios de conciertos iluminados por halógenos de los colores de las golosinas, no más música electrónica, ni punk, ni guitarras eléctricas.

No más medicamentos. No más seguridad de que ibas a sobrevivir a un arañazo en una mano, a un corte en un dedo al picar las verduras para la cena o al mordisco de un perro.

No más vuelos. No más ciudades que se distinguían desde el cielo a través de ventanillas de avión, llenas de puntitos resplandecientes; no más mirar hacia abajo desde treinta mil pies e imaginarse las vidas que estarían iluminando esas luces en ese momento. No más aviones, no más mantener la mesa plegada… aunque no, eso no era cierto, todavía había aviones aquí y allá. Estaban inmóviles en pistas y en hangares. La nieve se acumulaba sobre sus alas. En los meses fríos eran ideales para almacenar comida. En verano, los que estaban cerca de algún huerto estaban llenos de bandejas de fruta deshidratándose al calor del interior. Los adolescentes se colaban en su interior para tener sexo. El óxido asomaba por todas partes y se había apoderado de algunas franjas.

No más países; todas las fronteras habían quedado abandonadas.

No más bomberos ni más policía. No más mantenimiento de carreteras ni recogida de basuras. No más naves espaciales que se dirigían al cielo desde Cabo Cañaveral, desde el cosmódromo de Baikonur o desde Vandenberg, Plesetsk o Tanegashima, dejando una estela de fuego en su camino a través de la atmósfera y hacia el espacio.

No más Internet. No más redes sociales, no más avanzar con el ratón por letanías de sueños, esperanzas nerviosas, fotografías de comida, gritos de ayuda y expresiones de satisfacción, actualizaciones del estado sentimental con iconos de corazones enteros o rotos, planes para quedar después, súplicas, quejas, deseos, fotos de bebés vestidos de osos o de pimientos en Halloween. No más leer y comentar las vidas de los demás y sentirse algo menos solo en el mundo al hacerlo. No más avatares.

 

Varios concertistas de música clásica, actores de teatro y otros que, casualmente se unen, forman “La Sinfonía Viajera”, y van durante todo el año recorriendo estas nuevas “ciudades”. Villas de no más de cien habitantes, que se han ido conformando. Este proyecto, el de la “Sinfonía Viajera” además de así “ganarse la vida” los doce o quince que la integraban- o sea, además de ser alimentados allí donde estuvieran-  nació del imperativo moral de que la vida fuera algo más que la supervivencia física. Representan Shakespeare y tocan Bach y Vivaldi, y allá donde van, las lágrimas de reconocimiento y gratitud demuestran que su valentía y esfuerzo (viajar es en aquel momento un acto difícil y heroico) merecían realmente la pena. Oír de nuevo los arpegios musicales del alma evocando un mundo bello y justo, serenamente tras los velos de la lucha por la vida, evita la deshumanización, una gran tentación y prueba en estos momentos post-apocalípticos que describe la novela.

Y sin embargo, como decía el filósofo Sri Ram (m. en 1973), allá donde están los que construyen las pirámides, allá van, como sombras, los que las destruyen. Los que quieren alimentar y proteger el fuego de la civilización y los que quieren que muera, en el silencio y la oscuridad de lo a-humano. En la novela, un “profeta” aparece en escena, electrizada su mente y emotividad por la lectura incesante del Apocalipsis bíblico, y con un discurso que hechiza y anula las voluntades y todos los valores que puedan ser llamados puramente humanos: concordia, libertad interior, búsqueda de la belleza y de la verdad, comprensión armónica del mundo, instinto de lo que es justo y no (por oposición a la arbitrariedad moral), etc., etc.

El libro, está muy bien escrito y construido, no sólo el tema es de gran interés. Como toda buena literatura, suscita bellamente elementos para pensar.

