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FiloFoto: Meditación sobre el puente

© Pierre Poulain
© Pierre Poulain

 

Esta foto de uno de los lugares más bellos de la Tierra, como se dice, y con justicia de Croacia; incita a reflexionar sobre la relación del hombre con la Naturaleza.

En la oratoria clásica romana había una serie de ejercicios para que el joven retor se ejercitase en el uso del pensamiento y la palabra. Estos ejercicios eran llamados progymnasta y cada uno de ellos, como un músculo del discurso, o como la cuerda musical de una lira, ayudaba a tensar una de las fibras del recto pensar y la bella expresión. Algunos de estos ejercicios han pasado a nuestra literatura, en los que habla la mente pero la voz enmudece. Son, por ejemplo, la descripción, la narración, la fábula, el aforismo, paralelo, elogio y diatriba, etc. Lo curioso es que un ejercicio es un tipo de descripción que se llama paisaje, y otro ejercicio es el “cuadro”, igual que el anterior, pero donde aparece ahora la figura humana. Y es que el paisaje cambia totalmente cuando en él aparece el ser humano: o lo envenena o lo ennoblece. Es como si la Naturaleza no estuviera completa cuando está ausente aquel elemento con el que se conoce a sí misma, el ser humano, con la llama de su razón, detrás de la cual está todo aquello que no vemos en esta misma Naturaleza, su aspecto inteligible. Claro, cuando esta razón no está en armonía con la Naturaleza, quiebra su pureza. Y vemos todos los días, por desgracia, el daño que a su belleza hacemos el hormiguero humano convertido casi en un cáncer o en un virus letal para este planeta, que después de matarlo queremos continuar nuestra acción depredatoria en otras tierras de otros soles, llevando allí todas nuestras miserias: ya está la ciencia buscando un blanco de nuestros furiosos dardos. ¡Y ojalá no lo encuentren y nos obliguemos a solucionar y aún purificarnos al sufrir por el dolor que le hemos infligido a nuestra Casa, que es asimismo nuestra Gran Madre!

En relación directa con esta idea, hay una anécdota muy ilustrativa. Hace varios años tuvimos el privilegio de recibir en Lisboa al autor de esta fotografía, Pierre Poulain, con motivo de una exposición en la sede de Nova Acropole en esta ciudad, donde además dictó un curso sobre fotografía. Pensé que, como fotógrafo quedaría deslumbrado con la belleza de los parajes de Sintra, que el poeta Lord Byron festejara con sus cantos. Pero después de media hora perdidos por sus laberínticos paraísos, me dijo, aburrido, que a él, lo que le interesaba fotografiar era al ser humano, no los paisajes. Y estos, si acaso, ennoblecidos con la presencia del ser humano, pero no sin él. La fotografía que hoy presentamos es un ejemplo de ello. El ser humano, aún en su aparente pequeñez, guarda un infinito detrás suyo, e infinitos son los tesoros invisibles de su corazón, donde, según la tradición brahmánica, todos los dioses viven y esperan su florecimiento. O sea, en el ser humano vive, entera, el Alma de la Naturaleza, lo que originó el aforismo hermético de que el ser humano es el microcosmos del macrocosmos, el Universo.

Y sin embargo, si apuramos este razonamiento, y según la quintaesencia de la filosofía vedantina, diremos que si hay Espectador, ya hay mente, ya hay ser humano, y la naturaleza que percibimos ya manifiesta todo su dinamismo y pureza, nada más necesita. Y los parajes solitarios, aún de vida animal y vegetal, como los desiertos de arena o de hielo, o el negro espacio, son escenas de pureza en que hallamos una calma que nos renueva, y vive algo dentro nuestro que le gustaría perderse eternamente en los mismos, como el rayo de luz que atraviesa los desiertos parajes del cielo y llega a nosotros tras miles de millones de años terrestres, y tiempo cero para el rayo de luz mismo (si es que es cierta la Teoría de la Relatividad de Einstein, o la filosofía arcaica, que dice que en la luz desaparece el tiempo y el espacio).

Hay un documental asombroso que reconstruye hipotéticamente, qué pasaría si –y no especifica la causa- el ser humano desapareciera de la Tierra. Qué pasaría en unas horas, en un mes, en un año, en un siglo, en mil años, etc. La velocidad con que la naturaleza retorna a su equilibrio y hace desaparecer las pesadillas de nuestra presencia enfermiza nos dejan, al ver el documental, estupefactos. Todo es reintegrado en su seno, en una perfecta y ejemplar economía de medios donde nada, absolutamente nada se desperdicia. La Escuela de Chicago, o la oponente keynesiana, todos los economistas del mundo que bandean de un lado a otro en sus opiniones radicales – llevando a la miseria a países enteros, como si estos fueran una pieza más de un monopoli infernal- deberían estudiar un poco más la Economía de la Naturaleza y crear modelos a su imagen y semejanza. Al comentar este documental con amigos o discípulos me encuentro siempre con dos afirmaciones opuestas: unos dicen “¡qué horror!”, y otros “¡qué maravilla, qué paz!” y siempre pienso “ ¡qué curioso!”, pues no hay posiciones intermedias. Lo que no dice el documental, y debería, es que si la población mundial se redujese a varias decenas de miles de personas, el efecto sería casi idéntico al que muestra, y el aprendizaje de la evolución humana continuaría, otra vez, calmamente, sin esta aceleración desmedida que hace de la vida un circo de payasos y fieras, y en el que, como las ratas de laboratorio, corremos y corremos sin llegar a ninguna parte.

Y sin embargo, en el paraje que eterniza esta fotografía, sentimos viva la metáfora de los egipcios cuando llamaban al Espacio, al Mar y a la Vida (la diosa Isis), las “Grandes Verdes”, y decían con su filosofía de abisal profundidad:

“El Viajero que cruza por millones de años, es el nombre de uno; y las Grandes Verdes, las Aguas Primordiales, es el nombre de otro: uno produciendo millones de años en sucesión, y el otro absorbiéndolos, para devolverlos.”

Jose Carlos Fernández
Almada, 23 de julio del 2015

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