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FiloFoto: En vano

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Hay en la vida, en todo, y siempre, un flujo y reflujo. Como el de la ola que muere en la orilla y se retira a la madre que la hizo nacer, deshaciéndose en harapos de espuma. Como el de las mareas que sigue inflexible su curso llamado por la atracción magnética de la Luna y el Sol y que rige la vida de las plantas, y no sólo. Como el de la Naturaleza entera, que respira en la Tierra una vez cada día, inspirando con el Sol que nace y con su luz, expirando con el que muere y durante toda la noche. Como el sístole y diástole del corazón con el que la sangre va, cargada de energía y alimentos, dinamizando cada una de las células del organismo vivo, y vuelve, por un camino diferente y con válvulas que impiden el retroceso, para ser de nuevo purificada. En el hermetismo filosófico, fue llamada Ley de Periodicidad y conjuga los anillos infinitos de la vida, para que todo esté en todo, pulsando y cantando el himno mismo de la existencia manifestada.

Este flujo alienta también la actividad humana, pues no somos ni diferentes ni independientes de la naturaleza que nos rodea. Y aunque el alma, eterna peregrina, venga en su eterno caminar, Dios sabe de dónde; está sometida en su andadura a los ciclos que también rigen a los otros seres vivos. Lo vemos, pues, en la vida, auge y muerte de las civilizaciones, en los sueños de concordia humana, cristalizados en la piedra de sus ciudades, o en la más sutil, poderosa e invisible de sus instituciones. La teoría de Comte, que hechizó, aun con su absurda incoherencia, a los intelectuales de un siglo; está ya hoy, por fin, totalmente desfasada. La historia no es lineal, sino cíclica en anillos dentro de anillos (la filosofía hindú los llama Yugas) que le dan una apariencia fenomenal caótica, pero cuyas leyes son, en verdad, muy simples. La cultura y la historia, liberadas de su eurocentrismo, sabe hoy que no sólo hubo una Edad Media, la que hizo dormir en la barbarie al otrora Imperio Romano y todas las tierras a él ajenas que en poco cambiaron sus costumbres. Hubo una Edad Media u oscura tras la caída de la llamada Sexta Dinastía del Imperio Antiguo en Egipto, o tras el derrumbamiento de Creta y toda su área de influencia (el llamado Imperio Minoico), en China tras la muerte de Confucio, en el siglo VI a. de C., o en Mesoamérica al final del llamado Periodo Clásico Maya, en que estos, por razones aún desconocidas, abandonaron sus ciudades para vivir de forma selvática en sus impenetrables florestas; el mismo Imperio Khmer, en el siglo XII, medio milenio después de construida su formidable capital en Angkor Vat.

Estas Edades Medias, que marcan el sueño o la muerte de las civilizaciones, no impiden que en su periodo de vida, estas se hallen también sometidas a flujos y reflujos, al poderío y abandono de formas de vida y de pensamiento, que como en el movimiento de un péndulo, arrastran de un lado a otro la historia (suma de voluntades humanas, con sus perfecciones y errores siguiendo su senda evolutiva). Y semejante a la onda del mar, que deja la geometría de su paso en la arena, cuántas obras quedan, en vano, inconclusas, sin jamás haber sido dinamizadas por la vida, ni de un día, como los aeropuertos fantasmas que vemos hoy repartidos por la geografía española, comprados, en vano por el sudor de tantos ciudadanos anónimos y vendidos a precio de saldo escandaloso en misteriosas subastas a especuladores hábiles.

La foto que hoy quiero comentar, es, precisamente, un testimonio de ese reflujo histórico, de ese cambio de mentalidad, que esteriliza todo lo que se hace ya fuera del sentido de avance de la vida. Es parte de la fachada interior del Palacio de Ajuda (Lisboa), comenzado a construir en 1795, cuando los vientos de la Revolución Francesa amenazaban hacer caer las cabezas coronadas de Europa, y el paradigma de la nobleza, con sus grandezas y miserias, es sustituido por el de la burguesía, con sus comodidades y mezquindades. ¡Mal augurio! Además, los ejércitos franceses hacen que la realeza y la corte portuguesa huyan a Brasil, y a pesar de los esfuerzos denodados de Junot, el general de Napoleón, de continuar las obras, estas fueron a reflujo de la época, o si queremos, con una expresión más vulgar, “a contrapelo”.

Este Palacio sirvió de regia residencia hasta el fin de la monarquía portuguesa, en 1910, y en el jardín de entrada, las estatuas en mármol de virtudes antropomorfizadas y con sus atributos clásicos (con ejecución un poco deficiente, pues tampoco era ya el tiempo de grandes escultores) nos convidan a entrar en él, siendo testigos de la luz postrera y casi desfallecida de un mundo que, en el momento en que ya pasó, totalmente, es cuando comienza a gestarse de nuevo (como en el símbolo chino del Yin Yang).

Sólo un tercio del plan original fue construido y este lienzo de fachada es ejemplo de tal obra inconclusa. Las ventanas son, ya de mediados del siglo XX, en una última tentativa de continuar la ejecución hasta donde se pudiere o, al menos, de rematar los flecos sueltos.

Y aunque funcionalmente nulas, estas ventanas donde mirando hacia dentro se ve la claridad del día y su azul inmaculado, son muy evocadoras, tanto, como el beso de la onda que se retira de nuevo al mar. Parece que llora, pero en verdad, canta.

 

Jose Carlos Fernández

Almada, 20 de agosto de 2015

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