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FiloFoto: Acrobacia junto al mar de Caparica

acrobacia_caparica

Magnífica foto, junto al mar, realizada por Carmen Morales. La luz del sol velada ligeramente por las nubes, permite este contraluz al atardecer, sin que el ojo de la cámara quede ciego por sus rayos. Estoril y la mágica montaña de Sintra, al fondo en tintes azulado grisáceos, y las playas de Caparica, asombroso tesoro de Portugal, forman la escena de esta acrobacia.

Los atardeceres en Caparica, al sur del estuario del Tajo, con el Sol muriendo en las aguas del Atlántico, son siempre inolvidables. Y como la incesante respiración de la Naturaleza misma, por más que repetidos en sus mil variaciones de color, embate o calma del mar, silencio o agitación turística, van conformando, trazo a trazo un cuadro de eternidad en las galerías de la memoria, y en los jardines del alma.

El poeta gallego Valle Inclán decía que el arte nace de la visión de lo bello a través de la imaginación y del recuerdo. Las vivencias, presentes, son destiladas alquímicamente a través de ambas, pasado (recuerdo) y futuro (imaginación), y de este trabajo interior puede surgir como el loto que abre sus pétalos desde las oscuras aguas, el hecho estético, la obra artística.

Ya comentamos en otro artículo de filofoto, la importancia que tiene para el joven proponerse desafíos, esmerarse en lo difícil, en lo que requiere no sólo ímpetu, sino precisión, dominio de sí, control del miedo en el riesgo auténtico o psicológico. Podemos ahora ver otras alusiones filosóficas presentes en esta imagen congelada del tiempo.

En el reino animal hallamos las mil y una formas de acrobacia, cada cual diferente a las otras: los monos en los árboles, los saltos de delfines, orcas y aun cachalotes en las aguas, los ágiles movimientos de los pingüinos, que aves, se convierten por momentos en peces, los perfectos y casi inexplicables juegos de equilibrio de las cabras entre las rocas, los del pesado tigre salvaje en las ramas de los árboles, o los del simple gato casero en las cornisas y balcones o entre los mil adornos de nuestro ajuar doméstico. La cuestión es que en estos animales, como el simple hecho de andar, esto es instintivo, y la perfección inequívoca de sus movimientos lo demuestra, es como la obra perfeccionada por la naturaleza misma durante millones de años. En el ser humano es diferente, aunque potencialmente, todas estas capacidades están, como de hecho los infinitos poderes de su alma, debe desarrollarlas por ejercicio más o menos consciente, por esfuerzo, por repetición con un fin certero, como la flecha en la diana. El niño, aunque de estructura ósea y diseño orgánico bípedo, no llega a caminar si no se le enseña; y aunque poseamos por herencia ya genética, los instrumentos del lenguaje, con sus casi infinitas variaciones – lo que permite la expresión del pensamiento- estos permanecen como tierra baldía si no existe una enseñanza o por lo menos un modelo que imitar, una semilla regada y protegida con esfuerzo, para que la boca, lengua y laringe se conviertan en el más poderoso de todos los instrumentos de la naturaleza en este planeta: la palabra, con idéntico poder para herir y matar como para sanar.

Lo mismo sucede en la acrobacia humana, que nos sorprende hasta dónde se extiende el poder de nuestras capacidades dormidas. Pero es que esta acrobacia, muchas veces es símbolo y aún cultura. A qué se refieren los acróbatas que hallamos si no en todas, en casi todas las civilizaciones: los vemos saltar los toros gigantes en el palacio de Cnossos, en Creta, o doblarse sobre sí mismos en las estatuas íberas –muy semejantes al de esta foto- hacer todo tipo de posiciones extrañas pero de gran poder terapéutico en el yoga hindú o maya, saltar a un mar desconocido, buscando las islas del sueño en los murales etruscos, agitarse rítmicamente y danzar en las pinturas egipcias, etc., etc.

Por ejemplo el llamado Acróbata de Osuna, famosa estatua íbera, adopta una forma muy semejante a ésta de Caparica, se dobla sobre sí mismo volviendo a ser un círculo, hacia atrás. No en un salto, como en la foto, sino caminando con las manos y dejando caer hacia adelante las piernas dobladas, algo que todos hemos hecho alguna de vez cuando niños. Este símbolo, que los propios historiadores íberos consideran asociado a algún rito funerario, hacia adelante o hacia detrás (varias veces representado en el arte egipcio, como por ejemplo en la tumba de Tutankhamon) es de gran importancia en la Iconografía antigua. H.P.Blavatsky, en su inmortal Doctrina Secreta nos desveló parte del secreto. En el capítulo “El Santo de los Santos. Su degradación” (en el volumen IV de la edición española) nos dice:

“Entre los antiguos indos, el significado oculto era grandioso, sublime y poético, por mucho que la apariencia externa de su símbolo pueda militar ahora contra esta pretensión. La ceremonia de pasar por el Santo de los Santos –simbolizado ahora por la Vaca, pero en el principio por el templo Hiranyagarbha, el Huevo Radiante, en sí mismo símbolo de la Naturaleza Abstracta Universal- significaba la concepción y nacimiento espiritual, o más bien, el renacimiento del individuo y su regeneración; el hombre encorvado a la entrada del Sancta Santorum, pronto a pasar por la Matriz de la Madre Naturaleza, o la criatura física, pronta para volver a convertirse en el Ser Espiritual original, el Hombre pre-natal (…) El símbolo representaba el divorcio del Espíritu de la Materia, la vuelta a la Fuente primordial y la sumersión en ella.”

El texto se refiere a encorvarse, o sea, hacer un círculo hacia adelante, o un huevo, la posición de adoración musulmana, egipcia e hindú. Pero hacia atrás tiene un significado semejante, es el retorno a la fuente. El hombre deja de ser diámetro (dual) y se convierte en círculo, vuelve a la unidad. Además es, simbólicamente, como contrariar el efecto material de la vejez, que nos obliga a buscar seguridad encorvándonos hacia adelante, para apoyarnos en la tierra, ir hacia la raíz, en contra del flujo del tiempo-que-deshace, en el círculo (de sentido contrario) del tiempo-interior-que-renueva, llevando todo a su principio o matriz áurea, que los filósofos griegos llamaron Arkhé.

Además, en la inflexión del arco que traza el acróbata, durante un instante, desaparece el efecto de la gravedad de la tierra, como si ésta hubiera sido vencida, como si nos hallásemos en el éxtasis, en la pureza inmaculada del espacio.

Jose Carlos Fernández

Almada, 9 de septiembre del 2015

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