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FiloFoto: Huellas

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Huellas. Huellas humanas. Podríamos decir que, en algún lugar del mundo, en alguna de sus playas, de alguien desconocido y sin importancia, y que el agua borrará en segundos, tornadas visibles ante el ojo de la cámara por la luz rasante del amanecer, o del atardecer. Qué importa que sea en Caparica, ante el Sol que muere o en Japón con el que nace. La huella en la arena, tan breve quizás como una sola de las ondas del mar, o duradera tanto como lo permitan las brisas, o la respiración de las mareas; tiene un valor intrínseco como símbolo, una enseñanza como imagen que se nos graba en el alma. O será quizás que nos despierta indefinidos recuerdos de algo repetido y permanente, difícil de precisar, y casi fuera del tiempo.

“Aun los hombres ateos, sumidos en sus deseos carnales, “sienten” algo extrañamente superior e imperecedero cuando observan el cielo estrellado. Ello no responde solamente al reconocimiento intuitivo de una Divinidad omnipenetrante, Ley de todas las Leyes, sino a algo psicológico: el simple recuerdo que les trae observar un espectáculo que no varía, que se graba al observarlo vida tras vida. Lo mismo nos sucede mirando el mar, y en menor grado, cualquier otro espectáculo relativamente inmutable: una montaña nevada, un bosque de pinos…”

Esto explica el profesor Jorge Ángel Livraga en su maravilloso libro “Ankor, el discípulo”, y a estas imágenes podemos sumar, sin duda, las de las huellas en la arena, convidándonos a seguirlas, apuntando un sendero, que en esta imagen acompañan al mar y son besadas por sus ondas.

¡Cuántas evocaciones filosóficas y poéticas se hallan presentes en las huellas junto al mar que este deshace una y otra vez!

Por ejemplo, la dignidad de la huella humana, nacida de la dignidad vertical de su forma, casi ígnea pues aún con raíces en lo material tiende hacia el cielo que le atrae más poderosamente en cada “día” de este gran ciclo evolutivo. Hubo un tiempo en que el símbolo único del Buda era un trono vacío y unas sandalias, y aún hoy los pies del Bendito son representados con signos sacros, entre los cuales la rueda de quien ha cortado todo vínculo con la tierra y las deudas pasadas.

Nosotros, en este mundo de sensaciones vemos tan sólo las huellas que dejan los seres vivos, y nunca su presencia real dinámica, y menos aún el misterio que subyace detrás y del cual son símbolo. No vemos la luz, sino su huella en nuestra retina, y en la ínfima franja electromagnética que nos es dado percibir en tanto estamos prisioneros en el cuerpo; no oímos el sonido, sólo el eco ya disminuido que tamborilea en nuestro tímpano. Sabemos que algo ha sucedido, no cuando sucede, nunca, sólo cuando llega a nuestros sentidos corporales el testimonio o el indicio de esto mismo. Observamos la muerte de una estrella que ha desaparecido ya hace milenios, o aún el nacimiento de aquella que accidentalmente ya murió en la lucha por la existencia que afecta incluso a los orbes estelares. La tierra que nos sostiene, por lo menos todas las rocas sedimentarias, son la “huella”, el producto de la descomposición de infinidad de seres vivos cuyas deshechas estructuras minerales –sus esqueletos externos o internos- se han ido precipitando y consolidando a presión en el suelo y bajo él. La vida que pasa nos es ajena, salvo como huella, pero son las huellas, los vestigios del alma de la naturaleza los que nos permiten leer en su Libro, pues estas son sus letras impresas. La misma palabra “investigar” es una huella de tal, pues significa, “seguir los vestigios” de la verdad, y vestigio significa en latín, “huella”.

Todo cuanto el hombre hace y construye, en su furor creativo, prometeico es la huella de lo que en su alma vive, de sus proyectos, ambiciones, temores, esperanzas, de su espíritu lúdico o destructivo, de su amor y de su odio: raíces entrelazadas del Arbol de Conocimiento que es su mente, o quizás mejor su infierno y su cielo. Y como dijo el Príncipe de la Paz, “por sus frutos los conoceréis”, o si queremos, por sus huellas sabéis quienes son, hacia dónde van, qué quieren, cuáles son sus elecciones, luego qué uso hacen de la vida.

Las ruinas de civilizaciones antiguas son la huella, que las ondulaciones del tiempo desmenuzan, del alma de sus gentes, de su visión de la vida, de su búsqueda y encuentro del corazón de la realidad. Y aunque fuente de inspiración, es locura tratar de reanimar un cadáver, o alzar una estatua de sal o un fantasma sobre la huella que se va deshaciendo. Todas las civilizaciones marcan el rumbo del alma de la Humanidad, su aprendizaje, y en ellas vemos sus aciertos y sus errores, sus elevaciones y pureza y sus pecados, que hace que pesen cada vez más impíamente sobre la Madre Tierra hasta que esta ya cansada se deshace de ellas.

También la fortaleza, como enseña H.P.Blavatsky, es la huella en la piedra de nuestras convicciones, y éstas de la maduración “alquímica” de nuestras reflexiones y vivencias, de la búsqueda y hallazgo progresivo de lo verdadero, y éstas a su vez, de las divinas intuiciones que como una estrella fugaz surcan el espacio de lo que somos, eternizándonos. Y así, nosotros mismos somos en la máxima profundidad de nuestra quintaesencia, la huella de un Dios encadenado que espera el Hércules que lo libere de su prisión y sufrimiento.

Jose Carlos Fernández

Almada, 3 de octubre del 2015

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