Filosofía

Una sonrisa del alma de Portugal al mundo entero

portugal_eurocopa_2016
Imagen retirada de: futbolistos.es

 

GOOOOOOOL! GOOOOOL! GOOOOOL!

Todos los portugueses, de sangre o adoptivos, se pusieron en pie y gritaron, extáticos, la palabra mágica, el mantram moderno de la victoria. ¡Y cómo no! Era el partido final de la Eurocopa 2016, Francia contra el país Luso, el Gallo contra la Serpiente Alada. Cero a cero, casi al final de la prórroga, un gol decisivo. Una onda de emotividad debió recorrer el País entero, una onda comenzada, casi misteriosamente, y media hora antes en el Estadio de Saint Denis, en la Ciudad de la Luz. La alegría incendiaria había nacido de una chispa humilde, en los versos, en la letra de una canción, el himno patrio, “A Portuguesa”:

Heróis do mar, nobre povo,
Nação valente e imortal,
Levantai hoje de novo
O esplendor de Portugal!

Entre as brumas da memória,
Ó Pátria, sente-se a voz
Dos teus egrégios avós,
Que há-de guiar-te à vitória!

Às armas, às armas!
Sobre a terra, sobre o mar,
Às armas, às armas!
Pela Pátria lutar
Contra os canhões marchar, marchar!

 

(Traducción a español):

¡Héroes del mar, noble pueblo,

Nación valiente e inmortal,

Levantad hoy de nuevo

El esplendor de Portugal!

Entre las brumas de la memoria,

¡Oh, Patria, se siente la voz

De tus egregios abuelos,

Que han de guiarte a la victoria!

¡A las armas! ¡A las armas!

Sobre la tierra, sobre el mar,

¡A las armas, a las armas!

Por la Patria luchar

¡Contra los cañones, marchad, marchad!

 

Era admirable la superioridad gala durante el primer tiempo y la primera parte del segundo. Un juego ordenado, preciso, casi diríamos racional, como es el carácter francés; una presión continua sobre una defensa tímida, y una especie de ángel benefactor salvando la esperanza lusitana (quizás el mismo de San Denís, tan cultuado en la Portugal arcaica y que dio nombre al rey poeta y sabio que cerró su frontera, Don Dinís, el “rey labrador”). Y también, claro está el muro imbatible de Patricio, guardián de la línea “No pasarás”. Luminosa alianza, en ese trance, de ángel y hombre esforzado.

Parecía, simplemente milagroso, que el poderoso juego galo no se concretase, no en uno sino en toda una serie funesta de goles. Los portugueses, tímidos, sin defensas contundentes, sin ataques audaces, sin respuestas reactivas que aprovechasen las oportunidades, que ¡vaya si las había! Golpeados una y otra vez, fluidicos, casi como la neblina tras la que esperan el retorno del llorado rey Don Sebastián -y que en su himno canta “entre las brumas de la memoria”-, continuaban jugando mientras el ardor galo, por la más pura lógica se iba muy lentamente enfriando, ¿quién puede boxear contra las sombras, contra la niebla, sin acabar exhausto? , pues en ninguno de sus ataques centelleaba la gracia del triunfo.

Y milagrosamente, ya casi al final de la segunda parte, una chispa excita la inercia, electriza la bruma, y le da una vida contundente y terrible, un gigante que ya no es permeable sino duro como el granito, que ya no es difuso, sino preciso y audaz, que ya no espera, sino que ataca, y ataca, y ataca incesante como las ondas que bañan sus playas atlánticas. Y ¿cuál es esa chispa, cuál ese movimiento en el silencio y la sombra que comienza a ganar forma y poder? No desde luego las increpaciones del, primero lloroso y ahora enfurecido Ronaldo, capitán sin insignia, ahogando las órdenes del entrenador. No. Es como el ritmo silencioso de un corazón amable, así es la mística, la música del alma de sus gentes. Como en un corazón en que cada una de las células pulsa, y en la medida que todas se sintonizan hallamos el espasmo muscular que sostiene el impulso de la sangre y la vida; unos pocos cantando se fueron sintonizando aquí y allí, invocando con su himno al Alma de Portugal. Y al final los diez mil portugueses que habían ido a animar y honrar su esperanza de victoria, como la voz de las estrellas en la noche, sintonizados sus ecos, comenzaron a bramar una canción sagrada que se hizo audible en el estadio entero, y que debió aturdir el ímpetu galo ya cadente, desgastado por tanto esfuerzo estéril. Pues el himno de Portugal tiene letra, ¿cómo sin letra se pueden electrizar los ánimos, cómo sin este fuego mental que arrastra la palabra vivificada por la voluntad? Mientras que el himno de España, desgajada por los reinos taifas de hijos que no se consideran suyos, no lo tiene. Y nos chacoteamos diciendo que sí, que sí tiene letra, que es Tunda tunda o Nino Nino, y no porque fuera escrita o cantada por el admirable Nino Bravo. El “Triunfa España, alzad los brazos hijos del pueblo español” se dice que ya no va con los tiempos y ninguna forma nueva válida sustituye a la caduca: “Cosas veredes, Sancho, que harán hablar las piedras”