Por ejemplo la acción salta del presente (año 20º del Gran Desastre) hacia atrás (el mundo que conocemos) y viceversa. Los primeros diez años debieron ser terribles – y de hecho los jóvenes de ahora no recuerdan casi nada- pues deben estar enterrados en el inconsciente de las escenas traumáticas. Pero, más allá de este terrible tránsito de una forma de vivir a otra, no estamos seguros de que fueran más felices antes con todas las comodidades, que después, sobreviviendo duramente, en armonía con la naturaleza y con lo que resta de la civilización. Más bien nos parece lo contario, por lo menos así lo insinúa el libro. La vida antes, en nuestra sociedad actual, es presentada como fútil, absurda, incoherente, en medio de una inmensa soledad aun rodeados de gentío por todas partes, con todo tipo de angustias inconscientes y sueños hechos pedazos, los sentidos están en general adormecidos por la cantidad de estímulos innecesarios y enervantes propios de una sociedad de consumo en sus estertores de muerte. Sin embargo, ahora la vida es dura, la muerte acecha en cualquier sombra o aún en la más mínima herida; matar, defendiendo la propia vida o bienes básicos, es una necesidad tan cierta como respirar y comer. Pero las relaciones humanas vibran de autenticidad, son sólidas y solidarias, verdaderamente solidarias, no de palabras y a distancia. Nada es inútil, todo está perfectamente medido, y la supervivencia impone una vigilancia continua, muy saludable para el alma. Hacer música u oírla, representar a Shakespeare o verlo en el escenario, estremece las fibras internas, alimenta y fortalece el alma en el desafío renovado de vivir. No es un lujo cultural, un barniz, una veste de vanidad, es una garantía para no dejar de ser humanos, de mantener intacta la Escala de Jacob que nos lleva al Cielo.

La sociedad queda simplificada hasta el extremo y, como en un barco, o en una mansión señorial, la jerarquía de funciones y mando se hace nítida y cristalina. El que manda, por lo menos en la “Sinfonía Viajera” lo hace porque ha demostrado su entereza y fortaleza moral en todo tipo de desastres y porque encarna la voluntad de proteger el conjunto y los individuos al precio que sea. No hay intrigas por el mando y nadie cuestiona el valor de cada uno, porque, como todo es más simple, éste es evidente. Quien sirve para algo, o está especialmente dotado contribuye con su don al bien común, y la dureza de las circunstancias hace que lo que no es justo se deshaga en pedazos, pues es muy difícil ponerse las máscaras ni asumir ningún tipo de actitud ficticia. Los engaños demagógicos sirven cuando no hay gente, sino una masa deshumanizada, o sea, inconsciente ¡Sabio Platón, que decía que lo único que mantiene la entereza de un núcleo humano es la justicia! La justicia hace la unión, y ésta la fuerza, la resistencia frente a las adversidades.

La naturaleza no sabe de catástrofes humanas. Al contrario, ya limpia la faz de la tierra del peso de las pisadas impías, del insufrible peso de la contaminación física y moral, ésta, como espejo de lo divino que es, manifiesta una vez más su belleza inmaculada. A diferencia de la novela y filme “The Road”, en que la Tierra está muerta, o casi, y toda la Naturaleza exceptuando a los seres humanos, es un depósito de cadáveres, al no llegar la luz del Sol a fertilizar nuestra Gran Casa con sus rayos; aquí la ausencia casi total de seres humanos devuelven los factores naturales a la armonía. De nuevo el cielo está límpido, y las aguas son puras, y la Naturaleza descansa de la actividad febril e histérica, vírica, de sólo veinte años antes. El desafío es ahora saber qué guardar para el futuro, y poder hacerlo. Un viento purificador arrasa con todo lo que ya no es válido, y los best sellers son los primeros best-olvidados, pues nadie pide que se represente –estamos en tierra anglófona-sino a Shakespeare. Tiempos tan duros exigen joyas de verdad y no futilidades de entretenimiento. ¿Cuántos, arriesgando su propia vida, copiarían las líneas inútiles de tantos libros de hoy?  Y sin embargo muchos las apostarían para perpetuar un libro como Voz del Silencio, El Mercader de Venecia, Cuento de Invierno o La Tempestad.

Sí, la joya de la Esperanza, que ha querido ser arrancada a zarpazos del corazón de los seres humanos, no nos abandonará. Y cuando caigan todos los falsos ídolos y las pesadillas, exhaustas, no tengan ya sangre con que saciar su sed, de nuevo será este Grial luz que guíe en las tinieblas, imán que atraiga todo lo que es de verdad válido y merezca la pena conservar por otros mil o diez mil años más.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 29 de julio del 2016

 

 

 

 

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