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FiloFoto: pájaros en Notre Dame

© Pierre Poulain

Tal reza el título de esta foto. Y bien, son palomas, una con sus alas abiertas y sin temor de la niña, comiendo o bebiendo en su mano, mientras ella la mira con asombro y ternura. Desenfocadas, mucho más con el ojo de la cámara que con el ojo humano, que es la “cámara fotográfica perfecta”, otras cinco palomas, como sombras, con perfiles vagos, están atentas y se aproximan.

Bello lugar, y con enorme carga histórica la “Isla de Nuestra Señora”, corazón de Europa durante más de mil años. Bella imagen ésta, a ella asociada, con las palomas, símbolos vivos de la diosa del Amor. Pues el carro de Venus-Afrodita surca los cielos con estas aves que siempre expresaron el amoroso arrullo de las almas. En el mito de Noé es símbolo de esperanza, de una nueva tierra, un nuevo amparo, portando la rama de olivo. En el lenguaje cristiano llega a representar el Espíritu Santo, aleteando en el ama de sus bendecidos. En el romano, más antiguo, es símbolo del alma inmortal, máxime si aparece bebiendo en las aguas de una fuente o de un cáliz. Las palomas azules eran la encarnación misma del Amor Celeste, aunque negras de Venus Pandemus (el amor terrenal y sensual), la avidez de placer y experiencia que obliga a las almas a volver una y otra vez a la tierra del dolor, la expiación kármica. En la maravillosa obra, Voz del Silencio, leemos:

“Si quieres comer el pan de Sabiduría, tienes que amasar tu harina con las límpidas aguas de Amrita (La inmortalidad); pero si tú amasas escorias con el rocío de Maya, no harás sino preparar alimento para las negras palomas de la muerte, para las aves del nacimiento, la miseria y el dolor.”

En las florestas, las tórtolas bendicen con su presencia y cercanía las casas de los hombres, y dicen que sólo se acercan a los parajes en que hay bondad. En las ciudades, debemos por veces protegernos de las palomas, pues casi se han convertido en una plaga, pues lo que comen…

Y sin embargo no dejan de ser símbolos del amor, como el perro lo es de fidelidad. El epíteto infame que reciben, de “ratas del aire” es un insulto, un golpe a la sensibilidad poética. La primera vez que lo oí, hace más de veinte años, quedé sin palabras, más aún porque venía de un fotógrafo con gran sensibilidad artística. Trato más digno le da Walt Disney en su bellísima Silly Symphony, “el molino viejo”, y sobre todo en su inmortal Mary Poppins, en su canción “Feed the birds”, una de las más bellas canciones del siglo XX. Al son de los acordes y de la voz de esta balada, palomas blancas vuelan como arpegio en movimiento, derramando con su aleteo el amor sobre la cúpula de la Catedral de Saint Paul, en Londres. La misma canción es como el aleteo de la tierna diosa del Amor, música convertida en el vuelo de una paloma. Y en el argumento de esta obra, Mary Poppins, es determinante, pues evita que el hijo del banquero caiga en el hechizo fatal de la codicia, el amor a las palomas y la paloma del amor le salvan de condenar su alma en la vejez de lo que ya no ama.

En relación con las palomas, hay una historia sorprendente del gran inventor Nikolav Tesla. Al final de su vida, en el cuarto del hotel en que se había establecido, apartado, al menos físicamente, de todos sus experimentos que han cambiado la faz del mundo, se dedicó a alimentar y cuidar palomas, como la viejecita del film de Mary Poppins. John O’Neil, amigo y biógrafo del genio, dice que una noche, Tesla, en que estaba muriendo su paloma amada, sintió que quería decirle algo. Cuando se aproximó a ella, brilló –dijo Tesla- “un rayo de luz de sus ojos, un poderoso rayo de luz. Sí, era una luz real, poderosa, destelleante, cegadora; una luz más intensa de la que nunca hubiera producido con las más poderosas lámparas de mi laboratorio”

Según los filósofos y místicos egipcios, todo lo que vive y existe es un símbolo de su Arquetipo, de la Forma y Luz Divina que le da su sentido. Si las palomas son símbolos del Amor, quizás, el genio de Tesla captó, como un rayo de pura intuición, celestial y perfecta, el verdadero sentido del amor, como la fuerza que sostiene y mueve el universo entero. Una visión que la ciencia le había vedado, pero su generosidad con las palomas le entregó como presente de Eternidad.

Jose Carlos Fernández
Almada, 1 de agosto del 2015

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