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FiloFoto: Día de las máscaras

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

Esta magnífica fotografía, de Pierre Poulain ha sido realizada en el día de Purim, que es el Carnaval hebreo. En esta fiesta los judíos conmemoran haber sido salvados del plan de exterminio del visir Hamam en el Imperio Aqueménida. En este día se hace la recitación pública del Libro de Esther, que narra, precisamente, estos acontecimientos. Esta fiesta incluye, además, enviar comida a familiares y amigos, alimentar y dar limosnas a los pobres y el carnaval propiamente dicho. Pues como en éste, es un día para enmascararse, beber vino y divertirse juntos.

Mucho habría que decir sobre el Libro de Ester, en el que la religión hebrea celebra la mano salvadora de Dios en varios acontecimientos en nueve años bajo el gobierno del rey Assuero. Según algunos ideólogos de esta religión, como Maimónides, aun cuando otros libros proféticos y hagiográficos se perdiesen o fuesen olvidados, continuaría la recitación del Libro de Ester, libro que conmovió la imaginación no sólo de hebreos, sino también de cristianos, según comprobamos en el número ingente de pinturas que hay sobre estas escenas bíblicas.

Mucho habría que decir también sobre su belleza literaria y aún sobre su simbolismo teológico, pues basta ver que los protagonistas Ester, Assuero y Mardoqueo son los mismos nombres de los dioses asirio-babilonicos Ishtar, Assur y Marduk (Venus, Sol y Júpiter, en una clave)

Pero bien, centrémonos en esta fotografía y en los bellos significados que evoca. La idea de Carnaval está presente no sólo en el disfraz de la joven y en sus vestes negras y azul metálico, y en la “corona” de hada de la vegetación que lleva, con sus borlas coloridas, que deben quizás evocar la luz prismática en las gotas de rocío de las hojas de los árboles. El Carnaval es el juego de formas y colores que le rodea también. El contraste entre los fuertes colores de su vestido y de algunas de las fotos puestas como piezas desordenadas de un puzle en la pared; y los grises de otras, y el blanco y negro ajedrezado del suelo, tan del gusto del ritual masónico, pues representa la alternancia de la luz y las sombras, del día y la noche, de la vida y la muerte. La secuencia quebrada de las imágenes y fotos en la pared, los pedazos de gres dispuestos caóticamente, junto al suelo, que parecen espejar de un modo esperpéntico los geométricos y ordenados que mencionamos antes, todo ello está en armonía con el carnaval. Con la alegría, pero no con la alegría que discurre por entre los límites que las formas le imponen, como un río que canta y se agita serpenteando en el cauce para él dispuesto; sino con la alegría total, sin medidas de fin de un ciclo, rebasando todas las formas, quebrando todas las barreras deshaciéndolo todo en un gran abrazo de amor que no entiende ya de nombres y categorías. Es el símbolo de lo que los hebreos sintieron al salvarse de la ira de Hamam, o lo que debían sentir los egipcios con la inundación de su río sagrado, que anegándolo todo con su alegría –el mismo nombre y símbolo del río Nilo, Hapi, en el país de Kem era “alegría”- renovaba la promesa de fertilidad y crecimiento para un nuevo ciclo.

No sabemos por qué, pero la foto evoca muy bien esa alegría sin medidas: quizás por el puzle caótico de formas y colores, pero rodeando la belleza y juventud del personaje central.

Esta vida es de deberes, de compromisos reales y asumidos, vinculantes o imaginarios, y el orden del mundo descansa en la fidelidad al papel de teatro que nos corresponde en él. En que el rey sea rey y el soldado guerrero, y el súbdito tal, en que la oveja no se coma al lobo ni este huya aterrorizado ante el primero (a no ser que se trate de un león disfrazado de cordero, como en la parábola hinduista que Walt Disney escenificó en el Lion-Lambert, el León Cordero). Esta es la fatalidad de Malkuth, según los cabalistas, o sea, del reino de hierro, del mundo manifestado, que lo es, precisamente, por Karma, y ésta es la necesaria purificación para retornar a la armonía, al Dharma, la verdad y la ley de amor. Y sin embargo, como el punto oscuro de Yin en el Yang, aún en este mundo de deberes, en el año de deberes hay un día en que uno es lo que sueña ser, en un éxtasis de alegre fantasía. Pues cuántos súbditos debían estar gobernando en vez de un rey que por no serlo de verdad es una maldición para su pueblo, cuántos que callan debían estar hablando, pues su alma es tan bella que con sus palabras curarían la angustia de los que sufren; y no los que hablan engañándonos y corrompiéndonos moralmente con sus voces sibilinas y mentirosas. Y si el hombre, con su calculismo egoísta es una maldición para la naturaleza, ¿no debe haber un día en que ningún cálculo sale, y toda operación da cero o infinito, un día en que la mente formal e interesada es anegada, en que nos fundimos en el éxtasis de la naturaleza, en que somos lo que realmente somos y no lo que pensamos ni lo que nos dicen que somos? Aunque incomprensible hoy para nosotros, crucificados en el tiempo y en el espacio, en las categorías que desvirtúan al ser real sin máscaras, éste es el violento retorno a la Gran Madre, a la tierra, o a la sabiduría, danzantes y con la máscara misma de nuestros sueños y anhelos. Y sin embargo, el Gran Día debe esperar, pues aún hay mucho camino que recorrer. Quizás, como Noé al emborracharse y exhibirse desnudo a sus hijos, después de cumplir su misión, hagamos una pausa en medio de la senda para respirar la infinitud que nos espera, y seguir así reconfortados el paciente camino.

Jose Carlos Fernández
Almada, 21 de Julio del 2015

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