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FiloFoto: en guardia

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Paseo de guardia en el Castillo de Marvao, en la línea fronteriza que une y divide Portugal con España. La vista desde el mismo, en dirección hacia las planicies de Extremadura es una vista soberbia. La fortaleza se alza en lo alto, firme y erguida, como un gigante de piedra, antes vigilante y hoy dormido, petrificado en el pasado, casi en abandono, pues los enemigos que hoy nos acechan y atacan son, como los virus, invisibles. Son formas de pensar y de vivir que nos deshacen por dentro y por fuera, que nos disuelven en un caldo amoral en que todo es profano y prosaico, sin toque de clarín que nos llame a la batalla, sin voz ancestral que nos convoque, sin ningún tipo de finalística transcendente, sin teleología.

Ningún guerrero, orgulloso de su importante misión pasea de guardia entre las almenas, pero, en las alturas, el aire es más límpido y es como si las larvas del mundo psíquico dejasen de pulular entre nosotros, y al sentir la dura piedra, el sol y el viento es como si volviéramos a nosotros mismos, purificados.

Este castillo, imponente, como toda una serie de ellos que corre de norte a sur, fueron mandados construir por el rey Don Dinis, el primer rey de nuestro país hermano en toda su extensión actual. El primer trabajo del rey poeta fue, precisamente, recorrer todo el país y fortificarlo ante a los ataques enemigos, que dada la situación geográfica sólo podían venir por tierra desde España. Con él por fin, el perímetro de Portugal está trazado para toda su historia futura… hasta hoy que está siendo desposeída, como España y casi todos los países del mundo, por corporaciones económicas, apátridas, látigos de un capital oscuro y de técnicas mafiosas que devora todo lo que con tanto trabajo se ha edificado y asegurado. Hoy la voz de los mercados es la nueva voz de Dios, y su murmullo o rugido levanta un país desde la nada y en la fantasía, como entre las nubes, o lo arrasa con su zarpazo fatal, haciéndolo caer como un castillo de naipes. Ya no somos dueños de nosotros mismos, los países no nos pertenecen como un bien público, ni somos sus servidores, como un bien espiritual, se diluyen las fronteras físicas, emocionales y mentales. Y después de drogarnos hipnóticamente y corrompernos con dinero a raudales, se nos exige ahora a precio del alma misma. Ya se sabía que seríamos incapaces de pagarlo, y la esclavitud derivada mafiosamente de la deuda (al más puro estilo de El Padrino) crecerá como un cáncer o un virus que no para de aumentar de tamaño hasta que devora al “huésped”, hasta la extinción de quien verdaderamente somos.

Es quizás por ello que nos llaman y encantan, con su voz de Edad Media estas almenas de piedra, fuertes, seguras, sencillas, de un tiempo primitivo y recio, donde el sí es sí y el no es no, y en donde por honor se muere y se mata, pues a nadie se le da permiso para que nos escupa en el alma. Nada es más importante que Dios, el rey y la dama, y en ese orden, y sólo a ellos se debe obediencia y tributo. Dios existe, pues ¿quién es tan bobo que pueda negar lo que es evidente? El Rey es el sello y garantía de la tierra y de sus gentes, su voz, su protector, el abrazo de voluntad, justicia y honor que a todos nos une, porque a todos nos representa y es el delegado de Dios en la tierra. Y la Dama es la encarnación angélica de nuestra alma misma en la presencia sagrada de aquella a quien honramos y servimos. Como dice El Caballero de la Triste Figura, retratado por la pluma de Cervantes, “quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause”.

Cuando el fuerte temporal histórico, de vientos acerados y pestilentes, nos deshace, quizás sea el momento de volver a poner la atención en las raíces, en lo duro y permanente, en lo inmóvil, en aquello que nos ha permitido elevarnos y nos mantiene firmes. Y como las fuertes raíces de los árboles sostienen la tierra en que crecen, las fuertes raíces de individuos convencidos sostienen la sociedad y las instituciones que han hecho crecer. No hay sociedad que no se disuelva, ni institución que perdure si el individuo es frágil, cuando carece de peso moral, sin raíces que lo aten firmemente a sus Ideales, a lo Bueno, lo Bello y lo Justo, según Platón; que no honre su historia, o sea, lo mejor de su pasado, como base de su presente y esperanza y sueño de su futuro.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 11 de Septiembre del 2015

1 thought on “FiloFoto: en guardia”

  1. Que gratificante mensaje para avivar la luz del espíritu caballeresco. Gracias José por tus sabias palabras. Un abrazo desde Caxamarka – Perú.

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