Así, casi de repente, el juego cambió totalmente, con iniciativa, genio, aprovechando las oportunidades, respondiendo fieramente a los ataques, poseídos de un espíritu de unión y de victoria que los hizo temibles, pues aún después de marcar el gol, y siendo el final del partido, cuando lo más lógico sería, al parecer, blindar la defensa… ellos no, siguieron atacando y atacando, electrizados por la combatividad, y casi sin pensar calculadamente en la victoria. ¿Para qué, si estaban poseídos de Ella? ¡En ese momento y por designio, más que simplemente mortales! Todo aquel que sienta el aleteo de la verdadera Victoria, la que es sobre sí mismo, sabe que es, o que dentro de él vive lo inmortal.

Los franceses, que estaban cansados de intentarlo una y otra vez sin que la fortuna les favoreciese, quedaron desconcertados de esta “irracionalidad”. ¿Cómo habiendo marcado un gol y estando casi a punto de ganar, no se preocupan sólo de defender, y acometen con fieros ataques? Lo que les obligaba a no descuidar su misma defensa si no querían sufrir –y poco faltó- otros tantos. Lo que les quebró, además de tener sólo quince minutos para restablecer el marcador e intentar penaltis fue este paradójico furor combativo, esta divina locura, que al parecer, luego, no lo fue tanta, pues no es loca la flecha que, bien apuntada, acierta en el blanco.

Pero el broche de oro no fue la entrega de premios, la sonrisa abierta de la misma victoria, luminosa en los corazones, ígnea, la fiesta de alegría y abrazos, las lágrimas de exaltación, o incluso el túnel de misericordia con que quisieron consolar a los vencidos, que demasiado se habían empeñado para ser fácilmente consolados. La vida, en el presente estado evolutivo, vive de la muerte, pues aún quien se alimenta de semillas impide que éstas se conviertan en nuevos retoños y den frutos. La victoria en el mundo, es muy difícil que no se vea acompañada de la amarga derrota, del cáliz amargo de lo que se había deseado y soñado diferente.

El broche de oro del partido fue varias horas después, en lo que se ha convertido en un fenómeno viral en internet, en medio de la fiesta de unos y las lágrimas de otros, los vencidos que tan fácilmente y tan segura habían imaginado su triunfo. Un hincha francés llorando, desconsolado, al que se acerca un niño portugués, cariñoso, con infantil ternura y pureza, y se conmisera de su dolor, lo siente como propio, le abraza y le dice unas palabras de ánimo. Y con qué capacidad de consolar, que en segundos el hundido en la derrota sale de su pesadilla, traspasada su alma por un rayo de la verdadera compasión: la que hermana a todos los seres vivos, la que como decía Fernando Pessoa en su poema , es:

“Mater-Dolorosa de las Angustias de los Tímidos,

Torre ebúrnea de las Tristezas de los Despreciados

Mano fresca sobre la frente ardiente de los humildes,

Sabor de agua sobre los labios secos de los Cansados”

(Ver vídeo aqui)

Si vimos un destello del Alma de Portugal en esa capacidad eléctrica de reaccionar en una onda de gran emotividad, de salto hacia adelante y hacia lo desconocido, a donde los más bravos no se atreven; otro destello es, sin duda, esa compasión, esa capacidad de consuelo, ese cariñoso trato a los desfavorecidos de la vida, a los que sufren, sin preguntarse por los motivos de por qué sufren, ni en ese momento juzgar ni condenar a nadie. Esa empatía con los ancianos, con los niños y con los desesperanzados, que hace que nadie se sienta definitivamente perdido ni abandonado, ese “bienaventurados los que sufren” porque Yo estoy siempre cerca de ellos, de las enseñanzas de Cristo.

Así, si en el fútbol obtuvieron el triunfo sobre Europa, en ese gesto de consuelo han hecho sonreír de esperanza al mundo entero.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 13 de julio de 2016

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