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FiloFoto: El malecón

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

Tras los cristales, una presencia que no espera, que pasa. Una presencia que cuando queramos mirarla fijamente, si nos descuidamos, ya no está. Así somos tú, yo, él; así somos nosotros, una luz y una expresión por detrás de la máscara. Pero una luz y expresión que pasan, y si no aprovechas la oportunidad, que es siempre un don de Dios, pasa. Y el momento huidizo, esa puerta o ventana para llegar al corazón mismo de la realidad, o para aproximarnos un paso más a ella, se cierra. Y de nuevo la prosa de lo cotidiano, lo insulso de lo repetido y sin gracia, la ausencia de lo real por detrás de los velos, de las máscaras, de los cristales; nos martiriza con el peso en la conciencia del instante que no aprovechamos, de la oportunidad perdida.

Carpe diem, “atrapa el día”, haz que sea tuyo, poséelo, entra en él con toda alma. Sal de él con la plenitud de la obra realizada. Carpe diem, haz la oportunidad tuya, dijeron los clásicos romanos. Detrás de siete velos resplandece la Naturaleza virgen y no profanada, velos de apariencias cada vez más densas, hasta el último que es percibido con los sentidos físicos: esto enseñaron los sabios herméticos. Pero detrás de estos velos -como en la danza de Ishtar cuando esta Diosa del Amor y la Guerra desciende al infierno buscando a su amado Dummuzi- la vida danza, está en movimiento, su belleza perfecta no espera el fin de un raciocinio, sólo la mirada del alma puede llegar a ella, pura y desnuda como ella.

Como un juego de espejos es el laberinto que confunde al peregrino que en él entró, y en este juego confundimos lo real con su imagen, y el original con la copia, y lo creativo con lo repetitivo… y así nos perdemos. Y aquel que ve su imagen en los mil espejos del laberinto siente el vértigo de no saber exactamente dónde está, ni quién es él: pues los espejos no sólo devuelven la imagen, también la deforman. Y sin embargo, detrás de todos ellos, despreocupado, viviendo un tiempo que para nosotros es eternidad, irresponsable de las imágenes que proyecta, pues nunca es hijo de las consecuencias, y siempre causa de todo: esta lo Real. Y lo Real no te espera en tu turbación, ni es cómplice de tus miedos, deseos o frustraciones, de aquello que te ciega o paraliza: simplemente ahí está, detrás de todas las máscaras, y en lo que dura un parpadeo, quedó ya fuera de tu alcance.

Jose Carlos Fernández
Almada, 7 de mayo de 2015

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